jueves, 27 de marzo de 2014

Marc Ouellet, junto a Osoro en la apertura del Año Judicial
A.SÁIZ/AVAN

El prefecto de Obispos abrió el Año Judicial del Tribunal Eclesiástico de Valencia

Ouellet propone “una renovada pastoral de la misericordia” para el matrimonio y las familias en situación irregular

Denuncia las "legislaciones contrarias a los valores tradicionales" promovidas por "grupos de presión"


  •  Una pastoral de la misericordia debe en primer lugar preocuparse de salvar al hombre y a la mujer del temor a entregarse, que obstaculiza en gran medida cualquier búsqueda de felicidad
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Ouellet y Osoro

  • Marc Ouellet
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  • Osoro, con Marc Ouellet
  • Marc Ouellet
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  • Osoro, con Marc Ouellet
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  • Osoro, con Marc Ouellet
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(AVAN).- El cardenal canadiense Marc Ouellet, prefecto de la Congregación para los Obispos, ha propuesto hoy una "renovada pastoral de la misericordia en fidelidad a la tradición católica" para el matrimonio y la familia, que permita también "ayudar a las familias en situación irregular, que, aun así, aspiran a una vida de gracia auténtica".
Durante la apertura del Año Judicial del Tribunal Eclesiástico de la archidiócesis, el cardenal ha pronunciado la lección magistral titulada "El matrimonio y la familia en la sacramentalidad de la Iglesia. Desafíos y perspectivas", y ha recordado cómo "el papa Francisco ha comparado la misión de la Iglesia en el mundo actual con un `hospital de campaña´ que cura a tantos heridos caídos en el campo de batalla".
Esta imagen "se adapta perfectamente a la situación del matrimonio y de la familia, que desde hace algunas décadas padece ungrave deterioro no sólo en el plano de la vida de las parejas, sino también a nivel delegislaciones contrarias a los valores tradicionales de la institución familiar,promovidas por grupos de presión aprovechando la mentalidad relativista dominante", ha indicado.
Además, ha recordado también que el próximo Sínodo Romano de los Obispos tendrá la tarea de examinar la situación de las familias de hoy y de "ofrecer orientaciones pastorales capaces de fortalecer a las parejas que han permanecido fieles a pesar de todos los vientos contrarios, de curar a las personas heridas por un fracaso en el amor, de ayudar a las familias en situación irregular, que, aun así, aspiran a una vida de gracia auténtica".

En su intervención, ha expuesto que "una pastoral de la misericordia debe en primer lugarpreocuparse de salvar al hombre y a la mujer del temor a entregarse, que obstaculiza en gran medida cualquier búsqueda de felicidad". De hecho, "muchos creen hoy que la complejidad de las situaciones matrimoniales, la lentitud de los procedimientos jurídicos para evaluar la validez de las uniones, el ejemplo de la tradición ortodoxa y las prácticas no oficiales que se difunden por solicitud pastoral, sin olvidar la oleada de esperanza suscitada por la predicación del papa Francisco, exigen de parte de los pastores una reflexión y unas iniciativas innovadoras que respondan a los nuevos desafíos de la evangelización" .

A este respecto el purpurado ha asegurado que "comparto esa esperanza y esa convicción, aun creyendo que, con ocasión de los debates en curso, el Espíritu Santo nos indicará caminos de renovación en fidelidad a la tradición católica", y ha puntualizado que "tradición no significa inmovilismo, sino más bien progreso de una realidad viva que cambia y se adapta sin perder la propia identidad".
Más adelante, ha expresado la necesidad de "una pastoral renovada del matrimonio y de la familia que debe dar a conocer mejor la herencia del Concilio y la hermenéutica adecuada que de él ha hecho el beato Juan Pablo II".
En su lección magistral, el cardenal Ouellet ha destacado "la dimensión misionera que adquieren los sacramentos, ya que son la visibilidad de la Iglesia a los ojos de las naciones". A su vez, "la sacramentalidad de la Iglesia se basa en la relación esponsal entre Cristo y la Iglesia, de la que habla San Pablo en la Epístola a los Efesios para fundar el valor sacramental del amor conyugal entre un hombre y una mujer", y ha considerado "providencial y profético" que el Concilio Vaticano II haya reafirmado el valor del matrimonio y de la familia, "cuando la secularización de las culturas y de las sociedades generaba gradualmente una crisis antropológica sin precedentes".
A este respecto, el purpurado ha reconocido que "la pastoral de la Iglesia está todavía lejos de poner en acto la nueva evangelización del matrimonio y de la familia recomenzando desde Cristo y desvelando la belleza de la familia como Iglesia doméstoca", tal y como promovió por el Concilio y "relanzó" la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio".
Por otra parte, "el sacramento del matrimonio no se limita a ayudar a los cónyuges a realizar los fines naturales de su unión, a saber, la unidad de los esposos, la procreación y la educación de los hijos, sino que eleva el amor humano a la dignidad de signo sacramental", ha dicho el cardenal Ouellet, que ha defendido "la vocación al matrimonio como vocación a la santidad, una santidad conyugal y familiar que revela y encarna concretamente en el mundo la verdadera naturaleza de la Iglesia como Esposa de Cristo".
En cuanto a los divorciados vueltos a casar que aspiran a "regularizar su participación en la vida eclesial", el prefecto de la Congregación de los Obispos ha invitado a "acoger calurosamente su disponibilidad para un camino de conversión, penitencia y crecimiento espiritual" y ha insistido en que "respetando profundamente la diversidad de situaciones y responsabilidades, en caso de fracasos no susceptibles de una solución jurídica adecuada, se les debe ayudar a restablecer su vida de unión con Cristo en su nueva situación, pero con el límite impuesto por la verdad de los sacramentos de la Iglesia", a través de un "renovado anuncio de la misericordia fuera de un contexto propiamente sacramental".

Además, "como en el caso de los no cristianos o de otros cristianos en los que Dios no está ligado al orden sacramental, la misericordia de Dios actúa de todos modos internamente en sus vidas", ha aclarado el cardenal Mark Ouellet, quien, de todas formas, ha hecho un llamamiento para que "ni nos dejemos encerrar en una problemática estrecha de los divorciados vueltos a casar, ni en una visión estrecha de la comunión sacramental".


Al término de su lección magistral, ha invitado también a "buscar, al mismo tiempo, facilitar la resolución de los casos de nulidad". A este propósito, ha considerado que el trabajo de los tribunales matrimoniales "es hoy más esencial que nunca para discernir los casos de invalidez del matrimonio a partir del examen de la verdad del vínculo conyugal en que basa el reconocimiento o no de invalidez".

Este trabajo "debe realizarse con objetividad e imparcialidad, en un auténtico espíritu pastoral, teniendo en cuenta la fidelidad de la Iglesia, el misterio de la Alianza y la ley suprema de la salvación de las almas".
También ha instado a que "el diálogo pastoral con los solicitantes del matrimonio, realizado con respeto y cordialidad, debe hacerles entender la obligación de la Iglesia con respecto a la verdad de los sacramentos de la fe".

En cualquier caso, "no se debe subestimar el potencial evangelizador constituido por una solicitud de celebración del matrimonio dirigida a la Iglesia", ha indicado el purpurado canadiense, que se ha mostrado convencido de que "pocas situaciones humanas son tan propicias para la proclamación del Evangelio y el encuentro con Cristo como el acontecimiento de amor entre un hombre y una mujer que les hace experimentar algo del misterio de Dios que es amor".


De igual manera, ha concluido que el "futuro de la evangelización de la humanidad pasa por la familia" y que la familia es "el gran recurso para llevar a cabo una auténtica conversión pastoral en una Iglesia toda ella misionera".


col estrada

Desde el principio, el papa Francisco sorprendió y abrió espacio a la esperanza. No hay duda de que ha cambiado el estilo del Papa, rompiendo con el autoritarismo y la sacralidad que impregnaron a muchos papados anteriores. El papa Francisco optó por humanizar el Papado, después de siglos de un proceso de divinización, y por despapalizar la Iglesia. Ya no era sólo él quien bendecía, sino el pedía ser bendecido.
Pidió y sigue pidiendo que se rece por él, subrayando su debilidad y la necesidad que tiene de todos, para dar una perspectiva evangélica a la Iglesia. Frecuentemente cambian las personas al asumir un cargo, según el conocido refrán popular de "si quieres conocer a Juanillo, dale un carguillo". En este caso es la persona la que está transformando el cargo, aunque también éste impregna a la persona que lo ocupa.
Es uno de esos casos, en los que a mayor responsabilidad y altura de miras, se mejora a las personas. Bergoglio fue mejor obispo que superior de los jesuitas y el papa está mostrando que puede ser mejor que el arzobispo de Buenos Aires. El contacto con el pueblo, en lugar de aislarse de él; la toma de conciencia del sufrimiento de las personas; la sensibilización con las necesidades de los pobres y la percepción de que la corrupción, el nepotismo y el autoritarismo tienen un lugar en la Iglesia, está determinando el nuevo estilo papal. Por eso, un año después, subsiste la esperanza y hay todavía confianza en su proyecto.
Pero una cosa es predicar y otra dar trigo. Es más fácil cambiar la sensibilidad personal y ofrecer un nuevo estilo de ejercer la autoridad que acometer las necesarias reformas en la Iglesia y replantear sus instituciones. Hay aquí un círculo inevitable. Son las personas las que construyen las estructuras. Pero, las instituciones, a su vez, inciden en las personas, las impregnan y las determinan. El ser humano es un producto social, además de ser protagonista de la sociedad. Si no cambiamos las instituciones, éstas acaban transformando a las personas.
El pecado de los hombres genera estructuras de pecado y éstas revierten en los sujetos que las han creado. Hay que atender a ambos frentes, el personal y el social. Por eso, no basta un papa bueno y más evangélico, sino que se necesita también el reformador de una Iglesia que se ha quedado obsoleta en un tiempo de rápidos cambios. Sobre todo hace falta el impulsor de un proceso de cristianización de la iglesia, porque ésta se ha constituido en un poder bastante mundano, alejado del espíritu y la letra de los evangelios.
Esas reformas todavía no se han realizado, un año después. De tal modo que si mañana se muriera el papa dejaría un cuerpo institucional que, básicamente, es el mismo que heredó, a pesar de su cambio de estilo. Pero las grandes reformas necesitan tiempo, tanto más cuanto más profundas sean. Y ese cambio ya está en proceso con comisiones de cardenales que tienen que acometerlo; con la preparación de un sínodo que tiene que abordar grandes problemas que inciden en la vida de las personas; con nombramientos episcopales que buscan universalizar una nueva forma de ejercer la autoridad; con una llamada a la participación de todas las iglesias y un nuevo contexto que permite expresarse a cristianos hasta ahora silenciados... Hay mucha gente que respira después de sentirse asfixiada durante décadas, hay más libertad y participación, y crece el interés por el cristianismo en gente muy distante de la Iglesia en décadas anteriores.
Podríamos recurrir al símil de los brotes verdes o del final del túnel, según el modismo político que prefiramos. Pero se trata sólo de eso, aunque no es poco, porque subsisten los indicios y la esperanza que se generó el primer momento. Pero, hasta ahora, es un programa más en ciernes que realizado; más un proyecto y un deseo que una realidad constatable. Es comprensible el entusiasmo que genera el Papa, más cercano en su estilo a Juan XXIII que a sus predecesores inmediatos, aunque hay que evitar la lacra del culto a la personalidad que subsiste en la Iglesia.
También debe imperar la prudencia ante una personalidad de religiosidad y teología conservadora, aunque de indudable talante evangélico. Salvando las distancias, es el dilema que tuvo el arzobispo Óscar Romero en el Salvador, que pasó de un tradicionalismo cerrado a ser un reformador de la iglesia y un propulsor de un cambio evangélico. Esperemos que el proceso de cristianización que vive Bergoglio en el contacto con la realidad de la Iglesia le lleve también a ser el renovador e inspirador de una nueva forma de iglesia. Se trata de seguir adelante con el Concilio Vaticano II, que inauguró una primavera en la Iglesia. En ambos momentos históricos subsisten estructuras, grupos y personas que se resisten a una reforma de la Iglesia. Por eso, el proyecto de renovación ha comenzado, pero lo más difícil queda por hacer.

Juan A. Estrada

PARA EXCLUÍDOS

Jn 9, 1-41
Es ciego de nacimiento. Ni él ni sus padres tienen culpa alguna, pero su destino quedará marcado para siempre. La gente lo mira como un pecador castigado por Dios. Los discípulos de Jesús le preguntan si el pecado es del ciego o de sus padres.
Jesús lo mira de manera diferente. Desde que lo ha visto, solo piensa en rescatarlo de aquella vida desgraciada de mendigo, despreciado por todos como pecador. Él se siente llamado por Dios a defender, acoger y curar precisamente a los que viven excluidos y humillados.
Después de una curación trabajosa en la que también él ha tenido que colaborar con Jesús, el ciego descubre por vez primera la luz. El encuentro con Jesús ha cambiado su vida. Por fin podrá disfrutar de una vida digna, sin temor a avergonzarse ante nadie.
Se equivoca. Los dirigentes religiosos se sienten obligados a controlar la pureza de la religión. Ellos saben quién no es pecador y quién está en pecado. Ellos decidirán si puede ser aceptado en la comunidad religiosa.
El mendigo curado confiesa abiertamente que ha sido Jesús quien se le ha acercado y lo ha curado, pero los fariseos lo rechazan irritados: "Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador". El hombre insiste en defender a Jesús: es un profeta, viene de Dios. Los fariseos no lo pueden aguantar: "Empecatado naciste de pies a cabeza y, ¿tú nos vas a dar lecciones a nosotros?".
El evangelista dice que, "cuando Jesús oyó que lo habían expulsado, fue a encontrarse con él". El diálogo es breve. Cuando Jesús le pregunta si cree en el Mesías, el expulsado dice: "Y, ¿quién es, Señor, para que crea en él?". Jesús le responde conmovido: No está lejos de ti."Lo estás viendo; el que te está hablando, ese es". El mendigo le dice: "Creo, Señor".
Así es Jesús. Él viene siempre al encuentro de aquellos que no son acogidos oficialmente por la religión. No abandona a quienes lo buscan y lo aman aunque sean excluidos de las comunidades e instituciones religiosas. Los que no tienen sitio en nuestras iglesias tienen un lugar privilegiado en su corazón.
¿Quien llevará hoy este mensaje de Jesús hasta esos colectivos que, en cualquier momento, escuchan condenas públicas injustas de dirigentes religiosos ciegos; que se acercan a las celebraciones cristianas con temor a ser reconocidos; que no pueden comulgar con paz en nuestras eucaristías; que se ven obligados a vivir su fe en Jesús en el silencio de su corazón, casi de manera secreta y clandestina? Amigos y amigas desconocidos, no lo olvidéis: cuando los cristianos os rechazamos, Jesús os está acogiendo.

José Antonio Pagola