miércoles, 13 de noviembre de 2013

CÁSATE Y SÉ SUMISA
José María Castillo   




El arzobispo de Granada dirige la editorial "Nuevo Juicio". Y nos acabamos de enterar de que esta editorial ha publicado un libro que habría sido un éxito rotundo en tiempos remotos, allá por el año 450 antes de Cristo, o sea hace más de dos mil quinientos años, cuando nacieron los códigos de las XII Tablas, que marcan el comienzo del Derecho romano. El libro se titula "Cásate y sé sumisa". Y ha sido escrito por una mujer, Constanza Mariano.

La tesis que defiende esta mujer es que la sociedad, la familia, las dificultades que nos abruman, todo eso se resolvería si recuperásemos y pusiéramos en práctica de verdad los códigos familiares de las cartas a los Colosenses y Efesios (Col 3, 18-4, 1; Ef 5, 21-6, 9). Como es bien sabido, estas cartas no fueron redactadas por san Pablo, aunque sin duda están fuertemente condicionadas por su pensamiento. Y llevan el sello del Derecho romano en cuanto se refiere a los derechos y deberes dentro de la familia.

En aquel modelo de familia, todo dependía del "paterfamilias", el marido / padre / amo de la mujer, de los hijos y de los esclavos. Era la sociedad patriarcal en estado puro. Lo que inevitablemente hacía imposible el ejercicio de lo que hoy conocemos como derechos humanos, que hacen posible el Estado de derecho. Y, sobre todo, aquel modelo de familia era la escuela perfecta para perpetuar la formación de la "mentalidad sumisa". La mentalidad que más apetecen los que mandan, para mantener su dominio sobre los demás.

Yo supongo que Constanza Mariano no ha pretendido, en modo alguno, imponer semejante forma de dominio en la familia. Pero confieso que, al enterarme de la publicación de este libro, no he podido evitar que me venga a la memoria lo que bien nos ha recordado V. Romano: solo los esclavos son aptos para la represión.

Como se sabe, los atenienses solo empleaban a esclavos en la policía. Quien practica la represión como oficio tiene que sufrirla él mismo para ser un represor ejemplar. Esta es la causa profunda de que la obediencia ciega y los ejercicios absurdos de instrucción desempeñen un papel tan importante en el ejército y en la policía. No olvidemos que entre los vigilantes más fieles y seguros de los campos de concentración nazis estaban los propios prisioneros.

No le faltaba razón a Bertolt Brecht cuando, en su "Loa de la dialéctica", dijo esto:

"¿De quién depende que siga la opresión? De nosotros. ¿De quién que se acabe? De nosotros también".



José M. Castillo

martes, 12 de noviembre de 2013

Desde el papel de la mujer al diálogo ecuménico, pasando por la cuestión del primado
"Concilum" lanza sus propuestas para la reforma de la Curia romana

 La revista Concilium entiende que su misión consiste en mantener encendida la antorcha del Vaticano II mediante su servicio teológico a la Iglesia universal 





(Verbo Divino).- 
"Propuestas para la reforma de la Curia romana" es el título del monográfico de la revista Concilium para este mes de noviembre. Un completo documento en el que distintos expertos trazan los principales retos para la Iglesia que necesitamos en el futuro, en distintos campos: desde el papel de la mujer al diálogo ecuménico, pasando por la renovación del gobierno, la cuestión del primado de Pedro, el Vaticano II y la "Iglesia de los pobres".

Tal y como cuenta en la introducción el presidente de Concilium, Félix Wilfred, "la revista Concilium entiende que su misión consiste en mantener encendida la antorcha del Vaticano II mediante su servicio teológico a la Iglesia universal. Este sentido de misión impulsó al consejo editorial a aprovechar la oportunidad y ayudar a la Iglesia y al papa Francisco a llevar a cabo la reforma inconclusa de la Curia romana".

"Se decidió hacer un estudio de la cuestión de la reforma desde varias perspectivas: histórica, teológica, eclesiológica, canónica y pastoral. Normalmente, la preparación de un número de Concilium lleva unos dieciocho meses. Sin embargo, en el caso de la reforma de la Curia romana, la revista sintió la urgencia de salir al paso con su contribución, sin dilación alguna. Se decidió entonces poner en marcha la preparación necesaria para que saliera este número especial, que es el último de este año, posponiendo el tema de la «Ortodoxia» para 2014".

"Como cabe imaginar, la gran dificultad era encontrar a los autores que pudieran escribir y entregar sus trabajos inmediatamente sin merma alguna de su calidad. Pero por fortuna llegamos a contactar con algunos de los especialistas más destacados que estaban dispuestos a contribuir con poca antelación a las diversas cuestiones que componen este número".


Por ser la reforma de la Curia romana una prioridad en este comienzo del pontificado del papa Francisco, Concilium, dentro de su tradición de publicación enraizada en la teología conciliar, pretende ofrecer a la consideración de los lectores los análisis y sugerencias de especialistas en áreas como la historia de la Iglesia, el derecho canónico, la eclesiología, la pastoral y la espiritualidad, partiendo de los textos del Concilio Vaticano II y de documentos posteriores con origen en el mismo magisterio pontificio.
El movimiento feminista y la Iglesia
Isabel Acebo




 El movimiento feminista llegó a todos los sectores del mundo civilizado durante el siglo pasado, pero las comunidades y los credos que se basan en la tradición, tienen problemas para asumir las exigencias igualitarias de las mujeres. Es algo normal ya que en su tradición el sexo femenino se ha pensado y se ha movido siempre en papeles subordinados. El caso del reciente libro de la diócesis de Granada con el título provocativo de Cásate y sé sumisa es un ejemplo patente pues se puede apoyar en la Biblia y en muchos autores cristianos para fundamentar su tesis. La teología católica se enfrenta a este reto de un cambio difícil de anclar en el pasado y con la carga de una reflexión previa que se ha quedado desfasada y anacrónica. Estoy pensando en algunas declaraciones papales relativamente recientes.

 El papa Francisco ha expresado varias veces el deseo de ampliar las posibilidades para que exista una mayor presencia femenina en la Iglesia pero le va a resultar difícil conseguir su propósito. Las mujeres han estado en los hospitales, en los colegios, en la catequesis, en misiones… en un número mayor que los varones y recientemente han dirigido esos centros. Donde se nota su falta es en el altar y en los órganos directivos de la comunidad católica pero si éstos están reservados a los varones ordenados ¿cómo se puede resolver el problema? A la corta le veo poca solución.

 La Iglesia es mujer y madre nos dice Francisco con entusiasmo porque valora lo que significa la maternidad de las mujeres, algo que se ha considerado siempre quizás con exceso. El problema es que las mujeres quieren ser algo más que madres. La vida biológica se ha extendido y da tiempo para hacer muchas cosas más que engendrar, parir y educar, aparte que hay mujeres que no son madres porque no quieren o no pueden.

 También aboga el pontífice por el desarrollo de una profunda teología de la mujer y mi pregunta es ¿hecha por varones o por mujeres? La primera es responsable de esa larga historia sobre la mujer madre, reina del hogar, sumisa y servidora pero hay que pensar que muchos varones actuales no piensan así, pero no se puede bajar la guardia pues ejemplos como el de Granada los hay por todas partes. Y lo peor es que muchas veces son las propias mujeres las que se enfrentan a las que piden mayor igualdad ¿no se consideran preparadas? ¿Prefieren el status de minoría de edad? Siempre me lo ha preguntado y no he sabido responder.

La teología feminista ha hecho un gran papel desmantelando muchos de los planteamientos teológicos que fundamentaban en la Biblia y en Dios la subordinación de las mujeres. Ha descubierto los frutos espirituales, intelectuales y pastorales de muchas mujeres a lo largo de los siglos pero creo que en estos momentos debe de dar un paso más. Tras la protesta y los hallazgos hemos visto que el pensamiento femenino es muy variado pues depende, como toda reflexión, del lugar y del momento. No piensa lo mismo una católica en Asia, en África, en América o en Europa y también influye en su razonamiento su raza o su nivel intelectual. Hoy no se pueden sacar muchos denominadores comunes del pensamiento teológico femenino lo que a mi manera de ver es positivo.

 Siempre me ha molestado que haya días dedicados a la mujer porque no somos un sub género de la raza humana. Por eso creo que ha llegado el momento dentro de la Iglesia de hablar de una teología laical pues, a ese nivel, todos somos miembros iguales gracias a nuestro bautismo. Desde ahí esa teología tendrá que explorar todos los campos en los que varones y mujeres podemos colaborar ofreciendo nuestros valores y sin pensar que somos diferentes. Creo que es el camino que busca nuestro papa actual y que de alguna forma será responsable de la desclerización de la Iglesia por la apertura a los laicos de funciones que siempre han estado reservadas a los sacerdotes.
Una sola víctima, 
un solo altar, u
na sola pascua
José Manuel Bernal





La celebración de la memoria de los mártires se polariza, ya desde el principio, en la eucaristía. Esta acabará sustituyendo entre los cristianos el banquete funerario o refrigerio. Por eso, la mesa eucarística, colocada al principio ante la tumba del mártir, irá colocándose posteriormente sobre la misma. De esta forma la comunidad expresa su convencimiento de que el mártir se ha incorporado plenamente al sacrificio de Cristo. Ellos son «los degollados a causa de la Palabra de Dios y del testimonio que dieron», contemplados por Juan en el Apocalipsis (12,11), y los que han deseado, como Pablo, que «su sangre fuera derramada como libación sobre el sacrificio y la ofrenda de nuestra fe» (Flp 2,17). Por eso, al celebrar la eucaristía sobre la tumba del mártir no sólo se hace memoria de la pasión y del triunfo de Cristo; junto con la memoria de la pascua del Señor se hace también memoria del mártir, de su pasión y de su triunfo, vinculado para siempre a la pasión y a la victoria pascual del Señor. Eso explica por qué en esas primitivas celebraciones eran leídas las Actas de los mártires. 

Así lo entendió la tradición cristiana, como lo demuestran las palabras de un antiguo texto, falsamente atribuido a Constantino, y que seguramente es posterior al 362. Se trata de la Oratio ad sanctorum coetum. Dice así, refiriéndose al culto de los mártires: «Entonces se cantan himnos, salmos y cánticos a la gloria de aquel que todo lo ve, y en memoria de estos hombres se celebra la eucaristía, el sacrificio que desterró la sangre y la violencia. No se busquen allí ni el olor del incienso ni las llamas de una pira, sino pura luz, capaz de iluminar a los que allí oran. A menudo se junta también una modesta comida en favor de los pobres e infortunados».

En este mismo sentido se expresa algo más adelante san Ambrosio, obispo de Milán: «Las víctimas que han vencido a la muerte sean puestas debajo del lugar en que Cristo se inmola en sacrificio. Pero sobre el altar sea colocado aquel que padeció por todos. Estos, que han sido redimidos con su pasión, bajo el altar. Yo me había reservado este lugar para mí, pues es justo que el sacerdote descanse allí donde tenía costumbre de ofrecer la oblación; pero a las santas víctimas les cedo la parte de la derecha, pues ése es el lugar que corresponde a los mártires».

De modo más amplio y desarrollado alude a esto un testimonio algo posterior. Lo cual demuestra que la Iglesia va teniendo una conciencia cada vez más aguda de las motivaciones profundas que justifican la presencia de los mártires debajo del altar en el que se celebra la eucaristía. Se trata de un texto editado bajo el nombre de Máximo de Turín, pero cuya paternidad literaria se discute aún entre los expertos. En todo caso se trata de un testimonio que se remonta a los siglos V o VI: «Por tanto, hay que tener a los mártires en el más alto y principal lugar por causa de la fe. Ved, sin embargo, qué lugar deben merecer ante los hombres quienes ante Dios merecieron un lugar bajo el altar. Pues dice la Sagrada Escritura: 'Vi debajo del altar las almas de los degollados a causa de la Palabra de Dios y del testimonio que dieron' (Ap 12,11). Qué más reverente, qué más honorable puede decirse sino que descansan bajo ese altar en el que se celebra el sacrificio ofrecido a Dios, en el que se ofrecen las víctimas inmoladas, en el que el Señor es el sacerdote? Con razón, pues, los mártires se colocan bajo el altar porque sobre el altar es colocado Cristo. Con razón las almas de los justos descansan bajo el altar, porque sobre el altar se ofrece el cuerpo del Señor (...). Por tanto, es conveniente que, en virtud de una suerte común, la sepultura de los mártires se coloque allí donde la muerte de Cristo se celebra todos los días, pues así dice él mismo: 'Cuantas veces hagáis esto anunciáis mi muerte hasta que venga' (1 Cor 11,26). Esto es, quienes mueren a causa de su muerte deben descansar en virtud del misterio sacramental. Precisamente por eso, a mí me parece que, en virtud de una identidad de destino, la tumba del mártir ha sido erigida allí donde son depositados los miembros del Señor inmolado, de suerte que quienes se vieron unidos en una misma pasión se vean ahora reunidos en un mismo lugar sagrado».

La fuerza y la profundidad teológica del testimonio que acabo de citar es incuestionable. No puede decirse más, ni más bellamente, ni con mayor profundidad, en menos palabras. Eso demuestra que la Iglesia va profundizando cada vez más y perfilando su postura y su pensamiento a este respecto. Es la época en que comienzan a construirse las grandes basílicas fuera de los muros de Roma sobre las tumbas de los mártires más insignes, como las de los apóstoles Pedro y Pablo: la de éste en la Via Ostiense, la de aquél al pie de la colina Vaticana; la de san Lorenzo en la Via Tiburtina, la de la joven virgen santa Inés en la Nomentana, la de san Sebastián en la Via Appia, etc. En todas ellas el altar será colocado justamente sobre la tumba del mártir o sobre el lugar donde el mártir hizo confesión de su fe. Por eso este altar será llamado «altar de la confesión». Casi siempre en la parte inferior se ha construido una cripta cuyo altar se halla emplazado frente a la tumba, con acceso para los peregrinos. Fenómeno semejante ha tenido lugar tanto en Oriente como en Occidente.
Martín Gelabert Ballester, OP 
¿De qué modo Dios interviene en Filipinas? 



Me escribe un amigo y me propone provocativamente: “¿podrías detenerte una vez más explicando de qué manera Dios interviene en la historia? No me extrañaría nada que alguien haya hecho ya responsable a Dios de la tragedia de Filipinas”. Cada vez que ocurre una desgracia provocada por los elementos de la naturaleza surge, de una u otra forma, la pregunta por el papel de Dios en la catástrofe. No es tan frecuente que aparezcan preguntas similares cuando se trata de desgracias todavía mayores, aunque quizás menos llamativas, provocadas por la ambición de los seres humanos. Pienso por ejemplo en las víctimas que producen las guerras. Detrás de las guerras hay grandes intereses económicos: si con el dinero destinado a fabricar armas se produjeran alimentos se acabaría el problema del hambre en el mundo.



Pero no quiero desviarme de la pregunta sobre el modo cómo interviene Dios en la historia. Dios siempre interviene a través de los seres humanos. ¿Cómo se hace presente en Filipinas? Por medio de la solidaridad de tantas personas que entregan su saber, su tiempo, su esfuerzo y su dinero para paliar los efectos inevitables de la catástrofe. No está de más recordar que en esta tarea paliativa las instituciones y personas cristianas ocupan un puesto de preferencia. Cierto: si hay que intervenir es porque antes ha habido una catástrofe. ¿Y cómo es que Dios no la evita, siendo el poderoso dueño del universo? Porque no puede evitarla. Porque este mundo es finito, imperfecto, frágil.



Todas las preguntas son válidas, también la de por qué Dios no evita los tifones. Pero aunque de entrada no caigamos en la cuenta, es similar a la pregunta de por qué nos morimos. Se pueden dar explicaciones de tipo científico (el movimiento de las placas tectónicas juega un papel esencial para regular la temperatura y reciclar el carbono; dicho de otra manera: todo está relacionado y todo contribuye a que la vida pueda continuar). Se pueden hacer consideraciones morales o teológicas. Pero esto no consuela a los que sufren. Ni están en condiciones de escucharlo. Son explicaciones que buscamos precisamente los que no estamos afectados por la desgracia, no sé si para sentirnos tranquilos o para justificar nuestra buena suerte. Los que sufren no buscan explicaciones, sino sentirse acompañados.



Desde la fe sabemos que en la mano que nos tienden los hermanos está Dios acompañándonos. También está en nuestras protestas y preguntas, en nuestras lágrimas, lamentos y tristezas. Está presente en la vida y en la muerte, en la alegría y en el dolor. Pero su presencia es empíricamente indetectable. Es un Dios silencioso. Ante este silencio, que resuena clamoroso en estas catástrofes, necesitamos motivos para seguir creyendo. Pero como la fe es individual e intransferible, puede ocurrir que mientras unos reafirman su fe, otros afirmen que Dios no está presente o que nos ha abandonado. Jesús de Nazaret se planteaba algo similar.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Teología hecha por mujeres 

a partir de la feminidad

Leonardo Boff 

            El Papa Francisco ha dicho que necesitamos una teología más profunda sobre la mujer y su misión en el mundo y en la Iglesia. Es cierto, pero él no puede desconocer que hoy existe amplia literatura teológica de la mejor calidad, hecha por mujeres en la perspectiva de las mujeres, lo que ha enriquecido enormemente nuestra experiencia de Dios. Yo mismo me he dedicado intensamente al tema, y terminé escribiendo dos libros, El rostro materno de Dios (1989) y Femenino-Masculino (2010), este último en colaboración con la feminista Rosemarie Muraro. Entre tantas de la actualidad, he decidido traer al presente a dos grandes teólogas del pasado verdaderamente innovadoras: Santa Hildegarda de Bingen (1098-1179) y Santa Juliana de Norwich (1342-1416).
            Santa Hildegarda de Bingen (1098-1179), considerada quizás la primera feminista dentro de la Iglesia, fue una mujer genial y extraordinaria no sólo para su tiempo, sino para todos los tiempos. Fue monja benedictina y maestra (abadesa) de su convento Rupertsberg de Bingen en el Rhin, profetisa (profetessa germanica), mística, teóloga, predicadora ardiente, compositora, poeta, naturalista, médica informal, dramaturga y escritora alemana.
            Es un misterio para sus biógrafos y estudiosos cómo esta mujer pudo ser todo eso en el estrecho y machista mundo medieval. En todos los ámbitos en los que actuó reveló excelencia y enorme creatividad. Muchas son sus obras, místicas, poéticas, sobre ciencia natural y sobre música. La más importante y leída hasta hoy es Scivias Domini (Conoce los caminos del Señor).
            Hildegarda era sobre todo una mujer dotada de visiones divinas. En un relato autobiográfico, dice: “Cuando yo tenía cuarenta y dos años y siete meses, los cielos se abrieron y una luz cegadora de brillo excepcional fluyó hacia dentro de mi cerebro. Y luego quemó todo mi corazón y el pecho como una llama, no quemando, sino calentando... y súbitamente comprendí el significado de las exposiciones de los libros, es decir, de los Salmos, los Evangelios y los otros libros católicos del Antiguo y del Nuevo Testamento” (véase el texto en Wikipedia, Hildegarda de Bingen, con excelente texto y bibliografía).
            Es sorprendente cómo tenía conocimientos de cosmología, de plantas medicinales, de la física de los cuerpos y de la historia de la humanidad. La teología habla de la «ciencia infusa» como un don del Espíritu Santo. Hildegarda fue distinguida con ese don.
            Desarrolló una visión curiosamente holística, enlazando siempre al ser humano con la naturaleza y el cosmos. En este contexto habla del Espíritu Santo como la energía que da viriditas a todas las cosas. Viriditas viene de verde, significa el verdor y la frescura que caracteriza a todas las cosas penetradas por el Espíritu Santo. A veces habla de la «dulzura inconmensurable del Espíritu Santo que con su gracia envuelve a todas las criaturas» (Flanagan, Hildegard of Bingen, 1998, 53). Desarrolló una imagen humanizadora de Dios pues Él rige el universo «con poder y suavidad» (mit Macht und Milde) acompañando a todos los seres con su mano cuidadosa y su mirada amorosa (cf. Fierro, N., Hildegarda of Bingen and her vision of the Feminine, 1994, 187).
            Fue especialmente conocida por los métodos medicinales que desarrolló, seguidos en Austria y Alemania por algunos médicos hasta el día de hoy. Revela un conocimiento sorprendente del cuerpo humano y de qué principios activos de las hierbas medicinales son apropiados para las distintas enfermedades. Su canonización fue ratificada por Benedicto XVI en 2012.
            Otra mujer notable fue Juliana de Norwich, en Inglaterra (1342-1416). Poco se sabe de su vida, si era una religiosa o una viuda laica. Lo cierto es que vivía recluida en un recinto amurallado de la iglesia de san Julián. Al cumplir 30 años tuvo una grave enfermedad que la llevó casi a la muerte. En un momento dado, tuvo durante cinco horas visiones de Jesucristo. Escribió inmediatamente un resumen de sus visiones. Y veinte años más tarde, después de haber pensado mucho sobre el significado de esas visiones, escribió una versión larga y definitiva Revelations of Divine Love (Revelaciones del Amor Divino, Londres 1952). Es el primer texto escrito por una mujer en inglés.
            Sus revelaciones son sorprendentes porque están llenas de un inquebrantable optimismo, que nace del amor de Dios. Habla del amor como alegría y compasión. No entiende, como era creencia popular en la época y aún hoy en algunos grupos, las enfermedades como castigo de Dios. Para ella, las enfermedades y las pestes son oportunidades para conocer a Dios.
            Ve el pecado como una especie de pedagogía mediante la cual Dios nos exige conocernos a nosotros mismos y buscar su misericordia. Dice más: detrás de lo que llamamos infierno hay una realidad más grande, siempre victoriosa, que es el amor de Dios.
            Porque Jesús es misericordioso y compasivo es nuestra querida madre. Dios mismo es Padre misericordioso y Madre de infinita bondad (Revelaciones, 119).
            Sólo una mujer puede usar este lenguaje de amorosidad y compasión y llamar a Dios Madre de infinita bondad. Así vemos una vez más como la voz femenina es importante para tener una concepción no patriarcal y por eso más completa de Dios y del Espíritu que recorre toda la vida y el universo.
            Muchas otras mujeres podrían mencionarse aquí, como Santa Teresa de Ávila (1515-1582), Simone Weil (1909-1943), Madeleine Delbrêl (1904-1964), la Madre Teresa, y entre nosotros, Ivone Gebara y Maria Clara Bingemer, que pensaron y piensan la fe a partir de su ser femenino. Y siguen enriqueciéndonos.           


Aplicar la Palabra a la vida
José Arregui


El pasado mes de Octubre tuvo lugar en Poblet el 3º Encuentro de Profesionales e Intelectuales católicos, en torno al tema ¿Qué quiere decir que la Biblia es “Palabra de Dios”?

Podría sugerir varias respuestas, pero me quedo con esta: que la Biblia es una luz para el camino del hombre en esta difícil sociedad; y que en virtud de dicha luz al hombre se le abre un horizonte de esperanza. Una luz que está al servicio de la vida humana, ofreciendo energía renovada, y un ramo de alicientes para vivir la vida con una ilusión, con unas expectativas diferentes de las que dan los desequilibrantes mas-media de nuestra sociedad.

La Biblia puede ser esto, o puede no-ser-nada, pues hay un punto capital que conviene no olvidar ni tergiversar: que hace falta ponerse frente a esta Palabra, dejarse interpelar por ella, asimilarla. Lo cual no es fácil. Además, la Biblia no es un patrimonio exclusivo del mundo clerical, que la estudia, la medita, la explica y enseña…

Ha sido un Encuentro muy gratificante pues ha puesto de relieve que el mundo de los seglares se va despertando con fuerza al campo de la reflexión teológica, y que va alcanzando un nivel digno de toda consideración, aunque hay que reconocer que seguimos bajo mínimos en este campo. Necesitamos mucha más reflexión en este terreno, pues los seglares tienen un olfato singular, para llevar la Palabra como luz y energía a la vida diaria.

Yo quiero destacar hoy la “comunicación”: “Como la Biblia puede iluminar el trabajo con las personas más vulnerables”. Una “comunicación” relacionada con el servicio de Cáritas Diocesana. Una atención a las personas más vulnerables que puso de relieve el gesto de contemplar, “mirando” a la persona que se tiene delante. Un “mirar” o contemplar que no es un mirar de curiosidad, de escrutar o juzgar, sino una “mirada” más profunda que emerge desde el respeto, la admiración o el amor al otro. Aquí nos podemos encontrar con varios niveles de contemplación que estarían en relación con la hondura de vida de quien “mira”, y también con la situación concreta de “aquel” que es contemplado.

En este punto son muy elocuentes, expresivas, algunas afirmaciones de dicha “comunicación”:
 Acercarse, mirar, escuchar, acoger… es darse, dejarse “alterar” por el otro, dejar de ser el que eres y ser el otro, dejar de mirarlo a él, para mirar con él y a través de él.

En el fondo viene a ser un diálogo vivo, personal que acerca a una comunión de vida, lo cual no es frecuente ni fácil en esta sociedad crispada, y que vive a un ritmo de locura. Esto es algo muy necesario y urgente a todos los niveles de la convivencia humana.

Me decía una persona sin hogar: Cuando estás en la calle llega un momento en que la gente te ve, pero no te miran a los ojos. Sucede que cuando vivimos con poca humanidad nos vamos centrando cada vez más en nosotros mismos, buscando defendernos de un medio externo que consideramos cada día más agresivo, y que realmente es así. Pero este replegarnos sobre nosotros mismos reduce nuestro horizonte vital, nos empobrece.
 Cuando miras te haces vulnerable. Y cuando el otro te mira y tú no vuelves el rostro, el otro te revela a ti mismo.
 Pues siendo una auténtica y sencilla mirada, en ella se revela también nuestra manera de ser, nuestra riqueza o pobreza interior. Es importante que la mirada lleve una carga desde el corazón, para que penetre con profundidad en el río de la vida, sobre todo la personal, y amplíe nuestro horizonte
 Esto quiero compartir con vosotros: que el Dios de la revelación bíblica nos va educando la mirada. “Señor dejadme ver la claridad de vuestra mirada, que el vuestro siervo aprenda tus decretos” (Sal 118,135)
 El Señor nos educa la mirada, y pule nuestro corazón; él va enriqueciendo nuestra persona, y propiciando una vida más profunda, con un sentido más pleno, hasta el punto de reflejar en su vida la gloria de Dios, como nos enseña san Ireneo: “la gloria de Dios es que el hombre viva”. La persona que vive con esta sabiduría nos muestra un camino de serenidad, de paz, que dado el ritmo de la vida social no es fácil. Es todo un reto, supone en muchas ocasiones una vivencia de cruz, pero siempre será el verdadero camino de una auténtica realización personal. Buscar con sinceridad esta experiencia es buscar un camino contemplativo. Un camino contemplativo a través de la belleza y la bondad de la creación, pero de manera especial, como nos sugieren las palabras del Sr. Gamarra, a través de una relación social con los otros. 

Pocos son los que tienen una profundidad real de conciencia espiritual y de experiencia interior, y si la tienen viene a ser algo incapaz de articular hacia el exterior. El verdadero contemplativo no tiene muchas cosas que decir, lo importante es que sea una experiencia capaz de mostrarla y hacerla comprender a los demás. 

Una experiencia de belleza, de bondad…, lo cual exige otro ritmo de vida del que solemos vivir. Lo cual exige que nos dejemos educar la mirada y el corazón, y podamos tener un mensaje que comunicar. Serán los caminos que nos marca la Palabra de Dios, las personas con quienes convivimos, el escenario singular de la creación… En cualquier caso no son caminos fáciles, a veces suponen poner y aceptar la cruz en nuestra vida, pero sin esta dimensión de la cruz tampoco puede haber un “hombre nuevo”.