¿Por qué no se convierte al islam?
Estaba esperando para una entrevista en una de las entradas de la Zona Verde de Bagdad (ha fracasado el intento de llamarla Zona Internacional). No sé qué le llamó la atención. Tal vez me oyó hablar en español por el móvil y le resultó una lengua distinta al inglés con el que se asocia a los extranjeros. El caso es que la mujer me miraba tan descaradamente que no pude más que saludarla con un “Salam aleykum”, el equivalente a nuestro hola, aunque literalmente signifique “la paz sea con usted”.
En buena hora. La señora en cuestión, de unos 50 años aunque bajo el chádor aparentaba bastantes más, estaba más aburrida que una ostra. Esperaba a una hija que en esos momentos se examinaba en la Embajada británica porque iba a ir a estudiar al Reino Unido. Llevaba varias horas allí y no sabía cuánto le quedaba. Así que encontró a una incauta con la pegar la hebra. Era de Kerbala y cuando le dije que el día anterior había estado allí, se le iluminaron los ojos.
“¿Qué tal le fue?”, me preguntó como si hubiera estado en Londres por asunto de negocios. No quise entrar en detalles y le respondí que bien. Tampoco mi precario árabe daba para mucho más. Así que concluidas las cortesías de rigor esperaba que la mujer me dejara por imposible. Sin embargo, una pregunta me hizo dudar de que su acercamiento hubiera sido casual.
“Con lo bien que habla árabe, ¿no piensa hacerse musulmana?”, me espetó sin previo aviso. Me quedé pasmada. No tanto por la zalamería como por la directísima que no enlazaba en absoluto con el resto de la conversación. Sin recursos lingüísticos para expresar matices, puse la mejor de mis sonrisas e intenté decirle que no soportaría que mi marido tuviera otras tres esposas(el islam permite tener hasta cuatro de forma simultánea). Se echó a reír con ganas.
“¿De verdad que eso le molestaría?”, me preguntó. En ese momento comprendí que estábamos en dos planetas diferentes. Lo que a mí me parecía un horror, a ella ni siquiera le parecía un inconveniente. Se lanzó entonces a una perorata de la que a duras penas logré comprender algunas palabras. Pero cuando le pedí que repitiera, encontré una inesperada ayuda.
Un caballero que estaba sentado un poco más allá, y que obviamente había estado siguiendo divertido nuestra conversación, empezó a traducirme al inglés. Tras enumerar las condiciones bajo las cuales el islam permite la poligamia (permiso de la primera esposa, igual trato a todas las mujeres, etc), aportaba de su cosecha las ventajas que suponía, al menos para ella.
No sé si mi rostro expresó incredulidad, o si el intérprete voluntario temió que me llevara una mala imagen de su país. El caso es que, de repente, dejó de traducir y optó por intervenir.
“No todos los iraquíes somos así. Yo estoy muy enamorado de mi esposa y no tengo ninguna intención de casarme con otra. Además ésa es una costumbre cada vez menos practicada… tal vez en los pueblos”, me dijo muy sentido.
Le respondí que lo sabía, pero que de todas las formas, era algo permitido por la ley islámica y que, en mi opinión, ésta resulta claramente desfavorable para las mujeres. Asintió con un gesto resignado y entonces apareció el cachasencargado de escoltarme hasta las oficinas de la ONU. Cuando salí, la mujer de Kerbala ya no estaba allí. No consiguió una conversión, pero estoy segura de que le di tema de charla con su hija en el camino de regreso a casa
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