lunes, 23 de diciembre de 2013

  Martín Gelabert Ballester, OP 
Noche de Dios 


La noche de Navidad simboliza todo lo hermoso y deseable que hay en el corazón humano: inocencia, cariño, bondad, amabilidad, ternura, sonrisas, alegría, vida y el futuro por delante. Todo está simbolizado en la inocencia de un niño que nace. Con la ventaja, en nuestro caso, de que este niño tiene a Dios en lo más profundo de su ser. Su ser es ser de Dios. Desde entonces la bondad, amabilidad, alegría y vida de lo humano están impregnadas de eternidad. El pasado, el presente y el futuro de este niño es el pasado de todos los humanos (venimos de Dios), el presente de todos ellos (estamos en Dios) y su futuro (estamos hechos para Dios y Dios es la meta y el sentido de nuestra vida).



La noche de Navidad recapitula los deseos de paz y entendimiento que anidan en todo ser humano, estos deseos que los avatares de la vida corrompen con demasiada frecuencia. La paz fundamentada en la inocencia, en el mirar al otro sin resquemores, con una espontánea confianza. La paz que es fruto del amor. Y el entendimiento que se basa en la necesidad que todos tenemos del otro, como el niño que necesita de los demás para nacer, sostenerse en el ser y crecer. Porque los necesita los acoge con naturalidad, y extiende los brazos para acoger y ser acogido.



La noche de Navidad une lo humano con lo divino, reconcilia lo distante, une lo alejado. Dios y el hombre en una sola persona. Y al unir a Dios con el hombre, une a los seres humanos entre sí. Porque si Dios se hace hombre, ser hombre es lo más maravilloso que se puede ser. Si Dios se hace hombre no es solo porque el hombre tiene capacidad de Dios, sino sobre todo porque los seres humanos tienen capacidad de amor, están hechos para el amor. Lo humano no es el odio o el rechazo, sino la acogida y el encuentro.



En la noche de Navidad todo es amanecer, todo apunta hacia este sol que nace de lo alto para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz. En esta noche, Dios desvela el rostro oculto de su ser: gracia, amor, misericordia. Por eso, en esta noche importa proclamar que no hay nada más urgente, nada más necesario que conocer y dar a conocer al verdadero Dios, aquel cuya última palabra se pronuncia: Jesucristo. Este es el único nombre que puede salvar; el nombre que, aún sin saberlo, todos buscamos
Navidad, ¿aniversario o misterio?
José Manuel Bernal




En realidad, lo que intento aclarar aquí es la propia identidad de la navidad. Lo hago porque, con el correr del tiempo, esta fiesta, entrañable y de gran colorido popular, ha ido perdiendo su hondura religiosa y, sobre todo, su identidad cristiana. Tanto la gente como incluso los pastores de las iglesias tienen la idea de que navidad es una especie de gran aniversario del nacimiento de Jesús en Belén. En el mejor de los casos, para las personas piadosas, navidad es un recuerdo enternecido de los acontecimientos que rodearon el nacimiento de Jesús, de los contratiempos que sufrieron en Belén, de la aventura de un parto inminente, de la entrañable presencia de los pastores y, sobre todo, de la maravillosa aparición de los ángeles en el cielo iluminando la oscuridad de la noche. Este sería el contenido de la celebración. Así como celebramos, a lo largo del año, las fiestas de los santos y conmemoramos su nacimiento o su tránsito, su natale, así también, en navidad, celebraríamos el natale, el nacimiento, del santo de los santos.

Algo así se pensó en la antigüedad al colocar la fiesta del nacimiento de Cristo al principio del santoral. Los expertos deducen esta conjetura del testimonio de la llamada Depositio martyrum, conservada en una especie de antiguo calendario llamado "Cronografo del 354". Se trata de una lista en la que se consignan los nombres de los mártires. La primera referencia de la lista señala la fiesta del nacimiento de Cristo el 25 de diciembre. Él va el primero, el santo de los santos, el mártir por antonomasia. Lo mismo ocurre en el viejo sacramentario Veronense; también aquí la fiesta de navidad aparece integrada en el santoral.

Pero navidad no es una fiesta de aniversario. Nadie, serenamente informado, reconoce que el 25 de diciembre corresponda a la fecha exacta del nacimiento de Jesús en Belén. Ese es un asunto que escapa del todo a los cálculos y a las hipótesis que han podido aventurarse desde opciones religiosas diversas. Por eso no es posible celebrar el natale de Jesús lo mismo que celebramos, año tras año, el aniversario de un mártir o de un santo haciéndolo coincidir con la fecha del martirio o de su nacimiento. Navidad no es una fiesta de aniversario.

Habrá que esperar a san León Magno. Él es quien, distanciándose en esto de los planteamientos de san Agustín, profundizará sobre este tema y nos descubrirá el sentido profundo de las fiestas de navidad. Una larga serie de sermones, pronunciados por él a lo largo de su pontificado romano, son la fuente doctrinal en la que se han inspirado los teólogos. Los mismos textos de oración, los más venerables, contenidos en los viejos sacramentarios, reflejan claramente el pensamiento del papa León Magno. 

Para el gran papa romano, el acontecimiento del Dios hecho hombre es celebrado no como un puro evento pasado y lejano, sino como realidad sacramental, perennemente presente y actuante. Porque en los gestos y palabras de Jesús hay algo más que el puro hecho histórico. Hay la fuerza viva, regeneradora y salvadora de Dios. Las acciones temporales pasan, pero la virtus salvadora del misterio permanece. Al celebrar el misterio, la acción liberadora de Dios se actualiza y se hace presente. Para san León, en efecto, navidad, lo mismo que pascua, renueva y actualiza el misterio salvador del Dios hecho hombre, haciéndolo presente. Por eso. Navidad también es un misterio, un sacramentum. El habla expresamente del sacramentum Natalis Christi [sacramento del nacimiento de Cristo] y del Nativitatis Domini sacramentum  [sacramento de la natividad del Señor]

http://bernalllorente.files.wordpress.com/2013/12/theotocos.jpgEste es el filón de pensamiento, enraizado fuertemente en la tradición patrística y de manera especial en León Magno, que ha inspirado una buena parte de los textos litúrgicos de mayor solera, conservados todavía en la liturgia romana. Aquí bebió Odo Casel y de aquí surgió su convicción más profunda respecto a la presencia viva y actuante del Señor en los misterios del culto. En un escrito póstumo, publicado por la revista francesa «La Maison-Dieu» en 1961 (n. 65), el célebre liturgista alemán interpreta la significación del Hodie, tantas veces repetido en los textos litúrgicos de la solemnidad romana de navidad. Para Dios, que es presencia perenne e incesante, no hay ni pasado ni futuro. Todo se resuelve en un «hoy» divino e inmutable. Para nosotros, que vivimos inmersos en la provisionalidad del tiempo, el instante presente —nuestro «hoy»— es pasajero, fugitivo, inconsistente. El «hoy» de Dios no pasa jamás. Significa una presencia inmutable, para siempre, que no se marchita jamás. Pero Dios, a través de las celebraciones del culto, nos brinda a las comunidades cristianas, cada uno de nosotros, la posibilidad de entrar, desde ahora, en su presente inmutable, en el «hoy» eterno de la divinidad. En el ahora, en el «hoy» de la celebración cultual, convergen misteriosamente el pasado y el futuro. Todo se hace presente y actual. De ahí la riqueza inextinguible y la fuerza salvadora de los misterios del culto. De ahí también la consideración del culto como memoria [anamnesis] del pasado y anticipación escatológica del futuro.´

A través, pues, de la celebración litúrgica la comunidad cristiana se libera de los estrechos límites de lo temporal y se ve transportada a la órbita de lo divino, inmersa en el eterno presente de Dios, en un «hoy» inmutable y siempre nuevo. Por ahí debiéramos adentrarnos en la comprensión profunda y en la vivencia del misterio del Dios hecho hombre; el misterio de su aparición entre nosotros; de su manifestación, de su epifanía, como como Señor de la historia, como salvador y regenerador de nuestra condición humana. Esa es la gran realidad que celebramos. Por encima de la escenografía y más allá de los pormenores del acontecimiento histórico, la comunidad cristiana se reúne para celebrar la fuerza de la acción de Dios y abrirnos de par en par al impulso renovador del misterio que celebramos.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Resistid, cantad, recordad
José Ignacio González Faus




Debió ser la fiebre porque pasé unos días malos: pero así lo soñé y así lo cuento. Segundo día de la huelga de basuras de Madrid. Por sus calles iban apareciendo multitudes que confluían hacia Atocha entonando aquel entrañable “we shall overcome” de antaño, guiadas por la voz acariciadora y penetrante de Joan Baez. Cuando Madrid estaba menos transitable, comenzaron a surgir en otras ciudades de España marchas en dirección Madrid, desde Ciudad real, Coruña, Barcelona, Alicante… 

Con solemnidad litúrgica como los peregrinos del Tannhäusser, sin otras armas que los mismos cantos y la misma profunda convicción serena, en multitudes pacíficas donde nadie era nadie, pero cada uno era todos. Y esa identidad fraterna daba una fuerza irresistible a la marcha.

En pocos días las marchas se habían globalizado desde Filipinas a Estados Unidos, mientras se sumaban al frente viejos testigos de la resistencia humana. Por allí andaba Labordeta recordando que hemos “perdido canciones y caminos en duro batallar”, pero decidido a ir “poniendo en las palabras la fuerza de los labios para poder besar tiempos perdidos y anhelados de manos contra manos izando la igualdad”. Allí apareció Bob Dylan preguntando cuántas veces hemos de mirar a otra parte para luego pretender que no nos habíamos dado cuenta. Hasta Paco Ibáñez recordando lo que le decía su papá: no pienses que sin dinero vivirás: el mundo es de los que han sabido alzarse sobre los demás”. Y Cecilia, inocente, cantando a cospedales de baja ética y altos caudales... Tras ellos nosotros, todos “al vent” del Raimon, ”como hilillos insignificantes de plastilina” que acababan provocando un chapapote político. Todos en la más religiosa y más divinamente transparente de las procesiones. Poniendo en acción la frase bíblica: “el Espíritu de Dios llena toda la tierra”. 

El texto de todas las pancartas era el mismo: “Resistid”: vomitad el consumo, vaciad los estadios, apagad los televisores, conducid utilitarios, limitad el uso de los móviles a lo indispensable; vestid con limpia sencillez, fundid esas joyas que afean vuestra humanidad. Que no os domestiquen con sus regalos envenenados ni os adormezcan con los nuevos opios del pueblo. Ese progreso no hace al hombre. Resistid impertérritos, abrazados, cantando sonrientes, soportando. Que eso sí que humaniza.

Resistid y cantad. Recordad a Mª Dolores Pradera con la letra hoy olvidada de H. Guaraní: “si se calla el cantor muere la vida, porque la vida misma es todo un canto”, y hoy la hemos convertido en inacabable llanto. “Si se calla el cantor, los obreros del puerto se preguntan quién habrá de luchar por sus salarios; que no calle el cantor porque el silencio cobarde apaña la maldad que oprime”.

Cantad, porque el canto da fuerzas para resistir. No bastará sólo con cantar, pero no podemos prescindir del canto: habrá que trabajar mucho, fuerte y con talento para recuperar tantos derechos perdidos, o sustituidos por otros deformados. Pero la canción sostiene el cuerpo e ilumina la mente. ¿Cómo íbamos a olvidar el viejo fandango: “la hierba de los caminos la pisan los caminantes; la dignidad del obrero la pisan cuatro tunantes de esos que tienen dinero”?.

Resistid y cantad: que vuestra resistencia impida el negocio de los listillos que tienen bolsillo en vez de alma; que vuestro canto atruene los oídos de quienes necesitan silencio para calcular nuevos negocios.

Resistid y caminad manifestándoos. Delante de vosotros y de vuestros cantores abre la marcha el coro de los profetas de Israel, con Jesús de Nazaret a la cabeza: Isaías, Amós, Oseas… cuyas voces retumban como bombas no violentas: “¡Ay de los que convierten la justicia en amargura!”. “Devastáis las haciendas, tenéis en casa lo robado al pobre, trituráis a mi pueblo y moléis el rostro de los desvalidos”. “¡Ay de los que llaman al mal bien y al bien mal”, y llaman reformas a los robos! “¡Ay de los que acumulan mansiones hasta no dejar sitio!” (en Madrid, París, New York, Indonesia…) como si quisieran vivir ellos solos en medio del planeta. 

Ay de los que tienen helicóptero personal transoceánico. Ya cantó Isaías que “los ricos son como estopa y sus obras como chispa: arderán los dos juntos y no habrá quien los apague”. Y Amós le hacía la segunda voz: “venden al justo por dinero y al pobre por un par de hipotecas; oprimen contra el polvo la cabeza de los míseros”… Razón tenía Jesús: “es más difícil que se salve un millonario que enhebrar una aguja con una soga de barca; es un milagro que sólo puede hacer Dios”. Porque sólo Dios puede hacer que el millonario a ser más rico y a acumular, contentándose con todo y sólo lo que realmente necesita.

Resistid. Y el ángel del Señor volverá a cantar: “se derrumbará la (¿o el?) gran Capital, ya no sonarán allí músicas ni cítaras, ni luces de lámparas ni arrullos de novios… porque en ella se encontró la sangre de los profetas y de todos los asesinados en la tierra” (Apoc 18, 21 ss).
  Martín Gelabert Ballester, OP 
Dios del mundo, mundo de Dios 



Siempre me ha llamado la atención eso que dice el capítulo primero del cuarto evangelio a propósito de la Palabra de Dios y, en definitiva, de Dios mismo: “vino a los suyos” (in propia venit). Los suyos somos nosotros. Eso significa que sin nosotros Dios no está completo, le falta algo que es propiamente suyo. En Jesucristo queda claro, de una vez siempre, que Dios es del mundo y el mundo es de Dios. Ahí me parece que tenemos una de las diferencias entre el primer testamento y el nuevo. En la Escritura cristiana queda más claro que en la de Israel la universalidad del amor salvífico de Dios. Para el Nuevo Testamento, el Dios de Israel abre fronteras para convertirse en Dios de todos los seres humanos.



Uno de los mejores teólogos del siglo XX, Karl Barht, ofrece la siguiente reflexión: “A través de Jesucristo, Dios ha demostrado, haciéndolo visible, audible y perceptible, que Él amaba al mundo, que Él no quiso ser Dios sin tal mundo, sin los hombres, sin ningún individuo en particular. Y en el mismo Jesucristo, Él ha demostrado, haciéndolo visible, audible y perceptible, que el mundo, al igual que todos los hombres y que cada individuo en particular, no pueden existir sin Él. La demostración de que Él pertenece al mundo, y este mundo le pertenece a Él, es la opción y la obra de Su amor en Jesucristo, el reino del hijo de Su amor”.



Es fuerte eso que dice Barht: Dios no quiso ser Dios sin los hombres. Pero eso es lo propio del amor: no querer ser sin el otro, no querer teniéndose a sí mismo sin el tú amado. Por otra parte, si aceptamos de verdad que Dios no quiso ser Dios “sin ningún individuo en particular”, o sea, con todos y cada uno de los seres humanos a los que conoce personalmente por su nombre, eso significa que cuando rechazamos a un ser humano estamos rechazando una “parte”, algo propio de Dios.



Por lo demás, decir que ningún “individuo en particular” puede existir sin Él, no es una afirmación imperialista. Es una convicción cristiana que debemos expresar con respeto hacia los que no la aceptan. La Iglesia es la que conoce esta gran verdad. Y en esto se distingue del resto de los seres humanos. Por su conocimiento del amor universal de Dios, no por ser más amada que aquellos que lo desconocen. El conocimiento no aumenta el amor recibido de Dios; quizás da una mayor calidad de vida al conocedor del amor, y siempre crea más responsabilidades. La responsabilidad de vivir de acuerdo con lo que se sabe y de responder en función de lo que se sabe.

viernes, 20 de diciembre de 2013

Tís Tí Are
 Dolores Aleixander
                         


Mantengan el suspense sobre el título que lo voy a explicar después. Antes quiero decir algo sobre las dos últimas tonterías que he visto en las vallas publicitarias: una anuncia moda: “Llega tu otoño”; otra es sobre un coche: “De Mii a Mío por 2 euros al día”. Las dos coinciden en considerar a sus destinatarios, o sea nosotros, tan irremediablemente estúpidos que sólo nos fijaremos en lo que lleve delante su correspondiente posesivo: mi otoño, mi coche…,misma táctica que en mis documentos, mis descargas, mis imágenes, mi iphone, mi ipad…Y la nueva ola de “yo cuantificado” que se nos viene encima: mis calorías, mis latidos, mi tensión, mis sensores… Y lo malo es que la cosa no es reciente y se remonta a mi infancia: ya entonces el devocionario que usábamos niños y niñas era el “Mi Jesús”. No tenemos remedio.


Lo constata Rilke en uno de sus poemas:

“No debes tener miedo, Dios. Ellos dicen mío
 a todas esas cosas, tan pacientes.
 Son como el viento
 que roza las ramas y dicen: árbol mío.
 Dicen mío y llaman su posesión
 a lo que se cierra cuando se acercan,
 al modo que un insulso charlatán
 llama acaso suyo al sol y al relámpago…


Y en medio de este pringue pegajoso del yo, mi, me, conmigo y para mí,  emerge la “pasarela Belén” por la que vuelven a desfilar, como cada año, unos personajes peculiares con aire de vivir ajenos al tema de los posesivos e incapacitados para decir: mi posada, mi establo, mi pesebre, mi paja, mis pañales, mis ángeles, mis pastores… Y ahora es cuando viene lo del tís tí are del título en griego: “quién cogía qué” sería la traducción en bruto de lo que dice Marcos al contar que los soldados echaron a suertes las vestiduras de Jesús. “Que cada cual coja lo que quiera o pille lo que pueda…”, diríamos hoy.


Como si fueran dos páginas distantes del Evangelio pero que al doblarlas coinciden, la escena del comienzo de la vida de Jesús está ya “anticipando tendencia” de cómo van a ser su trayectoria y su final. Ya desde el principio lo encontramos acampado en un espacio público, abierto y a la intemperie, sin puertas, defensas, cerrojos o alambradas. Qué acierto el del posadero al reservarse el derecho de admisión y no dejar entrar a aquella pareja de indocumentados sin blanca.


Que esto no es Lampedusa, oiga, y yo no hago más que seguir directrices europeas y estoy muy satisfecho de haberme adelantado a la “Jornada Mundial contra las Migraciones Indeseables”, que debería celebrarse todos los 24-D.
                                                         

Así que el niño se quedó fuera en plan “indignadito”, precursor de los que vendrán después y que sabrán poco de propiedad privada, ese inviolable derecho que permite a algunos “obtener, poseer, controlar, emplear, disponer de, y dejar en herencia tierra, capital, cosas y otras formas de propiedad”, según la definición de Wikipedia.

Perteneció al colectivo de los que carecen de estrategias para proteger lo suyo y no consiguen entender las bondades de “lo privado”: desde que salió de Nazaret, no supo ya lo que era disponer de casa propia ni de un lugar donde reclinar la cabeza. Pescaba, dormía y cruzaba el lago en una barca de amigos; comía y bebía donde le invitaban y, cuando fue él quien dio de comer a la gente, solo pudo ofrecerles como asiento la hierba de un descampado. Pidió prestados el borrico sobre el que entró en Jerusalén y la sala en la que se despidió con una cena de los que llamaba suyos, porque él sólo usaba los posesivos para decir “mi Padre” y “mis hermanos”.

Al morir, echaron a suertes su túnica y volvió a estar tan desnudo como en el pesebre.
 Se nos anuncia una gran alegría: nos ha caído en suerte un Niño. Que cada uno coja de él lo que quiera. Y que siga haciendo lo mismo que él hizo en memoria suya.


martes, 17 de diciembre de 2013

Martín Gelabert Ballester, OP 
Demonios y ángeles 



En un post reciente, uno de los comentaristas suscitó la pregunta de por qué los ángeles caídos habían hecho una decisión irrevocable que no podía ser perdonada. Sin entrar en la existencia de los ángeles o de los demonios, me pareció oportuno contestar: “Todas las creaturas están llamadas a responder al amor de Dios. Y el amor es una respuesta libre. Cuanto más perfecta es una criatura, cuanta más luz tiene, más responsable es de sus actos y más decididas y acabadas son sus acciones. Al final nos encontramos con el misterio de la libertad. Si no fuera posible decir no, el sí no tendría ningún valor”.



Mi respuesta provocó esta reacción por parte de otro lector: “Dicho sea con todos los respetos, me ha extrañado la cuestión planteada sobre los ángeles caídos, pues personalmente me resulta muy difícil entender y aceptar lo que creo que forma parte de lo mítico e incomprobable de nuestra religión, como que esos ángeles, transformados en demonios, se dedican a malmeter a los humanos, como si nos hiciera falta”. Evidentemente, para hacer el mal nos bastamos nosotros solos, sin necesidad de que haya ningún demonio. De hecho, la existencia del demonio no ha sido nunca objeto de una declaración dogmática. Por tanto, cada uno es libre de opinar sobre esta cuestión, aunque es cierto que las intervenciones del Magisterio de la Iglesia dan por supuesta la existencia de los demonios.



Tan interesante como la cuestión de los ángeles malos es la de los ángeles buenos. En la Escritura, el ángel es signo de la presencia de Dios en la vida de una persona, desde una de estas dos perspectivas: Dios tiene un mensaje para esta persona, o Dios manifiesta que cuida de esa persona. Cuando se afirma que “el ángel del Señor anunció a María”, se está diciendo: Dios se hizo presente a María. ¿De qué modo? Eso ya no lo dice la Escritura, aunque, en demasiadas ocasiones, sea lo que interesa a nuestra curiosidad. Pero este interés denota la preferencia por cuestiones secundarias, que desgraciadamente olvidan la principal.



Me gusta lo que dice el artista dominico Miguel Iribertegui: "los ángeles representan una antropología escatológica: ni hombre ni mujer, eternamente joven, eternamente bello”. Jesús hablando del matrimonio utilizó parecidas ideas: los que sean hallado dignos de la resurrección no se casarán, serán como ángeles. El encuentro con Dios potenciará todas las dimensiones de nuestra existencia, pero las relaciones entre los seres humanos no serán como en este mundo. Nuestros encuentros se realizarán en un nivel que irá más allá de lo biológico, nos relacionaremos en el nivel más profundo y auténtico de nuestra personalidad.



Finalmente, hablando de los ángeles, recuerdo haber leído en Kierkegaard esta idea: ¡ángeles, ángeles! ¡Algunos dicen que no existen! Bien, pues compórtate tú como un ángel y así habrá ya un ángel en este mundo. En vez de preocuparnos por la existencia de demonios y de ángeles, lo que debería preocuparnos es lo demoniaco y lo angelical. Dos actitudes bien reales y posibles, una rechazable y otra deseable, al alcance de todos los humanos.

lunes, 16 de diciembre de 2013

¿Por qué en medio del dolor 

los negros cantan, ríen y bailan?

Leonardo Boff


            Miles de personas en toda Sudáfrica mezclaron el llanto con la danza, la fiesta con los lamentos por la muerte de Nelson Mandela. Es la forma como realizan culturalmente el rito de paso de la vida de este lado a la vida del otro lado, donde están los ancianos, los sabios y los guardianes del pueblo, de sus ritos y de sus normas éticas. Allí está ahora Mandela de forma invisible pero plenamente presente, acompañando al pueblo que él tanto ayudó a liberar.
            Momentos como éstos nos hacen acordarnos de nuestra más alta ancestralidad humana. Todos tenemos nuestras raíces en África, aunque la gran mayoría no lo sepa o no le dé importancia. Pero es decisivo que volvamos a apropiarnos de nuestros orígenes, que, de un modo u otro, están inscritos en nuestro código genético y espiritual.
            Voy a referirme aquí a aspectos de un texto que escribí hace tiempo con el título: “Todos somos africanos”, actualizado teniendo en cuenta la situación mundial, que ha cambiado.
            De entrada, es importante denunciar la tragedia africana: es el continente más olvidado y vandalizado por las políticas mundiales. Solamente cuentan sus tierras. Las compran grandes consorcios mundiales y China para organizar inmensas plantaciones de granos con el fin de asegurar la alimentación, no de África, sino de sus países, o para negociarlos en el mercado especulativo. Las famosas “land grabbing”, juntas tienen la extensión de Francia entera. Hoy África es una especie de espejo retrovisor de cómo nosotros los humanos pudimos en el pasado, y todavía hoy podemos, ser inhumanos y terribles. La actual neocolonización es más perversa que la de siglos pasados.
            Sin olvidar esta tragedia, concentrémonos en la herencia africana que se esconde en nosotros. Hoy en día hay consenso entre los paleontólogos y antropólogos acerca de que la aventura de la hominización se inició en África hace unos siete millones de años. Y luego se aceleró pasando por el homo habilis, erectus, neanderthal... hasta llegar al homo sapiens hace unos noventa mil años. Después de estar 4,4 millones de años en suelo africano, se trasladó a Asia, hace sesenta mil años; a Europa, hace cuarenta mil años; y a las Américas hace treinta mil años. Es decir, gran parte de la vida humana ha sido vivida en África, hoy olvidada y despreciada.
            África no es solamente el lugar geográfico de nuestros orígenes. Es el arquetipo primitivo, el conjunto de marcas impresas en el alma del ser humano. Fue en África donde el ser humano elaboró sus primeras sensaciones, donde se articularon sus crecientes conexiones neuronales (cerebralización), brillaron los primeros pensamientos, irrumpió la creatividad y emergió la complejidad social que permitió el surgimiento del lenguaje y de la cultura. El espíritu de África está presente en todos nosotros.
            Veo tres ejes principales del espíritu de África que pueden ayudarnos a superar la crisis sistémica global que nos asola.
            El primero es la Madre Tierra, la Mamá África. Al extenderse por los vastos espacios africanos, nuestros antepasados entraron en profunda comunión con la Tierra, sintiendo la conexión que todas las cosas guardan entre sí: las aguas, las montañas, los animales, los bosques y selvas, y las energías cósmicas. Necesitamos volver a apropiarnos de este espíritu de la Tierra para salvar a Gaia, nuestra Madre y única Casa Común.
            El segundo eje es la matriz relacional (relational matrix, al decir de los antropólogos). Los africanos usan la palabra ubuntu que significa: “yo soy lo que soy porque pertenezco a la comunidad” o “yo soy lo que soy a través de ti y tú eres tú a través de mí”. Todos necesitamos unos de otros; somos interdependientes. Lo que la física cuántica y la nueva cosmología enseñan acerca de la interdependencia de todos con todos es una evidencia para el espíritu africano.
            A esa comunidad pertenecen también los muertos como Mandela. Ellos no «van» al cielo, pues el cielo no es un lugar geográfico, sino un modo de ser de este mundo nuestro. Ellos se quedan en medio del pueblo como consejeros y guardianes de las tradiciones sagradas.
            El tercer eje son los ritos y las celebraciones. Nos admira que se dedique un día entero a rezar por Mandela con misas y oraciones. Los africanos sienten a Dios en la piel, los occidentales en la cabeza. Por eso, bailan y mueven todo el cuerpo, mientras que nosotros permanecemos fríos y rígidos como un palo de escoba.
            Las experiencias importantes de la vida personal, social y estacional se celebran con ritos, danzas, músicas y presentaciones de máscaras. Éstas representan energías que pueden ser benéficas o maléficas. Es en los rituales donde las fuerzas negativas y positivas se equilibran y se festeja la primacía del sentido sobre el absurdo. Si reincorporamos el espíritu de África, la crisis no tendrá que ser una tragedia.
            Sabemos que a través de las fiestas y los ritos la sociedad rehace sus relaciones y se refuerza la cohesión social. Además no todo es trabajo y lucha. Está también la celebración de la vida, el rescate de las memorias colectivas y el recuerdo de las victorias sobre las amenazas vividas.
            Me complace presentar el testimonio personal de uno de nuestros más brillantes periodistas, Washington Novaes: «Hace algunos años, en Sudáfrica, me impresionó ver que bastaba que se reuniesen tres o cuatro negros para empezar a cantar y a bailar con una amplia sonrisa. Un día, le comenté a un joven taxista: “Su pueblo sufrió y todavía sufre mucho. Pero basta que se reúnan unas pocas personas y ustedes ya están bailando, cantando y riendo. ¿De dónde viene tanta fuerza?” Y él me contestó: “Con el sufrimiento, aprendemos que nuestra alegría no puede depender de nada fuera de nosotros. Tiene que ser sólo nuestra, estar dentro de nosotros”».

            Nuestra población afrodescendiente nos da esa misma muestra de alegría, que ningún capitalismo ni consumismo puede ofrecer.