Ver el sol cada mañana
Cuentan
que un peregrino recorría su camino, cuando cierto día pasó ante un monje de un
monasterio, que estaba sentado en el campo. Cerca de allí, otros hombres
trabajaban en un edificio de piedra.
-¿Es usted un monje?, preguntó el peregrino.
-Lo soy, respondió el monje.
-¿Quiénes son esos que están trabajando en la abadía?
-Mis monjes, contestó. Yo soy el abad.
-Es magnífico, comentó el peregrino. Es estupendo ver levantar un monasterio.
-No lo estamos construyendo, sino derribando, dijo el abad.
-¿Derribándolo? ¿Por qué?
-Porque no nos deja ver salir el sol cada mañana.
Nuestros
templos e iglesias suelen ser muy solemnes, en sus estructuras y en sus muros.
Pero tanta piedra, con frecuencia, impide que el sol penetre dentro.
Todos, en la vida, solemos construir grandes muros, a veces incluso muy bellos,
pero que nos están dificultando ver el sol.
Incluso muros que dan la impresión de ser transparentes, pero que no dejan ver
ni a aquellos que están a nuestro lado.
El muro de "yo soy así”, y que nos impide ver y aceptar a los demás como
ellos son.
El muro de "yo pienso que las cosas tienen que ser así”, y nos impide
respetar el modo cómo las ven los demás. Como si fuésemos los únicos que
tenemos ojos para ver, y gusto para discernir.
El muro de "a mí no me cambia nadie", y que nos impide ver la luz de
la verdad que los demás quieren irradiar sobre nosotros. Y no nos sentimos
afectados por las señales que cada día Dios nos envía a través de los acontecimientos
de la vida.
El muro de "yo soy el jefe, la cabeza", y no nos deja ver que los
demás también piensan, y que los demás también tienen cabeza.
El muro de "las cosas que tengo y he conseguido en la vida" y que nos
cierran a la luz que Dios nos envía a través de las necesidades de los demás.
El muro de "mi carácter es así” y nos cierran el paso a la luz que nos
invita a ser de otra manera y la llamada que nos llega desde los demás.
El muro de "mis tristezas y preocupaciones", que nos cierra sobre
nosotros mismos y no somos capaces de abrirnos a la alegría de la vida.
El muro de "yo hice tal cosa y ya estoy marcado para siempre", y nos
impide el gozo y la alegría de saber que el pasado ya no existe y que lo existe
es el presente y el futuro que está amaneciendo.
En
la vida no siempre es cuestión de construir. También a veces es preciso
destruir.
Con frecuencia, veo en nuestros pueblos, antiguas casas que hoy están siendo
modificadas en bellas casas. Sus pesados muros de piedra, son ahora cambiados
por grandes cristaleras que dejan entrar y salir el sol por toda la casa.
Muchas casas antiguas estaban hechas para que nadie pudiese ver desde afuera lo
que sucedía dentro. Pero tampoco los de dentro podían ver lo que sucedía fuera.
Ahora existe ese vidrio oscuro que dificulta a los de afuera mirar a dentro.
Pero los de dentro contemplan muy bien todo lo que acontece fuera.
Nada
hay más bello que despertarse y poder contemplar el sol, la luz que irradian
aquellos que viven a nuestro lado, y sentir la alegría de un nuevo día, un
nuevo amanecer, un nuevo mundo.
No siempre hay que construir monasterios de grandes piedras labradas durante
años. Se necesitan también monjes que destruyan los grandes muros para poder
ver más allá.
Se necesitan profetas que vayan derrumbando nuestros muros de resistencia a la
novedad del Espíritu y a los nuevos problemas de los hombres que esperan nuevas
terapias espirituales.
Puede que la vida se encargue de derrumbar muchos de esos muros que nos impiden
ver con claridad.
Cuando algo se destruya en tu vida no digas: esto ya es el final. El final de
las paredes de un viejo monasterio puede ser el comienzo de nuevos amaneceres.
(J. Jáuregui)
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