lunes, 9 de septiembre de 2013

La Iglesia chilena afirma que 
"nada justifica los atropellos de Pinochet"
WEb del episcopado chileno

Los obispos católicos chilenos afirmaron hoy que tras 40 años del golpe militar que Augusto Pinochet encabezó el 11 de septiembre de 1973, "las heridas que dejó ese momento doloroso de la historia aún no han terminado de cicatrizar".

"La verdad, justicia y reconciliación es el camino para una verdadera convivencia", señaló una declaración difundida este lunes por el Comité Permanente del Episcopado, leída por su presidente, el arzobispo de Santiago Ricardo Ezzati.

"Más que nunca, seguimos creyendo en esta vía, a pesar de las dificultades que se le oponen", señaló la declaración de la Iglesia católica chilena, que tras el golpe de 1973 encabezó la defensa de los derechos humanos, junto a otras agrupaciones religiosas, según recordaron hoy los obispos.

"Nada justifica los atropellos a la dignidad de las personas cometidos a partir del 11 de septiembre de 1973", dijeron los obispos católicos.

Bajo la dirección del entonces cardenal arzobispo de Santiago, Raúl Silva Henríquez, la iglesia católica creó la Vicaría de la Solidaridad, que protegió a las víctimas y amparó a los perseguidos y familiares de los detenidos desaparecidos y ejecutados.

En su declaración de hoy, los obispos sostienen que "pequeños gestos personales e institucionales pueden ser vitales para ayudar a sanar heridas y contribuir a una verdadera reconciliación".

El texto cuestiona "la falta de autocrítica" y de "gestos de encuentro" en la sociedad chilena actual.

"En el actual contexto preelectoral, lamentablemente parecieran más fuertes las recriminaciones y acusaciones que la necesaria autocrítica y gestos de encuentro que el país agradece y valora", precisó la declaración.

"La reconciliación no se impone por decreto, sino que brota de un corazón misericordioso. Es nuestra convicción que pequeños gestos personales e institucionales pueden ser vitales para ayudar a sanar heridas y contribuir a una verdadera reconciliación", afirmaron.

El texto concluyó con una cita del papa Francisco: "No es la cultura de la confrontación, la cultura del conflicto, la que construye la convivencia en los pueblos y entre los pueblos, sino la cultura del encuentro, la cultura del diálogo; este es el único camino para la paz". (RD/Agencias)

Texto íntegro del episcopado chileno

40 años después del Golpe de Estado: tareas pendientes

Mensaje del Comité Permanente de la Conferencia Episcopal de Chile


1. Recordamos los 40 años del golpe de Estado, un momento doloroso de la historia chilena cuyas heridas no han terminado de cicatrizar. 

 2. En estas últimas semanas, las causas y las consecuencias de la acción militar de 1973 han sido objeto de diversos análisis. En el actual contexto pre-electoral, lamentablemente parecieran más fuertes las recriminaciones y acusaciones que la necesaria autocrítica y gestos de encuentro que el país agradece y valora.

 3. Más allá de las diversas y legítimas lecturas de los hechos, como Pastores de la Iglesia queremos recordar esta fecha desde una mirada a la dignidad de la persona humana. Precisamente motivada por este valor fundamental, la Iglesia católica junto a otras Iglesias cristianas debieron asumir, en un momento en que se abandonó el diálogo razonable, un rol preponderante en la defensa de los derechos humanos y el amparo a compatriotas perseguidos. Nada justifica los atropellos a la dignidad de las personas cometidos a partir del 11 de septiembre de 1973. 

 4. Verdad, justicia y reconciliación: es el camino que hemos propuesto para una vida digna y una convivencia humanizante. Más que nunca, seguimos creyendo en esta vía, a pesar de las dificultades que se le oponen. Es el camino que Jesús ofrece para alcanzar una Patria grande de hermanos y hermanas. La reconciliación no se impone por decreto sino que brota de un corazón misericordioso. Es nuestra convicción que pequeños gestos personales e institucionales pueden ser vitales para ayudar a sanar heridas y contribuir a una verdadera reconciliación. 

 5. Nos duelen las lágrimas de todos estos años, como dolía a los Obispos el 13 de septiembre de 1973. Ellos pedían respeto. También lo hacemos hoy, 40 años después. Sólo desde el respeto al otro podremos construir de un modo fraterno la memoria, para desde ella poder levantar la mirada y trabajar con renovada esperanza por el porvenir de nuestra patria. 

 6. Hacemos nuestro el clamor del papa Francisco: "no es la cultura de la confrontación, la cultura del conflicto, la que construye la convivencia en los pueblos y entre los pueblos, sino esta: la cultura del encuentro, la cultura del diálogo; este es el único camino para la paz" (Angelus 1 septiembre 2013).

EL COMITÉ PERMANENTE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE CHILE

 † Ricardo Ezzati Andrello 
 Arzobispo de Santiago
 Presidente 

 † Alejandro Goic Karmelic 
 Obispo de Rancagua
 Vicepresidente

 † Gonzalo Duarte García de Cortázar 
 Obispo de Valparaíso 

 † Horacio Valenzuela Abarca
 Obispo de Talca

 † Ignacio Ducasse Medina
 Obispo de Valdivia
 Secretario General

domingo, 8 de septiembre de 2013

"La Lista Bergoglio", 
escrito por el periodista 
Nello Scavo





El hoy Papa Francisco no fue cómplice de Videla, sino que salvó a varios perseguidos por la dictadura argentina. En "La Lista Bergoglio", el periodista italiano Nello Scavo sostiene que organizó una "red clandestina" para sacarlos de la Argentina. El kirchnerismo había acusado al ex cardenal de complicidad con la represión. Lo cuenta Sergio Rubin en el diario Clarín.

A lo largo de la última década, sobre todo figuras que simpatizan abiertamente con el kirchnerismo pusieron en tela de juicio el papel de Jorge Bergoglio durante la dictadura. Lo acusaron de complicidad con la represión y hasta de haber entregado a dos sacerdotes jesuitas cuando era el superior de esa comunidad.

Ahora, un libro que está por aparecer en Italia ofrece una versión totalmente opuesta de su actuación en los años de plomo: compendia el testimonio de un grupo de perseguidos políticos que aseguran haber sido salvados por el accionar del hoy Papa Francisco.

Parafraseando el titulo de la película de Steven Spielberg, La lista de Schindler, sobre el accionar de un empresario que salvó a 1.200 judíos del nazismo, el libro se denomina "La lista de Bergoglio: Los salvados por el Papa Francisco. Las historias jamás contadas". Fue escrito por el periodista Nello Scavo, del diario Avvenire, de la Conferencia Episcopal italiana. La obra contiene documentos, entre ellos la transcripción del interrogatorio hecho en 2010 como testigo a Bergoglio por los jueces que investigan las violaciones a los derechos humanos.

Con prefacio del Premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel, el libro, de 192 páginas, editado por Emi, expone los casos de sacerdotes, creyentes laicos y no creyentes, disidentes, intelectuales, sindicalistas y estudiantes perseguidos por los militares, que testimonian cómo Bergoglio los salvó.

En el libro se llega a la conclusión de que el entonces joven jefe de los jesuitas organizó "una red clandestina" para salvar a los perseguidos, a los cuales ofrecía numerosos consejos sobre cómo burlar la censura, despistar a las fuerzas de seguridad y preparar fugas al exterior.

El entonces cardenal Jorge Bergoglio nunca quiso responder las imputaciones. Sólo rompió el silencio para el libro "El jesuita", editado en 2010.

Allí cuenta que en el colegio jesuita Máximo, de San Miguel, en el gran Buenos Aires, donde residía, escondió "a unos cuántos: no recuerdo el número -dijo-, pero fueron varios". También contó que allí cobijó a tres seminaristas de la diócesis de La Rioja luego del asesinato del obispo de La Rioja Enrique Angelelli.

Con ocasión de un viaje a La Rioja para participar de un homenaje a Angelelli, al cumplirse 25 años de su muerte, el entonces obispo de Bariloche, Fernando Maletti, coincidió en el micro con uno de esos seminaristas, ahora sacerdote, quien le dijo que en el colegio Máximo pudo ver con sus compañeros a personas que hacían "largos ejercicios espirituales de 20 días".

Agregó que con el tiempo se dio cuenta que eso era una "pantalla para esconder gente" propiciada por Bergoglio.

El hoy Papa contó, además, que logró sacar del país por Foz de Iguazú a un joven que era bastante parecido a él con su cédula de identidad, disfrazado de sacerdote. Y que llegó a ver dos veces al dictador Jorge Videla y al almirante Emilio Massera para abogar por la liberación de los sacerdotes jesuitas Orlando Yorio y Francisco Jalics, secuestrados en una villa porteña.

Bergoglio dijo que "nos movimos como loco" para obtener su liberación, que se produjo meses después.

Tras su elección como Papa, se conoció el testimonio del cura uruguayo Gonzalo Mosca, quien dijo que se salvó por la "valiente intervención" de Bergoglio.


  Martín Gelabert Ballester, OP 
Se alegra mi espíritu en Dios 



“Se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador”, canta la Virgen María tras recibir el anuncio del ángel. Y, sin embargo, parece que los que creemos en Dios tenemos más bien motivos para estar tristes ya que, como dice Tomás de Aquino, “la ausencia de la realidad amada produce más tristeza que gozo”. Y mientras vivimos en este mundo, estamos lejos del Señor, según 2Co 5,6. Ahora bien, añade Santo Tomás, del amor proceden el gozo y la tristeza, aunque por motivos opuestos. El gozo lo causa la presencia del amado o también el hecho de saber que la persona amada se encuentra sana, feliz y contenta. Saber que el amigo está bien, aunque esté lejos, es motivo de alegría. Por el contrario, del amor nace la tristeza bien por la ausencia o lejanía del amado, o bien porque aquel a quien queremos sufre algún mal.



¿Qué concluir de estas premisas en lo referente al amor de Dios, un Dios invisible, que ni tocamos, ni palpamos, ni sentimos, ni vemos? En la relación con este Dios invisible para los ojos de la carne, hay motivos para alegrarse. Primero porque sabemos que Dios nos ama. Y, aunque parece lejano, se interesa por nosotros; más aún, siempre está pensando en nosotros, nos tiene permanentemente en su memoria. Pero, además, cuando nosotros amamos a Dios, Dios mismo se hace presente en nuestra vida, en nuestro corazón, nuestra mente y nuestro espíritu, según dice 1Jn 4,16: “el que permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en él”. Y también Jn 14,23: “si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él”.



De ahí esta magnífica glosa de Tomás de Aquino a 2Co 5,6 (mientras vivimos en este cuerpo estamos lejos del Señor): “Se afirma que, mientras estamos en el cuerpo, estamos lejos de Dios por comparación a quienes están en su presencia y gozan así de su visión. Por eso se añade en el versículo 7: “caminamos en la fe y no en la visión”. Pero aún en esta vida, Dios se hace presente en quienes le aman, por la gracia que le hace inhabitar en ellos”.

sábado, 7 de septiembre de 2013

La Biblia en su contexto: 
“Jesús exige radicalidad para seguirlo” 
(Lc 14, 25-33)
Orlando Segundo Carmona


El tema de las condiciones para ser discípulo de Jesús (Lc 14,25-33) también lo encontramos en Mt 10,37-39 excepto la última sentencia (v.33), que es propia de Lucas.



El texto se encuadra con el relato del viaje de Jesús a Jerusalén, en el que se presentan las tres condiciones necesarias para ser un verdadero discípulo. El v. 25 es introductorio y se atribuye al propio Lucas. Jesús consideraba oportuno advertir a la “gran cantidad de gente que le acompañaba”, que no todos ellos podían ser sus discípulos.



Los vv. 26-27 proceden de “Q”, en ellos se proponen las dos primeras condiciones del discipulado; amar primeramente a Jesús por encima incluso de la familia misma (v. 26), y llevar cada quien su propia cruz (v. 27).



Los vv. 28-32 proceden de la fuente “L”, son dos parábolas gemelas que de dos maneras distintas enseñan una misma idea, de hecho Jesús usó con cierta frecuencia esta clase de paralelismo. Para muchos estudiosos (Augustinovich) las dos parábolas están fuera de su contexto original ya que rompen violentamente la unión natural entre los vv. 26-27 y el v. 33. Es probable que el evangelista las dejara en este sitio por no conocer su contexto histórico.



En opinión de Fitzmyer, el v. 33”es la conclusión del pasaje. Indudablemente, es una composición personal de Lucas, en la que una de sus ideas más características-la renuncia a las posesiones- se convierte en une nueva condición para ser discípulo”. El versículo resalta la tercera condición para el discipulado y al igual que la primera (v. 26) exige radicalidad.



Actualización



Ser discípulo de Jesús supone una entrega total, ante Él no caben las medias tintas.



Jesús nos quiere demostrar que nos hemos de desprender de todas las cosas, cuando sean un obstáculo en el camino para nuestra salvación.



Debemos distinguir bien el sentido de “renunciar”, que no es lo mismo que “dejarlo todo” que significa desprenderse materialmente de todo, es la pobreza y el desprendimiento que Dios exige por razón de su vocación de vida a quienes se consagran a Dios como religiosos. Renunciar a todo significa liberar el corazón de todas las cosas, lo cual puede hacerse sin dejarlas, es la pobreza de espíritu, el poner orden en los afectos y apegos, lo que Dios exige a todos los que quieran seguirlo.



Jesús nos dice algo bien importante y que no podemos olvidar nunca; no podemos convertir a nuestra familia en lo más importante de nuestra vida, ni tampoco nuestro trabajo, ni nuestro partido político, ni nuestro amor a la patria, ni ninguna otra cosa. Y menos aún, claro está, nuestro dinero, o el fútbol, o la televisión, que por encima de cualquier cosa que amemos debemos ponerle a él, debemos poner la salvación que él nos da, y debemos poner la llamada que él nos hace a seguir su evangelio. Debemos saber que todas las cosas son relativas, porque la vida plena sólo Dios la da y debemos saber que el camino de esta vida es el camino del evangelio, con todo lo que el evangelio implica de apertura a todos -los que no son de nuestra familia, o los que no piensan como nosotros, por ejemplo-, de entrega y atención a los demás, de preferencia por los pobres... Todo lo que amamos debemos amarlo teniendo muy en cuenta eso que nos dice Jesús, si no, difícilmente nos podremos llamar cristianos.
«La Teología de la liberación es irrenunciable»
Gerhard Ludwig Müller
Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe


Fragmento de “De la parte de los pobres. Teología de la liberación, teología de la Iglesia”




La historia del mundo es, sobre todo, el escenario de la lucha dramática entre las fuerzas dialécticas de gracia y libertad, por un lado, y pecado  y opresión, por otro. Pero la historia en su núcleo más íntimo es, de cualquier manera, historia de la salvación, porque Dios –en cuanto creador y redentor del mundo y del hombre– se puso a sí mismo como fin objetivo del movimiento histórico y de la acción humana de liberación. 





Así pues, quien participe activamente en la liberación está de parte del Liberador divino. En práctica, se trata de la participación transformadora en el proceso histórico hacia el fin trascendente e inmanente del mismo. Quien actúe por la liberación ya está de parte de Dios, aunque tenga plena consciencia o no [...] 





Es posible mostrar el arraigo de la Teología de la liberación original en la revelación bíblica y en la gran tradición teológica y doctrinal de la Iglesia. Y aunque –en cuanto a la construcción de los propios fundamentos– se encuentre todavía en una fase de desarrollo, las carencias y las incongruencias que surgieron con algunas posturas, con el fuerte impacto mediático, de algunos representantes de la Teología de la liberación no pueden poner en discusión la validez de sus grandes adquisiciones de fondo. 





Con base en las exigencias de la vida eclesial y de la misma teología, es necesario afirmar que la Iglesia en el tercer mundo, pero también la Iglesia como Iglesia universal, no puede renunciar a un nuevo desarrollo y a una aplicación de la Teología de la liberación. Solo mediante la Teología de la liberación, la teología católica (a nivel universal y a nivel de cambio histórico) ha podido emanciparse del dilema dual de “más acá” y “más allá”, de felicidad terrenal y salvación ultraterrenal; o, respectivamente, de la disolución monística de un aspecto en el otro. Sin embargo, es un dilema que el marxismo no generó, sino que solamente expresó. 





Por último, pero no menos importante, por estas razones la Teología de la liberación debería ser considerada incluso como una alternativa radical ante la concepción marxista del hombre ya la utopía histórica que surgió de ella. Justamente el presupuesto metodológico de la Teología de la liberación –el de comenzar por una praxis transformadora– no es más que la reformulación del evento original de la teología: primero está la secuela de Cristo y de ella surge la formulación de la profesión sobre quién es realmente Jesús. 





Incluso puede darse que, en la coyuntura actual, el interés por la Teología de la liberación en la opinión pública esté disminuyendo. Pero, a la luz de las cuestiones objetivas nunca resueltas, esta desempeña una obra indispensable para el servicio de la Iglesia de Cristo a favor de la humanidad, un servicio transformador, a nivel de la reflexión y de la pastoral. La Teología de la liberación es irrenunciable, tanto a nivel regional como para la comunicación teológica universal. 





LA CULTURA DE LA MENTIRA
José María Castillo |  





El hecho de engañar (o intentar engañar) a los demás se ha generalizado de tal manera y hasta tales extremos que, sin miedo a exagerar, se puede afirmar que la mentira es ya un componente de la cultura que, entre todos, hemos construido.

Y además, una cultura de la mentira, el embuste y la patraña, en la que vivimos integrados de forma tan connatural, que ya, no sólo no nos sorprende que se nos engañe, y que engañemos, todo lo que cada cual pueda y le convenga, sino que la cosa ha llegado a tal punto que, si uno ve que puede sacar provecho a base de mentiras y, sin embargo, no miente, es mucha la gente (yo mismo, sin ir más lejos, hay veces que me sorprendo pensando así) que considera, de quienes se portan de esa forma que son inútiles que no saben vivir.

Por eso, en este momento, estamos asistiendo a la esperpéntica y grandiosa ceremonia de la confusión, la solemne liturgia de los embusteros, que unas veces nos pone de los nervios hasta la crispación más irritante; y en otros casos nos da por reír, al ver a esos señores (o señoras) tan perfumados y encorbatados diciendo solemnemente las tonterías más pomposas y ridículas que, a estas alturas de la vida, uno haya podido escuchar.

Y es que - bien lo sabemos - vivimos tiempos en los que mienten los políticos, los hombres de la economía, de la cultura y de la religión, mienten los profesionales de la información, casi todos los ricos y los pobres, los funcionarios y los que no tienen otra función que echar embustes.... La lista es interminable, lo sabemos de sobra. Y en esto nos metemos todos. El que tenga las manos limpias, que tire la primera piedra.

Por esto, me parece que será importante pensar, por unos minutos al menos, en la gravedad de lo que está pasando. La mentira consiste en deformar la realidad. Antiguamente, los embusteros eran los tontos. Ahora, por el contrario, dicen que hay una proporción directa entre mentira y talento.

A mí me parece que eso no es así. Lo que ha ocurrido (y sigue ocurriendo) es que a quienes dicen la verdad siempre, y siempre se niegan a ser cómplices de trampas y embustes, se les ha ido marginando, como a gente peligrosa, problemática y conflictiva. El resultado ha sido que los embusteros son los que están triunfando. Y es así. En la política, en la banca, en la bolsa, en la empresa, en la Iglesia, en el convento, en las familias..., en todas partes.

Y si, de pronto, aparece un hombre sincero y con los pantalones bien puestos (estoy pensando, por ejemplo, en el papa Francisco), se teme hasta por su vida. O si la cosa no llega a tanto, al hombre honrado a carta cabal se le pone como un guiñapo. Y se hace todo lo posible por quitarle la credibilidad (poca o mucha) que tenga. No soportamos a los hombres y mujeres transparentes, honrados y de los que no se puede esperar mentira alguna.

Muchas veces me he preguntado: ¿por qué mentimos tanto? ¿porque qué demonios vemos hasta con toda naturalidad que sean, con tanta frecuencia, los más embusteros los que ocupan los puestos más altos en la sociedad? Por supuesto, y ante todo, el hecho mismo de que los más embusteros sean los que más triunfan, eso mismo es una incitación constante a mentir. Porque mucha gente se ha persuadido de que precisamente el que más miente es el que más alto llega.

Los políticos tendrían que pensar esto muy en serio: con sus mentiras nos están deseducando a todos. Y sin pensarlo dos veces, nos están diciendo a todos: ¡Mentid, muchachos, mentid!, que así - ya lo estáis viendo - se llega muy lejos en la vida. Y a base de mentiras, hacemos un país grande, con un futuro asombrosamente glorioso (en su podredumbre).

Esto ya es fuerte. Pero sólo con esto, nos quedamos a medio camino. Porque la economía capitalista (en su variante más fuerte, el capital financiero) ha cobrado tal fuerza y se ha organizado de tal manera, que solamente puede funcionar - y funcionar bien - a base de grandes mentiras.

Por eso, quienes invierten en bolsa deben saber que ese negocio rinde importantes beneficios solamente cuando se dan dos condiciones: primero, invertir grandes cantidades; segundo, no tener prisa. Esto es negocio sólo para gente que maneja mucho dinero; y que lo maneja sin urgencias. Porque hay que esperar la ocasión propicia en que los mercados te permiten engañar a alguien. Y entonces, sí. Entonces, los "entendidos" dan el zarpazo y te forras.

Otro ejemplo: Paul Krugman, Nobel de economía en 2008, cuenta cómo Larry Summers (máximo asesor económico de Obama) se burló en cierta ocasión de los profesores de finanzas. Lo hizo con una parábola sobre los "economistas del kétchup" que "han demostrado que las botellas de kétchup de medio se venden, invariablemente, por exactamente el doble que las botellas de cuarto", lo cual nos permite concluir que el mercado del kétchup es de una eficacia perfecta. Estamos, pues, hablando del gran negocio de la mentira.

Y todavía, una última cuestión. Uno de los fenómenos más característicos de nuestra cultura es "la necesidad de satisfacción inmediata" que nos han inoculado mediante técnicas muy bien estudiadas de propaganda y "comecocos". Por ejemplo, en esta necesidad apremiante de satisfacción inmediata es en lo que se basa uno de los mecanismos más eficaces de las técnicas de la comunicación (internet, teléfonos y sus mil variantes, publicidad y comercio...) y, en buena medida, el aterrador negocio de las drogas en todas sus variedades.

Así vivimos en el inmenso mar de la mentira, como el pez que vive en su medio. Hasta el extremo de que ya no podemos vivir sin engañar y sin ser engañados. A lo mejor esto es lo que explica que, no obstante las burdas mentiras que nos endosan cada día, seguimos votando a los que nos engañan. Hemos llegado hasta el límite de lo inimaginable: han logrado que nos guste ser engañados. Por eso seguiremos votando a los embusteros, sean del color que sean, para poder de esa manera perpetuar el sistema.



José M. Castillo
CINE › 
EL REALIZADOR CLAUDE LANZMANN Y LA CONCRECION DE SHOAH

“Me hacen reír los judíos que no quieren verla diciendo ‘ya sabemos todo sobre la Shoah’. No saben nada”, señala el director en esta reveladora entrevista de Cahiers du Cinéma, que echa luz sobre una película esencial para entender el Holocausto.







 Por Marc Chevrie y
Hervé Le Roux *

Con 87 años a la fecha, Claude Lanzmann cuenta con una foja bastante impresionante. Durante la ocupación alemana, y siendo un adolescente, fue maquis de la Resistencia, condecorado por ello al finalizar la guerra. Licenciado en Literatura y con una maestría en Filosofía, en 1952 Jean-Paul Sastre lo invitó a formar parte de la legendaria revista Les Temps Modernes, de cuyo consejo de dirección formaría parte, antes de pasar a dirigirla, a la muerte de Simone de Beauvoir, en 1986. Previamente había sido pareja de la legendaria escritora, durante un período de siete años.

Desde comienzos de los ’70, Lanzmann alternó la escritura con la realización de documentales. Su libro más reciente son sus memorias. Lleva por título La liebre de la Patagonia y fue publicado en castellano dos años atrás. Toda su obra cinematográfica gira alrededor de la cuestión israelí (Por qué Israel, 1974, Tsahal, 1994) o del exterminio nazi durante la Segunda Guerra (Un vivant qui passe, 1997, Sobibor, 2001, El informe Karski, 2010). En mayo pasado presentó en Cannes su film más reciente, Le dernier des injustes, uno de los muchos “desprendimientos” de Shoah. Allí entrevista al rabino Benjamín Mumelstein, cuyo rol en el campo de concentración de Terezin siempre dio lugar a interpretaciones ambivalentes. En febrero de este año, Lanzmann recibió, en la Berlinale, un Oso de Oro de honor, por el conjunto de su carrera cinematográfica.

En la entrevista que sigue –extracto de una más extensa, publicada en ocasión del estreno de su opus magnum–, Lanzmann analiza en detalle los propósitos, dudas, certezas y métodos de este verdadero monumento de un hombre solo, minuciosa e implacablemente erigido desde mediados de los años ’70.

–¿Cómo nació el proyecto de Shoah?

–Empecé leyendo, durante un año, todos los libros de historia que encontré sobre el tema y todo lo que hallé hurgando en archivos. Allí comprendí el tamaño de mi ignorancia sobre el tema. Hoy en día me hacen reír los judíos que no quieren ir a ver la película, diciendo: “Ya sabemos todo sobre la Shoah”. No saben nada, lo único que conocen es un resultado: seis millones de judíos fueron asesinados. Eso es todo. Armado del saber acumulado a través de esas lecturas –que no era mío sino ajeno, de segunda mano– comencé a hacer entrevistas, a buscar testimonios. Pero yo no buscaba cualquier testimonio. Testimonios de deportados hay montones. Yo quería dar con personajes muy precisos, que hubieran estado en los osarios mismos del exterminio, testigos directos de la muerte de su pueblo, gente de los comandos especiales. Allí me encontré con un desajuste total entre sus testimonios y el saber libresco que yo había acumulado. No entendía nada. Otro problema era hacerlos hablar. No porque no quisieran, sino que las experiencias que habían vivido eran de un carácter tan límite que no estaban en condiciones de comunicarlas.

–¿Entonces?

–Opté por hacer tanteos. Fui por mi cuenta a los lugares donde habían estado los campos de exterminio, solo, y comprendí que había que combinar las cosas. Había que saber y ver, ver y saber, de modo indisoluble. Si usted va a Auschwitz sin conocer la historia del campo, no ve nada, no entiende nada. A la vez, si usted sabe pero no estuvo, tampoco comprende. Era necesaria una conjunción de ambas cosas. Por eso llevar a los testigos a los lugares donde sucedieron las cosas era capital. El que yo hice no es un film idealista, no es una película de grandes reflexiones metafísicas o teológicas acerca del motivo por el cual los judíos tuvieron que vivir esta historia, de por qué los mataron. No, es un film a ras del piso, una película de topógrafo, de geógrafo.

–En Shoah hay referencias muy precisas a los emplazamientos y a la vez hay una ausencia de huellas, de rastros.

–Yo filmé en lugares desfigurados, una especie de no-lugar de la memoria, ya que los sitios, tal como están al día de hoy, no se parecen en absoluto a lo que fueron en aquel momento. Yo tenía planos de los campos, y también maquetas. Entonces yuxtapuse todo eso: lo que filmé en los sitios tal como son hoy, los planos y las maquetas.

–La película está filmada en contra de su propia imposibilidad.

–Así es, de ahí partí justamente: de la imposibilidad de contar esa historia. Y así comienza también la película misma, señalando la desaparición de las huellas: allí ya no queda nada, es la nada, y lo que había que hacer era una película que partiera de allí, de esa nada. La otra imposibilidad era la que tenían los sobrevivientes para poner en palabras lo que vivieron. La imposibilidad de dominar el tema, de nombrarlo: lo que sucedió es innombrable. Por eso me costó tanto ponerle título a la película. Un amigo muy querido, el gran especialista en la kabbalah, Gershom Sholem, me dijo que hacer esta película era imposible. Y tenía razón, era imposible y altamente improbable hacerla y ganar esa batalla.

–¿La falta de imágenes de archivo era algo con lo que usted contaba desde el comienzo?

–Hay fotos de persecuciones a judíos en Alemania, pero sólo durante el período que va de 1933 a 1939. Las quemas de libros o la Noche de los Cristales Rotos, en 1938. De pronto estalla la guerra y ya no se sabe más nada de quienes quedaron bajo dominio alemán, quedan segados del mundo. Lo que aparece allí son films de propaganda filmados por los alemanes, por ejemplo en el Ghetto de Varsovia, que muestran imágenes falsas. Pero sobre el exterminio propiamente dicho no hay nada. Estaba expresamente prohibido hacerlo. Toda la documentación se hizo desaparecer, se convirtió en cenizas. Lo único que encontré –y mire que me cansé de revisar archivos– es un corto mudo de un minuto, en el que se ve una ejecución de judíos en Letonia. Así que no contábamos con imágenes de archivo. Pero eso no me preocupó demasiado, porque no soy muy fanático de ellas. Creo que, igual que el relato en off, imponen un saber institucionalizado. Por eso decidí hacer una película que no tuviera un solo documento de archivo. Lo que había que hacer era una película de vida, hecha de puro presente.

–Justamente, la película está enteramente construida gracias a la palabra y el gesto, alrededor de una especie de “punto ciego”, que es esa ausencia de imágenes de las que se habla.

–Absolutamente. Pero sucede que eso resulta completamente evocativo y más fuerte que cualquier otra cosa. He encontrado gente totalmente convencida de haber visto imágenes de archivo en la película: las alucinaron. La película hace trabajar la imaginación. Alguien me escribió: “Escuché por primera vez el grito de un niño, en una cámara de gas”. Es el poder de la evocación y la palabra.

–¿Cómo encaró las entrevistas?

–Hay tres categorías de personajes: los judíos, los nazis y los testigos polacos. En cuanto a los nazis, la presencia de cada uno de ellos es un milagro. Para los demás, la dificultad que había que afrontar era el daño que les producía volver a hablar de lo que vivieron. De allí que las entrevistas sean muy largas. En realidad fueron mucho más largas de lo que finalmente dejé. En el curso de la entrevista era necesario pasar del intento de negación o neutralización a revivir justamente aquello que los entrevistados se resistían a revivir. Para ello, en ocasiones yo les hacía repetir los gestos que en su momento habían hecho. Rehacer el gesto permitía encarnar la verdad. Es una película sobre la encarnación en verdad. Y para ello a veces era necesario poner en escena. Por ejemplo, al peluquero que en el campo les cortaba el pelo a los condenados lo filmo haciendo su trabajo. ¡Pero él ya no hacía más ese trabajo, estaba jubilado!

–Puede parecer paradójico que la verdad no surja de fragmentos de archivo, sino de una puesta en escena.

–Es que Shoah no es un documental. La locomotora que lleva a Treblinka es mi locomotora, la alquilé en Polonia. Shoah es una ficción de lo real.

–¿De qué manera pensó en el público, en su grado de saber, mientras construía la película?

–Había una pregunta importante: ¿Qué sabe el público, y qué no? Finalmente me dije que era necesario no decirlo todo, que el espectador debía hacerse preguntas. La película está hecha también para que la gente haga su trabajo, durante la proyección y sobre todo a la salida. Había que preservar algunos misterios, hacer trabajar el imaginario: era necesario no explicarlo todo.

* Publicado en Cahiers du Cinéma Nº 374, 1985. Traducción, edición e introducción: Horacio Bernades.