sábado, 5 de octubre de 2013

Apuesta por las grandes celebraciones

José Manuel Bernal


No son pocos los que miran con disgusto las grandiosas celebraciones litúrgicas que frecuentemente presenciamos, en Roma o en otros lugares, casi siempre a través de la televisión. Son celebraciones multitudinarias, donde la gente se encuentra hacinada, envuelta en aglomeraciones masivas, en un clima despersonalizado y, a veces, hasta frívolo; en el que más bien se sienten invitados a participar en un gigantesco espectáculo. No aciertan a comprender cómo puede ser viable, en un marco tan singular, una verdadera celebración de la eucaristía, fraterna, entrañable, cargada de vida y de profundidad religiosa, comprometida y cuajada de misterio.
Esta apreciación surge desde experiencias muy distintas. Suelen ser personas, que viven con arraigo su compromiso cristiano, que comparten su experiencia cristiana en el marco de comunidades pequeñas, que en ese mismo marco celebran habitualmente la eucaristía en espacios reducidos y en un estrecho clima de fraternidad. Es comprensible que, desde esa experiencia, no se llegue a entender el sentido de esas misas grandiosas, donde la gente se ve perdida en la gran plaza de San Pedro, donde apenas existe comunicación personal y todo se ve en la lejanía, donde la comensalidad eucarística se desdibuja por completo y donde la emoción religiosa pierde fuelle frente al fuerte impacto del espectáculo. Francamente, yo comprendo que no sean pocas las personas que aceptan con suma dificultad este tipo de celebraciones.
Sin embargo yo voy a hacer una apuesta por las celebraciones multitudinarias, abarrotadas de fieles. Recuerdo, a este propósito, la genial propuesta del gran liturgista austriaco, el jesuita Joseph Andreas Jungmann. Con motivo del Congreso Eucarístico Internacional de Múnich, celebrado en 1960, Jungmann estableció una interesante analogía entre la statio Urbis, recordando la reunión de todos los fieles de Roma en una determinada basílica en torno al Papa, y una supuesta statio Orbis, en la que una gran multitud venida de muchos países se reune en torno a la eucaristía en el marco del Congreso eucarístico internacional.
¿Qué sentido ha de tener una gran celebración eucarística, en la que se congrega una gran multitud de fieles, en la línea de una statio Orbis? A mi juicio en las celebraciones multitudinarias, más allá de los inconvenientes ya destacados, se experimenta al vivo la dimensión ecuménica y universal de la eucaristía, como reunión de todos los dispersos, como superación de muros y fronteras, en la que todos los reunidos, sin distinción de razas, sexos, lenguas y culturas, se reúnen formando una gran familia. La eucaristía multitudinaria nos acerca al gran sueño escatológico, al gran banquete mesiánico al que son convocados todos los salvados y elegidos, al banquete de la abundancia y la felicidad. Cuando oímos a esas grandiosas asambleas cantando juntos, a una sola voz, los cantos de la misa o aclamando vigorosamente con el “amen” el final de la gran doxología con que concluye la anáfora, aun asistiendo como espectadores a través de la televisión, sentimos una emoción espiritual difícil de contener.
Aún recuerdo emocionado la consagración de la basílica de la Sagrada Familia de Barcelona presidida por el papa Benedicto XVI; la disposición de la gran asamblea, abarrotando todos los espacios del grandioso edificio; la presencia del papa, rodeado del numeroso grupo de obispos, la serenidad de los gestos de los ministros y participantes en la celebración, la grandiosidad de los cantos interpretados por toda la asamblea, el vigoroso sonido de los acordes del órgano, el juego de las luces y la claridad de las vidrieras, junto a la imponente grandiosidad del templo; todo ello llegó a embargar a todos los participantes, adentrándoles en la entraña del misterio y trasportándoles a una experiencia profunda del Dios escondido, manifestado en la luz y en la belleza de los símbolos.
Esta es la cara positiva de esas celebraciones. Por encima de los inconvenientes, quizás debiéramos descubrir y valorar estos otros aspectos; ellos nos hacen descubrir aspectos importantes de la eucaristía, con frecuencia olvidados y desatendidos. Nunca debiéramos olvidar que no existe un determinado formato de la celebración eucarística capaz de aglutinar y contener la pluralidad de tonalidades y riquezas de la cena del Señor.

Visita del Papa a Asís

Isabel Gómez Acebo

El grupito de los primeros seguidores de San Francisco viajó a Roma con la ilusión de entrevistarse con el papa y pedirle que bendijera su proyecto de una nueva orden. La idea hubiera sido impensable si no contaran con influencias en el entorno papal que le había conseguido el obispo de Asís, Don Guido, que era romano de nacimiento.
Tenemos que ser capaces de ponernos en el siglo XIII, un momento de la Iglesia en el queInocencio III era un gran príncipe temporal, a la vez que capitaneaba la nave eclesiástica. Estaba rodeado del personal necesario para llevar la administración de un poder que, de norte a sur, ejercía su influencia desde los países escandinavos hasta Sicilia y vivía en el palacio de Letrán rodeado de gran lujo y de las mejores obras de arte.
La audiencia con Francisco y los suyos se celebró en una gran sala, el papa sentado en un sillón sobre un estrado, en un escalón inferior los purpurados que le aconsejaban, al fondo una fila de guardias vigilantes y algunos sirvientes, atentos a las necesidades que se pudieran presentar. Mitras, túnicas, sedas, uniformes de distintas formas y texturas, componían un espectáculo grandioso que contrastaba con la humildad de los hábitos de los visitantes.
El contraste se mostraba aún más manifiesto cuando Francisco declaró que la orden que pretendía fundar no tendría bienes pues sus frailes vivirían de su trabajo y de las limosnas que encontraran por sus caminos de predicadores. No fue fácil convencer al papa, ni a muchos cardenales que ponían pegas pero ante la obstinación, la ilusión y el carisma de este pequeño grupo de hombres dispuestos a renunciar a todo para seguir a Cristo, no tuvieron más remedio que rendirse.
Mañana la visita es en sentido contrario, es el papa el que visita a Francisco en su villa natal donde, junto a los grandes templos, se han guardado las modestísimas construcciones de los primeros franciscanos. Un papa que está preocupado por conducir a la Iglesia por sendas menos lujosas, por acercarla a los que sufren, por compartir sus bienes con los que carecen de ellos y por desmontar una organización que ha podido entorpecer este camino.Algo parecido a lo que ideó Francisco por eso el papa viene a pedirle discernimientoen un momento de cambio crucial para la nave eclesiástica y lo hace, a pesar de sus años,con la misma ilusión y carisma que él mostrara en su día.
Al maravilloso aire de humildad que se respira en la ciudad de Asís, se sumará el aire del Espíritu que va a inspirar a este grupo de cardenales liderado por el papa. Denlo por seguro.

El Papa se encuentra con uno de los jesuitas torturados por Videla

Franz Jalics fue secuestrado junto a Orlando Yorio


Bergoglio era entonces provincial de la Compañía en Argentina

Abrazo y encuentro entre Papa Francisco y el padre Franz Jalics, el jesuita húngaro, que hoy tiene 87 años y que en 1976 fue secuestrado por el régimen militar de Videla, junto al también jesuita Orlando Yorio. Los dos fueron torturados y estuvieron detenidos durante 5 meses.
Jorge Mario Bergoglio era el provincial de los jesuitas y actuó con mucha discreción para salvarlos, pero los militares del dictador argentino hicieron creer a los dos religiosos que había sido justamente el actual Pontífice quien los había denunciado y abandonado a su suerte. Tuvo que pasar mucho tiempo para que Jalics reconociera en público toda la buena fe de su entonces superior.
Jalics y Yorio dejaron incluso la Compañía de Jesús. Jalics volvió a ella,pero Yorio, que ya ha fallecido, se negó. Sobre todo el periodista Horacio Verbitsky esgrimió acusaciones en contra de Bergoglio, pero algunos indican que ambientes cercanos a la presidencia de Cristina Kirchner las fomentaron, como respuesta a las críticas del entonces cardenal de Buenos Aires.
Como sea, el padre Jalics disipó cualquier duda con respecto a Bergoglio: en el sitio jesuiten.org el anciano religioso, que hoy vive en Alemania, afirmó el 21 de marzo que había creído durante mucho tiempo que había sido víctima de un delator, pero que desde la década de los 90 se convenció de que no hubo ninguna denuncia, mucho menos del actual Pontífice.
Jalics, uno de los jesuitas secuestrados durante la dictadura militar del teniente general Jorge Rafael Videla, en 1976, precisó en marzo pasado que el entonces padre Jorge Maria Bergoglio y provincial de la Compañía de Jesús en Buenos Aires no fue el responsable de la acusación ante la Junta Militar que llevó a su secuestro y el del padre Yorio, también jesuita. De hecho, considera que "por su parte el asunto está cerrado".
En un segundo comunicado publicado en la página de la congregación en Alemania, el padre Jalics escribió que "se siente casi obligado" a corregir los comentarios que circulan porque "el hecho es que Yorio y él mismo no fueron acusados por el padre Bergoglio". Aún así, admitió que "durante unos años pensó que habían sido víctimas de una acusación" aunque indica que a finales de los '90 llegó a la conclusión de que "la sospecha era infundada". Además, aseguró que "ya se reconcilió con Bergoglio celebrando misa juntos".
Por otra parte, señala en ese portal que en los círculos de los jesuitas "se difundió la información falsa de que habían sido detenidos porque pertenecían a la guerrilla". En este sentido, afirmó que estos rumores pudieron verse provocados por el hecho de que permanecieran encerrados varios meses, en lugar de ser liberados de inmediato.
La detención de los dos jesuitas se debió a la conexión que ambos tenían con una catequista que había trabajado con ellos en los barrios pobres de Buenos Aires y que más tarde había entrado en la guerrilla. Se agrega el hecho de que cuando los militares argentinos vieron en los documentos del padre Jalics que había nacido en Budapest, pensaron que era un espía ruso, explicó el mismo jesuita.
El padre Jalics y su compañero Yorio fueron secuestrados en 1976 y sometidos a un interrogatorio durante cinco días, según explicó el primero en un comunicado el pasado 15 de marzo. Al terminar el proceso, el oficial al mando de la investigación les aseguró que "no tenían la culpa" y que "se aseguraría de que pudieran volver a trabajar en los barrios pobres". Pese a ésto, "los mantuvieron esposados, con los ojos vendados y bajo custodia durante cinco meses más", narró.

VIDAL, José Manuel - BASTANTE, Jesús

Un concilio entre primaveras

De Juan XXIII a Francisco

Fecha de aparición:
01/10/2013

Cuando Juan XXIII anunció su decisión de convocar un concilio ecuménico, algunos cardenales preguntaron por el motivo, dado el ajetreo y riesgo que eso suponía para la Iglesia. Dicen que el pontífice se levantó de la silla, se dirigió a una ventana próxima, la abrió de par en par y, mientras el fuerte viento del exterior penetraba en la habitación, respondió: «Para que entre aire nuevo en la Iglesia».

Si el Papa Bueno abrió las ventanas de la institución, Francisco está abriendo sus puertas de par en par con una hoja de ruta muy clara: hacer realidad el espíritu del Concilio Vaticano II, es decir, lograr la corresponsabilidad en una Iglesia humilde, servidora, sencilla y samaritana.

Esta obra colectiva, compilada por José Manuel Vidal y Jesús Bastante, recorre la «hoja de ruta conciliar» del papa Francisco. Todos los autores, expertos de primera fila, vivieron el concilio en primera persona y ayudaron de forma decisiva a aplicarlo en España. Cinco décadas más tarde, vuelven sobre el evento y analizan lo que fue, lo que es y lo que puede seguir siendo en la Iglesia.

Participan en el volumen: José Luis González Balado, Gabino Díaz Merchán, Hilari Raguer, Loris Francesco Capovila, Marco Roncalli, Juan María Laboa, Martín Gelabert, José Arregi, Xabier Pikaza, José Manuel Bernal, Jesús Espeja, Antonio Montero, Isabel Gómez Acebo, Juan Martín Velasco, José María Castillo, Jesús Martínez Gordo, Javier Montserrat y José Ignacio González Faus. 
col barbera

Quiero echar mi cuarto a espadas sobre la figura del nuevo papa, sobre sus gestos y sobre su repercusión en los medios y en las personas. No deseo sin embargo limitarme a unas opiniones mejor o peor fundadas. Mi intención es ensayar una interpretación teológica.
El tiempo tan acelerado en que vivimos nos hace cada día descubrir cosas nuevas que hasta entonces sólo a medias intuíamos o atisbábamos y que en un momento alcanzamos a ver claramente. Por ejemplo: a todos nos molestaban los títulos y los ropajes episcopales (no digamos la capa de cinco metros de Cañizares) Sólo ahora sin embargo descubrimos -Castillo lo ha explicado muy bien- que en el trasfondo había un concepto de Dios elaborado a imagen y a la mayor gloria del Emperador.
Ya hace muchos años que en Ravenna me asombré de que en los mosaicos de San Vital, Justiniano fuera vestido de obispo o más bien los obispos revestidos a imitación de Justiniano. Ahora entiendo mejor la teología que sustentaba esa igualdad.
Pues bien: de modo semejante poco a poco hemos ido cayendo en la cuenta de que la teología que nos enseñaron en el catecismo y en las predicaciones semanales conformaba un cuerpo de doctrina. En adherirse a ella consistía ser cristiano. Nos ha llevado tiempo comprender que el cristianismo no es una doctrina. Que esa doctrina, para muchos creyentes de buena voluntad, constituía en realidad un obstáculo para el seguimiento personal de Jesús. Más aún: sospechábamos que la doctrina mata y sólo el espíritu vivifica.
Descubrimos ahora que se trataba de la misma teología constantiniana, que privilegiaba una verdad venida de arriba, gestionada por ministros autorizados, que repartían a su buen entender medallas o condenas. "Porque "la Iglesia es por su naturaleza una sociedad desigual, comprende dos categorías de personas, los pastores y la grey. Sólo la jerarquía mueve y dirige. El deber de la grey es aceptar ser gobernada y cumplir con sumisión la órdenes de quienes la rigen" (san Pío X)
Con todo, no acabamos de sacar aún todas las consecuencias de este descubrimiento: Por poner un ejemplo, aún nos parece normal que un papa, al poco de ser nombrado, escriba una encíclica. Es decir, nos dé doctrina. O también que en las homilías dominicales los curas, incluso los progresistas, sigan impartiendo doctrina. Ahora vemos mucho más claramente que el cristianismo consiste en el seguimiento de Jesús y no en la adhesión a unas verdades, por ciertas que éstas sean.
La llegada del papa Francisco ha venido a corroborar esta afirmación. Rompiendo de golpe con tradiciones seculares no ha dado doctrina, casi siempre ha rehusado hacerlo. "No quiero ser un funcionario de la Iglesia que viene y os da ánimos con palabras vacías, dichas con una sonrisa".
En cambio ha hecho gestos que quieren ser traducción de los gestos y las actitudes de Jesús: se ha dirigido a los más pobres, les ha lavado los pies, los ha confortado, ha denunciado a quien es causa de sus quebrantos. Con Francisco, la perspectiva ha cambiado. Reflejado en él, el cristianismo aparece como un modo de vivir, como una forma de encarar la existencia y no como un espacio de adoctrinamiento. Una teología que revoca la anterior.
Sus gestos tienen un contenido teológico. No son la consecuencia moral de una tesis dogmática: Dios nos pide sacrificios y los hacemos, la Iglesia opta por los pobres y lo cumplimos. Es al contrario: Jesús nos dijo que le siguiéramos, nos disponemos a hacerlo y al acercarnos a los pobres descubrimos quién es Dios y lo mostramos. No como final de una reflexión sino del relato de unos hechos vividos.
Claro está que él mismo se encuentra con una herencia doctrinal que no puede desmontar de hoy para mañana. Más o menos ha venido a decir: es cierto, está ahí pero ahora estamos en otras urgencias, la de vivir como cristianos en primer lugar.
En este sentido no estoy de acuerdo con la prisa de ciertas demandas progresistas. Aunque haya que tomar decisiones que rompan costumbres de siglos, no es esa, a mi modo de ver, la tarea primera. "Buscad primero el reino de Dios y su justicia y lo demás se os dará por añadidura". La tarea primera es buscar el reino, construirlo, llevando a cabo. Lo primero es realizar acciones apoyadas en el Evangelio. Lo demás sin duda vendrá por añadidura.
Se podrá objetar a lo dicho: pero detrás de esos gestos hay también una doctrina. Cierto, pero será una doctrina que les sigue. Los gestos, las acciones son lo primero y la reflexión que intenta dar cuenta de ellos, tomará sin duda un sesgo distinto.
Frente al fenómeno homosexual el obispo de Alcalá soltará su doctrina condenatoria (supuestamente venida de lo alto) . Francisco dirá: "En esta vida Dios acompaña a las personas. Si una persona es gay, busca a Dios y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla?". Y en otra ocasión: "No se puede hablar de la pobreza sin experimentarla".
Se trata de una teología sencilla pero muy evangélica, de una teología narrativa, al hilo del seguimiento. La que necesitamos.

col hans

El papa Francisco muestra valentía civil. No solo al presentarse sin temor en las favelas de Río de Janeiro. También al abordar un diálogo abierto con críticos no creyentes. Así, recientemente ha escrito una carta abierta en la que responde a uno de los principales intelectuales italianos, Eugenio Scalfari, fundador y durante muchos años director de La Repubblica, el gran periódico romano de izquierda liberal. Y su respuesta no es un sermón doctrinario papal, sino un amistoso intercambio de argumentos entre interlocutores que se tratan al mismo nivel.
Recientemente, en su periódico, Scalfari planteó al Papa 12 preguntas, la cuarta de las cuales me parece muy relevante para saber a dónde se dirige una Iglesia que se abre a las reformas. Jesús dijo: "Dad al césar lo que es del césar y a Dios lo que es de Dios". Sin embargo, la Iglesia católica ha sucumbido demasiadas veces a la tentación del poder temporal y, frente a la secularidad, ha reprimido su propia dimensión espiritual. La pregunta de Scalfari era esta: "¿Representa por fin el papa Francisco la primacía de una Iglesia pobre y pastoral sobre una Iglesia institucional y secularizada?".
Atengámonos a los hechos:
—Desde el principio, Francisco ha renunciado a la pompa papal y ha buscado el contacto espontáneo con el pueblo.
—En sus palabras y gestos no se ha presentado como señor espiritual de señores, sino como el "servidor de los servidores de Dios" (Gregorio Magno).
—Frente a los escándalos financieros y la codicia de los eclesiásticos, ha iniciado reformas decididas del banco vaticano y el Estado papal y ha impulsado una política financiera transparente.
—Ha subrayado la necesidad de reformar la curia y el colegio eclesiástico mediante la convocatoria de una comisión de ocho cardenales procedentes de diversos continentes.
Sin embargo, aún tiene por delante la prueba decisiva de la reforma papal. Es comprensible, y alentador, que para un obispo latinoamericano los pobres de los suburbios de las grandes metrópolis estén en un primer plano. Pero un papa no puede perder de vista la totalidad de la Iglesia, el hecho de que en otros países grupos distintos de personas, que padecen otras formas de pobreza, también anhelen una mejora.
Y estamos hablando aquí sobre todo de seres humanos a los que el Papa puede ayudar de forma incluso más directa que a los habitantes de las favelas, sobre quienes tienen responsabilidad en primer término los órganos del Estado y la sociedad en su conjunto.
Ya en los evangelios sinópticos puede reconocerse una extensión del concepto de pobre. En el evangelio de Lucas, por ejemplo, la bienaventuranza de los pobres se refiere evidentemente a las personas realmente pobres, a quienes lo son en sentido material. Sin embargo, en el evangelio de Mateo la bienaventuranza se extiende a los "pobres de espíritu", a los pobres en un sentido espiritual, a los que, como mendicantes ante Dios, son conscientes de su pobreza espiritual.
Por tanto, se refiere, de acuerdo con el sentido del resto de las bienaventuranzas, no solo a los pobres y a los hambrientos, sino también a los que lloran, a los perdedores, a los marginados, a quienes se quedan atrás, a los expulsados, explotados y desesperados. Es decir, tanto a quienes padecen miseria y están perdidos, a quienes se encuentran en extrema necesidad (Lucas) como a los que sufren angustia interior. Es decir, Jesús llama a sí a todos los afligidos y abrumados, también a quienes han sido abrumados con la culpa.
De este modo se multiplica por mucho el número de los pobres a quienes hay que ayudar. Una ayuda que puede venir precisamente del Papa, que por razón de su ministerio está en mejores condiciones de ayudar que otros. Esa ayuda suya, en tanto que representante de la institución de la Iglesia y de la tradición eclesiástica, supone más que meras palabras de consuelo y aliento: quiere decir hechos de piedad y amor. De forma espontánea se me ocurren tres grandes grupos de personas que, dentro de la Iglesia católica, son pobres.
En primer lugar, los divorciados: en muchos países se cuentan por millones, y entre ellos son numerosos los que, al volver a casarse, quedan excluidos para el resto de su vida de los sacramentos de la Iglesia.
La mayor movilidad, flexibilidad y liberalidad de las sociedades actuales, así como la esperanza de vida plantean a los miembros de la pareja exigencias más altas en una unión de por vida. Sin duda, el Papa defenderá con énfasis, incluso en estas circunstancias más difíciles, la indisolubilidad del matrimonio. Pero este mandamiento no se puede entender como una condena apodíctica de aquellos que fracasan y a los que no les cabe esperar perdón.
También aquí se trata de un mandamiento teleológico, que demanda fidelidad vitalicia, y como tal la viven muchas parejas, pero no puede ser garantizada sin más. Esa piedad que pide el papa Francisco permitiría que quienes se han vuelto a casar tras un divorcio puedan ser readmitidos a los sacramentos cuando los desean de corazón.
En segundo lugar, las mujeres, que debido a la posición eclesiástica respecto a los anticonceptivos, la fecundación artificial y también el aborto son despreciadas por la Iglesia y en no raras ocasiones padecen miseria de espíritu.
También hay millones de ellas en esta situación en todo el mundo. Solo una ínfima minoría de católicas secunda la prohibición papal de los métodos anticonceptivos artificiales, y muchas de ellas recurren en buena conciencia a la fecundación artificial.
Obviamente, el aborto no puede banalizarse ni implantarse como método de control de natalidad. Pero las mujeres que se deciden a practicarlo por razones serias, muchas veces con grandes conflictos de conciencia, merecen comprensión y piedad.
En tercer lugar, los sacerdotes apartados de su ministerio por razón de su matrimonio: su número, en los distintos continentes, asciende a decenas de miles. Y muchos jóvenes aptos renuncian al sacerdocio a causa de la ley del celibato.
No cabe duda de que un celibato libremente elegido por los sacerdotes seguirá teniendo su lugar en la Iglesia católica. Pero una soltería prescrita por el derecho canónico contradice la libertad que otorga el Nuevo Testamento, la tradición eclesiástica ecuménica del primer milenio y los derechos humanos modernos.
La derogación del celibato obligatorio sería la medida más eficaz contra la catastrófica carencia de sacerdotes perceptible en todas partes y el colapso de la actividad pastoral que conlleva. Si se mantiene el celibato obligatorio, tampoco puede pensarse en la deseable ordenación sacerdotal de las mujeres.
Todas estas reformas son urgentes y deben ser tratadas en primer término en la comisión cardenalicia. El papa Francisco se enfrenta aquí a decisiones difíciles. Hasta ahora ha demostrado ya una gran sensibilidad y empatía por las necesidades de los seres humanos y manifestado de diversas formas un notable coraje civil. Esas cualidades le facultan para adoptar decisiones necesarias y que marcarán el futuro respecto a estos problemas, en parte pendientes desde hace siglos.
En la extensa entrevista publicada el 20 de septiembre en la revista jesuita La Civiltà Cattolica, el papa Francisco reconoce la importancia de cuestiones como la anticoncepción, la homosexualidad y el aborto. Pero se opone a que tales temas ocupen un lugar demasiado central.
Con razón exige un "nuevo equilibrio" entre estas cuestiones morales y los impulsos esenciales del propio evangelio. Pero este equilibrio solo podrá alcanzarse en la medida en que se realicen las reformas una y otra vez aplazadas, para evitar que cuestiones morales que en el fondo son de segundo nivel priven de "frescura y atractivo" al anuncio del evangelio. Esa podría ser la gran prueba decisiva del papa Francisco.


CON EL PAPA FRANCISCO, 
EL TERCER MUNDO EN EL VATICANO 
Leonardo Boff 


Son conocidas las muchas innovaciones que el Papa Francisco, el obispo de Roma como le gusta que le llamen, ha introducido en los hábitos papales y en el estilo de presidir la Iglesia, en la ternura, la comprensión, el diálogo y la compasión. No son pocos los que están perplejos, porque estaban acostumbrados al estilo clásico de los papas, olvidando que es un estilo heredado de los emperadores romanos paganos, desde el nombre de «Papa» a esa capa sobre los hombros ricamente adornada, la muceta, símbolo del poder imperial absoluto, rechazada rápidamente por Francisco.

Hay que recordar una vez más que el actual Papa viene de la periferia de la Iglesia central europea. Tiene otra experiencia eclesial, con nuevas costumbres y otra forma de sentir el mundo con sus contradicciones. Conscientemente lo ha expresado en su larga entrevista a la revista jesuita Civiltà Católica: «Las Iglesias jóvenes desarrollan una síntesis de fe, cultura y vida en devenir, y por lo tanto diferente de la desarrollada por las Iglesias más antiguas». Éstas, no están marcadas por el cambio sino por la estabilidad y les cuesta incorporar nuevos elementos provenientes de la cultura moderna secular y democrática.

Aquí el Papa Francisco hace hincapié en la diferencia. Tiene conciencia que viene de otra manera de ser Iglesia, madurada en el Tercer Mundo. Este se caracteriza por profundas injusticias sociales, por el número absurdo de favelas que rodean casi todas las ciudades, por las culturas autóctonas siempre despreciadas y por el legado de la esclavitud de los afrodescendientes, sometidos a grandes discriminaciones.

La Iglesia entiende que, además de su misión religiosa específica, no puede eludir una misión social urgente: ponerse del lado de los débiles y de los oprimidos y luchar por su liberación. En varias reuniones los obispos continentales de América Latina y del Caribe (CELAM) maduraron la opción preferencial por los pobres contra su pobreza y la evangelización liberadora.

El Papa Francisco viene de este caldo eclesial y cultural. Aquí, estas opciones con sus reflexiones teológicas, con su forma de vivir la fe en redes de comunidades y con celebraciones que incorporan el estilo popular de orar a Dios, son cosas evidentes. Pero no lo son para los cristianos de la vieja cristiandad europea, llena de tradiciones, teologías, catedrales y un sentido del mundo impregnado de la cultura greco-romana- germánica en la articulación del mensaje cristiano.

El Papa por venir de una Iglesia que dio centralidad a los pobres visitó primero a los primeros refugiados en la isla de Lampedusa, a continuación, en el centro de los jesuitas en Roma y luego a los desempleados en Córcega. Es natural para él, pero es casi un «escándalo» para la curia y sin precedentes para otros cristianos europeos. La opción por los pobres reafirmada por los últimos Papas era sólo retórica y conceptual. No había un encuentro real con los pobres y los que sufren. Francisco hace exactamente lo contrario: el anuncio es práctica afectiva y efectiva.

Tal vez estas palabras de Francisco aclaren su manera de vivir y de ver la misión de la Iglesia:

«Veo la Iglesia como un hospital de campaña después de una batalla. Es inútil ponerse a preguntar a un herido de gravedad si tiene el colesterol y la glucosa altos. Primero hay que curar las heridas, luego se puede hablar de lo demás».

«La Iglesia –continúa– a veces se cierra en las pequeñas cosas, en pequeños preceptos. Lo más importante, más bien, es el anuncio primero: "Jesús te salvó". Por eso, los ministros de la Iglesia, en primer lugar, deben ser ministros de la misericordia y las reformas estructurales y de organización son secundarias, es decir, vienen después, por tanto la primera reforma debe ser la de la actitud».

Los ministros del Evangelio deben ser capaces de calentar los corazones de las personas, caminando con ellas en la noche, saber dialogar y también entrar en la noche de ellas, en su oscuridad sin perderse». «El pueblo de Dios –concluye– quiere pastores y no funcionarios o clérigos de Estado». En Brasil, hablando a los obispos de América Latina les pidió hacer la «revolución de la ternura».

La centralidad, por lo tanto, no está ocupada por la doctrina y la disciplina, tan dominantes en los últimos tiempos, sino por la persona humana y en sus búsquedas e indagaciones, sea o no sea creyente, como lo demostró en el diálogo con el ex editor del diario romano La Repubblica, Eugenio Scalfari, una persona no creyente. Son nuevos aires que soplan desde las nuevas iglesias periféricas aireando toda la Iglesia. La primavera realmente está llegando, llena de promesas.