sábado, 1 de agosto de 2015


Leonardo Castellani

En 1964 Leonardo Castellani imaginó a Juan XXIV

Un Papa argentino antes de Francisco

El protagonista de la novela, Pio Ducadelia, anticipa las medidas que está tomando Francisco

Juan Manuel de Prada, 31 de julio de 2015 a las 19:08
 El cometido primordial de su pontificado será "la batalla de la pureza interna" de la Iglesia y el combate contra lo que denomina el "elesiasticismo"
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El libro de Leonardo Castellani

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(Juan Manuel de Prada, en L'Osservatore).- Han sido muchas, casi infinitas (y con frecuencia dictadas por una evidente animosidad anticatólica), las intrigas novelescas ambientadas en el Vaticano que fantasean con Papas que nunca existieron, por lo común envueltos en rocambolescas peripecias o víctimas de turbios contubernios. Pero quisiéramos iniciar esta serie de artículos con Juan XXIII (XXIV), una novela catoliquísima, en muchos aspectos profética, salpimentada de un humor de estirpe cervantina, en la que el santafesinoLeonardo Castellani (1899-1981) se atreve a imaginar... ¡a un argentino en la sede de Pedro, medio siglo antes de que la ocupase Francisco!
Castellani fue un escritor de insuperable expresividad, pensamiento profundo e irresistible desenfado. Tenía sensibilidad de gran poeta que le permitía mirar más adentro y clarividencia de gran profeta que le permitía mirar más allá; y, sobre estas raras dotes, tenía el precioso don divino de contemplar las cosas abarcadoramente, con capacidad para conocer a un tiempo lo natural y lo sobrenatural, con la mirada de águila clavada siempre en el horizonte escatológico, manantial desde el que se nutre la esperanza cristiana.
Cultivó casi todos los géneros literarios -poesía y novela, relato y ensayo, crítica literaria y exégesis bíblica--; y todos los géneros los bautizó con su peculiarísimo estilo, a la vez polemista y apologético, en el que comparece el hombre sufriente que Castellani sin duda fue, pero también el hombre que, en medio de sus padecimientos, se ata en obediencia a Jesucristo, para preservar íntegra su libertad. Castellani, que había sido expulsado de la Compañía de Jesús y suspendido a divinis en 1949, sería plenamente restituido al ministerio sacerdotal en 1966; pero aquel episodio traumático marcaría muy hondamente su biografía, y también su obra, que empuña el látigo de un Bloy o un Belloc, y a la vez la varita mágica de un Chesterton.
De esa magia y ese látigo se nutre la novela que ahora comentamos, Juan XXIII (XXIV),una especie de purga del corazón o sublimación autobiográfica publicadaoriginariamente en 1964. Se trata de una obra muy influida por otra fantasía papal muy célebre, el Adriano VII de Frederick Rolfe (1860-1913), más conocido literariamente como Barón Corvo.
Como ocurría en aquella novela, el protagonista de Castellani, Pío Ducadelia, hijo de italianos, es un trasunto del propio autor: religioso "jeromiano" (pronto descubriremos que esta orden jeromiana es un trasunto de la Compañía de Jesús) a quien se ha prohibido celebrar misa, de repente es rehabilitado y enviado a Roma, como asesor del arzobispo de Buenos Aires. Se ha empezado a celebrar el Concilio Vaticano II, que en mitad de sus sesiones habrá de trasladarse al Palacio de Letrán, por complicaciones políticas que no tardan en desembocar en una cruenta "guerra ruso-europea", en la que los soviéticos lanzan bombas atómicas sobre las principales capitales europeas, antes de perder ante una alianza de países europeos que restaurarán la monarquía en Italia y Francia.
Sobre este trasfondo de incertidumbre y agitación bélica transcurren las deliberaciones de los padres conciliares, en las que Ducadelia participará en calidad de teólogo pontificio, después de haber deslumbrado al Papa Roncalli con sus propuestas de reforma para la Iglesia, que se centran en combatir -citamos textualmente-- "la burocracia impersonal en el manejo de los asuntos eclesiásticos". Para lograr esta desburocratización, Ducadelia propone, por ejemplo, una "descentralización del gobierno eclesiástico, con nombramiento de Patriarcas, a la manera del siglo V", así como la constitución de un "Consejo del Papa" formado por doce peritos, "cada uno en un ramo del gobierno".
También propone Ducadelia una "revisión y ajuste del celibato eclesiástico para hacerlo más riguroso y decente"; y aconseja al Papa, para evitar escándalos financieros, que "ni los obispos ni las órdenes religiosas puedan tener papeles de crédito de ninguna clase", sino que "todos los bienes eclesiásticos se inviertan en bienes raíces, los cuales serán encomendados para su productividad a los Cartujos y a los Trapenses".
Pero el Concilio tendrá que disolverse, ante el avance de los soviéticos, y el Papa tomar el camino del exilio, donde morirá, dejando encomendado que -ante la diáspora del colegio cardenalicio-- su sucesor sea elegido por tres únicos compromisarios. Ducadelia, por su parte, es apresado y conducido a Rusia, donde sufrirá pavorosas torturas; cuando por fin sea evacuado y regrese a Roma descubrirá, para su estupor, que ha sido elegido Papa.
En una muestra de veneración filial a su predecesor, decide adoptar el nombre de Juan y repetir su numeral, alegando lo siguiente: "No hubo Juan XX. Y hubo un Juan XV que murió al mes de ser elegido, y no fue coronado canónicamente. Hubo un Juan XXIII durante el cisma de Aviñón, que no fue Pontífice legítimo. De modo que, numerando con rigor histórico, nuestro Venerable Antecesor fue Juan XXII. Y así todos los Juanes in retro, restando uno a cada numeral... hasta el XV".
De inmediato, el nuevo Juan XXIII (ó XXIV) declarará que el cometido primordial de su pontificado será "la batalla de la pureza interna" de la Iglesia y el combate contra lo que denomina el "elesiasticismo", que en algún momento se describe así: "Son todos esos magnates carcamales que no quieren cambios en la Iglesia porque a ellos les va bien así; y a ellos les va bien porque carecen de tacto y de olfato para ver (de vista también, por supuesto) que se están quedando solos, que el mundo se retira en silencio de la Iglesia... Solos y solazándose con sus honores pueriles y sus comodidades... mujeriles. El eclesiasticismo es la peor herejía que existe hoy en la Iglesia".
Para combatir este "eclesiasticismo" y librar la batalla de la pureza interna Ducadelia reduce en dos tercios la burocracia vaticana, considerando que se trata de "una máquina y por tanto no tiene tacto". "Es menester -añade-- dotar a esa máquina, que ya tiene un cerebro arriba, de un corazón en el centro y de papilas táctiles en los extremos, allí donde ella entra en contacto con el ser humano vivo; porque el sacerdote es, o debe ser, humano...". En su búsqueda de sacerdotes con calidez humana, Ducadelia no tendrá empacho en castigar a los predicadores "fallutos" (hipócritas o falsarios, en español de Argentina) ni en rebajar los estipendios de la curia, lo cual le granjeará muchos descontentos y animadversiones.
También levantará gran tempestad de críticas su decisión de instalarse a vivir muy pobremente en un edificio próximo a Letrán, alegando que "el enorme palacio de Michelángelo y Bramante no es apto ya para el trabajo y el alojamiento, sino para el turismo". Ducadelia considera que "Roma se está volviendo, de museo que fue, un enorme y lujoso cenicero"; y apostilla que no quiere "iglesias de turismo", sino parroquias vivas y activas, por lo que manda edificarlas en los barrios nuevos de la Urbe, con el dinero logrado vendiendo algunas obras de arte.
Afirma que "el verdadero tesoro de la Iglesia son los pobres"; y por ello mismo se esfuerza en vivir en pobreza, con apenas un dólar al día. Asimismo, promueve una purificación de las órdenes religiosas, que debe iniciarse por su rechazo de las comodidades materiales: "Prefiero a mil jeromianos auténticos, conformes a la mente de su fundador, que 40.000 mil falsificados... Cuando aparecieron los primeros jeromianos en el mundo, parecían siete leones; y ahora parecen innumerables ovejas".
Tantas y tan sustanciales reformas no hacen sino aumentar el número de sus enemigos, que buscan constantemente el modo de perderlo, como los fariseos hacían con Jesús, tendiéndole trampas y haciendo las interpretaciones más retorcidas de sus palabras. Así, desde ciertos sectores de derecha se le acusa de "hacer confusión con su política filosemita"; mientras que, desde el otro extremo, la prensa americana lo acusa de "antisemita", por su condena de las grandes corporaciones financieros. Y también los democristianos meapilas empiezan, por su parte, a quejarse de que el Papa "ni siquiera cita la Biblia en sus escritos, sino muy raramente, como tampoco a Santo Tomás y San Agustín: sus encíclicas parecen escritas por un filósofo del siglo XVIII..."; y rematan sus críticas tachándolo de "indevoto".
A la vez que el "eclesiasticismo" lo asedia, la plutocracia internacional planea atentar contra su vida; y no es de extrañar, pues Ducadelia no ha tenido empacho en destapar sus manejos, señalando el mal que corrompe a las democracias parlamentarias, que "con el cuento chino de la soberanía del pueblo" se han convertido en "una tapadera de la plutocracia, un caballo de Troya de la Finanza apátrida, un cobertor de sociedades secretas y una arena espléndida para el despertar hirviente del comunismo".
Para Ducadelia, el conflicto anticrístico final antes de la Parusía será entre ese comunismo al que fatalmente nos conduce una democracia corrompida y la Finanza apátrida, que en otro pasaje se nos describe así: "Es una sociedad nueva (o vieja, no lo sé) que dirige o concierta el movimiento anticristiano secreto en todo el mundo. Posee por doquier filiales y grande pecunia. (...) Su objetivo es destruir el cristianismo y crear un Estado Mundial ateo; con todos los medios posibles, incluso los más infames, sin restricción moral ninguna y en el mayor secreto. Los oí también llamarse oneworlders, o sea, "mundounistas". No son masones ni judíos; se sirven de los masones, de los judíos, de los ateos, de los protestantes, de los católicos tontos, y de cuanto haya. (...) No reparan en medio alguno: el asesinato político, el robo en gran escala, la calumnia, la mentira (...). Parecen tener recursos inmensos, no sólo de dinero, mas también puestos políticos y mandos militares. Los domina un odio ilimitado a la Religión. No sé si practican el culto a Satanás, pero lo dudo; aquí todo es sobrio, escueto, moderno; nada de las antiguas mojigangas y grotesquerías de los francmasones".
La intrépida denuncia de esta conspiración mundialista provocará que la prensa, que en un principio lo había alabado fervientemente, se revuelva contra el Papa: "Resulta curioso -escribe Castellani-- que todo aquello por lo que lo alabaron se convirtió al final en defecto: que así son los ánimos humanos, o bien la madurez senil de esta época. No tanto en el popolino, que siempre siguió venerándolo, cuanto en parte de los magnates eclesiásticos y la Prensa... Al principio todos los periodistas se hacían lengua de sus cosas (que eran siempre "noticia") y se llenaban la boca llamándolo colega y cofrade, pero al fin se gastaron las novedades y cambió el viento periodístico, sobre todo cuando empezaron las medidas duras e impopulares".
Pero, aunque su prestigio ante el mundo decaiga, el Papa Ducadelia no cejará en su propósito quijotesco de purificar la Iglesia, escribiendo incansable encíclicas, viajando (a veces de incógnito) a los parajes más variopintos del atlas y atreviéndose, incluso, a enfrentarse a la secta mundialista en su propio cubículo o madriguera, con riesgo de su propia vida. Y es que Juan XXIII (XXIV), que no en vano se subtitula La resurrección de don Quijote, es una obra transida de los ideales caballerescos de defensa del débil y combate sin cuartel contra la hipocresía y el fariseísmo ambientales; y perfumada por un humor de la mejor estirpe cervantina. En un pasaje especialmente hilarante de la novela, un entrevistador empeñado en malquistarlo con la Compañía de Jesús pregunta a Ducadelia: "¿Pueden los jesuitas viajar en avión?". A lo que Ducadelia responde con gracejo: "Solamente como pilotos".
Sin duda alguna, la novela de Leonardo Castellani debió resultar chocante, incluso estrafalaria, cuando se publicó, allá a mediados de los años sesenta; pero su autor, poeta que sabía mirar más adentro y profeta que sabía mirar más allá de las apariencias, habría podido responder con aquel aforismo de Oscar Wilde: "La naturaleza imita al arte". Aunque a veces tarde medio siglo en hacerlo.


viernes, 31 de julio de 2015

El Papa echó a su médico personal por "cholulo"

Patrizio Polisca también debió dejar su cargo como director de los servicios sanitarios del Vaticano. A Francisco no le gusta el alto perfil del profesional, admitió el propio portavoz vaticano, Federico Lombardi. Aún no se sabe quién lo reemplazará.


El estilo de Polisca no va con Francisco.


El Papa Francisco despidió a su médico personal, Patrizio Polisca, porque no le gustaba su alto perfil como profesional y por considerarlo “cholulo”, según confirmó Federico Lombardi, el portavoz de la Santa Sede.

Polisca dejó también su cargo como director de los servicios sanitarios del Vaticano, luego de cinco años, pero desde el Vaticano consideraron “normal” su cambio en base en el reglamento para el personal dirigente laico de la Santa Sede y del Estado de la Ciudad del Vaticano.

Lombardi aclaró: “Polisca continuará su apreciado servicio como médico personal del Papa emérito Benedicto XVI y seguirá residiendo en el Vaticano”. Pero no pudo determinar quién será el sucesor, responsable de la salud del Papa y encargado de los servicios sanitarios.

En 2010, Benedicto XVI designó a Polisca, quien lo acompañó hasta 2013 y siguió como médico del Papa Francisco.

“Veremos quién acompaña al Papa en su viaje a Cuba y Estados Unidos”, exclamó Lombardi de cara a la próxima gira prevista para septiembre.

martes, 28 de julio de 2015

Afinidades entre la encíclica sobre 

“el cuidado de la Casa Común” y 

la “Carta de la Tierra, nuestro Hogar”

Leonardo Boff



         La encíclica “Cuidado de la Casa Común” y la “Carta de la Tierra” tal vez sean los dos únicos documentos de relevancia mundial que presentan tantas afinidades comunes. Tratan del estado degradado de la Tierra y de la vida en sus varias dimensiones, fuera de la visión convencional que se restringe al ambientalismo. Se inscriben dentro del nuevo paradigma relacional y holístico, el único, así nos parece, capaz de darnos todavía esperanza.

         La encíclica conoce la Carta de la Tierra que cita en uno de los puntos más fundamentales: «me atrevo a proponer nuevamente su precioso desafío: como nunca antes en la historia, el destino común nos hace un llamado a buscar un nuevo comienzo» (nº 207). Ese nuevo comienzo es asumido por el Papa. Enumeremos, entre otras, algunas de esas afinidades. 

         En primer lugar aparece el mismo espíritu que atraviesa los textos: de forma analítica, recogiendo los datos científicos más seguros, de forma crítica, denunciando el actual sistema que produce el desequilibrio de la Tierra, y de forma esperanzadora, apuntando salidas salvadoras. No se rinde a la resignación sino que confía en la capacidad humana de forjar un nuevo estilo de vida y en la acción innovadora del Creador, “soberano amante de la vida” (Sab 11,26). 

         Hay un mismo punto de partida. Dice la Carta: «Los patrones dominantes de producción y consumo están causando devastación ambiental, agotamiento de recursos y una extinción masiva de especies» (Preámbulo, 2). Repite la encíclica: «basta mirar la realidad con sinceridad para ver que hay un gran deterioro de nuestra casa común… el actual sistema mundial es insostenible desde diversos puntos de vista» (n. 61). 

         Hay la misma propuesta. Afirma la Carta: «Se necesitan cambios fundamentales en nuestros valores, instituciones y formas de vida» (Preámbulo, 3). La encíclica enfatiza: «Toda pretensión de cuidar y mejorar el mundo supone cambios profundos en los estilos de vida, los modelos de producción y de consumo, las estructuras consolidadas de poder que rigen hoy la sociedad» (n. 5). 

         Una gran novedad, propia del nuevo paradigma cosmológico y ecológico, es esta afirmación de la Carta: «Nuestros retos ambientales, económicos, políticos, sociales y espirituales, están interrelacionados y juntos podemos forjar soluciones incluyentes» (Preámbulo, 3). Hay un eco de esta afirmación en la encíclica: «hay algunos ejes que atraviesan toda la encíclica: la íntima relación entre los pobres y la fragilidad del planeta, la convicción de que en el mundo todo está conectado, la invitación a buscar otros modos de entender la economía y el progreso, el valor propio de cada criatura, el sentido humano de la ecología y la propuesta de un nuevo estilo de vida» (n. 16). Aquí toma valor la solidaridad entre todos, la sobriedad compartida y «pasar de la avidez a la generosidad y a saber compartir» (n. 9). 

         La Carta afirma que «hay un espíritu de parentesco con toda la vida» (Preámbulo 4). Lo mismo afirma la encíclica: «Todo está relacionado, y todos los seres humanos estamos juntos como hermanos y hermanas… y nos unimos también, con tierno cariño, al hermano sol, a la hermana luna, al hermano río y a la Madre Tierra» (n. 92). Es la franciscana fraternidad universal. 

         La Carta De la Tierra enfatiza que es nuestro deber «respetar y cuidar de la comunidad de vida… respetar la Tierra en toda su diversidad» (I,1). Toda la encíclica, comenzando por el título “cuidar de la Casa Común” hace de ese imperativo una especie de ritornelo. Propone «alimentar una pasión por el cuidado de mundo» (n. 216) y «una cultura del cuidado que impregne toda la sociedad» (n.231). Aquí surge el cuidado no como mera benevolencia puntual sino como un nuevo paradigma, amoroso y amigo de la vida y de todo lo que existe y vive. 

         Otra afinidad importante es el valor asignado a la justicia social. La Carta mantiene una fuerte relación entre ecología y «la justicia social y económica» que «protege a los vulnerables y sirve a aquellos que sufren» (n.III,9 c). La encíclica alcanza uno de sus puntos altos al afirmar «que un verdadero planteo ecológico debe integrar la justicia para oír tanto el grito de la Tierra como el grito de los pobres» (n.49; 53). 

         Tanto la Carta de la Tierra como la encíclica subrayan contra el sentido común vigente que «cada forma de vida tiene valor, independientemente de su uso humano» (I, 1, a). El Papa reafirma que «todas las criaturas están conectadas, cada una debe ser valorada con afecto y admiración, y todos los seres nos necesitamos unos a otros» (n.42). En nombre de esta comprensión hace una vigorosa crítica al antropocentrismo (nn.115-120), pues solamente ve la relación del ser humano con la naturaleza usándola y devastándola y no al contrario, olvidando que él forma parte de ella y que su misión es la de ser su guardián y cuidador. 

         La Carta de la Tierra formuló una definición de paz de las más felices que han sido elaboradas por la reflexión humana: «la plenitud que resulta de las relaciones correctas consigo mismo, con otras personas,  con otras culturas, con otras vidas, con la Tierra y con el Todo del cual somos parte» (16, f). Si la paz, según el Papa Pablo VI, es «el equilibrio del movimiento» entonces la encíclica dice que el «equilibrio ecológico tiene que ser el interior con uno mismo, el solidario con los demás, el natural con todos los seres vivos, el espiritual con Dios» (n.210). El resultado de ese proceso es la paz perenne tan ansiada por los pueblos. 


         Estos dos documentos son faros que nos guían en estos tiempos sombríos, capaces de devolvernos la necesaria esperanza de que todavía podemos salvar la Casa Común y a nosotros mismos.            

viernes, 24 de julio de 2015

Para entender el fenómeno de la crisis

Leonardo Boff


         Raramente ha habido en la historia tanta acumulación de situaciones de crisis como en el momento actual. Algunas son coyunturales y superables. Otras son estructurales y exigen cambios profundos, como por ejemplo, la reforma política y tributaria brasilera. Pero hay una crisis que se presenta sistémica y que recubre toda la Tierra y la humanidad. Es una crisis ecológico-social. La percepción general es que la Tierra viva no puede continuar así como se encuentra, pues nos puede llevar a un cuadro de tragedia con desaparición de millones de vidas humanas y porciones significativas de la biodiversidad. En su encíclica sobre “el cuidado de la Casa Común” el Papa Francisco dice sin rodeos: “lo cierto es que el actual sistema mundial es insostenible desde diversos puntos de vista” (n.61). En su peregrinación por los países más pobres de América Latina, Ecuador, Bolivia y Paraguay, el discurso de cambio estructural y la exigencia de un nuevo estilo de producir, de consumir y de habitar la Casa Común ha sido afirmado repetidamente como algo impostergable.

         La crisis sistémica es grave porque carga dentro de sí la posibilidad de destrucción de la vida sobre el planeta y eventualmente la desaparición de la especie humana. Los instrumentos ya han sido montados. Basta que surja un conflicto de mayor intensidad o un loco fundamentalista del tipo del expresidente Bush para abrir las puertas del infierno nuclear, químico o biológico hasta el punto de no quedar nadie para contar la historia. No podemos subestimar la gravedad de esta última crisis sistémica y global. La actual crisis brasilera es un pálido reflejo de la crisis mayor planetaria. Pero incluso así es desastrosa para todos, afectando especialmente a aquellos sobre cuyos hombros se colocó la carga mayor de los ajustes fiscales para salir o aliviar la crisis: los trabajadores y los jubilados. 

         Comulgamos con la esperanza del Papa Francisco: hay en el ser humano un capital de inteligencia y de medios que nos “ayudan a salir de la espiral de autodestrucción en la que nos estamos sumergiendo” (n.163). Y finalmente hay Alguien mayor, señor de los destinos de su creación, que es “el amante de la vida” (Sb 11,26). Él no permitirá que nos exterminemos miserablemente. 

         En este contexto cabe una profundización sobre la naturaleza de la crisis para salir de ella mejores. Desde el existencialismo, especialmente con Sören Kierkegaard, la vida es entendida como un proceso permanente de crisis y de superación de crisis. Ortega y Gasset, en un famoso ensayo de 1942 titulado Esquema de las crisis, mostró que la historia, a causa de sus rupturas y reconstrucciones, posee la estructura de crisis. 
Esta obedece a la siguiente lógica: 
(1) el orden dominante deja de tener un sentido evidente; 
(2) reina la duda, el escepticismo y una crítica generalizada; 
(3) urge una decisión que cree nuevas certezas y otro sentido, ¿cómo decidir si no se ve claro?, pero sin decisión no habrá salida; 
(4) pero tomada una decisión, incluso con riesgo, se abre entonces un camino nuevo y otro espacio para la libertad. Se superó la crisis. Un nuevo orden puede comenzar. 

         La crisis es purificación y oportunidad de crecimiento. No necesitamos recurrir al ideograma chino de crisis para saber ese significado. Nos basta remitirnos al sánscrito, matriz de nuestras lenguas occidentales. 

         En sánscrito, crisis viene de kir o kri que significa purificar y limpiar. De kri viene crisol, elemento con el cual limpiamos el oro de las gangas, y acrisolar que quiere decir depurar y decantar. La crisis representa un proceso crítico, de depuración de lo esencial: sólo lo verdadero y sustancial queda, lo accidental y agregado desaparece. 

         En torno y a partir de este núcleo se construye otro orden que representa la superación de la crisis. Esto se traducirá en un curso diferente de las cosas. Después, siguiendo la lógica de la crisis, este orden también entrará en crisis. Y permitirá, después de un proceso crítico de acrisolamiento y purificación, la emergencia de un nuevo orden. Y así sucesivamente, pues esa es la dinámica de la historia. 

         La crisis posee también una dimensión personal, en varias situaciones de la vida y la mayor de todas, la crisis de la muerte. La crisis posee también una dimensión cósmica que es el fin del universo que para nosotros no acaba en la muerte térmica sino en una inconmensurable explosión e implosión hacia dentro de Dios. 

         Entre tanto, todo proceso de purificación no se hace sin cortes y rupturas. De ahí la necesidad de de-cisión. La de-cisión lleva a cabo una cisión con lo anterior e inaugura lo nuevo. Aquí nos puede ayudar el sentido griego de crisis. 

         En griego krisis, crisis significa la decisión tomada por un juez o un médico. El juez pesa y sopesa los pros y los contras y el médico ausculta los varios síntomas de la enfermedad. Sobre la base de este proceso toman sus decisiones sobre el tipo de sentencia a ser emitida o sobre el tipo de enfermedad a ser combatida. Ese proceso decisorio se llama crisis. Brasil vive, desde hace siglos, demorando sus crisis por faltarles a los líderes la osadía histórica de tomar decisiones que corten con el pasado perverso. Se hacen siempre conciliaciones negociadas con el pretexto de la gobernabilidad. De esta forma se preservan sutilmente los privilegios de las élites y nuevamente las grandes mayorías son condenadas a continuar en la marginalidad social. 

         La crisis del capitalismo es notoria. Pero nunca se hacen cortes estructurales que inauguren un nuevo orden económico. Siempre se recurre a ajustes que mantienen la lógica explotadora de base, como ocurrió recientemente con Grecia. Bien dijo Platón en medio de la crisis de la cultura griega: “las cosas grandes sólo suceden en el caos y en la krisis”. Con la de-cisión, el caos y la crisis desaparecen y nace una nueva esperanza. 


         Entonces se inicia un nuevo tiempo que, esperamos, sea más integrador, más humanitario y más cuidador de la Casa Común.