viernes, 5 de febrero de 2016

La riqueza de nuestros ancianos



Cuenta el Evangelio de Lucas que cuando Jesús nació, sus padres lo llevaron al Templo. Y allí se encontraron con una profetisa, llamada Ana, muy anciana. De joven había vivido siete años casada, y luego permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años. Y no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones (Lc 2,36-40).

Increíble. Solo siete años de casada. ¿No es humanamente un fracaso quedarse viuda tan joven? Sin embargo, ella tiene el coraje de afrontar nada menos que ochenta y cuatro años de viudez.

Y mientras tanto una larga vida no vacía.
Sino una vida de ochenta y cuatro años de servicio en el templo.
Que se ve coronada con el encuentro con el Mesías, al que también ella reconoce.

Y con su montón de años a cuestas todavía puede coronar su vida anunciándolo a cuantos lo esperaban.
Son muchos los que, al primer fracaso, se hunden.
Son muchos los que, al primer fracaso, pierden el sentido de la vida.
Son muchos los que, al primer fracaso, pierden la ilusión de vivir.
Son muchos los que, al primer fracaso, lo ven todo como perdido.

Un fracaso no es toda una vida.
Como el tropiezo en una piedra no es todo el camino.
Al contrario, un fracaso puede ser el comienzo de algo más importante.

Un fracaso puede ser el comienzo de algo nuevo.
Ana se queda viuda casi niña.
Y es así como comienza una larga etapa en su vida.
Comienza la etapa del templo, la etapa mística:
- de “ayunos y oraciones”,
- de contemplación,
- de relación con Dios.

Una vida que se ve coronada con la experiencia del Mesías.
Tal vez no debidamente entendido.
Simeón habla de la universalidad: “luz de las naciones”.
En tanto que Ana habla de los que “aguardaban la liberación de Jerusalén”.
Es importante superemos esa mentalidad de la inutilidad de la ancianidad.

Los niños son importantes porque son el futuro.
Pero los ancianos pueden ser los pregoneros de esa novedad.
Es lindo ver a los niños en brazos de un anciano.
Y es maravilloso ver a un anciano anunciando la esperanza que trae un niño.

Señor: bendice hoy a nuestros ancianos.
Señor: bendice hoy a nuestras viudas y viudos.
Señor: bendice a quienes son capaces de esperar toda una vida.
Señor: que sepamos escuchar la palabra de nuestros ancianos

(J. Jáuregui)


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