jueves, 9 de enero de 2014

EL PAPA FRANCISCO 
Y LA ECONOMÍA POLÍTICA 
DE LA EXCLUSIÓN 
Leonardo Boff 


Quien escucha las distintas intervenciones del obispo de Roma y actual papa se siente en casa y en América Latina. El Papa no es eurocéntrico, ni romanocéntrico ni mucho menos vaticanocéntrico. Es un pastor "venido del fin del mundo", de la periferia de la vieja cristiandad europea, decadente y agónica (sólo el 24% de los católicos son europeos); proviene de un cristianismo nuevo que se ha ido elaborando a lo largo de 500 años en América Latina con rostro propio y con su teología.

El Papa Francisco no ha conocido el capitalismo central y triunfante de Europa sino el capitalismo periférico, subalterno, agregado y socio menor del gran capitalismo mundial. El gran peligro nunca fue el marxismo sino el salvajismo del capitalismo no civilizado. Ese tipo de capitalismo ha generado en nuestro Continente latinoamericano una escandalosa acumulación de riqueza en unos pocos a costa de la exclusión y de la pobreza de las grandes mayorías del pueblo.

Su discurso es directo, explícito, sin metáforas encubridoras como suele ser el discurso oficial y equilibrista del Vaticano, que pone el acento más en la seguridad y en la equidistancia que en la verdad y en la claridad de la propia posición.

La posición del Papa Francisco a partir de los pobres excluidos es clarísima: «no deben quedar dudas ni caben explicaciones que debiliten» esta opción ya «que existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres» (Exhortación nº 48). De forma contundente denuncia: «el sistema social y económico es injusto en su raíz» (nº 59); «debemos decir no a una economía de exclusión y de desigualdad social; esta economía mata... el ser humano es considerado, en sí mismo, como un bien de consumo que se puede usar y después tirar; los excluidos no son "explotados" sino desechos, "sobrantes"» (nº 53).

Además no se puede negar que este tipo formulaciones del Papa Francisco recuerdan el magisterio de los obispos latinoamericanos en Medellín (1968), Puebla (1979) y Aparecida (2005) así como el pensamiento común de la teología de la liberación. Ésta tiene como eje central la opción por los pobres, contra su pobreza y en favor de la vida y de la justicia social.

Hay una afinidad perceptible con el economista hungaro-norteamericano Karl Polanyi, que fue el primero en denunciar la "Gran Transformación" (título del libro de 1944) al hacer de la economía de mercado una sociedad de mercado. En esta todo pasa a ser una mercancía, las cosas más sagradas y las más vitales. Todo es objeto de lucro. Tal sociedad se rige estrictamente por la competición, por la prevalencia del individualismo y por la ausencia de cualquier límite. Por eso no respeta nada y crea un caldo de violencia, intrínseca a la forma como ella se construye y funciona, duramente criticada por el Papa Francisco (nº 53). Ella ha tenido un efecto atroz. En palabras del Papa: «ha desarrollado una globalización de la indiferencia. Casi sin advertirlo nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos» (nº 54). En una palabra, vivimos tiempos de gran inhumanidad, impiedad y crueldad. ¿Podemos considerarnos todavía civilizados, si por civilización entendemos la humanización del ser humano? En verdad, estamos regresando a formas primitivas de barbarie.

Conclusión final que el Pontífice deriva de esta inversión: «ya no podemos confiar en las fuerzas ciegas y en la mano invisible del mercado» (nº 204). De este modo ataca el corazón ideológico y falso del sistema imperante.

¿Y dónde va a buscar alternativas? No va a beber de la esperada Doctrina Social de la Iglesia. La respeta pero observa: «no podemos evitar ser concretos para que los grandes principios sociales no se queden en meras generalidades que no interpelan a nadie» (nº 182). Va a buscar en la práctica humanitaria del Jesús histórico. No entiende su mensaje como una regla petrificada en el pasado sino como inspiración abierta para la historia siempre cambiante. Jesús es alguien que nos enseña a vivir y a convivir, a «reconocer al otro, a curar las heridas, a construir puentes, a estrechar lazos y a ayudarnos "mutuamente a llevar las cargas"» (nº 67). Personalizando su propósito dice: «a mi me interesa procurar que aquellos que están esclavizados por una mentalidad individualista, indiferente y egoísta, puedan liberarse de esas cadenas indignas y alcancen un estilo de vida y de pensamiento más humano, más noble, más fecundo, que dignifique su paso por esta tierra» (nº 208). Esta intención se asemeja a la de la Carta de la Tierra que apunta valores y principios para una nueva humanidad que habita con cuidado y con amor el planeta Tierra.

El sueño del Papa Francisco actualiza el sueño del Jesús histórico, el del Reino de justicia, de amor y de paz. No estaba en la intención de Jesús crear una nueva religión ya que habia muchas en su tiempo, sino personas que aman, se solidarizan, muestran misericordia, sienten a todos como hermanos y hermanas porque todos son hijos e hijas en el Hijo.

Este tipo de cristianismo no tiene nada de proselitismo pero conquista por la atracción de su belleza y profunda humanidad. Tales valores son los que pueden dar un otro rumbo a la sociedad mundial.



Leonardo Boff
  Martín Gelabert Ballester, OP 
El amor: 
praxis y fuerza unitiva 



En este mundo no hay amores puros y desinteresados. Estos amores son, en todo caso, escatológicos. Eso no quita que, en este mundo, podamos purificar cada día nuestros amores, a fin de hacerlos más desinteresados y generosos y, si somos cristianos, hacerlos cada día más parecidos al amor que en Jesús se manifiesta.



El amor es una fuerza unitiva. Une los cuerpos, las mentes, los espíritus y las voluntades; une a las personas y a las sociedades, no más allá de sus diferencias, sino precisamente con sus diferencias. El amor convierte la diferencia en riqueza. El amor también une a las personas con Dios. El amor llena de sentido la vida. Allí donde falta el amor, las personas se sienten vacías y se separan cada vez más unas de otras. Lo más grave es que allí donde falta el amor se corre un serio peligro de muerte. No sólo porque la soledad produce tristeza, sino porque la falta de amor conduce a la rivalidad, a la enemistad, al odio. El odio es una fuerza tan poderosa como el amor, pero en vez de engendrar perdón, reconciliación y unidad, conduce a la venganza y a la aniquilación del otro.



El amor es también una praxis. Podemos discutir sobre lo que significa y supone el amor. Pero me parece que podemos estar de acuerdo en que el amor va más allá de los buenos sentimientos. Implica una actitud y un comportamiento. En este sentido los gestos del Papa Francisco, visitando los barrios pobres de Rio de Janeiro, haciéndose presente allí donde los inmigrantes africanos reclaman una entrada en Europa, respondiendo a personas concretas que solicitan su comprensión y su ayuda, teniendo palabras de consuelo y de misericordia con personas que se sienten heridas, incluso por la propia institución eclesiástica, son gestos que van en la buena dirección y marcan un camino.



Benedicto XVI dedicó la segunda parte de su encíclica Deus caritas est a la práctica del amor por parte de la Iglesia. Porque si todo se queda en discursos o hermosas exhortaciones estamos negando de hecho aquello mismo que pretendemos afirmar. La Iglesia, decía Benedicto XVI, es una comunidad de amor. De ahí la importancia de la actividad caritativa de la Iglesia. “La Iglesia, en cuanto comunidad, ha de poner en práctica el amor”. En esta praxis los cristianos no tenemos la exclusiva. Como tampoco tenemos la exclusiva, dicho sea de paso, en ninguna de las instituciones del amor, incluido el matrimonio. La marca cristiana del amor no está en la praxis, sino en la conciencia de la presencia de Dios en nuestros amores. El cristiano sabe que todo acto de amor tiene un alcance divino. Eso no cambia al acto, pero ofrece un sentido a la vida y debería llenarla de alegría.
Primer mensaje de un Papa 
al movimiento brasileño, 
inspirado por la Teología de la Liberación






 El papa Francisco ha animado a los miembros de las comunidades cristianas de base de Brasil a "vivir con renovado ardor los compromisos del Evangelio", según un mensaje divulgado hoy por el Episcopado brasileño.

La Conferencia Nacional de Obispos de Brasil (CNBB) destaca que se trata del primer mensaje que un papa envía a un encuentro que congrega a los cristianos de base, un movimiento que cobró fuerza en la década de 1970, al calor de la Teología de la Liberación.

El mensaje papal fue dirigido al XIII Encuentro de Comunidades Eclesiales de Base de Brasil, que se inició ayer, martes, en la ciudad de Juazeiro do Norte, en el nororiental estado de Ceará, y concluirá el próximo sábado.

"Os invito a todos a vivirlo como un encuentro de fe y de misión, de discípulos misioneros que caminan con Jesús, anunciando y testimoniando con los pobres la profecía de los 'nuevos cielos y de la nueva tierra'", dice la nota enviada por el papa argentino.

En su mensaje, Francisco alude al Documento de Aparecida, fruto de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, celebrada en Brasil en 2007 y en la que entonces participó en su condición de arzobispo de Buenos Aires.

En ese sentido, dice que ese documento señala que las comunidades eclesiales de base son un mecanismo que "permite al pueblo llegar a un conocimiento mayor de la palabra de Jesús, al compromiso social en nombre del Evangelio y a la educación en la fe".



También afirma que los cristianos de base "traen un nuevo ardor evangelizador y una capacidad de diálogo con el mundo que renuevan a la Iglesia", e insta a esos movimientos a evitar "perder el contacto con esa realidad muy rica de la parroquia local".

El encuentro de la Comunidades de Base de Brasil se ha convocado con el lema "Romeros del Reino en el campo y en la ciudad", al que Francisco también ha hecho alusión en su mensaje.

"Todos debemos ser romeros, en el campo y en la ciudad, llevando la alegría del Evangelio a cada hombre y cada mujer", dice el papa, quien invita a los cristianos de base a seguir las palabras del apóstol San Pablo, cuando dijo: "Ay de mí si no evangelizara".

(RD/Agencias)
Un comentario sobre la Exhortación Apostólica « Evangelii gaudium »
Mariano Delgado
Miembro de la Academia Europea 
de las Ciencias y de las Artes. 


El papa Francisco tiene un sueño: comprende la encarnación de Hijo de Dios como una invitación a «la revolución de la ternura» (88 : citamos el texto español) y como Obispo de Roma y Sucesor de Pedro envía a todos los miembros del Pueblo de Dios un escrito muy personal (« sueño...», « quiero... », « invito... », « exhorto... », « ruego... », « espero... » etc.) para contarnoslo y animarnos a creer « en lo revolucionario de la ternura » (288) y a anunciar esa Buena Nueva al mundo, para abrir una nueva etapa de la evangelización y del camino de la Iglesia por la historia, que esté marcada por la alegría del Evangelio y que pase « de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera » (15), como dice con el documento de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe en Aparecida (2007).

Francisco quiere que nosotros como Iglesia nos atrevamos más a « primerear », es decir a « tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos », pues la Iglesia « vive un deseo inagotable de brindar misericordia, fru¬to de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva » (24).

La invitación no nos llega en forma de un documento doctrinal urbi et orbi (Encíclica), sino como una « Exhortación », que por una parte recoge los resultados del último Sínodo de los Obispos « La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana » (octubre 2012) y por otra se presenta como una especie de « programa » de su pontificado. El estilo está en la tradición del « magisterio pastoral » iniciado por Juan XXIII y el Concilio Vaticano II, rico en metáforas, citas bíblicas y del Concilio, alusiones al tesoro espiritual-místico de la Iglesia, al magisterio de los últimos papas (no sólo al de los dos predecesores inmediatos, sino también al de Juan XXIII y sobre todo al de Pablo VI, ese gran papa tan olvidado, que condujo el Concilio a buen puerto y mantuvo con inteligente prudencia el timón de la « Barca de Pedro » en los procelosos primeros años del postconcilio, y que nos regaló además con Evangelii nuntiandi (1975) la carta magna para la evangelización en en el mundo de hoy), al magisterio de Conferencias Episcopales nacionales y continentales (de Latinoamérica y el Caribe, de Brasil, EEUU, Francia, India, Filipinas, Congo), a algunos padres y doctores de la Iglesia (Ireneo, Ambrosio, Crisóstomo, Augustín, Isaac de Stella, y sobre todo a un refrescante Tomás de Aquino que es presentado como valedor de la doctrina conciliar de la « jerarquía de verdades »), y finalmente a algunos autores (Juan de la Cruz, Georges Bernanos, Tomás de Kempis, John Henry Newman, Henri de Lubac, Pedro Fabro, Romano Guardini, Teresa de Lisieux y el jesuita hispano-argentino Ismael Quiles, fallecido en 1993 y que ha sido uno de los grandes mediadores entre el cristianismo y el budismo) que pertenecen probablemente a sus libros de cabecera.

La invitación
Francisco sabe que en los tiempos que corren el Kerygma (160-168), es decir el núcelo del mensaje cristiano, debe ser presentado de la forma más clara y atrayente posible, siendo para ello necesario « un nuevo estilo ».

Francisco quiere presentar dicho estilo evangelizador e invitarnos a asumirlo « en cualquier actividad que se realice » (18). El hilo conductor es la alegría de un Padre, « que no quiere que se pierda ninguno de sus pequeñitos » y que por eso mismo envía a su Hijo como « Buen Pastor » (237). La iniciativa parte por tanto de Dios, que « nos amó primero » (1 Jn 4,19). En el encuentro personal con el amor de Dios en Jesucristo está « el manantial de la acción evangelizadora » (8). Francisco cita (7) una memorable doctrina de Benedicto XVI en su Encíclica Deus caritas est (1): « No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva ».

En tiempos del diálogo interreligioso con el Judaismo y el Islam, no se puede olvidar que el cristianismo no es una religión del « Libro », sino una que invita al encuentro personal con el amor de Dios en Jesucristo, en quien se halla « la profundidad de la riqueza, de la sabiduría y del conocimiento de Dios », como dice Francisco (11) con Rm 11,33. Con una cita de San Juan de la Cruz, Francisco nos invita a explorar permanentemente esa profundidad cirstológica: « Esta espesura de sabiduría y ciencia de Dios es tan profunda e inmensa, que, aunque más el alma sepa de ella, siempre puede entrar más adentro » (11, CB 36,10). Pero Francisco no cita la fina crítica del doctor místico a la Iglesia de su tiempo: « que por más misterios y maravillas que han descubierto los santos doctores y entendido las santas almas en este estado de vida, les quedó todo lo más por decir, y aún por entender, y así, mucho que ahondar en Cristo » (CA 36,3); y que Cristo es muy poco conocido « de los que se tienen por sus amigos » (2 S 7,12) - con lo que el doctor místico pensaba en los autoritarios prelados y clérigos amantes del boato y de las prebendas así como en los teólogos con avizado ojo inquisidor, pero poca experiencia espiritual.

Francisco pretende sobre todo fundamentar la necesidad de la evangelización no tanto en « mandatos misioneros », sino en la experiencia del amor: quien ha experimentado en el encuentro con Jesús la ternura del amor divino, no puede dejar de trabajar por la transformación del mundo a la luz de dicho amor. Ese concepto de evangelización o misión converge con la experiencia mística de Santa Teresa (a quien Evangelii gaudium, sin embargo, no cita): después de haber experimentado el amor de Jesús « hasta los tuétanos » (5 M 1,6), como ella misma decía en expresión castiza, sintió « deseos tan grandísimos de emplearse en Dios » (6 M 4,15) y conducir a muchas personas a él. Dice que « se querría meter en mitad del mundo » (6 M 6,3) para participar en la misión apostólica de la Iglesia y anunciar cuan bueno y misericordioso es el Señor. Teresa lamentó mucho que ella y sus hermanas no pudieran « enseñar ni predicar, como hacían los apóstoles » (7 M 4,14)

¿Hemos comprendido realmente que las mujeres no participan menos que los hombres en la misión apostólica de la Iglesia? Francisco invita a todos los cristianos a participar en la « revolución de la ternura » y quiere reforzar el papel de la mujer en la Iglesia. Dice que « todavía es necesario ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia » (103).

Pero al mismo tiempo resalta - quizá para dejar claro al comienzo de su pontificado lo que no puede pertenecer a su sueño de Iglesia - que el sacerdocio « como signo de Cristo Esposo que se entrega en la Eucaristía, es una cuestión que no se pone en discusión » (104). Muchos católicos y católicas quedarán decepcionados por una afirmación tan apodíctica que, en contra del sentimiento cultural de la modernidad, declara « tabú » algunos temas. Pero pueden, si quieren, pensar en Santa Teresa y no desfallecer, pues Francisco, por otra parte, muestra una conciencia de la importancia de la mujer en la Iglesia hasta ahora desconocida en el papado.

Reforma de la Iglesia bajo el signo de una hermenéutica de la evangelización
Su sueño incluye, por ejemplo, una reforma de la Iglesia bajo el signo de lo que yo llamaría una hermenéutica de la evangelización y que es también la hermenéutica del Concilio Vaticano II (cf. Mariano Delgado / Michael Sievernich (Hg.), Die grossen Metaphern des Zweiten Vatikanischen Konzils. Ihre Bedeutung für heute, Freiburg i.Br. 2013, 29-32), pues el aggiornamento tenía como meta una mejor evangelización del mundo de hoy: « El Concilio Vaticano II presentó la conver¬sión eclesial como la apertura a una permanente reforma de sí por fidelidad a Jesucristo » - escribe Francisco (26) apoyándose en el principio conciliar de la « jerarquía de verdades » en Unitatis Redintegratio 6. Como ya dijo en su famoso discurso del preconclave, Francisco no desea una Iglesia autoreferencial y narcisista que se ocupe de si misma, sino una Iglesia que haya comprendido realmente lo que decía el Concilio: que es « signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano » (Lumen gentium 1); que « se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia » y que por tanto comprende « los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren » como « gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo » (Gaudium et spes 1) ; que está para continuar la misión de Cristo, « quien vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido » (Gaudium et spes 3).

Francisco prefiere « una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. » Espera que más que el temor a equivocarnos « nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: « ¡Dadles vosotros de comer! » (Mc 6,37) ». (49)

Francisco sueña « con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación. La reforma de estructuras que exige la conversión pastoral sólo puede entenderse en este sentido: procurar que todas ellas se vuelvan más misioneras, que la pastoral ordinaria en todas sus instancias sea más expansiva y abierta, que coloque a los agentes pastorales en constante actitud de salida y favorezca así la respuesta positiva de todos aquellos a quienes Jesús convoca a su amistad. » (27) Francisco es consciente de « la necesidad de avanzar en una saludable « descentralización » » (16), que conceda más autonomía a las Conferencias Espiscopales y a las Iglesias locales.

Algunas cosas nos recuerdan lo que que decía Karl Rahner sobre las « Iglesias particulares » (Teilkirchen), que en « la doctrina, la vida y el culto » deberían tener derecho a caminos propios, mientras salvaguarden la comunión fundamental con el Obispo de Roma. Un modelo existe ya dentro de la Iglesia católica con las Iglesias católicas de rito oriental. Es también muy saludable su crítica « de un excesivo clericalismo », que mantiene a los laicos, que llama « la inmensa mayoría del Pueblo de Dios », « al margen de las decisiones » (102).

Habrá que ver si esto vale también para la elección de los obispos. Suena bien su deseo de pastores von « olor a oveja » (24). Y Francisco habla además de una « conversión del papado » (32) en el sentido de mayor colegialidad y servicio al ecumenismo en el ejercicio del Primado. Francisco reconoce que desde la Encíclica Ut unum sint (1995) « hemos avanzado poco en ese sentido », y afirma con rotundidad: « También el papado y las estructuras centrales de la Iglesia universal necesitan escuchar el llamado a una conversión pastoral. » (32).

Se ve, pues, que la « conversión pastoral y misionera », de la que habla Francisco con machacona insistencia (25, 27, 30, 32), es lo esencial, y de ella depende todo. Se trata de « avanzar en el camino de una conversión pastoral y misionera, que no puede dejar las cosas como están » (25), es decir, de la necesidad de una profunda conversión o metanoia. Como los profetas, Francisco quiere despertar a la Iglesia y ponerla « en todas las regiones de la tierra en un estado permanente de misión » (25), como dice citando Aparecida. Y esto incluye también estar dispuestos a despedirnos de aquellas estructuras eclesiales, « que pueden llegar a condicionar un dinamismo evangelizador » (26). En esto consiste la reforma de la Iglesia bajo el signo de una hermenética de la evangelización.

En su homilía del 6 de julio de 2013 en Santa Marta, Francisco ha dejado entrever hasta donde puede llegar su sueño de un papado « petrino y paulino », que conjugue el velar petrino por la unidad de los cristianos con la audacia paulina por buscar nuevos caminos para la evangelización. Francisco recordó primero las palabras de Jesús sobre los nuevos odres, que son necsarios para el vino nuevo (Mt 9,17), y habló después sobre el Concilio de Jerusalén: « En la vida cristiana, y también en la vida de la Iglesia, hay estructuras antiguas, estructuras caducas: ¡es necesario renovarlas! Y la Iglesia siempre ha estado atenta a esto, a través del diálogo, con las culturas ... Siempre se deja renovar de acuerdo con los lugares, los tiempos y las personas. ¡Esto siempre lo ha hecho la Iglesia! Desde el primer momento: recordemos la primera batalla teológica: ¿para convertirse en cristiano se debe hacer todo el proceso judío, o no? ¡No! ¡Dijeron que no! » En los mismos albores de su historia, la Iglesia nos ha enseñado a no tener miedo « a la novedad del Evangelio! ¡No tengan miedo de la novedad que el Espíritu Santo hace en nosotros! ¡No tengan miedo de la renovación de las estructuras! La Iglesia es libre: la lleva adelante el Espíritu Santo ».

Cristianismo mesiánico-profético y samaritano
En la segunda y la cuarta parte de Evangelii gaudium, Francisco nos presenta su visión de un cristianismo que podriamos llamar « mesánico-profético y samaritano ». Hace 500 años, los misioneros españoles lo llevaron al « Nuevo Mundo », aunque en vasijas de barro. En el adviento de 1511, el dominico fray Antón Montesino intentó despertar en Santo Domingo las conciencias de sus compatriotas con estas incisivas cuestiones: « ¿Éstos, no son hombres? ... ¿No sois obligados a amallos como a vosotros mismos? ... ¿Cómo estáis en tanta profundidad de sueño tan letárgico dormidos? »

Hoy, el papa del « confin del mundo » ha traido ese cristianismo a Roma y nos repite esas cuestiones ante nuestra impasibilidad frente a los dramas que sacuden a diario a los pobres y excluídos de nuestras sociedades. Su vigoroso « No » frente a algunos desafíos del mundo actual (No a una economía de la exclusión: 53-54; No a la nueva idolatría del dinero: 55-56; No a un dinero que gobierna en lugar de servir: 57-58; No a la inequidad que genera violencia: 59-60) se encuentra en la tradición de la doctrina social de los últimos papas - y lo mismo vale para las palabras de Juan Crisóstomo con las que Francisco intenta despertar las conciencias de los expertos financieros y gobernantes de los diferentes países: « No compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida. No son nuestros los bienes que tenemos, sino suyos ». (57)

Pero al cristianismo mesiánico-profético y samaritano pertenece también el « No » que Francisco dirige a los mensajeros del Evangelio: No a la acedia egoísta (81-83); No al pesimismo estéril de los « profetas de calamidades » (84-86); No a la mundanidad espiritual (93-97); No a la guerra entre nosotros (98-101).

Especialmente importante es para Francisco su « No » a una sociedad y a una Iglesia que no se ocupan preferencialmente de los pobres y excluídos. Lo que dice Francisco está en la línea de la Iglesia samaritana que deseaba Pablo VI en su discurso de cancelación del Concilio y que ha inspirado a la Teología de la liberación. Pero Franciso no cita autores de dicha teología, sino la Instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe Libertatis Nuntius (1984) así como la Encíclica Sollicitudo rei socialis (1987) y el Documento de Aparecida (2007). Quiere resaltar, pues, que la opción preferencial por los pobres y excluídos es una opción cristológica que pertenece al núcleo irrenunciable de un cristianismo mesianico-profético y samaritano.

Mientras que los Lineamenta, el esbozo preparatorio del Sínodo de los Obispos de 2012, contenían muchos « mandatos misioneros », pero no citaban para nada las palabras de Jesús en la sinagoga de Nazaret (Lc 4,16-21) con las que él mismo nos dice para qué ha sido ungido por el Espíritu del Señor, ni su discurso en Mt 25, en que nos habla de su presencia « sacramental » en los pobres y excluídos... esos textos contienen para Francisco la espiritualidad de su sueño eclesial.

Lo especial no es la insistencia en la opción preferencial por los pobres, sino la manera en que Francisco lo hace. Habla de la necesidad de una cultura del amor al prójimo, de la « compasión », de la fraternidad y de la solidaridad, pero sobre todo de una « atención amante » y de « amistad » con el pobre, « considerándolo como uno consigo »: « y esto diferencia la auténtica opción por los pobres de cualquier ideología, de cualquier intento de utilizar a los pobres al servicio de intereses per¬sonales o políticos » (199) - y esto la diferencia del « mero asistencialismo » (204).

Innovadora es también la forma en que Francisco - y con ello sigue la tradición de la variante de la Teología de la liberación nacida en Argentina y que postula un escuchar la sabiduría del pueblo - desea una « Iglesia pobre para los pobres », pues « ellos tienen mucho que enseñarnos. Además de participar del sensus fidei, en sus propios dolores conocen al Cristo sufriente. » (198)

La importancia de la audacia paulina
La larga, quizá demasiado larga Exhortación Apostólica contiene muchas otras cosas que en un comentario abreviado tienen que quedar al margen: una lección muy personal de homilética, en la que el papa comparte su experiencia como predicador; disquisiciones sobre el discernimiento y acompañamiento espiritual que recuerdan la sabiduría mística de Juan de la Cruz (Dios es el que actúa y nos atrae con su ternura, nosotros debemos limitarnos a sembrar el evangelio y acompañar discretamente la acción de Dios, sin ser un estorbo, esperando confiademente el tiempo de la cosecha: « El tiempo es el mensajero de Dios », escribe Francisco con Pedro Fabro, 171); su invitación urgente a vivir una Iglesia misericordiosa que invite al encuentro con Jesús en lugar de apostrofar siempre con el índice moral (más misericordina y menos moralina) ; una crítica del capitalismo y la economía de mercado que a algunos les parecerá muy poco diferenciada ; unas consideraciones sobre el dialogo con el estado y la sociedad, el mundo de la cultura y la ciencia, las otras Iglesias y religiones - y todo ello enmarcado en el estilo retórico y grandilocuente de los documentos del CELAM y de los obispos latinoamericanos, no siempre apropiado para hacerse entender bien en culturas acostumbradas a un lenguaje más sereno. Francisco está convencido (18, 185) de que la prolijidad practicada corresponde a la importancia de los temas tratados. El también Jesuita Baltasar Gracián sería probablemente de otra opinión.

Mientras que Juan Pablo II 1983 exhortó a los obispos de Latinoamérica y el Caribe a poner en marcha una Evangelización « nueva en su celo, en sus métodos y en sus formas de expresión », Francisco nos invita a abrir « una etapa evangelizadora más fervorosa, alegre, generosa, audaz, llena de amor hasta el fin y de vida contagiosa » (261). Mucho dependerá de la « audacia paulina ».

Cuando Francisco de Asís se dirigió en 1209 con « doce » hermanos a Roma para pedir al papa Inocencio III la aprobación de su regla y forma de vida, aquel poderoso papa, que por primera vez en la historia había reclamado para el papado de forma exclusiva el título de « Vicario de Cristo », tuvo un sueño: la Iglesia se desmorona, pero el Poverello logrará detener el proceso y reconstruirla. Todos conocemos el magnífico fresco de Giotto. Ahora, otro Francisco, y esta vez como papa, tiene un sueño digno del Poverello: sueña con una conversión pastoral y misionera « capaz de transformarlo todo » (27) y de poner en práctica la « revolución de la ternura » que llega al mundo con la ercarnación. Teniendo en cuenta las estructuras de la Iglesia católica dependera mucho en la renovación eclesial de que el mismo papa comprenda su ministerio como un « Tuciorismo del cambio » (Karl Rahner) y no muestre sólo responsabilidad petrina por la unidad, sino también audacia paulina para inaugurar las reformas inaplazables como lo hizo Pedro en el Concilio de Jerusalén - incluso si los fariseos de hoy en nombre de la tradición rechazan las reformas (cf. Hechos 15,5).
La obediencia al Papa, 
¿debe ser la misma para todos los papas?
José María Castillo




Los católicos estamos asistiendo a un fenómeno nuevo en la Iglesia. Hasta Benedicto XVI, ningún “buen católico” debía poner en duda la sumisión incondicional al papa. Hasta entonces, se mantenía firme la convicción tradicional, que estaba vigente desde el papado de Gregorio VII (s. XI): “Obedecer a Dios significa obedecer a la Iglesia, y esto, a su vez, significa obedecer al papa y viceversa” (J. Daniélou, H. Küng). Esta idea quedó difuminada y se tambaleó sobre todo en las últimas décadas del s. XVIII con los planteamientos de la Ilustración, la Revolución y la modernidad. Por eso, con la eclesiología ultramontana que se desarrolla entre los años 30 y 70 del s. XIX, se prepararon los ambientes católicos para aceptar sin condiciones las afirmaciones tajantes del Vaticano I, que se mantuvieron firmes hasta el pontificado de Pío XII. Afirmaciones de obediencia al papa (fuera quien fuera), que se enseñaban en los tratados de eclesiología de Zapelena y Salaverri, los manuales de eclesiología, que aprendíamos, seminaristas y frailes, en casi toda Europa, en América y en todos los centros de estudios eclesiásticos en los que se enseñaba la doctrina católica. 

En esta doctrina era central oponerse al laicismo, al relativismo, a la izquierda política y a la revolución mediante un principio fundamental: la soberanía del papa. Porque el papado era fundamento de seguridad y estabilidad para la paz y la religiosidad que defendía la derecha política. Pensar así era capital para un buen católico. Joseph De Maistre lo dijo en frase lapidaria: “No hay moral pública ni carácter nacional sin religión, no hay religión europea sin cristianismo, no hay cristianismo sin catolicismo, no hay catolicismo sin papa, no hay papa sin la supremacía que le corresponde”. Esta convicción fue difundida por F. Lamennais, L. Bonald, Blanc de Saint-Bonnet, Karl Ludwig Von Hurter, Donoso Cortés y J. L. Balmes (cf. Y. Congar). Estos autores representaban la derecha política y la derecha religiosa. Las dos grandes corrientes fundidas en un sola pirámide cuya cúspide era (y sigue siendo) el papado. 

No entro en más datos y detalles de esta historia del pensamiento político y religioso que llegó hasta el concilio Vaticano II. El pensamiento que, en este concilio, fue defendido apasionadamente por los hombres de la Curia Vaticana. Y que se vio cuestionado seriamente por la más sólida teología centroeuropea y los grandes cardenales que la representaban. Las indecisiones de Pablo VI y la firme voluntad restauracionista de Juan Pablo II y Benedicto XVI desembocaron en el caos que impulsó a Joseph Ratzinger a dimitir de su cargo de papa.

La solución a esta crisis del papado ha sido tan inesperada como desconcertante. Un papa, el papa Francisco, que ha desplazado el centro de la Iglesia y del papado: del “ritualismo religioso”, que siempre ha fomentado la derecha, a la “bondad evangélica”, siempre tan cercana a los últimos de este mundo. Y lo que estamos viendo ahora en la Iglesia - y en otras muchas gentes que no querían saber nada de la Iglesia - resulta tan lógico como problemático. Los que antes predicaban la sumisión al papa, como criterio de autenticidad católica, ahora no quieren ni oír hablar del papa. Éstos dan la impresión de que les interesaba más la derecha política que la bondad evangélica. Hay otros que, por lo visto, querían trepar por la derecha. Y para eso les venía muy bien ser más papistas que el papa. Estos “trepas” han tenido mala suerte. No saben qué hacer ni dónde ponerse en esta nueva situación. También los hay quienes pretendían trepar por la izquierda. Son los que, desde el día en que Pablo VI publicó la “Humanae Vitae” (sobre la píldora), han andado a la greña con Pablo VI y con los dos papas que le siguieron, sus obispos y sus teólogos. Pero, es claro, ahora no saben cómo trepar. Y se les está notando demasiado. Porque han estado unos meses que no sabían dónde ponerse. Ahora, como es lógico, elogian al papa Francisco tanto cuanto les conviene. Pero no acaban de fiarse. Porque querrían que el papa fulminase a todos los que ellos fulminan. 

Por eso, quienes no buscan, tanto en la religión como en la política, nada más que lo que les conviene para instalarse bien en la vida, ésos son los que, desde la tarde de la “fumata bianca” hasta el día de hoy, no acaban de ver, en el papa Francisco, no sólo al hombre que la Iglesia necesita, sino, antes que eso, el “jefe de fila” (Heb 12, 2) que nos está trazando el camino de nuestra creciente humanización, en este mundo tan deshumanizado. 

¿Hay que “obedecer” al papa Francisco como a los demás papas? En la medida en que este hombre singular y ejemplar nos acerca al modelo de vida que nos presenta el Evangelio, en esa misma medida, más que “obedecer”, lo que tenemos que hacer es intentar parecernos en humanidad y bondad a la desconcertante cercanía al sufrimiento humano que nos enseña cada día el papa Francisco. En esto, tenemos que ser como este papa y como los demás. En la medida en que éste y todos los otros fueron modelos de humanidad y bondad, es decir, modelos del Evangelio.

martes, 7 de enero de 2014

La Santa Sede 
apoya la investigación 
sobre el robo de bebés 
en España








La Santa Sede apoyará las investigaciones sobre el robo de niños perpetrado por monjas, curas y médicos en España, llevado a cabo durante los años del Franquismo y hasta la década de los ochenta.

Así lo afirma el Vaticano en un documento enviado al Comité de Naciones Unidas sobre Derechos del Niño, en el que responde a algunas preguntas planteadas por el organismo.

"La Santa Sede apoya y fomenta las investigaciones de las autoridades españolas sobre los posibles delitos cometidos por algunos miembros de las instituciones locales de la Iglesia", citó el documento enviado al Comité de la ONU al que tuvo acceso Notimex.

El próximo 16 de enero, la Santa Sede será objeto de examen sobre la aplicación de la Convención y sobre el cumplimiento del Protocolo Facultativo relativo a la venta de niños, la pornografía infantil y la prostitución infantil. 

La evaluación del Estado del Vaticano tendrá lugar en la sede del Alto Comisionado de Naciones Unidas para Derechos Humanos (ACNUDH) que se encuentra en Ginebra.

"La Santa Sede condena la venta de niños, lo cual es un delito y una ofensa moral en contra de la ley divina revelada en el Decálogo y también viola principios básicos que son cognoscibles por la razón correcta", subrayó el texto.

El Vaticano "expresa un profundo sentido de la solidaridad y la preocupación por los niños y sus familias", señaló el documento. Reconoció como "alentadora la declaración de la Conferencia Episcopal de Obispos Católicos en España en la que manifiesta su voluntad de colaborar plenamente con las autoridades civiles (19 de noviembre de 2013)".

"Como ya se ha señalado, agregó el documento, cada católico está llamado a respetar los principios morales que figura en la doctrina católica y la obligación de cumplir con las leyes civiles". 

"La Santa Sede, como sujeto soberano del derecho internacional, debe respetar el deber de no intervención en los asuntos internos de otros Estados", enfatizó.

Asimismo, debe respetar "sus competencias legales para investigar, procesar y sancionar los delitos contra los niños y sus familias, cometidas por personas, incluyendo a los católicos culpables de esos crímenes, que trabajan en las instituciones católicas que operan en sus respectivos territorios", indicó.



El Comité de la ONU preguntó expresamente al estado parte "si ha llevado a cabo una investigación sobre las denuncias de miles de bebés que se vendieron para su adopción en las últimas décadas en España por una red de médicos, monjas y sacerdotes, cuestión que sólo fue descubierta en 2011".

Sin embargo, en el documento dado a conocer este lunes, la Santa Sede evitó contestar directamente a esta pregunta y se limitó a dar su apoyo a la investigación que realiza el gobierno español.

(Rd/Agencias)

lunes, 6 de enero de 2014

Para evitar el carrerismo 
y la ostentación
El Papa suprime el título 
de "prelado de honor"


El Papa Francisco ha decidido que títulos honoríficos, como "prelado de honor", no puedan concederse desde ahora a los menores de 65 años. La medida, según adelantó Vatican Insider, busca eliminar el carrerismo y la ostentación en la Iglesia, aunque no tendrá carácter retroactivo.

A partir de ahora, el único título honorífico que los obispos podrán solicitar para sacerdotes menores de 65 años será el de capellán de Su Santidad.

El Secretario de Estado anunció la noticia a los nuncios de todo el mundo y les pidió que se informe a todos los obispos de los países respectivos. El Nuncio Apostólico en Gran Bretaña, el arzobispo Antonio Mennini , escribió, por ejemplo, a todos los obispos de Inglaterra, informándoles de la decisión del Papa.

Al adoptar su decisión, el Papa se inspiró en las reformas introducidas por el Papa Pablo VI en 1968, a raíz del Concilio Vaticano II. Antes de eso, había un máximo de 14 "grados" de Monseñor. Con Pablo VI se redujeron a tres: protonotario apostólico, Prelado de Honor de Su Santidad y de Capellán de Su Santidad.

(Rd/Agencias)