sábado, 12 de abril de 2014

La actualidad de Hélder Camara, 

medio siglo después

 
 
Hélder Camara (de Dutch National Archives)
HÉLDER CAMARA (DE DUTCH NATIONAL ARCHIVES)

El 12 de abril de 1964 llegaba a la arquidiócesis de Olinda-Recife el que sería catalogado de “obispo rojo”. Muchas consonancias con el actual Sucesor de Pedro


GEROLAMO FAZZINI


El 12 de abril de 1964, hace exactamente 60 años, entraba a la arquidiócesis de Olinda-Recife don Hélder Camara: un hombre que habría marcado la historia de la Iglesia brasileña y que, después de 6 años en la arquidiócesis, “The Sunday Times” habría definido como «el hombre más influyente de América Latina, después de Fidel Castro».


La llegada a Recife se dió a pocos días del golpe del primero de abril, con el que llegó al podere l régimen militar que habría dirigido el país durante 20 años. El entonces neo-arzobispo, que hasta ese momento era auxiliar en Río de Janeiro, no tardó en denunciar los excesos de los militares, a pesar de que hubiera apoyado posturas políticas conservadoras pocos años antes.


Cuando llegó a Recife, Camara no quiso ser recibido en la catedral, sino en la plaza, en medio de la gente. Marcelo Barros, abad benedictino y teólogo de la liberación, colaborador de don Hélder durante 12 años, escribió este recuerdo en “Nigrizia”: «El arzobispo exhortó diciendo: “En el noreste de Brasil, Jesucristo se llama Zé, María y Severino. Tiene la piel oscura y sufre la pobreza”»; poco después, añade: «Don Hélder encontraba en cada hermano y hermana la presencia divina. Manifestaba esta convicción principalmente en la relación con los más pobres y marginados. Una vez a la semana, nos reuníbamos en su casa. Mientras hablábamos, muchas personas tocaban a su puerta. Él mismo se levantaba y las recibía. A veces se demoraba escuchándolas. Decía: “Es importante recibirlas personalmente, porque no quiero perder el privilegio de acoger al Señor mismo”».


Esos rasgos humanos llenos de humildad y delicadeza, además de su dimensión profética de defensor de los derechos humanos, hicieron que, a quince años de su muerte, su figura y su mensaje sigan teniendo una fuerte actualidad y elocuencia. He podido confirmarlo personalmente hace pocas semanas, cuando visité la Igreja das Fronteiras, en Recife, donde don Hélder vivió durante muchos años, en los modestos aposentos que están al lado de la Iglesia.


Su canonjía se convirtió en un museo. Y más que la catedral de Olinda, en la que se encuentra su tumba, una pequeña multitud se reúne justamente allí cada domingo para visitar el pequeño estudio, con su biblioteca (Guitton, De Lubac, M.L. King, Frère Schutz, Garaudy…) y su habitación, en la que todavía está la hamaca multicolor que usaba para dormir.


En el segundo piso hay una exposición permanente con los objetos que narran la intensa vida de este personaje. Camara fue no solo uno de los protagonistas del Vaticano II, aunque nunca habló durante las sesiones de trabajo (basta leer sus circulares recopiladas en “Roma, dos de la mañana”), sino también una de las voces más autorizadas del mundo en la denuncia de las injusticias y del subdesarrollo. Como atestiguan numerosos reconocimientos internacionales, desde las medallas hasta las ciudadanías honoríficas, pasando por los doctorados “honoris causa”.


Pero entre todos los motivos por los que su figura sigue siendo tan familiar destaca sin lugar a dudas ese sueño de «una Iglesia pobre y para los pobres» que tanto se parece a la Iglesia que quiere Papa Francisco. Por lo demás, justamente una de las frases que pronunció el actual Sucesor de Pedro parece una de las de don Hélder Camara. Bergoglio dijo a los jóvenes belgas que lo entrevistaron hace algunos días: «Escuché a una persona que dijo: “¡Siempre hablando de los pobres! ¡Este Papa es un comunista”. ¡No!, esta es una bandera del Evangelio: la pobreza sin ideología, los pobres son el corazón del Evangelio de Jesús». Muchos años antes, el “obispo rojo” (como lo llamaban sus adversarios), usó una expresión muy parecida: «Cuando doy de comer a un pobre, todos me dicen santo. Pero cuando pregunto por qué un pobre no tiene comida, todos me dicen comunista».


Bete Barbosa, una señora anciana que es parte del Instituto Dom Hélder Camara y se ocupa de las publicaciopnes del “bispinho” (otro de los apodos, aunque más cariñoso, de Camara), confirma: «En muchas actitudes y palabras de Papa Francisco se encuentran tonos semejantes a los de don Hélder. Empezando por la premura por las personas, por sus necesidades». Lo confirma también Luis Tenderini, italiano pero brasileño desde hace más de 40 años, y quien fuera “brazo derecho” de Camara en la diócesis y en la fundación Emaús Recife: «Del primer encuentro personal con él, en julio de 1979 (cuando me invitó a colaborar en la actividad pastoral), siempre me acordaré de su gesto final: al acabar el encuentro me acompañó hasta el portón, y esperó hasta que desaparecí de su vista. Más tarde descubrí que hacía lo mismo con todos los que lo visitaban [...] En don Hélder conocí a un profeta con espíritu de poeta; tenía el estilo tranquilo de los sabios y un corazón inmenso de padre y madre, de pastor».

Otro de los aspectos en los que se parecen don Hélder y Bergoglio es su modelo franciscano: no de ecologista “new age”, ni de rebelde apreciado por publicistas, sino de auténtico hombre de Dios. En las cartas del obispo brasileño hay constantes referencias al santo de Asís. Se lee en una circular del 17 de septiembre de 1964: «San Francisco nutría un profundo amor por la Iglesia; fue uno de los más grandes innovadores que Dios ha suscitado; después de Cristo y la Virgen, nadie ha entendido y amado a los pobres como él».




Concluimos con una alusión a la patentela espiritual con otro gran Papa, que será santo dentro de poco: Juan XXIII. Entre el arzobispo de Recife y el Pontífice de Bérgamo hubo un vínculo muy fuerte. En una circular de 1964, Camara cita la anécdota de un encuentro con mons. Loris Capovilla, secretario de Roncalli: «Me abrazó casi llorando de alegría y conmoción, y dijo que hacía pocos días había leído mi mensaje de llegada a Recife, “un mensaje que Papa Juan habrís suscrito, feliz”».

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