jueves, 21 de mayo de 2015

HOMENAJE A EDUARDO GALEANO por Paco Bautista

  HOMENAJE.
  “Son los árboles que dan fruto los que reciben las pedradas” (Galeano)
    
     El pasado 13 de abril de 2015 falleció Eduardo Galeano a los 74 años de edad por un cáncer de pulmón en su ciudad natal de Montevideo. Ha sido siempre una mente lúcida y profética. Estaba en desacuerdo cuando algún  teólogo de la liberación decía ser voz de los sin voz. Para él todas las voces eran lindas, únicas, dignas de ser escuchadas. Galeano tenía un sentido del humor y del amor fuera de lo común. Estaba en contra de la inflación palabraria –decía-  y cuidaba sus textos al máximo para contar lo esencial con las palabras justas. Con su fina ironía nos ponía sobre aviso: “Los que comienzan su discurso diciendo: “Voy a ser breve” esos son los peores.” Dedicó su  vida a prestar oído a los que él llamaba: invisibles y los visibilizó  en infinidad de  historias.

     Recojo un relato breve, de su libro “Los hijos de los días”. Los que en África han trabajado en alfabetización valorarán estas emotivas líneas. Dice así:

    Sergipe, nordeste de Brasil: Paulo Freire inicia una nueva jornada de trabajo con un grupo de campesinos muy pobres, que se están alfabetizando.

-          ¿Cómo estás, Joao?
     Joao calla. Estruja el sombrero. Largo silencio, y por fin dice:
-          No pude dormir. Toda la noche sin pegar los ojos.
     Más palabras no le salen de la boca, hasta que murmura:
-          Ayer yo escribí mi nombre por vez primera. 


              POEMA HOMENAJE

Regresamos de un pasado
de agitadas olas de la memoria,
de días aciagos,
de laceradas heridas
que aún afloran en carne viva
en las venas abiertas de América Latina.
Regresamos de un túnel
en el que no era fácil ver la salida.
El olvido pacta siempre con la derrota.
Los expulsados de su propia tierra
son errantes, sin rumbo fijo,
gritos gélidos, algunos, demasiados ya
de una mar cada vez más indignada.
En este mundo patas arriba
hemos visto pasar estos años
como pasan las noches
de los inviernos más crudos.
Ahora es costoso regresar a uno mismo.
Las nuevas tecnologías cada vez capturan más adeptos.
Sin embargo todos queremos volver a la patria,
encontrar nuestra propia bandera
con nuestros nombres reconciliados
escritos en letras de molde.
Queremos mirarnos directamente a los ojos,
agradecer a Dios que nuestros pies y los suyos
coincidan con decencia juntos en el camino.
Que venimos de muy lejos, si, de muy lejos,
aunque nunca hayamos estado solos,
y paso a paso caminemos el horizonte de la utopía.
Y en lengua de los indios maya,
como diría Galeano, desnudando cada palabra,
hoy me atrevo a decir con su voz
que yo soy otro tú, que tú eres otro yo,
que vemos la vida que nos mira,
que miramos la vida que nos ve.

Descanse en paz el que visibilizó
a los que, aunque sea un poquito,
ahora son más visibles que antes.
                                  

Paco Bautista, sma
col arregi

"Soy homosexual y me siento hijo amado de Dios por lo que soy. Vivo con alegría y en fidelidad a mi compañero. Estos años de convivencia han sido de mucha gracia y bendición para los dos. Sentimos que hemos crecido en conciencia y en espíritu como pareja y como personas. Amamos a Jesús, porque da sentido a nuestra vida de pareja.
Nuestra historia personal de cada uno lleva la huella indeleble de la tradición católica. Ambos aprendimos en la Iglesia a amar a Dios, aprendimos a leer el evangelio, aprendimos a amarnos. Esto no se puede negar. Pero no ha sido fácil construirnos como personas en el contexto de una Iglesia y de una sociedad católico-romana homofóbica, excluyente y en muchos casos homicida. La institución católico-romana maltrata sobremanera a las personas que somos diferentes, como es el caso de la población diversa en su género y en su sexualidad.
A estas alturas de nuestra vida, después de 16 años juntos, sentimos que la Iglesia va quedando atrás en nuestro caminar espiritual y de pareja. Un sano y liberador ejercicio de la fe nos exige una posición clara y radical frente a una estructura jerárquica que vive de la doble moral, que nos condena y nos excluye".
Amiga, amigo lector: los párrafos que preceden son transcripción literal de un mail que recibí hace unos días de una bella ciudad colombiana donde siempre es primavera. No conozco personalmente a la pareja, pero desde Arroa Behea, en esta mañana lluviosa y verde, primaveral, los bendigo con toda mi alma.
¡Gracias por ser lo que sois y por vivir vuestro amor de acuerdo a lo que sois! Sois bendición para la humanidad y para toda la tierra, como esta lluvia mansa. Perdón, amigos, por todas las culturas, ciencias y regímenes, religiosos o no, que os han humillado, encarcelado y hasta abrasado en la hoguera. Perdón en especial por las religiones que os han deshonrado, ofendido y castigado, siempre en nombre de la verdad revelada, conocida y controlada en exclusiva, eso sí, por su casta dirigente. Empuñan la verdad como un arma, un pretexto, un instrumento de dominio. Es una trágica negación de la verdad de la vida que empapa y ensancha como la lluvia, que fecunda y reinventa la vida como la primavera.
Perdón sobre todo por la Iglesia de Jesús que os ha condenado y aún os condena, a veces con aparente piedad, falsa piedad. Perdón por algún cardenal de este país que, en contra de la Organización Mundial de la Salud, sigue afirmando que la homosexualidad es una enfermedad como su hipertensión o la diabetes; y por algún obispo que se jacta de saber cómo "trataros" e incluso de haberos curado en algún caso. ¡Increíble! Perdón por el Catecismo de la Iglesia Católica que afirma que el amor homosexual es intrínsecamente antinatural y desordenado, que ser homosexual en sí no es pecado pero sí lo es vivir como tal. Ofende a la naturaleza, a la Creación, a la creatividad sagrada que llamamos Dios. Y lo hace en nombre de la Biblia. Pero apenas se cuentan en toda la Biblia dos textos que condenan la práctica homosexual, y son de muy dudosa interpretación: Levítico 18,22 y Romanos 1,26-27. Aunque fueran dos mil. ¿Acaso el mismo libro del Levítico no prohíbe comer cerdo y mariscos, y ordena cosas más absurdas aún? ¿Acaso no enseña Pablo en la misma carta a los Romanos (cap. 13) que siempre debemos someternos y obedecer a las autoridades, también a los dictadores?
Comprendo muy bien que uno de vosotros apostatara de la Iglesia Católico-Romana hace 10 años, y que el otro lo haya hecho recientemente, después de haber "reflexionado con madurez e independencia" y haciendo constar expresamente: "no renuncio a la fe cristiana sino a una institución eclesiástica". Por dignidad, por amor a la Iglesia, por seguir a Jesús. No solo os comprendo, sino que os felicito. Creo que Jesús haría hoy lo mismo.
En cualquier caso, Jesús estaría con vosotros. Está con vosotros. Vuestro amor es sacramento del Amor. Jesús os bendice. La Primavera os bendice.

José Arregi
(Publicado el 17-05-2015 en DEIA y los Diarios del Grupo Noticias)
col faus

1. ¿Hay Acceso a Dios? ¿Hasta Dónde?
3. El Dios Cristiano
3.2.2. El obrar más que el Ser de Dios
En todo este proceso Dios se revela no dando clases ni enseñando cómo es, sino actuando de una determinada manera: "soy el que seré"(quizá la mejor traducción de la respuesta de Yahvé a Moisés en Éx 3, 14: ya lo iréis viendo). En su revelación Dios muestra su actitud hacia nosotros.
Ya Santo Tomás comienza su obra magna afirmando y diciendo que de Dios podemos saber "que es", pero no "qué es"(o cómo es).Lo primero puede recoger el eslogan impreciso de muchas gentes sencillas: "algo tiene que haber". Pero lo segundo desborda la imprecisión de ese eslogan: si nos fiamos de Cristo, ese "Algo que hay" es el amor inquebrantable de Dios hacia los seres humanos.

3.2.3. Dios de los pobres
Si ya en el Primer Testamento es clara la vinculación entre la justicia y la revelación de Dios, con la calificación de Dios como vindicador de los pobres y oprimidos, el Nuevo Testamento plenifica esa revelación: no sólo en la persona de Jesús "hecho pobre para enriquecernos con su pobreza"(2Cor 8, 9), sino en el canto de la identidad cristiana donde se contiene la definición más larga que da la Biblia sobre Dios:
"Misericordia que...derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, colma de bienes a los hambrientos y despide vacíos a los ricos"(Lc 1, 50-53). Incompatible con el culto al Dios dinero(Mt 6, 24), porque los propietarios del Reino de Dios son los pobres (Lc 6, 20).

3.2.4. "Dios Amor"
Así se acuña la única frase bíblica que no habla del hacer de Dios sino de su ser, y que cierra los escritos del Nuevo Testamento: "Dios es Amor"(1Jn 4, 16).
El amor resulta ser el más presente y el gran ausente de nuestras vidas. Dios es un amor entrevisto pero casi desconocido en nuestras experiencias humanas, para el que el Nuevo Testamento encontró una palabra casi desconocida en la lengua griega: agapé, traducida al latín como charitas (que viene de charis -gracia- como la palabra castellana "gratuito" y que indica, a la vez, el don y el desinterés del donante. Eso debería resonar en la traducción "Dios es caridad". Pero ya no resuena: porque nuestra incapacidad para la gratuidad ha invalidado esa palabra.
Sin embargo, tanto el agapé como la caridad se contraponen a nuestra experiencia más frecuente del amor, que los griegos llamaron "eros": un tipo de amor que ama al otro por interés propio. Destacando que ese interés no tiene por qué ser mezquino (aprovecharse sexual o económicamente del otro, etc.) sino expresión de que somos "seres de necesidades" (Marx)
y de necesidades inagotables. El eros hacia la belleza o la bondad puede empujarnos a ir creciendo en su busca.
Por eso es insensato contraponer moralistamente el agape al eros, para buscar a aquel condenando a éste: tales moralismos sólo llevan a lo que se dijo de aquellas monjas jansenistas: "puras como ángeles, soberbias como demonios"...Casi todo lo que de ágape hay en nosotros los humanos suele brotar de nuestro eros al que transforma. Y eso puede verse a veces, tanto en el amor de pareja como en el maternal o paterno.
No obstante, la ambigüedad de nuestros erotismos ha llevado a afirmar muchas veces (ya desde Aristóteles) que la experiencia más completa de ese amor desinteresado la encontramos en la amistad. O en algunas formas de amistad: porque también hay supuestas amistades profundamente interesadas y aprovechadas.
Finalmente: que Dios es Amor implica una desautorización del culto. Los hombres no podemos dar a Dios algo que sea digno de Él, ni necesitamos hacérnoslo propicio, porque ya está de nuestra parte. Lo único que nos pide es un poco de confianza y el empeño por un amor igualitario entre nosotros. Es admirable la evolución de este tema ya en el Primer Testamento, hasta llegar al famoso capítulo 58 de Isaías.

José Ignacio González Faus
col sicre

Para el Greco, María Magdalena vale por ciento siete
En el famoso cuadro de Pentecostés pintado por El Greco, que ahora se conserva en el museo del Prado, hay un detalle que puede pasar desapercibido: junto a la Virgen se encuentra María Magdalena. Por consiguiente, el Espíritu Santo no baja solo sobre los Doce (representantes de los obispos) sino también sobre la Virgen (se le permite, por ser la madre de Jesús) e incluso sobre una seglar de pasado dudoso (a finales del siglo XVI María Magdalena no gozaba de tan buena fama como entre las feministas actuales). Ya que el Greco se inspira en el relato de los Hechos, donde se habla de una comunidad de ciento veinte personas, podemos concluir que la Magdalena representa a ciento siete. ¿Cómo se compagina esto con el relato del evangelio de Juan que leemos hoy, donde Jesús aparentemente sólo otorga el Espíritu a los Once? Una vez más nos encontramos con dos relatos distintos, según el mensaje que se quiera comunicar. Pero es preferible comenzar por el texto más antiguo, el de la carta a los Corintios (escrita hacia el año 51).
La importancia del Espíritu (1 Corintios 12, 3b-7.12-13)
En este pasaje Pablo habla de la acción del Espíritu en todos los cristianos. Gracias al Espíritu confesamos a Jesús como Señor (y por confesarlo se jugaban la vida, ya que los romanos consideraban que el Señor era el César). Gracias al Espíritu existen en la comunidad cristiana diversidad de ministerios y funciones (antes de que el clero los monopolizase casi todos). Y, gracias al Espíritu, en la comunidad cristiana no hay diferencias motivadas por la religión (judíos ni griegos) ni las clases sociales (esclavos ni libres). En la carta a los Gálatas dirá Pablo que también desaparecen las diferencias basadas en el género (varones y mujeres). En definitiva, todo lo que somos y tenemos los cristianos es fruto del Espíritu, porque es la forma en que Jesús resucitado sigue presente entre nosotros.
La versión de Lucas (Hechos de los apóstoles 2,1-11)
A nivel individual, el Espíritu se comunica en el bautismo. Pero Lucas, en los Hechos, desea inculcar que la venida del Espíritu no es sólo una experiencia personal y privada, sino de toda la comunidad. Por eso viene sobre todos los presentes, que, como ha dicho poco antes, era unas ciento veinte personas (cantidad simbólica: doce por cien). Al mismo tiempo, vincula estrechamente el don del Espíritu con el apostolado. El Espíritu no viene solo a cohesionar a la comunidad internamente, también la lanza hacia fuera para que proclame «las maravillas de Dios», como reconocen al final los judíos presentes.
La versión de Juan 20, 19-23
El evangelio de Juan, en línea parecida a la de Pablo, habla del Espíritu en relación con un ministerio concreto, que originariamente sólo compete a los Doce: admitir o no admitir a alguien en la comunidad cristiana (perdonar los pecados o retenerlos).
Estas breves ideas dejan clara la importancia esencial del Espíritu en la vida de cada cristiano y de la Iglesia. El lenguaje posterior de la teología, con el deseo de profundizar en el misterio, ha contribuido a alejar al pueblo cristiano de esta experiencia fundamental. En cambio, la preciosa Secuencia de la misa ayuda a rescatarla.
El don de lenguas
«Y empezaron a hablar en diferentes lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse». El primer problema consiste en saber si se trata de lenguas habladas en otras partes del mundo, o de lenguas extrañas, misteriosas, que nadie conoce. En este relato es claro que se trata de lenguas habladas en otros sitios. Los judíos presentes dicen que «cada uno los oye hablar en su lengua nativa». Pero esta interpretación no es válida para los casos posteriores del centurión Cornelio y de los discípulos de Éfeso. Aunque algunos autores se niegan a distinguir dos fenómenos, parece que nos encontramos ante dos hechos distintos: hablar idiomas extranjeros y hablar «lenguas extrañas» (lo que Pablo llamará «las lenguas de los ángeles»).
El primero es fácil de racionalizar. Los primeros misioneros cristianos debieron enfrentarse al mismo problema que tantos otros misioneros a lo largo de la historia: aprender lenguas desconocidas para transmitir el mensaje de Jesús. Este hecho, siempre difícil, sobre todo cuando no existen gramáticas ni escuelas de idiomas, es algo que parece impresionar a Lucas y que desea recoger como un don especial del Espíritu, presentando como un milagro inicial lo que sería fruto de mucho esfuerzo.
El segundo es más complejo. Lo conocemos a través de la primera carta de Pablo a los Corintios. En aquella comunidad, que era la más exótica de las fundadas por él, algunos tenían este don, que consideraban superior a cualquier otro. En la base de este fenómeno podría estar la conciencia de que cualquier idioma es pobrísimo a la hora de hablar de Dios y de alabarlo. Faltan las palabras. Y se recurre a sonidos extraños, incomprensibles para los demás, que intentan expresar los sentimientos más hondos, en una línea de experiencia mística. Por eso hace falta alguien que traduzca el contenido, como ocurría en Corinto. (Creo que este fenómeno, curiosamente atestiguado en Grecia, podría ponerse en relación con la tradición del oráculo de Delfos, donde la Pitia habla un lenguaje ininteligible que es interpretado por el "profeta").
Sin embargo, no es claro que esta interpretación tan teológica y profunda sea la única posible. En ciertos grupos carismáticos actuales hay personas que siguen «hablando en lenguas»; un observador imparcial me comunica que lo interpretan como pura emisión de sonidos extraños, sin ningún contenido. Esto se presta a convertirse en un auténtico galimatías, como indica Pablo a los Corintios. No sirve de nada a los presentes, y si viene algún no creyente, pensará que todos están locos.

José Luis Sicre

Beato Romero

Xabier Pikaza



Así quiero recordarte, Óscar Romero, treinta y cinco años después de tu muerte, sentado y cercano, con traje negro de cura-obispo. No ibas para Beato, no había hecho carrera para obispo mártir, ni te habías preparado para hablar de la justicia como hablaste... Pero te tocó y lo hiciste.

Las circunstancias te pusieron en la brecha, y fuiste voz de evangelio, día a día, en la vida muerte de tu pueblo, encontrando la palabra y el gesto adecuado en cada circunstancia. Habías nacido para otras respuesta, pero escuchaste las nuevas voces doloridas de tu pueblo y supiste encontrar la voz de la Justicia, la justicia del Dios de Jesús para tu gente.
Eras en el fondo muy tradicional, te gustaban las capillas piadosas, el rezo intenso de la gente, sin mezclarte en cuestiones que parecían simplemente materiales... pero los intereses materiales golpearon y mataron a tu pueblo, y tú supiste llegar al fondo de las almas, hasta la verdad de Jesús, con la voz del evangelio.
Y la inmensa mayoría de tu pueblo te sintió cercano: por tu manera de sentirte y ser iglesia, por tu forma de ser pueblo. Por eso te quisieron los más pobres de los pobres de tu pueblo, sintieron que eras de ellos, que estabas con ellos, siendo de Dios.
No te querían los jerarcas de la buena sociedad organizada, los jefes de las armas, ni los grandes del dinero y del comercio para algunos. Dijeron que eras enemigo del orden, amigo de revoluciones peligrosos... y hasta Roma llegaron las voces y escritos de tus acusadores. Y en la misma Roma te tuvieron miedo y quisieron silenciarte los dueños casi eternos de una Curia llamada Vaticana: Te humillaron cuando fuiste, te quisieron expulsar del obispado, querían que callaras (quizá los mismos que ahora te dicen Beato).
El mismo "Santo Padre" fue duro contigo, como si debiera vigilarte, como si tuviera que ignorarte y después marginarte cuando fuiste a verle (en mayo de 1879, diez meses antes de tu asesinato). Lo recuerdo muy bien, hasta creo que tengo por ahí algún escrito de aquel tiempo. Se decía que Roma quería apartarte, poniendo en tu lugar un "administrador apostólico", porque no eras un hombre del sistema, una "figura" apropiada para aquel momento (es decir, para los dueños de un poder sangriento).
No voy a remover papeles, pero los que tenemos cierta memoria y un poco de edad sabemos recordar. Sé que volviste muy triste de Roma, y que el Papa (hoy ya santo) no quiso o no pudo entenderte. No te condenó porque era puro evangelio lo que tú decías y hacías, pero no se puso de tu parte.
Y así mataron los "poderes militares" al servicio de un sistema de dominio económico, pero te dejó morir una Iglesia aliada al sistema, una Iglesia que ahora se dice orgullosa de ti, todos buscando un lugar en tu foto de gloria.
Han pasado los años, y algunos piensan que las cosas ya se han olvidado, pero muchos que éramos entonces ya "mayores" recordamos, y nos alegramos de que te digan Beato (¡no te hacen, ya lo eres, beato y santo). Nos alegramos, pero nos alegraríamos más si se dijeran las cosas en verdad, si cambiara la visión del conjunto de la Iglesia...
Ciertamente, tu Papa Juan Pablo II, viajando por tu tierra tres años más tarde, el 1983, quiso entrar en tu catedral inacabada, para orar ante tu tumba, para decir entonces que habías dado la vida por "amor a Dios y servicio a tus hermanos". Era quizá tarde, pero fue hermoso que lo hiciera, y es hermoso que la Iglesia Universal, a través del Papa Francisco (a pesar de la oposición de muchos, dentro y fuera de la Iglesia) haya querido nombrarte Beato, no simplemente por tu muerte en defensa de la fe, sino en defensa de la justicia.
Tres años de verdad
Le asesinaron hace treinta y cinco años (24. 03. 80), después de tres de pasión con su pueblo y como su pueblo de El Salvador. Su "vida pública", como arzobispo de la capital (San Salvador) duró tres años, como la de Jesús y no dejó a nadie indiferente.
-- Unos le consideraban un profeta, un mártir, un luchador por la paz y el diálogo, un hombre de Iglesia.
 Otros, en cambio, le vieron como un simple un revolucionario, un agitador de masas, un político frustrado que promovía la crispación, un personaje en busca de notoriedad social.
Y así le mataron los políticos e ideólogos de un orden imperial capitalista. Su rostro amable, esculpido en piedra, entre D. Bonhoeffer y M.Luther King, en la abadía de Westmister, Londres, invita a mantener la esperanza contra toda desesperanza (cf. Imagen).

El recuerdo de su asesinato, unido nuevamente al de Jesús, proclama la certeza y la fuerza de un amor y una justicia que es el rostro de Dios sobre la tierra.

Experiencia fundante.
Ciertamente, Romero se había preocupado siempre por los pobres, pero de un modo general. Pues bien, unas semanas después de haber sido nombrado arzobispo de San Salvador, el 22 de febrero de 1977, uno de sus buenos amigos, que trabajaba mano a mano con los pobres, Rutilio Grande SJ, fue brutalmente asesinado por los escuadrones de la muerte.
Ese asesinato despertó su conciencia cristiana y marcó desde entonces subida.
En los meses y años que siguieron a la muerte de Grande, fueron asesinados muchos sacerdotes, religiosas y agentes de pastoral. Entre ellos había religiosas como Dorothy Kazel, Ida Ford, Maura Clarke, y trabajadores laicos como Jean Donovan, que fueron asesinados el 2 de diciembre del 1980. Estas muertes tuvieron una gran repercusión pública, pero hubo también muchos catequistas, organizadores de asambleas de trabajo, periodistas, estudiantes, personas vinculadas al servicio médico y más de tres mil campesinos, que eran asesinados cada mes. Ellos deben ser añadidos a la lista de los iconos de justicia, aunque sus muertes hayan sido en gran parte desconocidas, no reconocidas y no publicadas. A través de estos injustamente asesinados, Romero se encontró en el centro de una guerra dirigida en contra de los pobres.

Metáfora central
La metáfora central que configuró la visión espiritual del Beato Romero fue Cristo crucificado y el pueblo crucificado de El Salvador, como él mismo decía:
Cada vez que miramos a los pobres…descubrimos el rostro de Cristo… El rostro de Cristo se encuentra entre los sacos y cestas de los trabajadores del campo; el rostro de Cristo se encuentra en aquellos que son torturados y maltratados en las prisiones; el rostro de Cristo está muriendo de hambre en los niños que no tienen nada que comer; el rostro de Cristo está en los pobres que piden a la Iglesia, con el deseo de que su voz sea escuchada
El Cristo crucificado iluminó su vida, hasta que el 24 de Marzo de 1980, dentro de la iglesia del Hospital de la Divina Providencia, le dispararon y mataron mientras celebraba la misa.
Teología operativa.
El eje principal en torno al cual giró la vida de Romero fue la vida, muerte y resurrección de Jesucristo. En ésa línea, él creyó que había sido llamado a “sentir con la iglesia”, especialmente en la medida en que ella sufre en el mundo.
Romero creía que la misión de la Iglesia consiste en proclamar el Reino de Dios, que es el reino de “la paz y la justicia, de la verdad y el amor, de la gracia y de la santidad… para conseguir un orden político, social y económico que responda al plan de Dios” . (R. Brockman, The Word Remains: A Life of Oscar Romero, Orbis Books, Maryknoll NY 1982, 5).
Él afirmaba que el Reino de Dios está muy cerca y pedía a los hombres y mujeres que se arrepintieron y abandonaran la violencia, si es que querían entender las buenas noticias del evangelio y salvarse. Romero hablaba en contra de las estructuras que nacen y crecen a través de
“la idolatría de la violencia y de un tipo de justicia absolutizada, dentro del sistema capitalista de la propiedad privada, que justifica el poder políticos de los regímenes de seguridad nacional” (cf. Oscar Romero, “ La voz de los sin voz UCA, San Salvador 1980).
Una vez le visitó un funcionario eclesiástico y le hizo saber que sus modestas habitaciones, en el Hospital de la Divina Providencia, no eran “adecuadas” para un arzobispo. Él estuvo de acuerdo y le explicó que, dado que la mayoría de sus fieles vivían en chozas de cartón, sus habitaciones resultaban comparativamente demasiado lujosas. Para Romero, la conversión significaba abrir la propia vida a los pobres, viviendo en solidaridad con ellos, no como alguien superior que les da limosnas, sino como un hermano o hermana que camina en solidaridad con ellos.
Él insistía en que “una Iglesia que no se une a los pobres, a fin de hablar desde el lado de los pobres, en contra de las injusticias que se cometen con ellos, no es la verdadera Iglesia de Jesucristo” .
Algunos percibían esa actitud como una deformación de la misión de la iglesia y como una contaminación de la iglesia con la política, pero Romero contestaba:
La iglesia ha de ocuparse de los derechos del pueblo… y de la vida que está en riesgo… La iglesia ha de ocuparse de aquellos que no pueden hablar, de aquellos que sufren, de los torturados, de los silenciados. Esto no implica dedicarse a la política… Seamos claros. Cuando la iglesia predica la justicia social, la igualdad y la dignidad del pueblo, defendiendo a los que sufren y a los que son amenazados, esto no es subversión, esto no es marxismo; ésta es la verdadera enseñanza de la Iglesia .
Ciertamente, Romero se enfrentó de lleno con los desafíos políticos de su tiempo, el no fue simplemente un activista social, sino también un hombre de honda oración y meditación, que le ayudaron a mirar más allá y debajo de la superficie de los acontecimientos, descubriendo las verdades más profundas de la realidad.
A menudo, él suspendía las discusiones más intensas y acaloradas con sus consejeros, a fin de orar sobre las decisiones que debían tomar . Romero supo que sin Dios no es posible alcanzar la verdadera liberación.

Él fue un testigo de que la justicia debe ocuparse de las dimensiones históricas de este mundo, pero nunca perdió de vista la dimensión trascendente de la liberación. En esa línea, él afirmaba siempre que sin Dios no puede hablarse de liberación. Ciertamente, “sin Dios se pueden alcanzar algunas liberaciones temporales; pero las liberaciones definitivas sólo pueden alcanzarlas los hombres y mujeres de fe” .

Contribución a la justicia.
A lo largo de su vida, Romero intentó que la sociedad no cayera en manos de la pura violencia. Pues bien, después de su muerte, la nación de El Salvador se vio envuelta en una guerra civil en toda regla. Según los cálculos más conservadores, esa guerra llevó a la muerte de más de setenta y cinco mil personas, aunque son muchos los que creen que el número de muertos fue de hecho tres veces más grande. Ante el rostro de una tragedia de dimensiones tan dramáticas, y dentro de una cultura global cada vez más interesada en “tener más”, Romero mantuvo siempre el ideal de “ser más” .
El legado más importante de su vida fue el ofrecimiento de su propia vida a favor del pueblo al que amaba . Romero pensaba que “el mayor testimonio de fe en un Dios de Vida es el testimonio de aquellos que están dispuestos a dar su propia vida” . Poco antes de su muerte, el afirmaba:
El martirio es una gracia que yo creo que no merezco. Pero, si Dios acepta el sacrificio de mi vida, quiero que mi sangre sea semilla de libertad y un signo de que esta esperanza se convertirá pronto en realidad. Que mi muerte, si es aceptada por Dios, esté al servicio de la liberación de mi pueblo y sea un testimonio de esperanza en el futuro .
En ese mismo tiempo, unos días antes de su muerte, Romero insistía en lo siguiente: “Debo decirle que, como cristiano yo no creo en una muerte sin resurrección. Si me matan, yo resucitaré en el pueblo salvadoreño” . La fe Romero en el Dios de la vida, aunque rodeada de amenazas de muerte, ha inspirado a innumerables personas que han luchado a favor de la justicia, incluyendo a Ignacio Ellacuría y a los otros cinco jesuitas y a las dos mujeres que fueron asesinados el 16 de noviembre de 1989. Actualmente el Centro Oscar Romero se encuentra en el lugar donde ellos fueron asesinados.
La aportación de Romero reside también en al carácter ordinario de su vida.
Él era un hombre miedoso, cariñoso y con dudas. Su transformación, que le llevó a dejar de ser un hombre de iglesia seguro y conservador, para convertirse en un defensor profético de los pobres, abre un camino de esperanza para todos aquellos que están abiertos a la acción de Dios en su propia vida y que quieren encontrarle en medio de las ambigüedades y complejidades de nuestro mundo contemporáneo e incluso en medio de las incertidumbres de tener que encontrar nuestra ruta de navegación en busca de paz.

Romero fue testigo de la misericordia de Dios en un mundo sin misericordia. Así dijo:
“A través de mi vida sólo he sido un poema del amor de Dios y yo he llegado a ser en él lo que él ha querido que fuera” .
Manteniéndose en solidaridad con el Cristo del altar y con el Cristo crucificado en los pobres, Romero y otros como él han venido a ser conocidos como unos “entregados” [original en castellano], como personas que no solamente dan su vida por el pueblo, sino que, a través de su testimonio fiel, son una revelación de la vida de aquel a quien llamamos como a su ciudad: El Salvador.

(Cf. D. G. Groody, Globalization, Spirituality and Justice, Orbis New York 2007).