martes, 25 de junio de 2013

Casaldáliga pide al Papa: 
"Que la Iglesia se reconcilie con la Teología de la Liberación"




José M. Vidal 

De Pedro a Francisco a traves de Adolfo. El Premio Nobel de la Paz argentino, Adolfo Pérez Esquivel, le transmitió al Papa Francisco un mensaje de Pedro Casaldáliga claro y directo: "Que la Iglesia se reconcilie con la Teología de la liberación".

Antes de visitar al Papa, en compañía del líder indígena Qom argentino, Félix Díaz, el Nobel argentino, Pérez Esquivel, llamó a su viejo amigo Pedro, obispo emérito de Sao Felix do Araguaia, poeta, profeta del os pobres y pastor de los indios.

Y el obispo brasileño de origen español aprovechó la ocasión para mandarle dos peticiones al Papa: que defienda a los indígenas y que rehabilite la Teología de la Liberación.

"Le llevé un mensaje de Pedro Casáldáliga, quien me dijo: 'Lo vas a ver a Francisco, decile que trate de escuchar, reflexionar y de llegar a un acuerdo, una reconciliación con los teólogos latinoamericanos. Que se preocupe por toda la cuestión de los pueblos originarios en el continente'. Eso, para mí, sería una señal positiva", afirmó el Nobel.

Tras la audiencia con el Papa, Esquivel reconoció: "Es verdad que existieron problemas con muchos teólogos de la liberación. Hay que revisar muchas cosas. Las teologías nunca son definitivas, son caminos a construir".

Sin saber lo que va a hacer el Papa al respecto, lo que sí tiene claro el pensador argentino es que "Francisco tiene un compromiso con los pobres. Es un pastor y esto lo está manifestando continuamente. Hay tiempo para todo, apenas lleva 100 días de Pontífice: No son fáciles los cambios ahí (en el Vaticano). Hay que esperar. No esperen cambios de golpe porque no se van a dar. Hay que dar pasos, hay que ver y orientar para identificar qué es lo mejor".

Paso a paso, pero en la dirección pedida por Casaldáliga: "Yo creo que el Papa promoverá la reconciliación con la Teología de la Liberación. El Papa es un pastor, otros fueron funcionarios. Ésta es la diferencia".

El Pacto de las catacumbas

El Nobel argentino también desveló que, en la reunión con el Papa que duró 45 minutos, le entregó una copia del llamado "Pacto de las catacumbas", un manifiesto firmado por 40 obispos, entre ellos grandes personalidades latinoamericanas, a los pocos días de la clausura del Vaticano II.

Cuenta Esquivel que el Papa, al ver entre los firmantes a Helder Cámara, Luigi Betazzi, Manuel Larraín, Leónidas Proaño, Sergio Méndez Arceo o Faustino Zazpe, exclamó: "Uy, quiénes está ahí".

Y el Nóbel explica que el tema le interesó mucho al Papa y, aunque no se comprometió a nada, dijo que lo iba a ensar. Por su parte Esquivel se comprometió a "reunir a los teólogos de la Liberación, como Leonardo Boff y otros, que tanto aportaron a la Iglesia"

Texto íntegro del Pacto de las Catacumbas

"Nosotros, obispos, reunidos en el Concilio Vaticano II, conscientes de las deficiencias de nuestra vida de pobreza según el evangelio; motivados los unos por los otros en una iniciativa en la que cada uno de nosotros ha evitado el sobresalir y la presunción; unidos a todos nuestros hermanos en el episcopado; contando, sobre todo, con la gracia y la fuerza de nuestro Señor Jesucristo, con la oración de los fieles y de los sacerdotes de nuestras respectivas diócesis; poniéndonos con el pensamiento y con la oración ante la Trinidad, ante la Iglesia de Cristo y ante los sacerdotes y los fieles de nuestras diócesis, con humildad y con conciencia de nuestra flaqueza, pero también con toda la determinación y toda la fuerza que Dios nos quiere dar como gracia suya, nos comprometemos a lo que sigue:

1. Procuraremos vivir según el modo ordinario de nuestra población en lo que toca a casa, comida, medios de locomoción, y a todo lo que de ahí se desprende. Mt 5, 3; 6, 33s; 8-20. 

2. Renunciamos para siempre a la apariencia y la realidad de la riqueza, especialmente en el vestir (ricas vestimentas, colores llamativos) y en símbolos de metales preciosos (esos signos deben ser, ciertamente, evangélicos). Mc 6, 9; Mt 10, 9s; Hech 3, 6. Ni oro ni plata.

3. No poseeremos bienes muebles ni inmuebles, ni tendremos cuentas en el banco, etc, a nombre propio; y, si es necesario poseer algo, pondremos todo a nombre de la diócesis, o de las obras sociales o caritativas. Mt 6, 19-21; Lc 12, 33s.

4. En cuanto sea posible confiaremos la gestión financiera y material de nuestra diócesis a una comisión de laicos competentes y conscientes de su papel apostólico, para ser menos administradores y más pastores y apóstoles. Mt 10, 8; Hech 6, 1-7.

5. Rechazamos que verbalmente o por escrito nos llamen con nombres y títulos que expresen grandeza y poder (Eminencia, Excelencia, Monseñor...). Preferimos que nos llamen con el nombre evangélico de Padre. Mt 20, 25-28; 23, 6-11; Jn 13, 12-15.

6. En nuestro comportamiento y relaciones sociales evitaremos todo lo que pueda parecer concesión de privilegios, primacía o incluso preferencia a los ricos y a los poderosos (por ejemplo en banquetes ofrecidos o aceptados, en servicios religiosos). Lc 13, 12-14; 1 Cor 9, 14-19.

7. Igualmente evitaremos propiciar o adular la vanidad de quien quiera que sea, al recompensar o solicitar ayudas, o por cualquier otra razón. Invitaremos a nuestros fieles a que consideren sus dádivas como una participación normal en el culto, en el apostolado y en la acción social. Mt 6, 2-4; Lc 15, 9-13; 2 Cor 12, 4.

8. Daremos todo lo que sea necesario de nuestro tiempo, reflexión, corazón, medios, etc. al servicio apostólico y pastoral de las personas y de los grupos trabajadores y económicamente débiles y subdesarrollados, sin que eso perjudique a otras personas y grupos de la diócesis.
 Apoyaremos a los laicos, religiosos, diáconos o sacerdotes que el Señor llama a evangelizar a los pobres y trabajadores, compartiendo su vida y el trabajo. Lc 4, 18s; Mc 6, 4; Mt 11, 4s; Hech 18, 3s; 20, 33-35; 1 Cor 4, 12 y 9, 1-27.

9. Conscientes de las exigencias de la justicia y de la caridad, y de sus mutuas relaciones, procuraremos transformar las obras de beneficencia en obras sociales basadas en la caridad y en la justicia, que tengan en cuenta a todos y a todas, como un humilde servicio a los organismos públicos competentes. Mt 25, 31-46; Lc 13, 12-14 y 33s.

10. Haremos todo lo posible para que los responsables de nuestro gobierno y de nuestros servicios públicos decidan y pongan en práctica las leyes, estructuras e instituciones sociales que son necesarias para la justicia, la igualdad y el desarrollo armónico y total de todo el hombre y de todos los hombres, y, así, para el advenimiento de un orden social, nuevo, digno de hijos de hombres y de hijos de Dios. Cfr. Hech 2, 44s; 4, 32-35; 5, 4; 2 Cor 8 y 9; 1 Tim 5, 16.

11. Porque la colegialidad de los obispos encuentra su más plena realización evangélica en el servicio en común a las mayorías en miseria física cultural y moral -dos tercios de la humanidad- nos comprometemos:

* a compartir, según nuestras posibilidades, en los proyectos urgentes de los episcopados de las naciones pobres;
 * a pedir juntos, al nivel de organismos internacionales, dando siempre testimonio del evangelio, como lo hizo el papa Pablo VI en las Naciones Unidas, la adopción de estructuras económicas y culturales que no fabriquen naciones pobres en un mundo cada vez más rico, sino que permitan que las mayorías pobres salgan de su miseria.

12. Nos comprometemos a compartir nuestra vida, en caridad pastoral, con nuestros hermanos en Cristo, sacerdotes, religiosos y laicos, para que nuestro ministerio constituya un verdadero servicio. Así,
 * nos esforzaremos para "revisar nuestra vida" con ellos;
 * buscaremos colaboradores para poder ser más animadores según el Espíritu que jefes según el mundo;

* procuraremos hacernos lo más humanamente posible presentes, ser acogedores;
 * nos mostraremos abiertos a todos, sea cual fuere su religión. Mc 8, 34s; Hech 6, 1-7; 1 Tim 3, 8-10.

13. Cuando regresemos a nuestras diócesis daremos a conocer estas resoluciones a nuestros diocesanos, pidiéndoles que nos ayuden con su comprensión, su colaboración y sus oraciones.

Que Dios nos ayude a ser fieles

lunes, 24 de junio de 2013

Víctor Manuel Fernández 
"La preferencia de Bergoglio por los pobres 
es de toda la vida"





(Víctor Manuel Fernández, arzobispo, en Vida Pastoral).- 
Estos días escribí varias cosas por pedido insistente de periodistas, y me parecía que esas notas debían ayudar al pueblo de Dios a valorar con esperanza la figura del nuevo papa. Ahora, pensando más en los agentes pastorales, me gustaría entrar en otras consideraciones. No obstante, anticipo que no lo voy a hacer desde una perspectiva crítica, pero sí desde el corazón y al mismo tiempo desde convicciones bien personales.

Novedades que puede aportar Bergoglio como Papa

Prefiero decir "Bergoglio" como él siempre se presentaba a sí mismo, pero lo hago para destacar cosas que tienen que ver con características que él tuvo siempre. Porque sin duda, en esta nueva misión Dios recogerá providencialmente esa historia personal.

Profundo sentido popular

La palabra "pueblo" es una de las que Bergoglio usa con brillo en los ojos. Valora al pueblo como sujeto colectivo, que debería estar en el centro de las preocupaciones de la Iglesia y de cualquier poder. No es poca cosa decir esto, cuando en algunos sectores de la sociedad y de la Iglesia el pueblo es considerado sólo como una masa llena de defectos que deben ser saneados por la acción educativa de los "sabios y prudentes". No podemos ignorar que, como obispo, siempre les insistía a los curas no sólo que fueran misericordiosos, sino también que supieran adaptarse a la gente, que no sostuvieran ni una moral ni unas prácticas eclesiales rígidas, que no complicaran la vida de la gente con normas bajadas autoritariamente desde arriba. "Nosotros estamos para dar al pueblo lo que el pueblo necesita", es una convicción que expresó insistentemente. Estoy convencido de que esto no es un populismo oportunista (aunque pueden llamarlo como quieran), sino la seguridad de que el Espíritu Santo actúa en el pueblo, y lo hace con esquemas y categorías muchas veces intragables para los sectores ilustrados o acomodados, que en su incomprensión suelen demostrar el mismo autoritarismo irracional que ellos critican.

Constante y sentida valoración de la piedad popular 

La mayor parte del pueblo argentino manifiesta su fe en el modo propio de la "religiosidad popular", que no siempre coincide con las propuestas de la jerarquía eclesiástica, y que con un dinamismo original crea sus formas propias de expresión. Bergoglio hizo suya esta valoración positiva de la fe popular, entendida como resultado de la libre y misteriosa acción del Espíritu. Cuando estábamos en Aparecida, una noche me dijo que lo que más le interesaba era que el documento conclusivo plasmara de un modo más contundente esa valoración. Me pidió un texto breve pero bien orientado en esa línea. Después me indicó algunos ajustes y me guió para completarlo y enriquecerlo. En Buenos Aires mostró de muchas maneras esta convicción, remarcando que los agentes pastorales están al servicio de esa vida que corre por las entrañas del pueblo, que nadie es dueño de ese dinamismo y que más que aplicarle críticas y límites hay que acompañarlo y ofrecerle cauces.

Opción por los pobres

Su preferencia por los pobres es de toda la vida. Siendo arzobispo la orientó dando un especial apoyo a los curas que viven en las villas y barrios pobres. Pero es una opción que se entiende en el marco de los dos puntos anteriores. El pobre no es sólo objeto de un discurso, ni siquiera de una mera asistencia, y tampoco exclusivamente de una "promoción" que lo libere de sus males. La opción por los pobres es todo eso, pero más. Porque es prestarles atención, tratarlos como personas que piensan, tienen sus propios proyectos, e incluso el derecho de expresar la fe a su modo. Son sujetos, activos y creativos desde su propia cultura, no sólo objetos de un discurso, un pensamiento o una acción pastoral. De todos modos, nadie puede decir que él no haya planteado una crítica a las causas estructurales de la pobreza. Lo hizo de distintas maneras y en muchas ocasiones.

Pobreza y austeridad personal

Su pobreza personal no es oportunista ni mediática. Todos saben que fue siempre así. Austero hasta el sacrificio. Porque hay que reconocer que cuando uno tiene responsabilidades importantes, trata de usar los medios que le permitan optimizar el aprovechamiento del tiempo. Pero Bergoglio es coherente con su sentida opción por una vida pobre. Nunca se sintió digno de hacerse servir, y son conocidos sus gestos de servicio sencillo, evitando mostrarse como superior.

Sencillez evangélica

El gusto por la sencillez es otro aporte que puede llegar a descolocar las prácticas y costumbres del Vaticano. Sencillo no sólo en la ropa y en el lenguaje (lejos de discursos abstractos) sino en las costumbres, con lo cual parece difícil que pueda soportar por mucho tiempo los modismos palaciegos, algunos ritos y formalidades que él más bien detesta, porque no reflejan la simplicidad del Evangelio de Jesús.

Jerarquía de verdades y virtudes

Si bien Bergoglio no es estrictamente un progresista, y siente un serio respeto por las enseñanzas tradicionales de la Iglesia y de los papas anteriores, tiene claro que hay algunas cosas más centrales y medulares (el amor, la justicia, la fraternidad...) y otras que no dejan de ser secundarias. Sin restar importancia a nada, entiende que en la predicación hay que mantener una sana proporción donde la insistencia en cosas importantes no debería opacar el brillo de las más importantes, de aquellas que más directamente reflejan al Jesús del Evangelio.

Empeño ecuménico y amistad con el Judaísmo

Como arzobispo de Buenos Aires dedicó mucho, muchísimo tiempo a conversar con no católicos. Una vez más, quiero destacar que no se trata de una estrategia diplomática. No es frecuente que alguien que esté lleno de compromisos dedique a los "diferentes" tanto tiempo de calidad a encuentros tan gratuitos. El año pasado se pasó varios días encerrado con un grupo de pastores, compartiendo con ellos un retiro. También se mezcló con la gente en el encuentro de grupos pentecostales (CRECES) del Luna Park. Recuerdo además, por mencionar algo bien conocido, sus prolongadas conversaciones con el rabino Skorka y el gusto con que le confirió el doctorado honoris causa en la UCA a pesar de las críticas que esto le ocasionaba. Si éste no es un rostro abierto y dialogante de la Iglesia...

Cuestiones eclesiales oscuras

En los últimos años parece haberse desarrollado un estilo de Iglesia que no es el que Bergoglio promovería, porque él es un hombre del Concilio Vaticano II. Hay que decir con toda claridad que abogó siempre por una Iglesia misionera y servidora, no centrada en sí misma sino al servicio de la gente. Bergoglio abraza a las viejas, besa a los pobres, visita a cualquiera, atiende o llama a las personas más sencillas, pierde tiempo con gente que no tiene poder alguno, muestra una Iglesia despojada y en salida. Se cansó de pedir a los curas que estuvieran disponibles para el pueblo, que se mantuvieran abiertos a la escucha y al diálogo, que no fueran jueces implacables, que salieran a las periferias, que se ocuparan de los "descartables" de la sociedad.

No siempre ha sido esa la opción de algunos hombres de Iglesia. Es más, pensando que Bergoglio ya estaba por jubilarse, e imaginándolo encerrado en al asilo sacerdotal, abundaban las intrigas para consolidar con su desaparición un poder que fueron amasando en los últimos años. Yo mismo estuve en reuniones donde algunos obispos argentinos, y algún representante importante de la Santa Sede (excluyo al actual Nuncio, que es un caballero) se solazaban sin pudor criticando a Bergoglio. Le cuestionaban no ser más exigente con los fieles, no remarcar mejor la identidad sacerdotal, no predicar demasiado sobre cuestiones de moral sexual, etcétera. Hace pocos días, antes de la elección del papa Francisco, estuve en un acto donde algunos de ellos -sin imaginar lo que iba a pasar- transpiraban aires de inminente victoria. Había allí otro ideal de Iglesia, poderosa, triunfante, jueza del mundo.

La concentración del poder en algunos sectores de la Iglesia, y la imposibilidad de resolver todos los problemas con semejante centralización romana, ha dado lugar a una prepotencia que muchos obispos argentinos cuentan haber sufrido en carne propia en algunas visitas a la Santa Sede (excluyen el trato amable y respetuoso del entonces Cardenal Ratzinger).

Una triste experiencia personal

Cuando, después de un tiempo de "prueba" que acordamos, el cardenal Bergoglio envió el pedido a Roma para que yo jurara formalmente como rector de la Universidad Católica, descubrimos que desde Argentina habían enviado algunos artículos míos porque los consideraban poco ortodoxos. Para mostrar lo burdo del asunto, destaco que uno de estos escritos era una brevísima nota periodística que yo había publicado muchos años atrás, por pedido de mi obispo, en un diario de Río Cuarto. En esa nota completamente ortodoxa, yo decía en pocas palabras que la Iglesia no condena a los individuos, pero se opone al matrimonio homosexual porque quiere sostener una determinada concepción del matrimonio. Aunque esa nota podría haber sido escrita por San Josemaría, me objetaban que allí yo no ofrecía todos los argumentos filosóficos que requiere un tratamiento completo contra el matrimonio homosexual. ¿Quién, entonces, podría atreverse a escribir una nota periodística, un artículo de divulgación, o intentar algún diálogo con la cultura?

Por otra parte, llama la atención que esos escritos no habían sido cuestionados anteriormente, ni para mi designación como profesor ordinario, ni como invitado a Aparecida, ni como decano de la facultad de Teología, tres instancias que requerían una aprobación de la Santa Sede. ¿Qué extraños intereses había en la Universidad Católica que aparecían aquellos textos en ese momento (uno de ellos de veinte años atrás)?

Ya antes de esta experiencia, siempre me preguntaba: ¿Puede ser que alguien sea cuestionado de manera anónima y que no tenga posibilidad alguna de hablar para defenderse? Para colmo de males, parecía imposible opinar diferente aun en asuntos de libre discusión teológica, porque todos los temas adquirían el peso de los dogmas de fe, dentro de un cuerpo doctrinal donde cada detalle parecía absolutamente intocable.

En aquella ocasión yo tenía previsto un viaje a Roma. Tenía temor de que no me atendieran, pero el Cardenal mandó una carta a una Congregación vaticana rogando que me escucharan. Recibí un e-mail que me confirmaba una fecha y hora en que me iban a recibir. Viajé con una copia de la carta de Bergoglio en la mano. Pero ya estando allá, un día antes me avisaron que no me iban a recibir. Llamé al Cardenal, quien lamentó profundamente el episodio (mejor no reproduzco las palabras que dijo), y me pidió paternalmente que tuviera paciencia y no me dejara vencer. Me dijo que si yo bajaba los brazos estaría confirmando que esas metodologías antievangélicas podían lograr su cometido. Como objetivamente estas acusaciones no podían sostenerse, Bergoglio aguantaba aplicando uno de los principios de Juan Manuel de Rosas que él siempre cita: "el tiempo prevalece sobre el espacio".

El año pasado pedí nuevamente audiencia a esa misma Congregación, que me la concedió. Cuando llegué allí me dijeron que no estaba registrado. Insistí y finalmente me atendieron sólo unos pocos minutos. En noviembre pasado, me anticipé a pedir audiencia para abril de este año. No me respondieron. Insistí en diciembre para poder organizarme. Tampoco tuve respuesta. El 4 de febrero pedí al Nuncio que reiterara mi pedido, pero tampoco él tuvo respuesta. La semana pasada, después de la elección de Francisco, el Nuncio volvió a insistir, e inmediatamente obtuve la audiencia solicitada en la que espero hablar con absoluta sinceridad. Debo decir que esa Congregación suele recibir a cualquier sacerdote, e incluso a algunos que van sin haber pedido audiencia.

Cualquiera que me conozca sabe que no soy un santo ni un mártir. Pero me parece que hasta la peor escoria humana merece un poco más de respeto. No juzgo las intenciones que pueda haber detrás de estos maltratos, pero sin duda indican un estilo que no es el de Bergoglio, quien solía devolver un llamado o escribir un cariñoso saludo aun a la vieja más sencilla que le hiciera llegar alguna inquietud.

Sabemos que para avanzar en el estilo de Iglesia que quiere el papa Francisco hacen falta cambios y reformas, al menos para que los procedimientos sean más humanos y evangélicos. Además, considero que él puede hacerlo, aunque sea en parte, de un modo eficiente. Acostumbrado al poder, y conociendo su astucia, creo que no será fácil engañarlo. Desde un punto de vista bien teológico, sabemos que el hecho de que se haya presentado desde el primer momento, e insistentemente, como obispo de Roma, ya está indicando un modo de entender el ejercicio del papado. Es papa en cuanto es obispo de una porción del mundo, lo cual indica un ejercicio del poder marcadamente descentralizado, que respeta procedimientos, opciones, historias y culturas locales.

Expresiones características de Bergoglio

Para terminar, comparto con ustedes un breve análisis que publiqué en Clarín (17/03/2013) sobre algunas expresiones que Bergoglio ha usado con frecuencia:

"Autorreferencial". Indica una Iglesia que se mira el ombligo, encerrada en intrigas, internas o necesidades mundanas, en lugar de abrirse, de entregarse con alegría y de servir humildemente.

"Rezá por mí". Lo dice siempre. Muestra la conciencia de sus límites, de que necesita la ayuda permanente de Dios y la oración de los demás. Por eso, apenas elegido, se inclinó ante el pueblo pidiendo su oración.

"Descartables". Expresa con crudeza cómo la sociedad deja afuera a los que sobran, ya que no entran en la lógica de la producción y del consumo. Si no tienen belleza, dinero, poder o juventud, son arrojados como basura al cesto del olvido.

"Humillate". Es lo que le dice a una persona que está haciendo mucho bien. Porque está convencido, por su formación jesuítica, de que la humildad es indispensable para que no se arruinen las mejores obras: "Humillate, para que el Señor pueda seguir haciendo grandes cosas". Cuando le ofrecieron el papado respondió: "Soy un pecador, pero acepto".

"Audacia". La usa para dar aliento a los que se achican o se dejan vencer por los temores. Para él nunca está todo perdido. No se echa atrás por más que intenten voltearlo con calumnias y ataques. Está seguro de que al final el bien y la verdad siempre triunfan. Yo mismo pasé por situaciones en las que habría preferido desaparecer, pero él me sostuvo con firmeza diciendo: "Ánimo. Levantá la cabeza y no dejes que te quiten tu dignidad".

"Periferias existenciales". Invitó a los agentes pastorales a no quedarse encerrados y a llegar a las periferias, allí donde nadie va: "Salgan de las cuevas, salgan de las sacristías... Prefiero que los atropelle un auto y no que se queden encerrados". Exhorta a salir de la comodidad personal o del círculo de personas agradables, para estar cerca de todos. Así lo hacía Jesús, que dedicaba tiempo al ciego del camino, al leproso, a la mujer pecadora.

"Fervor apostólico". Lo dice para motivar una entrega generosa desde el corazón. Porque entienden que nadie cambia el mundo haciendo cosas por obligación. Los que han dejado huellas en la tierra siempre han tenido un fuego de fervor interior que los ha movilizado. Por eso critica la "mundanidad espiritual" de los que se aferran a prácticas externas o a la apariencia religiosa, pero vacíos de la fuerza interna del Espíritu.

"Cultura del encuentro". Procura fomentar todo lo que acerca, une, suma, conecta a las personas y a los grupos. Es un enamorado del bien común y de la amistad social.

"Cuidar la fragilidad del pueblo". Lo pide a cualquiera que tenga alguna autoridad. Nadie tiene fuerza o poder, para obtener beneficios o glorias mundanas, sino para cuidar a la gente, para sostener y promover a los más débiles. "Cuidar" en general es una palabra que lo define, y que él encuentra plasmada en la figura de San José.

"Dejate misericordear". Es uno de sus felices neologismos. Invita a las personas que se llenan de culpas y escrúpulos a dejarse perdonar y envolver por la ternura del Padre Dios. Como dice el jesuita Ángel Rossi: "Los más frágiles encontraron en él siempre un padre, casi diría superando el límite de lo que puede ser posible, con una magnanimidad con la fragilidad humana que va a marcar el papado".

No jodamos

Por favor, los que queremos estar con la gente no dejemos de reconocer los valores que encarna este papa Francisco. Hoy estos valores no son tan frecuentes. Dejémonos de joder. Podemos detenernos a encontrar el pelo en la leche, y lo vamos a encontrar. Pero en este mundo no existe la pureza absoluta, y creo que estamos ante una oportunidad inmensa para volver a poner en el centro a Jesucristo y al pueblo que Dios ama.

Las últimas declaraciones de Jalics, junto a la opinión de gente de izquierda con buena información, como Pérez Esquivel, Oliveira, Fernández Meijide, Navarro y otros, muestran que Bergoglio no cagó a nadie, no fue cómplice de la dictadura, no dejó de ayudar a ocultarse o a escapar a quienes se lo pidieran, e intercedió por algunos en la medida en que podía, porque ni siquiera era obispo. Hace treinta años Pablo Tissera, un jesuita progresista, me decía que en la dictadura Bergoglio había actuado según una convicción que tuvo siempre: "los curas tenemos que mantenernos siempre lejos de los que tienen poder en el país, para no quedar pegados".

Para Rossi "los pobres son los que mejor entenderán la designación de Francisco". Cuánta gente sencilla llena de alegría uno se encuentra por la calle. Cuando se transmitió el acto de inicio del pontificado frente a la catedral, la plaza de mayo estaba desbordante de cristianismo popular. Allí festejaban muchos villeros con banderas, murgas, bailes, imágenes de la Virgen de Luján en andas... Perdámonos en el corazón del pueblo con confianza en el Espíritu y compartamos esa alegría.

Las comunidades creen que el Pontífice puede "interceder" en sus peticiones




El Papa Francisco se ha reunido con el premio Nobel de la Paz argentino, Adolfo Pérez Esquivel este jueves en el Vaticano. En este encuentro participaron también el líder de la comunidad indígena Qom La Primavera, en Formosa, Argentina, Féliz Díaz, acompañado de su esposa Amanda Asijak y el vicario episcopal para los pueblos originarios de la diócesis de Formosa, Argentina, el sacerdote Francisco Nazar.

Se trata de la segunda ocasión en la que el Pontífice y Esquivel se reúnen después del pasado 21 de marzo, poco después de la elección de Francisco. Previamente Esquivel ha explicado en un comunicado que "no es casualidad que un jesuita latinoamericano quiera recibir y escuchar a los pueblos originarios" y ha anunciado que Díaz expondría al Pontífice "las graves violaciones a los derechos humanos que sufren los pueblos originarios en el continente latinoamericano".

En esta línea, el director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, el padre Federico Lombardi, ha informado de que durante esta audiencia Félix Díaz "manifestó al Santo Padre su agradecimiento por el encuentro y lo que significa como manifestación de interés y de apoyo". También ha indicado que Díaz "expresó las dificultades que sufren los pueblos indígenas de Argentina y de América Latina, así como su preocupación por la protección de sus derechos, especialmente en lo que se refiere a su territorio y su identidad cultural".

Por su parte, el líder de la comunidad indígena Qom ha señalado en un vídeo subido a Youtube que tienen "mucha confianza" en que el Papa "pueda interceder en el reclamo de los pueblos indígenas", tanto argentinos como del resto de países latinoamericanos. "El Vaticano es un lugar donde se puede dialogar. Queremos estrechar nuestros brazos y hacerle sentir nuestra preocupación", ha apuntado.

Tras la elección del cardenal Bergoglio, el Premio Nobel de la Paz argentino Adolfo Pérez Esquivel negó que éste hubiera tenido vínculos con la dictadura argentina entre 1976 y 1983.

(RD/Ep)
  Martín Gelabert Ballester, OP 
Creer en los milagros de forma coherente 



Hay creyentes que interpretan algunos acontecimientos poco corrientes y llamativos como milagros operados por Dios. Creer en los milagros es un modo de creer en Dios y de comprender que está con nosotros e interviene en la historia. Pero que Dios está con nosotros en todo momento debería ser obvio para cualquier creyente, puesto que es nuestro creador trascendente y permanente. Desde este punto de vista no hay nada más admirable. Cosa distinta es concebir a Dios como el que unas veces deja que las cosas sigan su curso natural y otras veces cambia el curso natural de los acontecimientos.



Afirmar que hay milagros supone situarse en una determinada actitud. Según como vivamos psicológicamente nuestra conciencia religiosa, diremos que hay milagros, aunque para el matemático o el físico, no los haya. Pero la buena pregunta es si quienes creen en los milagros son coherentes consigo mismos y con su propia fe en Dios. Por una parte, podemos afirmar que son coherentes en la medida en que expresan su fe en Dios, confesando que obra favorablemente en sus vidas y en su historia. En tal caso, podrían profundizar su fe admirando la bondad de Dios no sólo en un hecho que para ellos fue excepcional, sino también en todos los instantes de su vida y en la vida de las otras personas, momentos que son también dones maravillosos de Dios.



Hay un modo incoherente con la propia fe de creer en los milagros. Es el de aquellos que, al considerar un acontecimiento como milagro divino, suscitan (explícita o implícitamente) la pregunta de por qué Dios no obra de forma favorable con otras personas, especialmente con las que están en situación de extrema necesidad. ¿Acaso Dios solo manifiesta su bondad en ambientes religiosos y permanece silencioso ante el grito de los niños torturados en campos de concentración? Creer que Dios manifiesta mejor su bondad en determinados acontecimientos, equivale a decir que en otros no se manifiesta igual de bondadoso. Concebir así el milagro provoca la acusación de que Dios es injusto y partidario. No se puede creer coherentemente en el amor de Dios, permanente, universal y siempre fiel, si solo somos sensibles a sus manifestaciones en algunos hechos que nos sorprenden. ¿Cómo se puede creer en un amor universal si sólo lo reconocemos en favores particulares y selectivos?

domingo, 23 de junio de 2013

Mensajes cotidianos consoladores

Leonardo Boff


            Por más que estudiemos e investiguemos, tratando de descifrar los misterios de la vida y de discernir los designios del Creador, de hecho, somos guiados por unos pocos mensajes que solemos poner debajo del cristal de nuestra mesa o frente a nuestros escritorios. Son mensajes que leemos y releemos una y otra vez y tienen una fuerza secreta para sacarnos de la opacidad natural de la vida. Otras veces, son fotografías de nuestros seres queridos, de los padres, de hijos e hijas que amamos, y nos aligeran el trabajo a menudo cansado e incluso pesado.
            Hace apenas unos días vi en la mesa del director de un banco, una frase tomada de la Imitación de Cristo, libro que ilumina a muchas personas desde hace más de 800 años: "¡Oh luz eterna, superior a toda luz creada, lanza desde lo alto un rayo que penetre en lo más profundo de mi corazón. Purifica, alegra, vivifica e ilumina mi espíritu con todas sus potencias para que se una a Vos en transportes de pura alegría". Me dijo que durante el día reza a menudo esta oración, entre negociaciones, cálculos de tasas y porcentajes de interés de préstamos.
            Yo, por mi parte, he colgado enfrente de mi escritorio, donde paso muchas horas trabajando y escribiendo, varias tarjetas con mensajes que nunca dejan de inspirarme y consolarme.
            En primer lugar, una imagen tomada de la famosa Santa Faz de Jesús, pero retocada con rasgos fuertes. El rostro está desfigurado, la sangre goteando por su frente y el pelo desgreñado por la tortura. Los ojos son profundos, llenos de ternura y tienen tal fuerza que obligan a desviar la mirada. Parece que penetra el alma y nos hace sentir todo el sufrimiento de la humanidad sufriente en la cual Él está encarnado y sufre con nosotros, como decía Pascal, hasta el fin del mundo.
            A su lado, una foto de una querida hermana, que sostiene en sus brazos, en un gesto de Magna Mater, a su pequeño hijito, hermana arrancada de la vida a los treinta y tres años por un ataque cardíaco fulminante. Hay ahí tanta ternura y serenidad que cuesta contener las lágrimas. ¿Por qué se quiebra una flor antes de acabar de florecer? ¿Por qué? La respuesta no viene de ninguna parte. Sólo una fe que cree más allá de todo lo razonable soporta el tormento de esta pregunta.
          Justo encima, pegado al brazo de la lámpara, un mensaje en alemán que encontré cuando todavía estudiaba en el extranjero y que me ha inspirado durante toda esta fatigosa existencia: «Voy a pasar una vez por esta vida. Si puedo mostrar alguna amabilidad o proporcionar algo bueno a quien está a mi lado, quiero hacerlo ahora, no quiero dejarlo para más tarde o descuidarlo, porque no volveré a pasar por este camino otra vez ». Aquí se dice una verdad simple, sencilla y sabia.
          Viajo mucho por muchos medios y por muchos caminos. Uno nunca está libre de peligros. Cuántos son los que se van y nunca llegan. Y entonces leo una tarjeta frente a mí con una frase tomada del Salmo 91,11: “Dios ha mandado a sus ángeles que te guarden en todos tus caminos”. ¿No es consolador poder leer este mensaje como si hubiera sido escrito directamente para ti, justo antes de salir de viaje, sin poder saber si volverás sano y salvo?
          Todavía más consoladora es esta otra tarjeta, colocada en un portalápices, en la que Dios por medio del profeta Isaías me susurra al oído: "No temas, yo te he llamado por tu nombre, tú eres mío" (43,1). ¿Cómo temer? Yo ya no me pertenezco. Pertenezco a Alguien mayor que sabe mi nombre y me llama y me dice: "Tú eres mío". El alma se serena, las angustias de la existencia humana se calman, sólo resuena la palabra bendita: "Tú eres mío".
            Aquí hay algo que anticipa la eternidad cuando Dios nos revela nuestro verdadero nombre. Según el Apocalipsis, solamente Dios y cada persona conocen ese nombre, y nadie más. Ahí seguramente Dios repetirá: "tú eres mío", y la persona responderá: "yo soy tuya". Esta comunión del yo y del tú durará toda la eternidad, en una fusión sin distancia y sin límites por los siglos de los siglos, sin fin.

            ¿No serán, por cierto, cosas sencillas como éstas las que orientan nuestra vida y nos traen un poco de luz en medio de tanta penumbra y de preguntas sin respuesta?            

sábado, 22 de junio de 2013

Roma y la Teología de la liberación:  
Gerhard Ludwig Müller
El Prefecto del ex Santo Oficio, Müller, 
hace un homenaje, 
bajo el signo de su amistad 
con el teólogo peruano Gutiérrez


 Gianni Valente
Ciudad del Vaticano 

«El movimiento eclesial teológico de América Latina, conocido como “teología de la liberación”, que después del Vaticano II encontró eco en todo el mundo, debe ser considerado, según mi parecer, entre las corrientes más significativas de la teología católica del siglo XX». Quien consagra la teología de la liberación con esta halagadora y perentoria evaluación histórica no es algún representante sudamericano de las estaciones eclesiales del pasado. El “certificado· de validez llega directamente del arzobispo Gerhard Ludwig Müller, actual Prefecto del mismo dicasterio vaticano -la Congregación para la Doctrina de la Fe (CdF)- que durante los años ochenta, siguiendo el impulso del Papa polaco y bajo la guía del entonces cardenal Ratzinger, intervino con dos instrucciones para indicar las desviaciones pastorales y doctrinales que también incluían los caminos que habían tomado las teologías latinoamericanas. 



La evaluación sobre la teología de la liberación no es una declaración que se le escapó accidentalmente al actual custodio de la ortodoxia católica. El mismo juicio, meditado, aparece en las densas páginas del volumen del que proviene la cita: una antología de ensayos escrita a cuatro manos, impresa en Alemania en 2004, y que ahora está por se publicada en Italia con el título “De la parte de los pobres, Teología de la liberación, Teología de la Iglesia” (Ediciones Messaggero, Padua, Emi). 



El libro hoy irrumpe casi como un acto para clausurar las guerras teológicas del pasado y los residuos bélicos que de tanto en tanto brillan para esparcir alarmas que representan ya intereses ya pretextos. El volumen lleva las firmas del actual responsable del ex Santo Oficio y del teólogo peruano Gustavo Gutiérrez, padre de la teología de la liberación e inventor de la misma fórmula usada para definir esa corriente teológica, cuyas obras fueron sometidas a exámenes rigurosos durante bastante tiempo por parte de la CdF en su larga estación ratzingeriana, aunque nunca se le haya atribuido ninguna condena. 




El libro representa el resultado de un largo camino común. Müller nunca ha ocultado su cercanía a Gustavo Gutiérrez, a quien conoció en 1998 en Lima durante el curso de un seminario de estudios. En 2008, durante la ceremonia para el doctorado honoris causa concedido al teólogo Müller por la Pontificia Universidad Católica del Perú, el entonces obispo de Ratisbona definió como absolutamente ortodoxa la teología de su maestro y amigo peruano. En los meses anteriores al nombramiento de Müller como guía del Dicasterio doctrinal, justamente su relación Gutiérrez fue evocada por algunos como prueba de la no idoneidad del obispo teólogo  alemán para el puesto que ocupó (durante 24 años) el entonces cardenal Ratzinger. 



En los esnayos de la antología, los dos autores-amigos se complementan recíprocamente. Según Müller, los méritos de la teología de la liberación van más allá del ámbito del catolicismo latinoamericano. El Prefecto indica en que la teología de la liberación ha expresado en el contexto real de la América Latina de las últimas décadas la orientación hacia Jesucristo redentor y liberador que marca cualquier teología auténticamente cristiana, justamente a partir de la insistente predilección evangélica por los pobres. «En este continente», reconoce Müller «la pobreza oprime a los niños, a los ancianos y a los enfermos», e induce a muchos a «considerar la muerte como una escapatoria». Desde sus primeras manifestaciones, la teología de la liberación “obligaba” a las teologías de otras partes a no crear abstracciones sobre las condiciones reales de la vida de los pueblos o de los individuos. Y reconocía en los pobres la «carne misma de Cristo», como ahora repite Papa Francisco. 



Justamente con la llegada del primer Papa latinoamericano surge con mayor fuerza la oportunidad para considerar esos años y esas experiencias sin los condicionamientos de los furores y las polémicas de entonces. Aún alejándose de los ritualismos del “mea culpa” postizos o de las “rehabilitaciones” aparentes, hoy es mucho más fácil reconocer que ciertas vehementes movilizaciones de algunos sectores eclesiales en contra de la teología de la liberación estaban motivadas por ciertas preferencias de orientación política más que por el deseo de custodiar y afirmar la fe de los apóstoles. Los que pagaron la factura fueron los teólogos peruanos y los pastores que estaban completamente sumergidos en la fe evangélica del propio pueblo, que acabaron “triturados” o en la sombra más absoluta. Durante un largo periodo, la hostilidad demostrada hacia la teología de la liberación fue un factor precioso para favorecer brillantes carreras eclesiásticas. 



En uno de los textos, Müller (que en una entrevista del 27 de diciembre de 2012 había expresado la hipótesis  del escenario de un Papa latinoamericano después de Ratzinger) describe sin medias tintas los factores político-religiosos y geopolíticos que condicionaron ciertas “cruzadas” en contra de la teología de la liberación: «Con el sentimiento triunfalista de un capitalismo, que probablemente se consideraba definitivamente victorioso», refiere el Prefecto del dicasterio doctrinal vaticano, «se mezcló también la satisfacción de haber cancelado de esta manera cualquier fundmento o justificación de la teología de la liberación. Se creía que el juego era muy sencillo con ella, arrojándola al mismo conjunto de la violencia revolucionaria y del terrorismo de los grupos marxistas». Müller también cita el documento secreto, preparado para el presidente Regan por el Comité de Santa Fe en 1980 (es decir cuatro años antes de la primera Instrucción vaticana sobre la teología de la liberación), en el que se solicitaba al gobierno de los Estados Unidos de América que actuara con agresividad en contra de la «Teología de la liberación», culpable de haber transformado a la Iglesia católica en «arma política contra la propiedad privada y el sistema de la producción capitalista». «Es desconcertante en este documento», subraya Müller, «la desfachatez con la que sus redactores, responsables de dictaduras militares brutales y de potentes oligarquías, hacen de sus intereses por la propiedad privada y por el sistema productivo capitalista el parámetro de lo que debe  valer como criterio cristiano».


Después de haber pasado décadas de batallas y contraposiciones, justamente la amistad entre los dos teólogos (el Prefecto de la Doctrina de la Fe y el que durante un tiempo fue perseguido por el mismo dicasterio doctrinal) alimenta finalmente una óptica capaz de distinguir los obsoletos armazones ideológicos del pasado de la genuina fuente evangélica que impulsaba muchos de los derroteros del catolicismo latinoamericano después del Concilio. Según Müller, justamente Gutiérrez, con sus 85 años (y que planea viajar a Italia y pasarse por Roma en septiembre), ha expresado una reflexión teológica que no se limitaba a las conferencias ni a los cenáculos universitarios, sino que se nutría de la savia de las liturgias celebradas por el sacerdote con los pobres, en las periferias de Lima. Es decir, esa experiencia básica gracias a la que -como dice siempre simple y bíblicamente el mismo Gutiérrez-  «ser cristianos significa seguir a Jesús». Es el Señor mismo, añade Müller al comentar la frase de su amigo peruano, quien «nos da la indicación de comprometernos directamente por los pobres. Hacer la verdad nos lleva a estar de parte de los pobres».


jueves, 20 de junio de 2013

En Roma ponen trabas a la comunión 
en la mano
José Manuel Bernal 




Lo confieso con asombro. He podido ver atónito cómo, en una celebración romana en la plaza de san Pedro, presidida por el papa Francisco, numerosos sacerdotes, al distribuir la comunión, se negaban a depositar el pan consagrado en la mano abierta que el comulgante extendía para recibirlo, y les obligaban a sacar la lengua para comulgar. Para ello, un eclesiástico de alta compostura daba las órdenes oportunas. ¡Vivir para ver!

Aunque el tema ha sido tratado profusamente durante estos años, voy a permitirme apuntar unas reflexiones. Ante todo, deseo comentar que el tema ha sido objeto de vivas discusiones. Algunos lo plantean hasta con una cierta virulencia. Es lamentable. Es cierto, sin embargo, que la postura adoptada sobre el particular es reflejo de posicionamientos ideológicos muy significativos. Existe la falsa idea de que la comunión en la mano es una falta de respeto a la eucaristía, algo así como una irreverencia. Lo cual es absolutamente falso.

Quiero advertir, primero, que recibir el pan eucarístico en la mano es una costumbre que se remonta a la más venerable antigüedad. Se reconoce así en la Instrucción Memoriale Dominini, impulsada por Pablo VI (1969): «Es verdad que, según el uso antiguo, en otros tiempos se permitió a los fieles tomar en la mano este divino alimento y llevarlo a la boca por sí mismos». Los testimonios son numerosísimos. Aquí voy a citar solo dos. Uno de Cirilo de Jerusalén en el siglo IV: «Cuando te acerques a recibir el Cuerpo del Señor, no vayas con las palmas de las manos extendidas ni con los dedos separados, sino haciendo de tu mano izquierda como un trono para tu derecha, donde se sentará el Rey. Con la cavidad de la mano recibe el Cuerpo de Cristo y responde Amén» (Catequesis mistagógica V, 21). Otra cita es de Teodoro de Mopsuestia en el siglo V: «Acercaos a comulgar con los ojos bajos y las dos manos extendidas; la mano derecha es la que se alarga para recibir la oblación, y debajo se coloca la izquierda; y con esto se muestra gran reverencia», (Homilía XVI sobre la misa, 27).

Pablo VI, a través de la Memoriale Domini, reivindicó la legitimidad de la comunión en la boca, pero admitió al mismo tiempo la posibilidad de recibir la comunión en la mano si así así lo solicitan las Conferencias Episcopales correspondientes. Así lo hizo la Conferencia Episcopal Española en enero de 1976. A cuya solicitud correspondió la respuesta de la Congregación para el Culto Divino accediendo a la petición. Desde entonces los fieles españoles pueden comulgar en la mano. 

Las normas litúrgicas que regulan el modo de celebrar la eucaristía advierten lo siguiente sobre el modo de comulgar: «El que comulga recibe el sacramento en la boca o, en los lugares en que se ha concedido, en la mano, según prefiera» (Ordenación General del Misal Romano 161).

Este es el comportamiento que se está viviendo en nuestro país. Los fieles, según su sensibilidad, reciben el cuerpo del Señor en la boca o en la mano. Este modo de actuar viene practicándose en las iglesias españolas desde hace años y nunca ha sido causa de problemas especiales, de abusos o de irreverencias. Lo mismo ocurre en las iglesias de los países europeos. Nuestros fieles han ido aprendiendo a comportarse de manera correcta, no atrapando la hostia de la mano del sacerdote, sino abriendo la palma de su mano izquierda para recibir la eucaristía.

No entiendo ahora esa fijación que demuestran las escenas que todos hemos contemplado con desagrado desde la televisión. No nos parece apropiado desdeñar el gesto sencillo de los fieles abriendo su mano para recibir el pan eucarístico, para verse advertidos de improviso y de manera contundente para que abran la boca si quieren comulgar. Este comportamiento me resulta bochornoso, además de grotesco.

Hay que pensar, además, que a estas celebraciones masivas en la plaza de San Pedro asisten personas y grupos provenientes de todas las partes del mundo; de iglesias en las que, desde tiempo, existe una gran libertad para los fieles para poder recibir la eucaristía en la boca o en la mano, y un gran respeto por parte de los sacerdotes que, en un momento de tan hondo sentimiento religioso, ofrecen la eucaristía a los fieles sin cuestionar en absoluto el modo de hacerlo. Me resulta difícil de encajar que, en los albores de un pontificado que se nos antoja con aires de juventud y de frescura, reaparezcan resabios que recuerdan viejos comportamientos ya olvidados del pasado.