Martín Gelabert Ballester, OP
Diez hombres valen lo que un frasco de perfume. No está mal. Eso ocurría en tiempos de Jesús. En nuestros días, la vida de una persona vale en función del rendimiento que se le saca. Cuando ya no rinde, se tira. En tiempos de Jesús y en los nuestros hay quienes ponen precio a la vida. ¿Cuánto vale la vida de los pobres, de los enfermos desahuciados, de los que no producen? Nada. La medida de la vida es el dinero. Ocurrió en el caso de Jesús y sigue ocurriendo hoy.
El salmo 49 deja claro que no hay fortuna suficiente para pagar la vida de un hombre. Porque la vida no tiene precio. La vida tiene dignidad. Vale por sí misma. Sacar las consecuencias que de ahí se derivan puede resultar comprometido y hasta peligroso. Quién lo hace se arriesga, cuando menos, a ser criticado y mal visto. ¿O no son mal vistos aquellos y aquellas que denuncian proféticamente lo mucho que vale la vida de los pobres, de los hambrientos, de los enfermos abandonados y, precisamente porque vale mucho, nos recuerdan la obligación de atenderles, ayudarles y acogerles, aunque sea a costa de vivir un poco más austeramente? No hace tanto tiempo el Ministro de Hacienda se quejaba de que “Caritas” denunciase, con cifras, los niveles de pobreza que hay en España.
Para el cristiano la vida, una vez comenzada, permanece, al contrario de lo que ocurre con el perfume, que una vez abierto, se volatiliza enseguida. Los cristianos sabemos lo mucho que vale la vida a los ojos de Dios, porque en Jesús Dios nos ha revelado cuál es el precio que está dispuesto a pagar por la vida de cada uno de nosotros. De ahí que los cristianos celebremos con agradecimiento que Cristo, en la cruz, derramó su sangre “por todos los hombres para el perdón de los pecados”. Puestos a hablar de precio, la vida de Jesús es el precio de nuestra salvación. Esto es lo que en la próxima semana los cristianos vamos a celebrar. Sin olvidar que a Jesús hoy podemos encontrarlo en todos los crucificados de la tierra, en todos esos cuya vida parece que nada vale y, sin embargo, no tiene precio.
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