jueves, 7 de abril de 2016

ES EL SEÑOR

     El discípulo amado reconoció a Jesús resucitado en medio del lago de Tiberiades, a Pedro le costó más, pero también supo que era él. Reconocerlo no es fácil, nunca lo ha sido, pero si no estamos atentos pasará desapercibido.
     “Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: “Es el Señor”. Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua.”

     La barcaza, en las aguas agitadas del mar de Alborán, estaba a la deriva. Una unidad de salvamento marítimo se acercó a socorrerla. Los emigrantes llevaban en sus caras la imagen del agotamiento, el miedo, la desesperación. Todos, mujeres, hombres, niños, fueron rescatados con vida. Un miembro de la guardia costera, cuando todos estaban a salvo, y recibían los primeros auxilios, pensó para sus adentros: “Son el Señor”. Y, acercándose a las mamás con sus bebés en los brazos, las arropaba con mantas térmicas para que entrasen en calor.

     Fue apaleada por su marido hasta casi dejarla sin vida. Un vecino llamó a la policía. Cuando la doctora se hizo cargo de la mujer herida por la violencia de su esposo, pensó, mientras curaba sus heridas: “Es el Señor”. Afortunadamente llegaron a tiempo y la joven de veinticinco años salvó su vida, también su dignidad.

     En el colegio algunos compañeros de clase le hacían la vida imposible. La insultaban con crueldad, se reían de ella… A sus trece años, a las puertas de la adolescencia su existencia era un callejón cada vez más oscuro y sin apenas salida. Estaba dispuesta a poner fin a sus días. Había escrito una nota para sus padres. La guardaba en el bolsillo. La maestra de matemáticas, su tutora, vio a tiempo la tristeza en su cara, se acercó a ella, ganó su confianza. La niña pudo verbalizar el horror que le infligían, y le mostró la carta que acababa de escribir…
     Después de hablar con su alumna, de animarla, de asegurarle su cercanía, de poner luz y sentido común, de brindarle su mano, la docente puso fin al acoso, lo comunicó al claustro de profesores, a los padres de la pequeña y a todos los padres de alumnos. Se tomaron las medidas oportunas, pedagógicas y disciplinarias. El colegio entero aprendió la lección.  “Más vale prevenir que curar”, se decían unos a otros.
     La profesora de matemáticas, cuando vio sonreír a la niña, libre ya de la crueldad sufrida en silencio, mientras hablaba de divisiones y de números elevados al cubo,  pensó: “Es el Señor”. Y prosiguió satisfecha la clase llenando el encerado de números, no tan complejos como el problema que acababa de abordar.

     Cuando la hermana de una congregación religiosa, presente en un centro nutricional del Chad, atendía a una niña famélica al borde de la otra orilla, cuando consiguió, después de una dura pelea con la falta de medios, sacar adelante a aquella pequeña, cuando la puso en monos de su madre, pensó “Son el Señor”. Y prosiguió  su loable tarea de atender al resto de los enfermos.

     Ojalá cada uno de nosotros sepamos reconocer al Señor que pasa a diario por nuestras vidas, presente siempre en los hermanos y hermanas que encontramos.

                                 Desde Vélez de Benaudalla, un abrazo fraterno.



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