Perderse para encontrarse:
el monje,
el gato y la luna
Leonardo Boff
El hombre moderno ha perdido el
sentido de la contemplación, de maravillarse delante de las aguas cristalinas
de un riachuelo, de llenarse de sorpresa ante un cielo estrellado y de
extasiarse delante de los ojos brillantes de un niño que lo mira interrogante.
No sabe lo que es el frescor de una tarde de otoño y es incapaz de quedarse
solo, sin móvil, sin internet, sin televisión, sin aparato de sonido. Tiene
miedo de oír la voz que le viene de adentro, aquella que nunca miente, que nos
aconseja, nos aplaude, nos juzga y siempre nos acompaña. Esta pequeña historia
de mi hermano Waldemar Boff, que intenta personalmente vivir al modo de los
monjes del desierto, nos trae de vuelta a nuestra dimensión perdida. Lo que es
profundamente verdadero sólo se deja decir bien, como atestiguan los antiguos
sabios, por pequeñas historias y raramente por conceptos. A veces cuando
imaginamos que nos perdemos, es cuando nos encontramos. Es lo que esta historia
nos quiere comunicar: un desafío para todos.
«Erase una vez un ermitaño
que vivía bastante más allá de las montañas de Iguazaim, al sur del desierto de
Acaman. Hacía sus buenos 30 años que se había recogido allí. Unas cabras le
daban la leche diaria y un palmo de tierra de aquel valle fértil le daba el
pan. Junto a la cabaña crecían unas ramas de vid. Durante todo el año, bajo la techumbre
de palma, las abejas venían a hacer sus colmenas.
“Hace 30 años que vivo por
aquí...”, suspiró el monje Porfirio. “Hace sus buenos 30 años...”. Y, sentado
sobre una piedra, la mirada perdida en las aguas del regato que saltaban entre
los guijarros, se detuvo en este pensamiento durante largas horas. “Hace 30
buenos años y no me he encontrado. Me perdí para todo y para todos, en la
esperanza de encontrarme. ¡Pero me he perdido irremediablemente!”.
A la mañana siguiente,
antes que naciera el sol, después del rezo de los peregrinos, con un parco
talego a la espalda y sandalias medio rotas en los pies se puso en camino hacia
las montañas de Iguazaim. Siempre subía a las montañas cuando bajo fuerzas
extrañas su mundo interior amenazaba derrumbarse. Iba a visitar a Abba Tebaíno,
eremita más provecto y más sabio, padre de toda una generación de hombres del
desierto. Vivía debajo de un gran peñasco desde donde se podían ver allá abajo
los trigales de la aldea de Icanaum.
“Abba, me perdí para
encontrarme. Me he perdido, sin embargo, irremediablemente. No sé quién soy, ni
para qué o para quien soy. He perdido lo mejor de mí mismo, mi propio yo. He
buscado la paz y la contemplación, pero lucho con una falange de fantasmas. He
hecho todo para merecer la paz. Mira mi cuerpo, retorcido como una raíz,
marcado por tantos ayunos, cilicios y vigilias... Y aquí estoy, roto y
debilitado, vencido por el cansancio de la búsqueda”.
Y noche adentro, bajo una
luna enorme iluminando el perfil de las montañas, Abba Tebaíno, sentado a la
puerta de la gruta, se quedó escuchando con ternura infinita las confidencias
del hermano Porfirio.
Después, en uno de esos
intervalos donde las palabras se apagan y solo queda la presencia, un gatito
que vivía desde hacía muchos años con Abba, vino arrastrándose despacito hasta
sus pies descalzos. Maulló, le lamió la punta recta del sayal, se acomodó y se
puso, con grandes ojos de niño, a contemplar la luna que, como alma de justo,
subía silenciosa a los cielos.
Y, pasado mucho tiempo, Abba
Tebaíno empezó a decir con gran dulzura:
“Porfirio, mi querido hijo,
tienes que ser como el gato; él no busca nada para sí mismo, pero espera todo
de mí. Cada mañana espera a mi lado un pedazo de corteza y un poco de leche de
este cuenco secular. Después, viene y pasa el día juntito a mí, lamiéndome los
pies machucados. Nada quiere, nada busca, espera todo. Es disponibilidad. Es
entrega. Vive por vivir, pura y simplemente. Vive para el otro. Es don, es
gracia, es gratuidad. Aquí, echado junto a mí, contempla inocente e ingenuo,
arcaico como el ser, el milagro de la luna que sube, enorme y bendecida. No se
busca a sí mismo, ni siquiera la vanidad íntima de la autopurificación o la
complacencia de la autorrealización. Se perdió irremediablemente para mí y para
la luna... Es la condición para ser lo que es y para encontrarse”.
Y un silencio profundo
descendió sobre la boca del peñasco.
A la mañana siguiente,
antes de que naciera el sol, los dos eremitas cantaron los salmos de maitines.
Sus loas resonaron por las montañas e hicieron estremecer las fimbrias del
universo. Después, se dieron el ósculo de despedida. El hermano Porfiro, de
parco talego al hombro y sandalias medio rotas en los pies, regresó a su valle,
al sur del desierto de Acaman. Entendió que para encontrarse debía perderse en
la más pura y sencilla gratuidad.
Y cuentan los moradores de
la aldea vecina, que muchos años después, en una profunda noche de luna llena,
vieron en el cielo un gran resplandor. Era el monje Porfiro que subía, junto
con la luna, a la inmensidad infinita de aquel cielo delirantemente sembrado de
estrellas. Ahora ya no necesitaba perderse porque se había definitivamente
encontrado para siempre».
Waldemar Boff (uno de
mis 10 hermanos) estudió en Estados Unidos, es educador popular y campesino.
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