viernes, 30 de agosto de 2013

El ala conservadora de la Iglesia
Isabel Gomez Acebo


Dicen personas cercanas a un cardenal español que éste se quejaba de que “se nos fue el cónclave de las manos” en clara referencia a que el nombramiento de Bergoglio no era el esperado, ni el deseado. Estas palabras a un grupo de íntimos se han visto refrendadas por el arzobispo de Filadelfia, Charles Chaput, al expresar en público la preocupación que siente el ala conservadora de la Iglesia (en la que se inserta) ante la creciente popularidad del nuevo papa. Un atractivo que se abre sobre todo entre los no practicantes lo que le hace pensar al arzobispo, que no están por una Iglesia, que predica estrictas normas morales y recta doctrina. Gentes paganas que siguen los mandatos del mundo y por eso se muestran satisfechos ante un presunto aggiornamiento.

 Un reciente artículo del NCR recordaba la parábola del Hijo pródigo y se preguntaba, si los que protestan por la apertura del papa a los pobres y pecadores no estarían encarnando al hijo mayor del relato ¿Resienten los brazos acogedores de un padre que no pregunta y mata al ternero cebado para celebrar la vuelta del hijo descarriado?

 Lo que está claro es que las descalificaciones, a las que hemos estado sometidos durante la últimas décadas en la Iglesia, no han llevado a las conversiones en masa sino a todo lo contrario. Abortistas, homosexuales, divorciados y vueltos a casar, teólogos que se atrevían a formular nuevos retos, personas que practicaban sexo antes del matrimonio o que utilizaban métodos para evitar el embarazo… han formado parte de una larga lista de indeseables pecadores rechazados. Si el resultado se mide por los números, éste no ha podido ser más nefasto ya que salvo en África los católicos han descendido en casi todas las partes del mundo.

 He veraneado en un entorno muy conservador y mis amigos se encuentran incómodos y desplazados. Añoran la existencia de un papa teólogo, cuyos libros ninguno ha leído, y se ven emplazados por la teología de los gestos y de las imágenes del nuevo papa, que todo el mundo comprende. No quieren ni oír hablar de olores a oveja y amenazan con no frecuentar confesionarios con ese tufo. Se indignan porque el legislador se salte sus leyes, cuando se permite lavar los pies a mujeres, incluso a musulmanas, olvidando que el primer transgresor de las leyes fue el mismo Jesucristo.

 Es cierto que el nuevo papa parece que ha cambiado el rumbo pues se quiere reunir con los recaudadores de impuestos, los pecadores y las prostitutas, como en tiempos hiciera Cristo, para ofrecerles cariño y esperanza. No condena a nadie ¿quién es él para hacerlo? Quiere hablar con la gente y salir del Vaticano, volcarse en el mundo, para tratar con todos y conocer sus problemas porque los textos que nacen en los despachos con frecuencia no responden a lo que pasa en la vida real. 

 Reconozco que es un cambio abismal al lado de lo que estábamos acostumbrados a ver, yo diría más bien a padecer. Espero que Dios le siga inspirando para llevar a la Iglesia por este camino y que no encuentre muchas manos negras que le pongan trabas en las ruedas para impedir el avance.

lunes, 26 de agosto de 2013

  Martín Gelabert Ballester, OP 
La mujer, como Dios, 
auxilio del varón 



Resulta interesante la comparación que establece el número 1605 del Catecismo de la Iglesia Católica entre la mujer como “auxilio” del varón (según dice Gen 2,18) y Dios, que según el Salmo 121,2 es nuestro “auxilio”. El Catecismo añade que Dios mismo entrega la mujer al varón como “auxilio”, para que “así represente a Dios”. Digo que resulta interesante porque este es un caso más de cómo tanto el varón como la mujer pueden representar a Dios ante los demás en igualdad de condiciones. E incluso en algunos casos la mujer representa mejor a Dios que el varón.



Este ejemplo, junto con otros datos de la Escritura e incluso de la tradición de la Iglesia, podrían ser un buen estímulo para precisar y entender mejor determinadas posturas en las que están en juego las posibilidades canónicas y sacramentales de ambos sexos. Decir, por ejemplo, que el varón representa mejor que la mujer a Cristo esposo y que, por tanto, en la Eucaristía la función del esposo de la Iglesia, que es Cristo, queda mejor representada por un varón, resulta una explicación acorde con la disciplina de la Iglesia. Pero, para ser coherentes con este tipo de explicaciones habría que decir que otros sacramentos tienen en la maternidad un referente, al menos tan válido como la esponsalidad, como sería el caso del bautismo. Allí el neófito es acogido por la Iglesia como madre que ofrece la fe y abre para los creyentes la fuente del nuevo nacimiento. En este caso el simbolismo maternal quedaría mejor representado por una mujer.



En el sacramento del matrimonio estaríamos ante el caso más claro de cómo tanto la mujer como el varón son el uno para el otro el signo de la presencia, la entrega y la donación de Cristo. La mujer es el sacramento, el lugar dónde Cristo se entrega al varón, y el varón es el sacramento de Cristo para la mujer. Además, si este sacramento es signo de la unión indisoluble de Cristo con su Iglesia, no está de más recordar que no hay unión sin valoración recíproca. De ahí la necesidad de una justa valoración de la mujer en la Iglesia pues, como dice el Papa, si pierde a las mujeres, la Iglesia se expone a la esterilidad.



Muchas de las preguntas que se suscitan, o de los problemas que algunos perciben en la doctrina y disciplina sacramental de la Iglesia, tienen que ver tanto con la tradición como con la teología. En cualquier caso, hay que seguir profundizando en la reflexión teológica, no para emplearla como arma arrojadiza contra la tradición, pero sí para precisar mejor los problemas (el que la Iglesia tenga respuestas ante determinadas demandas no significa que el problema haya quedado eliminado). Por lo demás, ninguna respuesta disciplinar puede cuestionar lo más mínimo ni la dignidad humana, ni la capacidad de todos y cada uno de los seres humanos de ser signos de Dios para los demás, aunque el simbolismo se manifieste de forma más clara en unos que en otros según cuáles sean las circunstancias y el aspecto que se pretende simboliza.

domingo, 25 de agosto de 2013

El Papa, 
¿rehabilita a Romero o reaviva el conflicto? 
 Jorge Costadoat, S.J. 




Francisco Papa ha desbloqueado el proceso de canonización de Oscar Arnulfo Romero. ¿Qué significa esta noticia? ¿Por qué se ha usado la palabra “desbloquear”?
 Monseñor Romero fue obispo de San Salvador. El día 24 de marzo de 1980 un francotirador contratado por la extrema derecha, desde fuera de la iglesia, le metió un balazo en el corazón mientras celebraba la eucaristía. Esos años se desencadenaba en el país la guerra civil. Romero sabía que lo podían asesinar. Había solidarizado con los pobres, en especial los campesinos víctimas de la injusticia social y de la violencia militar. El pueblo salvadoreño le llamaba “la voz de los sin voz”. Lo amenazaron. No se calló. Continuó hasta el fin con sus homilías y sus transmisiones radiales. No paró de denunciar las atrocidades cometidas contra gente inocente. El fue uno más entre cientos de cristianos mártires, antes y después de esa fecha. En 1989 fue masacrada una comunidad jesuita completa. Seis profesores universitarios, la cocinera de la casa y su hija. Ignacio Ellacuría, el rector de la UCA, fue eliminado por su rol clave en las negociaciones por la paz entre el gobierno y la guerrilla.

 Monseñor Romero ha sido la figura más conflictiva de la Iglesia en América Latina. Unos niegan que su martirio haya sido martirio. Ser asesinado por motivos sociales no les parece martirio. Creen que la fe no tiene que ver con la política. Les impresiona que lo hayan matado mientras celebraba la misa. Pero no ven una conexión entre la eucaristía y la solidaridad del obispo con las víctimas de la violencia. El problema, dicen los partidarios del obispo, es qué se entiende por martirio. Estos, por su parte, hablan de él como de San Romero de América. Lo hacen provocativamente. Si la Santa Sede no quiere reconocer su cristianismo, ellos sí lo hacen. Si algún día la Santa Sede sí lo reconoce, será porque ellos lo hicieron primero. El catolicismo liberacionista latinoamericano ve a la jerarquía aliada con los católicos enemigos de Romero.

 Ahora se avisa que el estudio de su santidad ha sido “desbloqueado”. ¿Qué pretende el Papa Francisco con rehabilitar a un hombre conflictivo? Talvez alguno de los cardenales electores piense que se lo escogió para reformar la Curia, pero no para reformar la Iglesia. Esta palabra “desbloquear” no se le escapa a un obispo de la Curia romana. No sería extraño que Francisco la haya usado antes que el obispo vocero. La causa de canonización de Romero no había podido avanzar. Había sido intencionalmente detenida. ¿Quién la bloqueó? Alguien no quiso reconocer al obispo de El Salvador el significado que su vida y su martirio tienen en América Latina.

 Dejemos de lado esta hipótesis. Tal vez haber “bloqueado” la tramitación del proceso de Romero ha sido un acto bien intencionado. ¿Por qué no? La prudencia ha podido indicar a los papas anteriores, o a algún prefecto romano, que exaltar la figura de este mártir habría provocado agitaciones mayores entre la Iglesia y los gobiernos latinoamericanos, y al interior de ella misma. Pongámonos en este caso. La Iglesia jerárquica, testigo de las atrocidades padecidas por los cristianos de El Salvador, frenó la canonización de Romero. Ella perfectamente ha podido querer quitar fuego a circunstancias que habrían ocasionado todavía más crímenes de personas inocentes. ¿No pudo así actuar en conciencia? ¿Ser responsable?

 ¿Por qué entonces Francisco quiere ahora apurar la canonización de un mártir? ¿Para qué rehabilita a Romero? Se me ocurren dos cosas.

 Francisco sabe que las injusticias sociales son hoy tan reales como lo fueron en América Latina durante el siglo XX. Lo han dicho los obispos latinoamericanos en Aparecida (Brasil, 2007). Las injusticias han podido mutar, pero continúan. El sabe, además, que la misión de la Iglesia en el continente es el mismo continente. En esto y no otra cosa consiste su misión evangelizadora. La Iglesia en esta parte del mundo, especialmente después del Concilio Vaticano II, ha tomado conciencia de que a Cristo se le anuncia cuando se libera a los pobres de sus miserias y se les reconoce su dignidad eterna. La rehabilitación de un obispo, hasta ahora ninguneado por las élites católicas, es, además de un acto de justicia con la persona de Romero, un gesto simbólico favorable a la Iglesia que hizo suya la opción de Dios por los pobres. Francisco no es ingenuo. Al desbloquear la causa del mártir más popular de América Latina, pone de nuevo a la Iglesia en la senda de la lucha por la justicia sin la cual la fe cristiana se desvirtúa. La misión de la Iglesia es América Latina. Si en el continente se multiplican hoy los modos de ser pobre; si el nombre de la pobreza hoy es la “exclusión” que afecta no solamente a los explotados, sino a los “sobrantes” y los “desechables” (Aparecida, 65), la eventual canonización de Oscar Romero es un campanazo de alerta. ¿De reclutamiento?

 Si Francisco quiere dar este campanazo, ¿es que desea que recrudezcan los conflictos ético-religiosos en el continente? No sé quién pudiera pensar algo así. Pero el Papa no ignora que un cristianismo enardecido contra la injusticia puede nuevamente originar mártires. En el caso de Francisco debe recordarse que él también tiene una poderosa razón para actuar en conciencia: Jesús es para los cristianos el primer mártir. Si a Jesús lo mataron por su amor a los marginados y sus gestos liberadores hacia víctimas inocentes, los cristianos hoy no pueden esconderse entre las polleras de la Santa Madre Iglesia por miedo al conflicto social.

 Desbloquear la causa de Romero es un acto conflictivo. Bloquearla también lo ha sido. Hemos de creer que ni en este ni en aquel caso ha habido mala intención. Nadie nos obliga a pensar mal. Pero sí debemos reconocer que el conflicto es una realidad histórica. Y que lo decisivo es, en última instancia, con quién se está y contra qué se combate.

Jorge Costadoat, S.J.
Martín Gelabert Ballester, OP 
Pan del cuerpo y pan de Dios 


Estaba públicamente razonando de esta guisa: la Iglesia debe ofrecer el pan de la Eucaristía y el pan de la Palabra de Dios. Pero para que los seres humanos puedan convencerse de que este es el único pan necesario, a veces, será preciso llenarles antes del pan material. Y así, cuando hayan visto por propia experiencia que este pan no les llena y que, tras comerlo, siguen teniendo hambre, tendrá sentido decirles: “lo ves, ya te lo decía yo, este pan material no te llena, por eso te invito a que pruebes otro que sacia, llena la vida de alegría y sentido, y cuando se ha probado nunca más se pasa hambre”. Y en eso, uno de mis oyentes dijo: el llenar los estómagos de pan, no garantiza que vayan a pedir el pan de Dios.



Observación totalmente pertinente. El estar hambriento o el estar saciado no asegura la conversión, ni facilita, por sí mismo, la escucha del Evangelio. Pero, por una parte, los cristianos no damos pan para que la gente se convierta. Debemos dar pan porque este dar, forma parte de nuestra identidad. Los tres pilares de la vida cristiana son la acogida de la Palabra, la celebración de la Eucaristía y la caridad. Una caridad efectiva. Si falta la caridad, la Palabra y la Eucaristía se quedan vacías. Además, al llenar el estómago de pan damos a entender algo decisivo para la credibilidad del Evangelio, a saber: el Evangelio no viene a remediar las carencias materiales, sino a ofrecer una vida más abundante y mejor. Y si bien esto es posible acogerlo y comprenderlo con el estómago vacío, cuando se acoge con el estómago lleno resulta más evidente. El Evangelio no es el remedio de la falta de bienes mundanos, sino la alegría desbordante del que ha encontrado una vida nueva.



El Evangelio puede y debe acogerse en cualquier situación. Pero los testigos del Evangelio debemos facilitar la acogida y remover los obstáculos que la dificultan. La riqueza, ya lo decía Jesús, es un serio obstáculo para entrar en el Reino. Pero el que vive miserablemente (que no es lo mismo que pobre, sencilla, sobria, austera y dignamente), el que se está muriendo de hambre, tampoco está en condiciones de escuchar el Evangelio. Bastante tiene con buscar comida. En este sentido me parece que debe entenderse esta palabra de Jesús: “No sólo de pan vive el hombre”. No sólo. O sea, también vive de pan. De ahí mi convicción: para que el ser humano pueda convencerse de cuál es el único pan necesario, a veces será preciso darle antes el pan que llena su estómago.

sábado, 24 de agosto de 2013

Cursos de Biblia

ACTIVIDADES SEMANALES 
DE LA ESCUELA DE BIBLIA 
"PARRESÍA"

Lunes 26:

HORA: 20,00-22,00 hs.
LUGAR: En la parroquia de Carlos Paz
TEMA: El Diablo

Martes 27:

HORA: 20,00-22,00 hs.
LUGAR: En la parroquia de La Falda
TEMA: El Exorcismo.

Miércoles 28:

HORA: 18,30-21,00 hs.
LUGAR: Parroquia de Alta Gracia.
TEMA: Los milagros en la Biblia.

Jueves 29:

HORA: 19,00-21,30 hs.
LUGAR: en la parroquia del Espíritu Santo.
TEMA: 
Parábola del sembrador (en los sinópicos); 
Parábola de los viñadores asesinos (en los sinópicos)
Parábola de las vírgenes prudentes y las necias (en Mateo)



HORA: 19,00-21,30 hs
LUGAR: Casa de la Catequesis
TEMA: 
Parábola de la oveja perdida ( Mt y Lc = "Q").
Parábola de la Dracma perdida y del Hijo Pródigo.
Parábola del festín (Mt y Lc = "Q")
Parábolas de las comidas en Lucas (Lc.14 y 16).



Francisco tiene casi concluida 
"Bienventurados los pobres" 
Jesús Bustamante




Se llamará Beati pauperes (Bienaventurados los pobres), y verá la luz en los próximos meses. La "primera" encíclica de Francisco (tras "Lumen Fidei", escrita "a cuatro manos", por Benedicto XVI y asumida por Bergoglio) estará dedicada a la pobreza. El Papa que quiere "una Iglesia pobre y para los pobres" escribirá sobre quienes han de ser protagonistas de su pontificado. Y de una nueva Iglesia. El Papa ha estado trabajando este verano en ella y, según nos cuenta, la tiene prácticamente concluida.


Con todo, Francisco resulta un ciclón. A los éxitos de muchos de los libros dedicados a glosar su figura y su elección, se une el hecho de que "Lumen Fidei" se ha convertido en un auténtico best-seller en todos los idiomas. Así ha ocurrido también con los primeros libros que recogen sus intervenciones durante la JMJ de Río.


Francisco es un líder mediático. Que "vende" autenticidad, un valor muy a la baja en nuestra sociedad y, lamentablemente, también en nuestra Iglesia. La futura encíclica, según nos cuentan, será un auténtico aldabonazo a las conciencias de los poderosos y de la sociedad globalizada, y al tiempo reconocerá la labor de los hombres y mujeres de fe en la consecución de una sociedad más justa. Y no se quedará ahí: exigirá a los seguidores de Jesús un compromiso decidido en favor de los pobres, en la línea del "programa" que ya planteó en la JMJ y que volvió a repetir esta semana en su Twitter: Las Bienaventuranzas y Mateo 25. 

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.
 Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.
 Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
 Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.
 Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
 Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
 Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
 Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.
 Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa.
 Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos.

Es más que probable que estas palabras de Jesús abran la próxima encíclica papal. Probablemente antes veamos la exhortación apostólica post-sinodal sobre la nueva evangelización, cuya publicación debería coincidir con la conclusión del Año de la Fe (el 24 de noviembre próximo).

viernes, 23 de agosto de 2013

Carta de Casaldáliga, Balduino y Pires 
al Episcopado de Brasil
Pedro Casaldáliga, Tomás Balduino y José María Pires 


Queridos hermanos en el episcopado: Somos tres obispos eméritos que, de acuerdo con las enseñanzas del Concilio Vaticano II, a pesar de no ser más pastores de una Iglesia local, participamos siempre del Colegio episcopal, y junto con el Papa, nos sentimos responsables de la comunión universal de la Iglesia Católica.

Nos alegró mucho la elección del Papa Francisco en el pastoreo de la Iglesia, por sus mensajes de renovación y conversión, con sus contantes llamados a una mayor simplicidad evangélica y mayor celo de amor pastoral por toda la Iglesia. Nos tocó también su reciente visita al Brasil, particularmente sus palabras a los jóvenes y a los obispos. Hasta nos trajo a la memoria el histórico Pacto de las Catacumbas.

¿Nos damos cuenta nosotros, los obispos, de lo que, teológicamente, significa ese nuevo horizonte eclesial? En Brasil, en una entrevista, el Papa recordó la famosa máxima medieval "Ecclesia semper renovanda".

Por pensar en esa nuestra responsabilidad como obispos de la Iglesia Católica, nos permitimos este gesto de confianza de escribirles estas reflexiones, con un pedido fraterno para que desarrollemos un mayor diálogo al respecto.



1. La Teología del Vaticano II sobre el ministerio episcopal

El Decreto Christus Dominus dedica el 2º capítulo a la relación entre obispo e Iglesia Particular. Se presenta cada Diócesis como "porción del Pueblo de Dios" (no es más sólo un territorio) y afirma que, "en cada Iglesia local está y opera verdaderamente la Iglesia de Cristo, una, santa, católica y apostólica" (CD 11), pues toda Iglesia local no es sólo un pedazo de Iglesia o filial del Vaticano, sino que es verdaderamente Iglesia de Cristo, y así la designa el Nuevo Testamento (LG 22). "Cada Iglesia local es congregada por el Espíritu Santo, por medio del Evangelio, tiene su consistencia propia en el servicio de la caridad, esto es, en la misión de transformar al mundo y testimoniar el Reino de Dios. Esa misión se expresa en la Eucaristía y en los sacramentos. Esto se vive en la comunión con su pastor, el obispo".

Esa teología sitúa al obispo no por encima o fuera de su Iglesia, sino como cristiano inserto en el rebaño y con un ministerio de servicio a sus hermanos. A partir de esa inserción, cada obispo, local o emérito, así como los auxiliares y los que trabajan en funciones pastorales sin diócesis, todos, en cuanto portadores del don recibido de Dios en la ordenación, son miembros del Colegio Episcopal y responsables de la catolicidad de la Iglesia.



2. La sinodalidad necesaria en el siglo XXI

La organización del papado como estructura monárquica centralizada fue instituida a partir del pontificado de Gregorio VII, en 1078. Durante el 1º milenio del Cristianismo, el primado del obispo de Roma estaba organizado de forma más colegial y la Iglesia toda era más sinodal.

El Concilio Vaticano II orientó a la Iglesia hacia la comprensión del episcopado como un ministerio colegial. Esa innovación encontró, durante el Concilio, la oposición de una minoría disconforme. El asunto, en verdad, no fue suficientemente asumido. Además, el Código de Derecho Canónico de 1983 y los documentos emanados del Vaticano, a partir de entonces, no priorizaron la colegialidad, sino que restringieron su comprensión y crearon barreras a su ejercicio. Eso favoreció la centralización y el creciente poder de la Curia romana, en detrimento de las Conferencias nacionales y continentales y del propio Sínodo de los obispos, de carácter sólo consultivo y no deliberativo, siendo que tales organismos detentan, junto con el Obispo de Roma, el supremo y pleno poder en relación a la Iglesia entera.

Ahora, el Papa Francisco parece desear restituir a las estructuras de la Iglesia Católica y a cada una de nuestras diócesis una organización más sinodal y de comunión colegiada. En esa orientación, constituyó una comisión de cardenales de todos los continentes para estudiar una posible reforma de la Curia Romana. Sin embargo, para dar pasos concretos y eficientes en ese camino - lo que ya está sucediendo - él necesita de nuestra participación activa y conciente. Debemos hacer eso como forma de comprender la propia función de obispos, no como meros consejeros y auxiliares del Papa, que lo ayudan a medida que él pide o desea, sino como pastores, encargados con el Papa de velar por la comunión universal y el cuidado de todas las Iglesias.



3. El cincuentenario del Concílio

En este momento histórico, que coincide también con el cincuentenario del Concilio Vaticano II, la primera contribución que podemos dar a la Iglesia es asumir nuestra misión de pastores que ejercen el sacerdocio del Nuevo Testamento, no como sacerdotes de la antigua ley, sino como profetas. Esto nos obliga a colaborar efectivamente con el obispo de Roma, expresando con más libertad y autonomía nuestra opinión sobre los asuntos que piden una revisión pastoral y teológica. Si los obispos de todo el mundo ejerciesen con más libertad y responsabilidad fraternas el deber del diálogo y diesen su opinión más libremente sobre varios asuntos, ciertamente, se quebrarían ciertos tabúes, y la Iglesia podría retomar el diálogo con la humanidad, que el Papa Juan XXIII inició y el Papa Francisco está señalando.

La ocasión, pues, es la de asumir el Concilio Vaticano II actualizado, superar de una vez por todas la tentación de Cristiandad, vivir dentro de una Iglesia plural y pobre, de opción por los pobres, una eclesiología de participación, de liberación, de diaconía, de profecía, de martirio... Una Iglesia explícitamente ecuménica, de fe y política, de integración de Nuestra América, reivindicando los plenos derechos de la mujer, superando al respecto las cerrazones provenientes de una eclesiología equivocada.

Concluido el Concilio, algunos obispos - muchos del Brasil - celebraron el Pacto de las Catacumbas de Santa Domitila. Aproximadamente 500 obispos los siguieron en ese compromiso de radical y profunda conversión personal. Fue así como se inauguró la recepción valiente y profética del Concilio.

Hoy en día, muchas personas, en diversas partes del mundo, están pensando en un nuevo Pacto de las Catacumbas. Por eso, deseando contribuir a la reflexión eclesial de ustedes, enviamos anexo el texto original del Primer Pacto.

El clericalismo denunciado por el Papa Francisco está secuestrando la centralidad del Pueblo de Dios en la comprensión de una Iglesia cuyos miembros, por el bautismo, son elevados a la dignidad de "sacerdotes, profetas y reyes". El mismo clericalismo viene excluyendo el protagonismo eclesial de los laicos y laicas, haciendo que el sacramento del orden se sobreponga al sacramento del bautismo y a la radical igualdad en Cristo de todos los bautizados y bautizadas.

Además, en un contexto de mundo en el cual la mayoría de los católicos está en los países del Sur (América Latina y África), se torna importante dar a la Iglesia otros rostros además del usual, expresado en la cultura occidental. En nuestros países, es preciso tener la libertad de des-occidentalizar el lenguaje de la fe y de la liturgia latina, no para crear una Iglesia diferente, sino para enriquecer la catolicidad eclesial.

Finalmente, está en juego nuestro diálogo con el mundo. Está en cuestión cuál es la imagen de Dios que damos al mundo y de la cual damos testimonio por nuestro modo de ser, por el lenguaje de nuestras celebraciones y por la forma que toma nuestra pastoral. Ese ponto es el que más nos debe preocupar y exigir nuestra atención. En la Biblia, para el Pueblo de Israel, "volver al primer amor", significaba retomar la mística y la espiritualidad del Éxodo.

Para nuestras Iglesias de América Latina, "volver al primer amor" es retomar la mística del Reino de Dios en la caminada junto a los pobres y al servicio de su liberación. En nuestras diócesis, las pastorales sociales no pueden ser meros apéndices de la organización eclesial o expresiones menores de nuestro cuidado pastoral. Al contrario, es lo que nos constituye como Iglesia, asamblea reunida por el Espíritu para dar testimonio de que el Reino está viniendo y que de hecho oramos y deseamos: ¡venga tu Reino!

Esta hora es, sin duda, sobre todo para nosotros, los obispos, con urgencia, la hora de la acción. El Papa Francisco, al dirigirse a los jóvenes en la Jornada Mundial y al darles apoyo en sus movilizaciones, así se expresó: "Quiero que la Iglesia salga a la calle". Eso es un eco de la entusiasta palabra del apóstol Pablo a los Romanos; "Es hora de despertar, es hora de vestir las armas de la luz" (13,11). Sea esa nuestra mística y nuestro más profundo amor.

Abrazos, con fraterna amistad.

Dom José Maria Pires, arzobispo emérito de Paraíba

Dom Tomás Balduino, obispo emérito de Goiás

Dom Pedro Casaldáliga, obispo emérito de São Félix do Araguaia