viernes, 4 de diciembre de 2015

Creyentes de Adviento, nómadas de Dios

Xabier Pikaza
Un dicho enigmático y fuerte de Jesús retoma una sentencia de la sabiduría universal: “Las aves del cielo tienen nido, las zorras madrigueras, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Mt 8, 20).

El término “Hijo del hombre” tiene aquí un sentido doble, puede entenderse de dos formas:
‒ alude, por un lado, a la humanidad en su conjunto, especie caminante, que vuela o navega a su futuro en Dios, que es futuro en su propia humanidad, como pájaros del cielo formando una flecha en las nubes, como barco africano que puede naufragar;
‒ pero se refiere al mismo tiempo a Jesús, que viene a ofrecernos un camino en el tiempo a los que parecen que no tenemos ya tiempo, porque el mundo viejo acaba, como decía el profeta Juan Bautista... como el cielo de las aves si pierde su limpieza, como el agua de los mares de África si mueren todos los que llenan su patera.
Caminantes somos, todos en el mismo vuelo, en un mismo barco, pero tendemos a olvidarlo, y Jesús nos recuerda que los somos, nómadas del tiempo y de la vida, como él lo fue, emigrantes sin casa fija ni morada permanente, como el barco que debe or abriendo surco en el mar del futuro… a no ser que se hunda o lo hundamos nosotros en los mares.
No deberíamos tener ni una piedra donde reclinar la cabeza, para así poder ir caminando, volando, navegando todos... Pero muchos hemos excavado cuevas donde nos cerramos, para no caminar; hemos cerrado murallas de piedra o de ejércitos armados, para no dejar que otros caminen, y vengan a nosotros...
No queremos caminar, no les dejamos volar... y así no volamos nosotros, ni ellos pueden hacerlo, y muchos penan y mueren en mares y campos adversos llamando a nuestra puerta cerrada, como si no fuéramos todos Adviento.
Caminantes somos, pero…
muy pronto lo olvidamos, y queremos excavar la casa (¡una casa para siempre!) sobre una roca móvil de Roma, o de la Gran Europa, y cerramos la muralla, para que no vengan otros, y así no podemos ni caminar nosotros. Por eso es bueno que recordemos en Adviento lo que somos, un camino de llegada de Dios, que ha empezado a venir en Cristo, y que sigue viniendo (con Cristo) en nosotros, en la medida en que nosotros caminemos.
Nos dijo Jesús que no tenía ni una piedra donde reclinar su cabeza, pero nosotros hemos querido hacer grandes castillos de roca, catedrales de piedra tallada, estados en los que nos cerramos bajo llave, y no dejamos a nadie que pase y que entre, aunque se muera bajo el frío y el agua del mar en los caminos hechos para caminar y en los mares creados para navegar.
Otros vivientes parecen instalados, en un lugar y tiempo: tienen madrigueras y nidos (nichos ecológicos), sobre el mar del tiempo y de esa forma pueden resguardarse. Los hombres, en cambio, vivimos en el mar o sobre el aire, navegando sobre un tiempo que nosotros mismos somos, sin saber a ciencia cierta a dónde tendemos (aunque en fe sabemos que nos dirigimos hacia la tierra de Dios, que es nuestra tierra).
Caminantes somos, y así nos saca Jesús, fuera de las pequeñas ciudades de refugio que hemos ido edificando (torres de Babel, siempre fracasadas) para amar, vivir y morir al descampado como él, mientras buscamos y esperamos la ciudad futura (cf. Heb 13, 13-14); Ap 21-22). Así caminamos con él, sabiendo bien que ni el ojo vio y el oído oyó lo que podremos ver y escuchar si seguimos caminando con Jesús.
Algunos de nosotros habíamos quizá olvidado
nuestra condición de nómadas del tiempo, peregrinos de Dios, pensando que habíamos logrado construir con la ayuda del mismo Dios una casa permanente sobre el mundo, un “tabernáculo” perpetuo donde reposar, sea en forma sacral (nuestras seguridades religiosas), sea en forma secular (nuestros sistemas económico-sociales). Pero las condiciones de los tiempos y, de un modo especial, la misma experiencia del evangelio nos ha hecho descubrir que somos nómadas del tiempo y peregrinos de Dios, más allá de todas las formas y figuras que hemos ido creando a lo largo de la historia.
Ser nómadas del tiempo significa caminar (volar, navegar), ligeros de equipaje y por itinerarios que no han sido recorridas todavía por nadie, no como las aves migratorias que van y vuelven por rutas prefijadas en la misma evolución del tiempo, por las estaciones y los vientos de la tierra, de manera que más que nómadas estrictas son simples tras-humantes. Sólo nosotros, los hombres, somos verdaderos nómadas de la creación, pues para seguir existiendo tenemos que abrir, por tierra, mar y aire (es decir, por nosotros mismos, en el interior de nuestra humanidad), unos caminos que aún no existen, pues nosotros mismos los trazamos.
Somos peregrinos de Dios (no simplemente de la Meca o Roma, de Compostela o Jerusalén). Los creyentes monoteístas estamos convencidos de que el camino que debemos recorrer se identifica de algún modo con Dios, pero no podemos demostrarlo, como se demuestran las cosas de la ciencia, sino que lo debemos evocar y expresar con nuestra propia vida y con nuestra opción de futuro.
No caminamos en vano, a través de unas sendas perdidas de bosque que vuelve a cerrarse tras nosotros (como ha supuesto en el fondo Heidegger), sino que nos abrimos y nos abre Dios hacia su propio futuro, que es el despliegue de la vida. Eso significa que somos “creadores”, en el interior de un Dios que crea (sigue creando) a través de lo que nosotros seamos y hagamos.
En ese trance de futuro,
que el judaísmo interpreta como Éxodo, el Islam como Héjira y el cristianismo como Pascua de Jesús nos sitúa el adviento, que es un “tiempo común” para todas las religiones (por lo menos para las monoteístas). Todos esperamos la llegada de Dios y nos sabemos caminantes, peregrinos, sabiendo que nuestro ser más hondo es tiempo (tiempo para Dios y desde Dios). En este adviento, nosotros (los creyentes, todos los hombres) no somos unos simples espectadores, sino más bien creadores de futuro, es decir, de nosotros mismos, en Dios.
Unidos por una esperanza compartida, eso queremos ser los creyentes de Adviento,sabiendo que nuestra historia no está escrita ni fijada todavía, sino que nosotros mismos la vamos trazando, mientras Dios recorre en nosotros y por nosotros su camino. Los filósofos griegos pensaban que todo estaba ya hecho, el “ser” ya estaba realizado, de manera que nosotros no teníamos otra salida que la de esperar que se cumpliera el destino en nuestra vida. Pues bien, en contra de eso, los cristianos creemos ya que nuestra vida no está escrita, sino que tenemos que escribirla nosotros en y con Dios. Por eso somos adviento.

jueves, 3 de diciembre de 2015

Laa cuatro monjas de Maryknoll, mártires en El Salvador

Violadas y asesinadas por los escuadranos de la muerte en 1980

El martirio de las Hnas. de Maryknoll, hace 35 años en El Salvador, clama justicia

"Maura, Ita, Jean y Dorothy están vivas y fueron mujeres maravillosas con una entrega generosa"


 Sus cuerpos muertos y abusados estaban allí, pero sus almas estaban con el cariñoso Salvador
Monjas de Maryknoll, entre ellas las mártires/>

Monjas de Maryknoll, entre ellas las mártires

  • Monjas de Maryknoll, entre ellas las mártires
  • Monjas mártires de El Salvador
Madeline Dorsey 

Corría el año 1980, cuando comenzaba en El Salvador la guerra entre rebeldes de izquierda que buscaban una reforma social y las milicias represivas del gobierno conservador. Cerca de un millón de personas resultaron desplazadas por el conflicto y más de 75,000 perdieron la vida. Entre los muertos se encuentran miembros de la iglesia, a quienes se les consideraba subversivos por ayudar a los pobres.
La Hermana de Maryknoll Madeleine Dorsey, quien sirvió en El Salvador en ese momento, reflexiona sobre la muerte de cuatro de sus compañeras: la Hermana Ursulina Dorothy Kazel, la misionera laica Jean Donovan y las Hermanas de Maryknoll Ita Ford y Maura Clarke.
El recuerdo de los eventos de 1980 siempre será doloroso y hermoso al mismo tiempo, ya que la fe de la gente querida que perdimos aún nos habla hoy en día. Que yo haya sobrevivido sigue siendo un misterio para mí. Trabajaba con los pobres y tuve las mismas probabilidades de encontrar la muerte que mis compañeras. Ninguna otra Hermana de Maryknoll conocía la complejidad de El Salvador, ni entendía la guerra no declarada del gobierno contra sus propios pobres como yo.
Yo había sido testigo de demasiada violencia ese año y me encontraba sola, sirviendo a una comunidad de 8.000 personas en la Diócesis de Santa Ana. Los recién formados escuadrones de la muerte llegaban por las noches, se llevaban a los jóvenes y, en ocasiones, a sus padres también.
Dorothy Kazel y Jean Donovan, del equipo misionero de Cleveland, trabajaban a hora y media de Santa Ana. Siempre les preocupó que yo estuviera sola. Jean insistía en que no dejara de ir a nuestros días de oración y descanso que planificábamos con anterioridad.

En 1979, cuando el equipo líder de las Hermanas de Maryknoll solicitó voluntarias para unirse a nosotros en El Salvador, Carla Piette, Ita ford, Terry Alexander y Maura Clarke se ofrecieron. Carla llegó el 24 de marzo, el mismo día en que el Arzobispo Oscar Romero fue asesinado mientras ofrecía una Misa. El impacto de su muerte fue sobrecogedor en todo el mundo. Romero denunciaba constantemente la violencia. La voz del pueblo había sido silenciada.

Maura e Ita hicieron trabajo social con los refugiados desplazados. Por designio de Dios, la gentil Maura, tras sólo tres meses y medio en El Salvador, acompañó a Ita, Dorothy y Jean a su martirio.

Es una historia de muerte, sepultura y resurrección. Es la única manera en la que puedo recordar aquellos días desde aquel 2 de diciembre en el que desapareció el automóvil en el que se desplazaban las cuatro misioneras. Dos días de búsqueda después, un granjero le contó a su párroco que había sido obligado a enterrar "cuatro mujeres blancas sin identificar". Literalmente, "volamos" en un jeep hasta esa zona remota.

Entonces vino la dolorosa exhumación. Jean salió primera, su adorable rostro había sido destrozado. Dorothy tenía una expresión tranquila. La cara de Maura parecía emitir un quejido silencioso. Finalmente, estaba la pequeña Ita. Me acerqué para limpiar la tierra de sus mejillas y colocar su brazo cerca de su costado. Nosotras, las Hermanas, caímos de rodillas en reverencia. Sentí como si fuera un momento de resurrección. Sí, sus cuerpos muertos y abusados estaban allí, pero sus almas estaban con el cariñoso Salvador.

Cada 2 de diciembre se celebra con liturgias, reconstrucciones dramatizadas y procesiones la memoria de estas mujeres que sirvieron a la iglesia. En Estados Unidos, varias obras sociales para gente de bajos recursos llevan sus nombres. En El Salvador, también, un proyecto de agricultura autosostenible fue llamado en honor de las religiosas, así como muchas jóvenes de ese país.

Maura, Ita, Jean y Dorothy están vivas, y yo sólo puedo agradecer a Dios por haberlas conocido, querido y apreciado, mujeres maravillosas con dones de entrega generosa.

Testimonio de la Hna. Madeline Dorsey, tiene 92 años y vive en el centro de las Hermanas de Maryknoll en New York.


miércoles, 2 de diciembre de 2015

Dom 6 XII 15 

Adviento 2. 

Necesitamos 

volver al desierto

Xabier Pikaza
Dom 2 Adviento. 

Lucas 3, 1-6 
Un texto clave:Mensaje de Juan, un camino de esperanza a través de la crisis,sin más solución que empezar de nuevo en el desierto:
En el año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes virrey de Galilea, y su hermano Felipe virrey de Iturea y Traconítide, y Lisanio virrey de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.
Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: "Una voz grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios."
El evangelio de Juan ofrece la visión más positiva del mensaje de Bautista, en línea de esperanza. Pero esa esperanza exige que volvamos al desierto, para comenzar allí la nueva travesía. Quizá muchos no estamos dispuestos, apegados como estamos a las cosas que tenemos. Pero sin ese retorno al origen, sin un aprendizaje nuevo, puede suceder que nuestra cultura y vida actual se destruya (Imagen de G. Doré)

Juan, maestro de Jesús
Jesús buscó a Dios en la Escritura y en la historia de su pueblo, pero su iniciador y maestro directo fue Juan Bautista, el último en la línea de los sabios (cf. Mt 11, 1-19 par), un profeta que condenaba la violencia de los poderosos y el pecado de los sacerdotes, anunciando el juicio de Dios (cf. Mt 3, 7-12).

Sabía que este mundo tiene que acabar, porque está podrido, y, a pesar de ello, pedía a los hombres y mujeres que se convirtieran, ofreciéndoles un bautismo de perdón para la redención: “Ya está el hacha levantada sobre la raíz del árbol...” (Mt 3, 9-12; Lc 3, 1-9). De un modo especial recibía a los expulsados y excluidos de la sociedad sagrada de Israel y del Imperio. Su mensaje incluía tres notas principales.

(1) Este mundo está maduro ser destruido: por eso anunciaba Juan el Juicio que viene como Huracán y como Fuego que abrasa a los perversos, un juicio de condena que no procede de Dios, sino del pecado de los hombres, a quienes Dios ha confiado el mundo para que lo cuiden, pero ellos se han empeñado de destruirlo por un tipo de fuego (calentamiento, bomba).

(2) En ese contexto, Juan ofrecía una bautismo de esperanza, para escaparse «de la ira que se acerca» (cf. Mt 3, 7) y alcanzar así la salvación, en la tierra prometida, tras el río de las aguas divisorias. Era necesario un cambio urgente, rápido y completo, pues de lo contrario caería el hacha ya para destruir a los perversos...

(3) Una voz grita en el desierto: ¡Preparad...! Se trata, como he dicho, de volver al desierto, que es la austeridad, el contacto directo con la naturaleza y con la vida, ligeros de equipaje, sin más tarea que la de vivir, abriendo un espacio para todos... Sin esta vuelta al desierto, para comenzar de nuevo la experiencia humana, en fraternidad y justicia, corremos el riesgo de caer destruidos por nuestras propias contradicciones.

(4) El anuncio de Juan incluía la llegada de uno que es más fuerte, de alguien que viene en nombre de Dios (o Dios mismo) para realizar las promesas antiguas. Juan era sólo un mensajero, alguien que anuncia aquello que ha de llegar, si es que las cosas (los hombres) no cambian. Sabía que sin volver al desierto y recrear el camino de actual de la humanidad corremos el riesgo de ser destruídos.

En un sentido, Juan afirma que la historia de los hombres ha fracasado,
pero queda un resquicio de esperanza y en ese resquicio quiere mantenerse, para abrir la puerta a los que vengan, en el borde del desierto, ante el río que evoca el paso de la vida y el nuevo nacimiento en la tierra de Dios. Se han acabado las oportunidades de los poderosos del mundo, pero queda Dios y, en su nombre, Juan acoge y ofrece su promesa a los excluidos de la tierra, a los publicanos y las prostitutas… (cf. Mt 21. 32).

De esa forma se planta, como profeta de Dios para los pobres y para todos los que quieran convertirse, junto al río, vestido de piel de camello y comiendo alimentos silvestres (Mc 1, 6). Sólo así puede exigir la conversión y anunciar la salvación de Dios a los que han sido expulsados de las pretendidas salvaciones de la tierra.
Juan es un hombre del confín, en la frontera de los lugares y los tiempos, acusando a los culpables, pidiendo conversión a todos, desde el mismo desierto. Los que no quieran volver a ese principio, aquellos que se aferren a su vida muelle, a su egoísmo y su riqueza acabarán destruyéndose a sí mismos y destruyendo a los demás.

Vivió en un tiempo concreto
En el año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes virrey de Galilea, y su hermano Felipe virrey de Iturea y Traconítide, y Lisanio virrey de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.
El mensaje de Juan marca el comienzo de nuevo tiempo de la salvación. En medio de la historia de los grandes de la tierra (emperadores, reyes y sacerdotes) se escucha su palabra, en un tiempo bien concreto, marcado por ese famoso sincronismo, que nos sitúa en torno al año 28/29 d.C., según los cálculos, pues Tiberio empezó a gobernar el año 14 d.C. (el cómputo de años puede hacerse con algunas variantes).
En ese tiempo concreto, perdido al parecer en la hoya del Jordán, Juan comenzó a proclamar la palabra definitiva del Adviento, mientras emperadores, tetrarcas y sacerdotes andaban a lo suyo... Juan anunciaba un momento de cambio para ellos, invitándolos a venir al desierto de Dios, es decir, al lugar donde comienzan los caminos de la nueva humanidad.
Ésta es la pregunta, éste es el tema: ¿Quién está dispuesto a volver al desierto, para aprender, para cambiar, para empezar...?

Anunció el gran cambio. El fracaso puede convertirse en camino de nuevo nacimiento, desde el desierto:
Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías (cf. Is 40, 3-4):
Una voz grita en el desierto:
Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos;
elévense los valles, desciendan los montes y colinas;
que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale.
Y todos verán la salvación de Dios."

Vivimos en un mundo de imposiciones, de caminos torcidos,
de montes y quebradas que impiden que Dios se manifieste en nuestra vida. Por eso retoma Juan el lenguaje del 2º Isaías y anuncia la llegada de un cambio cósmico: "elévense los valles, allánense los montes...", que el mundo entero se vuelva así camino de Dios.

Contemplar el mundo como espacio de revelación de Dios, ésta es la tarea del profeta, que mira y anuncia: ¡Está llegando!

Preparar el camino del Dios que viene implica:
1. Volver al desierto... Lo he dicho ya, debo repetirlo, éste es el mensaje clave de este día. No se trata de hacer ayuno por ayuno, sino de aprender a simplificar, centrándose en lo esencial (¡sólo con lo esencial se puede vivir en el desierto!), sin adornos falsos, sin complejos de superioridad, simplemente "a cuerpo", reyes y mendigos, todos...
Éste es el mayor favor que puede hacernos Dios a muchos: Llevarnos de nuevo al desierto, para simplificar, para dialogar, para compartir... Si no volvemos al desierto nosotros, los de países ricos, moriremos todos.

2. Elevar lo que está hundido (cuidad a los pobres, los aplastados, los humillados…, hacer que haya espacio para los expulsados), Éste motivo de la elevación de los que están aplastados y humillados forma parte de la experiencia original de los judíos, desde el canto de Ana (en 1 Sam 2) hasta el de María, la madre de Jesús (en Lc 1).
Si no elevamos a los pobres y excluidos moriremos todos... Les mataremos a ellos, nos destruiremos nosotros mismos.

3. Abajar lo que está exaltado (que nadie se imponga desde arriba…); que nadie puede destruir a los pequeños... Que bajen los de arriba, no por espíritu de venganza o resentimiento, sino sólo porque abajo (desde abajo) se pueden ver las cosas, empezando en el desierto, con todos, para todos...
Ésto es abajar: Volver al desierto, renunciar a un tipo de comodidades falsas, para ser nosotros mismos, abajarnos, para así vivir sencillamente como humanos...
El mensaje de Juan es el mismo de María en el Magnificat:
Derriba del tronos a los poderosos
Eleva a los oprimidos

4. Enderezar lo torcido: que no exista engaño sobre el mundo, que no nos ocultemos ni mintamos, que podamos vivir en transparencia... Que este mundo sea un espacio de diálogo y transparencia... Ese es el mensaje del Adviento de Juan.
¿Qué es lo torcido en mi vida, en nuestra vida? ¿Cómo podemos caminar el claridad, en una tierra que se abre para todos, abriendo así un camino para Dios en nuestra misma humanidad?
Dios viene porque es Dios… Pero nosotros somos su camino y debemos prepararnos para su venida. Dios viene porque quiere que los hombres y mujeres sean la señal más honda de su gracia... Viene porque quiere, digo... Pero nosotros podemos y debemos preparar su llegada.

A Juan le mataron por lo que decía y hacía:
Juan fue suave hasta el extremo con los pobres, pero fue implacable con el reyezuelo Herodes Antipas, que se valía de su autoridad para cambiar las leyes a su antojo, aunque contara con la bendición de juristas a sueldo. El rey le mandó matar, porque, como sabe F. Josefo (Ant XVIII, 116-119), era miedoso y no podía permitir que nadie le hablara de esa forma (cf. Mc 6, 16-19).
Antipas le mató, pero Jesús vino a buscarle y le escuchó, uniéndose así con los publicanos y las prostitutas, que buscaban a Dios en las riberas del Jordán.
El mismo Jesús, Hijo de Dios, necesitaba una escuela y la encontró, poniéndose a la escucha de Dios, con los pecadores que buscaban al Bautista. El Hijo de Dios necesitaba un maestro y fue a buscarlo, junto al río, porque a Dios se le escucha y encuentra a través de los auténticos maestros de la tierra. De esa forma le llegó el momento de la iluminación. Juan le había enseñado la más honda lección de la vida, la lección de Dios que está con los pecadores. Y, aprendida esa lección, mientras entraba en el río con esos pecadores, sus amigos, Dios mismo le habló en el corazón, mientras Juan le bautizaba: “Tú eres mi Hijo…”.
El mismo Dios de Juan, el Señor del Juicio, se le mostró y le dijo su palabra más profunda, la primera y más honda de todas las palabras: “Tú eres mi Hijo predilecto, yo te quiero” (cf. Mc 1, 11). Fueron palabras de Dios para él y para todos los hombres y mujeres de la tierra. Ésta es la verdad definitiva. Todo el resto del evangelio brota de aquí, llevando así la marca de Juan el Bautista, a quien Jesús buscó junto al río, a la vera del desierto, para iniciar después su mensaje en Galilea.
col sicre

Si Pablo Iglesias, líder de Podemos, fuese a misa el domingo (cosa que no creo que haga) le produciría gran satisfacción ver al sacerdote vestido de su color favorito, el morado, dominante durante el Adviento. Sin embargo, la liturgia lo eligió por su sentido penitencial, igual que en Cuaresma. ¿Es la elección más adecuada?

Las lecturas de este domingo no invitan a la penitencia sino a la alegría. La del profeta Baruc ordena expresamente a Jerusalén: “quítate tu ropa de duelo y aflicción”. 
Y si el sacerdote que preside la eucaristía quisiese realizar una acción simbólica, al estilo de los antiguos profetas, podría quitarse la casulla morada y cambiarla por una blanca y dorada. 
También el Salmo habla de alegría: “la lengua se nos llenaba de risas, la lengua de cantares”; “el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres”. 
Pablo escribe a los cristianos de Filipos que reza por ellos “con gran alegría”. 
Y el evangelio recuerda el anuncio de Juan Bautista: “todos verán la salvación de Dios”. 

Las lecturas de este domingo no justifican que se suprima el Gloria, todo lo contrario. Hay motivos más que suficientes para cantar la gloria de Dios.

Primer motivo de alegría: 
la vuelta de los desterrados

La lectura de Baruc recoge ideas frecuentes en otros textos proféticos. Jerusalén, presentada como madre, se halla de luto porque ha perdido a sus hijos: unos marcharon al destierro de Babilonia, otros se dispersaron por Egipto y otros países. Ahora el profeta la invita a cambiar sus vestidos de duelo por otros de gozo, a subir a una altura y contemplar cómo sus hijos vuelven “en carroza real”, “entre fiestas”, guiados por el mismo Dios.
¿Qué impresión produciría esta lectura en los contemporáneos del profeta? Sabemos que a muchos judíos no les ilusionaba la vuelta de los desterrados; había que proporcionarles casas y campos, y eso suponía compartir los pocos bienes que poseían. Otros, mejor situados económicamente, verían ese retorno como un punto de partida de un resurgir nacional.
Y esto demuestra la enorme actualidad de este texto de Baruc. A primera vista, hoy día Jerusalén es Siria, Iraq, tantos países de África que están perdiendo a sus hijos porque deben desterrarse en busca de seguridad o de trabajo. Pero también nosotros podemos identificarnos con Jerusalén y ver a esos cientos de miles de personas no como una amenaza para nuestra sociedad y nuestra economía, sino como hijos y hermanos a los que se puede acoger y ayudar en su desgracia.


Segundo motivo de alegría: 
la bondad de la comunidad

Pablo sentía un afecto especial por la comunidad de Filipos, la primera que fundó en Macedonia. Era la única a la que le aceptaba una ayuda económica. Por eso, en su oración, recuerda con alegría lo mucho que los filipenses le ayudaron a propagar el evangelio. Y les paga rezando por ellos para que se amen cada día más y profundicen en su experiencia cristiana.
La actitud de Pablo nos invita a pensar en la bondad de las personas que nos rodean (a las que muchas veces solo sabemos criticar), a rezar por ellas y esforzarnos por amarlas.

Tercer motivo de alegría: 
el anuncio de la salvación

A diferencia de los otros evangelistas, Lucas sitúa con exactitud cronológica la actividad de Juan Bautista. No lo hace para presumir de buen historiador, sino porque los libros proféticos del Antiguo Testamento hacen algo parecido con Isaías, Jeremías, Ezequiel, etc. Con esa introducción cronológica tan solemne, y con la fórmula “vino la palabra de Dios sobre Juan”, al lector debe quedarle claro que Juan es un gran profeta, en la línea de los anteriores. El Nuevo Testamento no corta con el Antiguo, lo continúa. En Juan se realiza lo anunciado por Isaías.
Juan, igual que los antiguos profetas, invita a la conversión, que tiene dos aspectos: 
1) el más importante consiste en volver a Dios, reconociendo que lo hemos abandonado, como el hijo pródigo de la parábola; 
2) estrechamente unido a lo anterior está el cambio de forma de vida, que el texto de Isaías expresa con las metáforas del cambio en la naturaleza.

Pero, a diferencia de los grandes profetas del pasado, Juan no se limita a hablar, exigiendo la conversión. Lleva a cabo un bautismo que expresa el perdón de los pecados. Se cumple así la promesa formulada por el profeta Ezequiel en nombre de Dios: “Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará”.

Las dos conversiones

¿Se podría mandar a una persona como penitencia estar alegre? Parece una contradicción. Sin embargo, las lecturas de este domingo y de todo el Adviento nos obligan a examinarnos sobre nuestra alegría y nuestra tristeza, a ver qué domina en nuestra vida. Es posible que, sin llegar a niveles enfermizos, nos dominen altibajos de cumbres y valles, momentos de euforia y de depresión, porque no recordamos que hay motivos suficientes para vivir con serenidad la salvación de Dios.
Al mismo tiempo, las lecturas nos invitan también a convertirnos al prójimo, acogiéndolo, amándolo, rezando por ellos.

José Luis Sicre