domingo, 7 de julio de 2013

Xabier Pikaza

Lumen fidei, una encíclica “corta”. 
Breve comentario





 Se me queda corta. Está bien escrita, es teológicamente densa en sentido conceptual, pero la veo algo poco separada de la historia concreta de los hombres y de la tarea más urgente de la Iglesia. Tiene muchos valores, pero pienso que no logra llegar a la raíz de la fe cristiana, con sus hondos valores y exigencias. Se me queda corta. 

‒ Es una encíclica de J. Ratzinger. El Papa Francisco ha tenido el gesto caballeroso de asumirla, completando así el Magisterio de Benedicto XVI, con sus dos encíclicas anteriores sobre el Amor (Deus caritas est) y la Esperanza (Spe salvi). 

‒ Me parece clara la actitud del Papa Francisco, no no veo tan clara la de Joseph Ratzinger quien, tras haber dimitido, debería quizá haber callado como papa (en línea de magisterio), escribiendo y publicando lo que él quisiera, pero con su propio nombre. 

Hubiera sido quizá mejor que Ratzinger pasara en silencio un tiempo oportuno (quizá un año), para publicar después lo que él quisiera, pero como cristiano “de a pie”, no dándoselo a firmar al Papa. Pero es claro que no todos pensarán lo mismo, y es hermoso que Francisco haya asumido la encíclica de su predecesor (para hacer después lo que él quiera).

La encíclica entera puede leerse en texto normal, no PDF, en: http://www.aciprensa.com/Docum/documento.php?id=520 Invito a mis lectores a leerla directamente y a tener su propio juicio. Aquí ofrezco sólo dos consideraciones marginales y rápidas, tras haber leído el texto; quizá pueden ayudar a algunos. Son de tipo más bien "crítico", no para negar el valor de lo dicho, sino para indicar que se debería haber ido más allá.

En esa línea introduzco y presento dos textos de la Encíclica para indicar después que sería necesario ir más allá. Siga leyendo quien quiera. Buen fin de semana. 

Ocasión: El año de la fe, asumir y completar el magisterio de Benedicto XVI

 (Estos números sitúan el tema y motivo de la carta, cuya responsabilidad total es del Francisco, aunque él diga expresamente que asume un testo previo de J. Ratzinger. Como saben los estudiosos, las encíclicas no las suelen escribir los papas, sino que ellos piden un texto previo a sus colaboradores, introduciendo modificaciones más o menos abundantes. Pero el “secreto papal” ha querido que no se suelan conocer esos colaboradores, los auténticos autores de las encíclicas. Pues bien, por vez primera en los últimos tiempos de la Iglesia un Papa dice públicamente la fuente de su encíclica, y ésta es una novedad muy significativa. La Encíclica la firma el Papa Francisco, pero la ha escrito básicamente J. Ratzinger, ex-papa Benedicto XVI, como verá quien siga

5. El Señor, antes de su pasión, dijo a Pedro: « He pedido por ti, para que tu fe no se apague » (Lc 22,32). Y luego le pidió que confirmase a sus hermanos en esa misma fe. Consciente de la tarea confiada al Sucesor de Pedro, Benedicto XVI decidió convocar este Año de la fe, un tiempo de gracia que nos está ayudando a sentir la gran alegría de creer, a reavivar la percepción de la amplitud de horizontes que la fe nos desvela, para confesarla en su unidad e integridad, fieles a la memoria del Señor, sostenidos por su presencia y por la acción del Espíritu Santo. La convicción de una fe que hace grande y plena la vida, centrada en Cristo y en la fuerza de su gracia, animaba la misión de los primeros cristianos. En las Actas de los mártires leemos este diálogo entre el prefecto romano Rústico y el cristiano Hierax: « ¿Dónde están tus padres? », pregunta el juez al mártir. Y éste responde: « Nuestro verdadero padre es Cristo, y nuestra madre, la fe en él »[5]. Para aquellos cristianos, la fe, en cuanto encuentro con el Dios vivo manifestado en Cristo, era una « madre », porque los daba a luz, engendraba en ellos la vida divina, una nueva experiencia, una visión luminosa de la existencia por la que estaban dispuestos a dar testimonio público hasta el final.
 6. El Año de la fe ha comenzado en el 50 aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II. Esta coincidencia nos permite ver que el Vaticano II ha sido un Concilio sobre la fe[6], en cuanto que nos ha invitado a poner de nuevo en el centro de nuestra vida eclesial y personal el primado de Dios en Cristo. Porque la Iglesia nunca presupone la fe como algo descontado, sino que sabe que este don de Dios tiene que ser alimentado y robustecido para que siga guiando su camino. El Concilio Vaticano II ha hecho que la fe brille dentro de la experiencia humana, recorriendo así los caminos del hombre contemporáneo. De este modo, se ha visto cómo la fe enriquece la existencia humana en todas sus dimensiones.
 7. Estas consideraciones sobre la fe, en línea con todo lo que el Magisterio de la Iglesia ha declarado sobre esta virtud teologal[7], pretenden sumarse a lo que el Papa Benedicto XVI ha escrito en las Cartas encíclicas sobre la caridad y la esperanza. Él ya había completado prácticamente una primera redacción de esta Carta encíclica sobre la fe. Se lo agradezco de corazón y, en la fraternidad de Cristo, asumo su precioso trabajo, añadiendo al texto algunas aportaciones. El Sucesor de Pedro, ayer, hoy y siempre, está llamado a « confirmar a sus hermanos » en el inconmensurable tesoro de la fe, que Dios da como luz sobre el camino de todo hombre. 

Fe y verdad, fe y subsistencia

((Éste es un tema muy propio de Ratzinger, empeñado en trasvasar la sabiduría hebrea (semita) en cauces helenistas… El texto hebreo identifica el “creer” con el vivir y subsistir, en sentido político, social y personal: Sólo por fe vivimos como seres humanos (no por conocimiento intelectual), sólo por fe podemos subsistir y tener futuro, de lo contrario moriremos en la lucha de la historia. Pues bien, dentro de la lógica de su teología, Ratzinger da prioridad a la traducción griega de los LXX: si no creéis no comprenderéis (oudé mê synête) interpretando la “fe” en sentido intelectual… Esa opción de los LXX es bíblicamente muy problemática y desvirtúa el sentido de la fe israelita, vinculada a la vida entera, en un plano social y político. Pues bien, siguiendo en esa línea, lo que dice la encíclica no es falso, pero no llega a la raíz de la fe bíblica, como experiencia de vida personal y social, de relación interhumana y de posibilidad de futuro, no de simple comprensión)) 

23. Si no creéis, no comprenderéis (cf. Is 7,9). La versión griega de la Biblia hebrea, la traducción de los Setenta realizada en Alejandría de Egipto, traduce así las palabras del profeta Isaías al rey Acaz. De este modo, la cuestión del conocimiento de la verdad se colocaba en el centro de la fe. Pero en el texto hebreo leemos de modo diferente. Aquí, el profeta dice al rey: « Si no creéis, no subsistiréis ». Se trata de un juego de palabras con dos formas del verbo ’amán: « creéis » (ta’aminu), y « subsistiréis » (te’amenu). Amedrentado por la fuerza de sus enemigos, el rey busca la seguridad de una alianza con el gran imperio de Asiria. El profeta le invita entonces a fiarse únicamente de la verdadera roca que no vacila, del Dios de Israel. Puesto que Dios es fiable, es razonable tener fe en él, cimentar la propia seguridad sobre su Palabra. Es este el Dios al que Isaías llamará más adelante dos veces « el Dios del Amén » (Is 65,16), fundamento indestructible de fidelidad a la alianza. Se podría pensar que la versión griega de la Biblia, al traducir « subsistir » por « comprender », ha hecho un cambio profundo del sentido del texto, pasando de la noción bíblica de confianza en Dios a la griega de comprensión. Sin embargo, esta traducción, que aceptaba ciertamente el diálogo con la cultura helenista, no es ajena a la dinámica profunda del texto hebreo. En efecto, la subsistencia que Isaías promete al rey pasa por la comprensión de la acción de Dios y de la unidad que él confiere a la vida del hombre y a la historia del pueblo. El profeta invita a comprender las vías del Señor, descubriendo en la fidelidad de Dios el plan de sabiduría que gobierna los siglos. San Agustín ha hecho una síntesis de « comprender » y « subsistir » en sus Confesiones, cuando habla de fiarse de la verdad para mantenerse en pie: « Me estabilizaré y consolidaré en ti […], en tu verdad »[17]. Por el contexto sabemos que san Agustín quiere mostrar cómo esta verdad fidedigna de Dios, según aparece en la Biblia, es su presencia fiel a lo largo de la historia, su capacidad de mantener unidos los tiempos, recogiendo la dispersión de los días del hombre[18].

24. Leído a esta luz, el texto de Isaías lleva a una conclusión: el hombre tiene necesidad de conocimiento, tiene necesidad de verdad, porque sin ella no puede subsistir, no va adelante. La fe, sin verdad, no salva, no da seguridad a nuestros pasos. Se queda en una bella fábula, proyección de nuestros deseos de felicidad, algo que nos satisface únicamente en la medida en que queramos hacernos una ilusión. O bien se reduce a un sentimiento hermoso, que consuela y entusiasma, pero dependiendo de los cambios en nuestro estado de ánimo o de la situación de los tiempos, e incapaz de dar continuidad al camino de la vida. Si la fe fuese eso, el rey Acaz tendría razón en no jugarse su vida y la integridad de su reino por una emoción. En cambio, gracias a su unión intrínseca con la verdad, la fe es capaz de ofrecer una luz nueva, superior a los cálculos del rey, porque ve más allá, porque comprende la actuación de Dios, que es fiel a su alianza y a sus promesas.

25. Recuperar la conexión de la fe con la verdad es hoy aun más necesario, precisamente por la crisis de verdad en que nos encontramos. En la cultura contemporánea se tiende a menudo a aceptar como verdad sólo la verdad tecnológica: es verdad aquello que el hombre consigue construir y medir con su ciencia; es verdad porque funciona y así hace más cómoda y fácil la vida. Hoy parece que ésta es la única verdad cierta, la única que se puede compartir con otros, la única sobre la que es posible debatir y comprometerse juntos....

Fe y Reino de Dios… Una visióninsuficiente

Como era de esperar, la Encíclica tiene reflexiones luminosas sobre el sentido personal de la fe, entendida en sentido sobrenatural, y de fidelidad a la Iglesia. Pero hay algunas cosas que echo en falta. Ciertamente, el Papa Francisco ha firmado la encíclica de J. Ratzinger, y me alegro por ello. Pero me gustaría que, desde la perspectiva de la experiencia de Jesús y de la realidad actual, la Encíclica hubiera puesto más de relieve algunos o temas:

1. Me gustaría que la encíclica hubiera destacado la experiencia de Jesús como “hombre de fe”, de fe en Dios que se expresa en forma de fe en los hombres y de compromiso activo por el Reino. Si no apela al Jesús histórico, como hombre de fe, todo el resto del cristianismo corre el riesgo de volverse ideología. En esa línea, la misma fe es compromiso por el Reino, en línea de confianza activa, tal como se expresa en los “milagros”, es decir en los gestos concretos de fidelidad transformadora al servicio de los demás. Jesús es hombre de fe porque cree en los demás, y en el Dios de la vida (del Reino), actuando por fe (en fe) al servicio del reino. 

2. En contra de lo que parece decir la encíclica no hay una “verdad exterior” (más alta) a la que se puede llegar por la fe, sino que la misma fe es la verdad… Los animales no “creen”, ni creen las “computadores”. Los hombres, en cambio, viven por fe… de manera que si dejan de creer unos en otros (y dejan de creer en el don de la vida) terminan destruyéndose a sí mismos. Éste es el mensaje de Isaías (que me da la impresión de que la Encíclica no ha comprendido). Más allá de la fe no hay nada, la fe es lo más alto… de manera que si dejamos de creer unos en otros terminaremos matándonos y muriendo…

3. El problema de la fe es por tanto un problema de subsistencia… Si dejamos de creer unos en otros terminaremos matándonos, en suicidio personal o en gran homicidio universal… Si dejamos de creer en el don de la vida (en el Dios del Reino: es decir, de la humanidad reconciliada), y si esa fe no se convierte en gesto activo, en conocimiento de amor, de servicio a los demás (como en el caso de Jesús) terminaremos destruyendo toda vida verdaderamente humana en el planeta. Pienso que la encíclica no ha captado la gravedad del momento en que estamos, el riesgo ruptura humana (no religiosa en sentido sacralista) de la falta de fe.

4. Me da la impresión de que la encíclica pone la fe al servicio de un tipo de “comprensión doctrinal”, en línea intelectual. Pues bien, la fe bíblica no está al servicio de nada, sino que es ella misma lo que vale, en línea de confianza activa, en plano de iluminación práctica, es decir, de compromiso creador, En esa línea no me resulta clara la interpretación de la fe pascual que hace la encíclica (que no consiste en negar o superar la fe histórica de Jesús que es compromiso por el Reino, sino de ratificarla). Tampoco me resulta clara la interpretación de Pablo, con su visión de la fe, que no se opone a la “obra” de la fe, sino a un tipo de “obras de la ley”. La fe paulina no es rechazo de la “acción”, sino una acción intensa, al servicio de la vida, en gratuidad universal.

5. En conclusión, acepto pues lo que dice la Encíclica, pero se me queda corta, no responde, a mi juicio, a la raíz del evangelio (y de la experiencia israelita, que está en el fondo del proyecto de Jesús. Falta, a mi juicio, una verdadera antropología cristiana de la fe (o de la fe cristiana). Para el evangelio, la fe no es un “medio” para el conocimiento, sino que es el verdadero conocimiento humano, en línea personal y social, en línea intelectual y práctica. Por eso, la Encíclica me alegra, pero me deja decepcionado… Me da la impresión de que ha sido una ocasión fallida para entender la novedad y exigencia, el don y compromiso de comprensión y de acción (de servicio mutuo) de la fe cristiana.

Me gustaría que, pasado un tipo, el Papa Francisco escriba su propia encíclica sobre la fe, partiendo de la experiencia concreta de la vida, en sintonía con Jesús (en acción solidaria y creadora); mientras tanto, estas palabras de J. Ratzinger nos pueden servir para ir meditando, pero no me parecen definitivas.

Leonardo Boff

Primeras impresiones 

sobre la encíclica Lumen Fidei



            La Encíclica Lumen Fidei viene con la autoría del Papa Francisco, pero es sabido que fue escrita por el Papa anterior, ahora emérito, Benedicto XVI. Confiesa claramente el Papa Francisco: «Asumo tu precioso trabajo, limitándome a añadir al texto alguna contribución». Y así debe ser, de lo contrario, no tendría la nota del magisterio papal. Sería simplemente un texto teológico de alguien que un día fue el Papa.
            Benedicto XVI quería escribir una trilogía sobre las virtudes cardinales. Escribió sobre la esperanza y el amor. Pero le faltaba la fe, lo que hace ahora con los pequeños complementos del Papa Francisco.
            La Encíclica no trae ninguna novedad sensacional que llame la atención de la comunidad teológica, del conjunto de los fieles o del público en general. Es un texto de alta teología, con un estilo recargado y lleno de citas bíblicas y de los Santos Padres. Curiosamente cita autores de la cultura occidental como Dante, Buber, Dostoievski, Nietzsche, Wittgenstein, Romano Guardini y al poeta Thomas Elliot. Se puede ver claramente la mano del Papa Benedicto XVI, sobre todo en discusiones refinadas de difícil compresión hasta para los teólogos, manejando expresiones griegas y hebreas, como suele hacer un doctor y maestro.
            El texto va dirigido a la Iglesia. Habla de la luz de la fe a quienes ya están dentro del mundo iluminado por la fe. En este sentido es una reflexión intrasistémica.
            Tiene una dicción típicamente occidental y europea. En el texto solo hablan autoridades europeas. No se toma en consideración el magisterio de las iglesias continentales, con sus tradiciones, teologías, santos y testigos de la fe. Cabe señalar este solipsismo, pues en Europa sólo vive el 24% de los católicos, el resto está fuera, el 62% de ellos en el llamado Tercer Mundo y Cuarto Mundo. Puedo imaginar a un católico surcoreano, indio, angoleño, mozambiqueño o incluso andino leyendo esta encíclica. Posiblemente todos ellos entenderán muy poco de lo que está escrito allí, ni se encontrarán reflejados en ese tipo de argumentación.
            El hilo conductor de la argumentación teológica es típico del pensamiento de Joseph Ratzinger como teólogo: la preponderancia del tema de la verdad, diría, casi obsesiva. En nombre de esa verdad se contrapone frontalmente a la modernidad. Tiene dificultad para aceptar uno de los temas más caros al pensamiento moderno: la autonomía del sujeto y su uso a la luz de la razón. J. Ratzinger la ve como una forma de sustituir la luz de la fe.
            No muestra esa actitud tan recomendado por el Concilio Vaticano II que sería: en enfrentamientos con las tendencias culturales, filosófica e ideológicas contemporáneas, cabe principalmente identificar las pepitas de verdad que hay en ellas, y desde ahí organizar el diálogo, la crítica y la complementariedad. Es blasfemar contra el Espíritu Santo imaginar que los modernos sólo han pensado mentiras y falsedades.
            Para Ratzinger el propio amor debe someterse a la verdad, sin la cual no se superaría el aislamiento de «yo» (nº 27). Sin embargo, sabemos que el amor tiene sus propias razones y obedece a una lógica distinta, diferente, sin ser contraria a la verdad. El amor puede no ver con claridad, pero ve con más profundidad la realidad. Ya San Agustín siguiendo a Platón decía que sólo comprendemos verdaderamente lo que amamos. Para Ratzinger, «el amor es la experiencia de la verdad» (n.27) y «sin la verdad, la fe no salva» (nº 24).
            Esta declaración es problemática en términos teológicos, pues toda la Tradición, especialmente los Concilios han afirmado que sólo salva «aquella verdad informada por la caridad» (fides caritate informata). Sin el amor, la verdad es insuficiente para alcanzar la salvación. En un lenguaje pedestre diría: lo que salva no son las prédicas verdaderas sino las prácticas efectivas.
            Todo documento del Magisterio está hecho por muchas manos, tratando de contemplar las distintas tendencias teológicas aceptables. Al final, el Papa le da su forma y lo avala. Esto también se aplica a este documento. En su parte final, probablemente de mano del Papa Francisco, hay una apertura notable que se compagina mal con las partes anteriores, fuertemente doctrinales. En ellas se afirma enfáticamente que la luz de la fe ilumina todas las dimensiones de la vida humana. En la parte final la actitud es más modesta: «La fe no es una luz que disipa todas nuestras tinieblas, sino una lámpara que guía nuestros pasos en la noche y eso basta para el camino» (nº 57). Con precisión teológica afirma que «la profesión de fe no es asentimiento a un conjunto de verdades abstractas, sino hacer que la vida entre en plena comunión con el Dios vivo» (45).
            La parte más rica, en mi opinión, es el nº 45 cuando se explica el Credo. Ahí se convierte en una afirmación que desborda la teología y roza la filosofía: «el fiel afirma que el centro del ser, el corazón más profundo de todas las cosas es la comunión divina» (nº 45). Y completa: «El Dios-comunión es capaz de abrazar la historia del hombre e introducirlo en su dinamismo de comunión» (nº 45).
            Pero se constata en la Encíclica una dolorosa laguna que le quita gran parte de su relevancia: no aborda la crisis de fe del ser humano hoy, sus dudas, sus preguntas que ni la fe puede responder: ¿Dónde estaba Dios en el tsunami que diezmó miles de vidas o en Fukushima? ¿Cómo creer después de las masacres de miles de indios a manos de los cristianos a lo largo de nuestra historia, de los miles de torturados y asesinados por las dictaduras militares de los años 70 a 80? ¿Cómo tener todavía fe después de los millones de muertos en los campos de exterminio nazis? La encíclica no ofrece ningún elemento para responder a estas preguntas. Creer es siempre creer a pesar de... La fe no elimina las dudas y angustias de un Jesús que grita en la cruz: "Padre, ¿por qué me has abandonado?". La fe tiene que pasar por este infierno y transformarse en esperanza de que para todo hay un sentido, pero escondido en Dios. ¿Cuándo se revelará?         


sábado, 6 de julio de 2013

HOMILÍA

Pbro. Jorge Trucco
LA MISIÓN
DECIMOCUARTO DOMINGO DURANTE EL AÑO

Is 66,10-14
"Como un hombre es consolado por su madre, así yo los consolaré"
Ga 6,14-18
"Lo que importa es ser una nueva criatura"
Lc 10,1-12.17-20
"Vayan...digan a la gente: `El Reino de Dios está cerca de ustedes'"


El domingo pasado vimos las exigencias del discipulado; en éste: la misión  del discípulo: ser misionero es ser enviado; también el Padre envía el Espíritu Santo que inspire el creer en los oyentes. El  Padre envía a su Hijo, y Jesús envía a la Iglesia, confiándole el "PLAN  DE DIOS": EL REINO. El envío no es una “obligación”, un “mandato” que se agrega al llamado… el envío que brota de la misma identidad de ser cristiano: todo discípulo es misionero.

            Los setenta y dos (72= todas las naciones. Gn10), son laicos, varones y mujeres y los Doce: la primera comunidad cristiana. Ser cristiano no significa sólo “venir a misa” sino también SER MISIONERO...

            CONTENIDO de la predicación y HORIZONTE de la acción de la Iglesia: CERCANÍA DEL REINO DE DIOS "Busquen primero el  Reino y su justicia, y  todo lo demás vendrá por añadidura". Lo ESENCIAL en la Iglesia: NACE de la conciencia de pertenencia al Reino y su MISIÓN  en el  mundo es el anuncio del Reino. Por eso nos manda a COSECHAR… y no a sembrar…. Jesús no enseña todo lo que tienen que decir, sino cómo deben ir, qué actitudes deben adoptar, qué acciones deben realizar.

La primera lectura nos muestra la conciencia de la cercanía del Reino de Dios (en el exilio Dios Madre anuncia la felicidad para su pueblo), invita a los hombres y mujeres de todos los tiempos a centrar bien el motivo de su alegría: la que procede de las intervenciones del Dios que consuela, es permanente y auténtica. Hoy se puede hacer difícil entender esto, pues estamos metidos en un cristianismo institucionalizado  y clericalizado. LA IGLESIA NO ES FIN EN SI MISMA NI DEBE PREDICARSE A SÍ MISMA.

            Las exigencias de Jesús para la Misión se pueden resumir en una sola idea general: DESPRÉNDANSE DE USTEDES MISMOS, PONGAN SUS CONFIANZA EN LA FUERZA DE DIOS Y CAMINEN EN SU NOMBRE. Lucas, cuando se trata de la pobreza, exagera el lenguaje para mostrar la radicalidad del mensaje de Jesús: "los enviados deben ser los primeros CREYENTES EN LO QUE  PROCLAMAN: CONFIAR EN EL PADRE". Hasta los más pobres peregrinos tenían derecho a un pequeño bolso, un bastón y un manto para cubrirse. Jesús quita importancia hasta de estos elementos debido a lo fundamental del anuncio del reino y a la premura con que se debía actuar.  No pretendamos cumplir al pie de la letra estas prescripciones, pero sí REVISAR EL ESPÍRITU DE NUESTRAS COMUNIDADES (usar todos los medios, pero sabiendo que siempre son “medios”).

            Si la Iglesia no está al servicio del Reino de Dios y su justicia se transforma en una anti-Iglesia. Se trata de confiar en que vale la pena empeñar la vida para que en el mundo haya un poco más  de paz y de justicia.

            La  finalidad de la misión no es el éxito (expulsar demonios) sino en ALEGRARSE PORQUE "SUS NOMBRES ESTAS INSCRITOS EN EL CIELO". En el cielo no se inscriben los números sino los nombres. No somos misioneros para “ganarnos” el cielo... Jesús nos ALIENTA: ESTAMOS EN BUENAS MANOS... las manos del Padre Dios.

La  misión NACE DE LA ORACIÓN: rueguen al dueño de la mies que envíe obreros. 

Se HACE POSIBLE POR LA POBREZA. Siempre desde la pobreza: la Misión es “a los pobres” y “desde los pobres”… de pobre a pobre se construye el Reino.  Los misioneros NO DISPONEN  DE  OTRO PODER QUE EL DE DIOS: no dicen: "ahora les enseñamos",  sino que ANUNCIAN LA PAZ = TERNURA MATERNAL.

Una vez llegó un turista a visitar a un sabio maestro que vivía en una cabaña en medio de una montaña. Al entrar en su casa, se dio cuenta que la morada del viejo consistía de un colchón en el piso y unos pocos libros amontonados en desorden. El visitante, extrañado, preguntó: «–Disculpe, ¿dónde están sus muebles?» El anciano miró con calma al visitante y respondió: «–¿En dónde están los suyos?» «–Pero si yo sólo estoy aquí de paso» Replicó el turista. El maestro sonrió levemente y continúo: «–Yo también estoy de paso en esta vida, y mal haría en cargar mi existencia con todos los armarios de mi pasado».

LA MISIÓN NO ES CONQUISTA SINO INVITACIÓN. ¡¡¡NO SEAMOS LOBOS EN MEDIO DE OVEJAS!!! Jesús nos envía para LLEVAR LA PAZ;  no dice que haya que rivalizar con los lobos enseñando los dientes, gritando más fuerte... SINO PRESENTÁNDOSE DESARMADOS COMO CORDEROS. Como el martes pasado celebramos el día de San Pedro y San Pablo, hoy realizamos, en comunión con la Iglesia en todo el mundo, la Colecta para la caridad del Papa = que exprese la cercanía y amor maternal de todos los cristianos a los que más sufren.

LA CRUZ es la  garantía de  la fecundidad de la misión (segunda lectura).


            ¿Qué conciencia de PERTENENCIA a la Comunidad tenemos?. ¿Estamos convencidos que la ESENCIA del Cristiano es el ANUNCIO Y CONSTRUCCIÓN DEL REINO?... 

Torres Queiruga

"La Teología después del Vaticano II" 


Resulta sorprendente repasar las distintas conmemoraciones del Concilio. Han ido apareciente veinte, treinta, cuarenta años después. Ahora, cincuenta. Con ligeras diferencias, casi todo se repite, ya sea para alabar, para lamentar, para acusar o simplemente para echar de menos.

Con toda evidencia, esto da proceso todavía en curso y cuya magnitud desborda cualqueir intento de delimitación precisa o de diagnóstico definitivo. De hecho, sólo desde una consideración de su génesis histórica se hace posible comprender la profundidad de la mutación que ha supuesto este Concilio, cargado de tantas promesas y expuesto a tantas decepciones. Y solo tratando de ir al núcleo determinante de esa mutación cabe intentar una orientación fundamental de la tarea ante la que sigue situando a la Iglesia.

Por eso este ensayo intenta no tanto perderse en los detalles, cuanto aclarar en lo posible los dinamismos fundamentales que, eclosionados en el Concilio, mueven las aguas de su dinamismo y apuntan a las tareas pendientes, señalando las verdaderas puertas de su esperanza. Quiero pensar que los cincuenta años transcurridos permiten ya una perspectiva suficiente para no perderse en el fragor de las opiniones y empezar a ver por dónde va lo auténticamente relevante y decisivo.

Aun así, la tarea es todavía inmensa, las ambigüedades numerosas y los conflictos duros. Pero vale la pena seguir trabajando en un diagnóstico lo más actualizado y orientador que sea posible. De ahí la estructura del libro, que intenta ser una contribución, aunque bien breve y sintética. Consta de dos partes principales:

La primera, buscando determinar la intención profunda y el dinamismo determinante del Concilio, se centra en tres aspectos de especial relevancia:

‹ a) rastrear el núcleo que define el sentido y la orientación más honda del acontecimiento conciliar; ›

‹ b) clarificar la opción hermenéutica para su justa y fiel lectura; ›

‹ c) precisar los problemas fundamentales que sus textos han abierto para la teología, indicando los principales caminos que aparecen abiertos y que se ofrecen como más fructíferos. ›

La parte segunda, dividida en tres capítulos, intenta algo así como aplicar una lente de aumento a tres de los grandes problemas aludidos en la primera. Presentes en el Concilio y presentados por él desde una perspectiva claramente renovadora, esperan todavía ser asumidos con plena coherencia teórica y realizados en sus consecuencias prácticas.

José Antonio Pagola

Sin miedo a la novedad





El Papa Francisco está llamando a la Iglesia a salir de sí misma olvidando miedos e intereses propios, para ponerse en contacto con la vida real de las gentes y hacer presente el Evangelio allí donde los hombres y mujeres de hoy sufren y gozan, luchan y trabajan.

 Con su lenguaje inconfundible y sus palabras vivas y concretas, nos está abriendo los ojos para advertirnos del riesgo de una Iglesia que se asfixia en una actitud autodefensiva: “cuando la Iglesia se encierra, se enferma”; “prefiero mil veces una Iglesia accidentada a una que esté enferma por encerrarse en sí misma”.

 La consigna de Francisco es clara: “La Iglesia ha de salir de sí misma a la periferia, a dar testimonio del Evangelio y a encontrarse con los demás”. No está pensando en planteamientos teóricos, sino en pasos muy concretos: “Salgamos de nosotros mismos para encontrarnos con la pobreza”.

 El Papa sabe lo que está diciendo. Quiere arrastrar a la Iglesia actual hacia una renovación evangélica profunda. No es fácil. “La novedad nos da siempre un poco de miedo, porque nos sentimos más seguros, si tenemos todo bajo control, si somos nosotros los que construimos, programamos y planificamos nuestra vida según nuestros esquemas, seguridades y gustos”.

Pero Francisco no tiene miedo a la “novedad de Dios”. En la fiesta de Pentecostés ha formulado a toda la Iglesia una pregunta decisiva a la que tendremos que ir respondiendo en los próximos años: “¿Estamos decididos a recorrer caminos nuevos que la novedad de Dios nos presenta o nos atrincheraremos en estructuras caducas que han erdido la capacidad de respuesta?

No quiero ocultar mi alegría al ver que el Papa Francisco nos llama a reavivar en la Iglesia el aliento evangelizador que Jesús quiso que animara siempre a sus seguidores. El evangelista Lucas nos recuerda sus consignas. “Poneos en camino”. No hay que esperar a nada. No hemos de retener a Jesús dentro nuestras parroquias. Hay que darlo a conocer en la vida.

 “No llevéis bolsas, alforjas ni sandalias de repuesto”. Hay que salir a la vida de manera sencilla y humilde. Sin privilegios ni estructuras de poder. El Evangelio no se impone por la fuerza. Se contagia desde la fe en Jesús y la confianza en el Padre.

 Cuando entréis en una casa, decid :”Paz a esta casa”. Esto es lo primero. Dejad a un lado las condenas, curad a los enfermos, aliviad los sufrimientos que hay en el mundo. Decid a todos que Dios está cerca y nos quiere ver trabajando por una vida más humana. Esta es la gran noticia del reino de Dios.




 14 Tiempo ordinario (C)
 Lucas 10, 1-12. 17-20

LUMEN FIDEI

La fe no puede ser un hecho privado
 Alessandro Speciale



La lectura de la primera Carta Encíclica de Papa Francisco, “Lumen fidei”, que fue publicada hoy, es un salto en el pasado, en la tradición; un pasado reciente, vivo, pero que podría parecer lejanísimo a la luz de todo lo que ha sucedido en la Iglesia durante los últimos cinco meses. El texto, como indicó el mismo Pontífice argentino durante un encuentro con el Sínodo de los obispos, es fruto de un trabajo «a cuatro manos». Benedicto XVI, que había terminado prácticamente su redacción antes de su renuncia el pasado 28 de febrero, entregó todo lo que había escrito a su sucesor, que lo revisó y completó. 





Sin embargo, al recorrer sus páginas, resulta evidente que la pluma principal del texto (relativamente breve: de 91 páginas divididas en 58 párrafos) es la del refinado teólogo alemán. Y no solamente porque la encíclica sobre la fe cierra el tríptico sobre las virtudes teologales que comenzó con la “Deus Caritas Est”, sobre la caridad, y continuó con la “Spe Salvi”, sobre la esperanza. El estilo, las frecuentes alusiones a los filósofos y a los debates de la cultura alemana de los años 60, la insistencia sobre algunos temas e incluso la comparación entre la fe y las catedrales góticas (en las que la luz llega desde el cielo, a través de los vitrales en los que se representa la historia sacra) indican que Papa Francisco decidió respetar y acoger el trabajo y la profunda reflexión de su predecesor. 





Lo dice el mismo Francisco en el séptimo párrafo de la encíclica:«Estas consideraciones sobre la fe –en continuidad con todo lo que el Magisterio de la Iglesia ha pronunciado sobre esta virtud teologal– pretenden sumarse a lo que Benedicto XVI escribió en las Cartas Encíclicas sobre la caridad y la esperanza. Él ya casi había terminado una primera redacción de la Carta Encíclica sobre la fe. Le estoy profundamente agradecido y, en la fraternidad de Cristo, asumo su precioso trabajo, añadiendo al texto algunas contribuciones más». 





El título de la encíclica, “Lumen fidei” (“La luz de la fe”), resume la dinámica fundamental por la que transcurre el texto: la tradición de la Iglesia siempre ha asociado la fe con la luz, que disipa las tinieblas e ilumina el camino; pero en la modernidad, la fe «ha terminado por asociarse con la oscuridad», y se ha convertido en uno de los sinónimos del oscurantismo: «Se ha pensado que tal luz podía bastar para las sociedades antiguas, pero no para los tiempos nuevos, para el hombre convertido en adulto, orgulloso de su razón, deseoso de explorar de forma nueva el futuro. En este sentido, la fe se presentaba como una luz ilusoria, que impedía al hombre cultivar la audacia del saber». 





El texto cita a Nietzsche –una de las referncias constantes, en negativo, del pensamiento de Joseph Ratzinger– para quien “creer” se opondría al “buscar”. Pero en las últimas décadas, se ha descubierto que la «luz de la razón» en sí misma «no puede iluminar suficientemente el futuro»: el hombre ha renunciado a la búsqueda de una luz grande, de una verdad grande, para conformarse con las pequeñas luces que iluminan el breve instante. Por este motivo, en el mundo de hoy, es urgente recuperar el carácter de luz propio de la fe, volver a descubrir que solamente la luz que deriva del “creer” es capaz de iluminar toda la existencia del hombre. 





La vía para llegar a este (re)descubrimiento del carácter luminoso de la fe para, naturalmente, por el encuentro con Cristo y con su amor. Transformados por este amor, recibimos ojos nuevos, expreimentamos que en él hay una gran promesa de plenitud y se abre a nosotros la mirada del futuro. 





Después de la breve introducción, la Encíclica recorre, a lo largo de sus cuatro capítulos, la historia de la fe cristiana, desde el llamado de Abraham y del pueblo de Israel, hasta la resurrección de Jesús y la difusión de la Iglesia (Capítulo 1), la relación entre la fe y la razón (Capítulo 2), el papel de la Iglesia en la transmisión de la fe en la historia (Capítulo 3) y, para concluir, el efecto de la fe en la construcción de las sociedades que pretenden el bien común (Capítulo 4). “Lumen fidei” concluye con una oración a la Virgen, modelo de fe. 





Los dos Papas recuerdan que la fe nos abre el camino y acompaña nuestros pasos en la historia. Para entender qué es la fe, pues, es necesario conocer su recorrido, la vía de los hombres creyentes, testimoniada, en primer lugar, en el Antiguo Testamento. La fe tiene raíces profundas en el pasado y es, al mismo tiempo, «memoria futuri» (“memoria del futuro”), porque está estrechamente vinculada con la esperanza.

Un argumento que vuelve a aparecer en la conclusión de la encíclica, en uno de los pasos en los que es posible encontrar la colaboración de los dos pontífices. La esperanza, de hecho, en la unidad con la fe y la caridad, es la que sitúa al hombre en una perspectiva diferente con respecto a las propuestas ilusorias de los ídolos del mundo, dando nuevo impulso y nueva fuerza a la vida de todos los días. La intersección entre la fe y la esperanza se da, sobre todo, en el sufrimiento. La fe está ligada a la esperanza porque, aunque nuestra morada aquí abajo se vaya destruyendo, hay una morada eterna que Dios inauguró en Cristo, en su cuerpo». Por este motivo, el texto invita a los hombres a no dejarse «robar la esperanza. 





La muerte y la Resurrección de Jesús son fundamentales en la fe cristiana: demuestran que la fe es verdaderamente potente, verdaderamente real, que es capaz de influir en la realidad de forma concreta (algo que nuestra cultura ya no puede concebir): creemos que Dios se encuentra solamente más allá, en otro nivel de realidad, separado de nuestras relaciones concretas. 





Por ello, la fe es una y crea unidad, mientras su opuesto, la idolatría, siempre es «proselitismo» que no ofrece un camino, sino una multiplicidad de senderos que no conducen a una meta cierta y que configuran, más bien, un laberinto. Esta unidad de la fe implica, pues que no se trata de algo individual, sino que siempre se vive en medio y en compañía de los demás, en la comunidad de la Iglesia, sin afectar las individualidades (en esto radica, entre otras cosas, el motivo del bautsismo de los recién nacidos). La Iglesia no pretende reducir al creyente a simple parte de un todo anónimo, a mero elemento de un gran engranaje. 





La unidad de la fe no solo significa que no hay diferencia entre el creer de los simples y el creer de los intelectuales (un rechazo del “gnosticismo” que ha aparecido constantemente en los discursos de Francisco), sino también que no se puede asumir la fe en pedacitos, eligiendo lo que le gusta a cada quién: cada época puede encontrar puntos de la fe más fáciles o difíciles de aceptar; por ello es importante vigilar para que se transmita todo el depósito de la fe. 





Y esto también vale para los teólogos, que deben poner sus inquietudes y desvelos al servicio de la fe de los cristianos, en la Iglesia, sin considerar el Magisterio del Papa y de los obispos como algo extrínseco, un límite a su libertad, sino, al contrario, como uno de sus momentos internos, consitutivos. 





El segundo capítulo de la encíclica, dedicado a la relación entre la fe y la razón, trata sobre el clásico tema ratzingeriano del relativismo, relacionado con el rechazo del mundo moderno de cualquier afirmación de la “verdad”, concebida como una prevaricación del otro y como la raíz de los fundamentalismos que desembocan, inevitablemente, en la violencia. El olvido de la verdad es el «gran olvido» del mundo moderno, regido por un pensamiento relativista en el que la pregunta sobre la verdad de todo, que es en el fondo la pregunta sobre Dios, ya no interesa. En cambio, para los dos Papas, la fe, sin verdad, no salva ni da seguridad a «nuestros pasos. 







De la misma manera, si por una parte el amor necesita la verdad para encontrar un fundamento estable y no convertirse en un sentimiento que va y viene, por otra, la verdad necesita el amor, porque sin amor la verdad se vuelve fría, impersonal, opresiva para las vidas concretas de las personas. El verdadero creyente no es arrogante, porque la verdad lo hace humilde. El creyente entiende que más que poseerla, es ella la que nos abraza y nos posee. En lugar de hacernos rígidos, la seguridad de la fe nos pone en camino y hace posible el testimonio y el diálogo con todos. 





Este camino también existe para los que no creen pero desean creer y no dejan de buscar. La encíclica se refiere con elogios a los esfuerzos de los “ateos devotos” que tratan de actuar como si Dios existiera, porque, tal vez, reconocen su importancia para encontrar indicaciones firmes en la vida común. 





La fe, pues, es un bien común que no aleja al creyente del mundo, sino que lo pone al servicio concreto de la justicia, del derecho y de la paz. La fe nos ayuda a la construcción de nuestras sociedades, para que caminen hacia un futuro de esperanza. Gracias a la fe, las familias descubren la fuerza y los motivos para mantenerse juntas y jóvenes para siempre. La fe, pues, no es un refugio para cobardes, sino la dilatación de la via.

Los profetas

Los profetas 

leen el presente y anticipan el futuro

Leonardo Boff


            Profeta en sentido bíblico no es en primer lugar aquel que prevé el futuro. Es aquel que analiza el presente, identifica tendencias, generalmente desviadas, hace advertencias y hasta amenazas. Anuncia el juicio de Dios sobre el curso presente de la historia y hace promesas de liberación de las calamidades.
            A partir de las tendencias captadas, hace previsiones para el futuro. En el fondo afirma: si continúa este tipo de comportamiento de los dirigentes y del pueblo sucederán fatales desgracias. Éstas son consecuencia de las violaciones de leyes sagradas. Y ahí proyectan escenarios dramáticos que tienen una función pedagógica: hacer entrar a todos en razón y en la observancia de lo que es justo y recto delante de Dios y de la naturaleza.
            Leyendo a algunos profetas del Antiguo Testamento y también advertencias de Jesús sobre la situación de los tiempos futuros, casi espontáneamente nos acordamos de nuestros dirigentes y de su comportamiento irresponsable ante los dramas que se están preparando para la Tierra, para la biosfera y para el eventual destino de nuestra civilización.
            Hace días en algunas partes del mundo se ha roto la barrera considerada como la línea roja que debería ser respetada a toda costa: no permitir que la presencia de dióxido de carbono en la atmósfera llegase a 400 partes por millón. Y lamentablemente ha llegado. Alcanzado este nivel, difícilmente el clima calentado volverá atrás. Se estabilizará y podrá seguir subiendo. La Tierra quedará calentada unos dos grados centígrados, o más. Muchos organismos vivos no conseguirán adaptarse, pues no tienen cómo minimizar los efectos negativos, y acabarán desapareciendo. La desertificación se acelerará; se perderán cosechas, miles de personas tendrán que abandonar sus lugares a causa del calor insoportable y la imposibilidad de garantizar su alimentación.
            En un contexto así leo al profeta Isaías. Vivió en el siglo VIII a. C., uno de los periodos más conturbados de la historia. Israel se encontraba exprimida entre dos potencias, Egipto y Asiria, que se disputaban la hegemonía. Tan pronto era invadido por una de estas potencias como por la otra, dejando un rastro de devastación y de muerte.
            En este contexto dramático Isaías escribe un capítulo entero, el 24, en una línea de devastación ecológica. Las descripciones se asemejan a lo que puede sucedernos a nosotros si las naciones del mundo no se organizan para parar el calentamiento global, especialmente el abrupto, ya avisado por notables científicos, que podría ocurrir antes de finales del presente siglo. Si efectivamente ocurriera, la especie humana correría un gran riesgo de ser diezmada y de que se destruyera gran parte de la biosfera.
            Debemos tomar en serio a los profetas. Ellos descifran tendencias en una perspectiva que va más allá del espacio y del tiempo. Por eso también nuestra generación podría estar incluida en sus amenazas. Transcribo partes del capítulo 24 como advertencia y material de meditación.
            “Lo mismo sucederá al acreedor y al deudor. La Tierra será totalmente devastada. Ha sido profanada por sus habitantes porque trasgredieron las leyes, pasaron por encima de los preceptos, rompieron la alianza eterna. Por esta razón, la maldición ha devorado la Tierra, la culpa es de los que en ella habitan… La Tierra se rompe, se resquebraja, es sacudida fuertemente. La Tierra se tambalea como un borracho, se agita como una cabaña… La luna se sonrojará y el sol tendrá vergüenza”.
            Jesús, el último y el mayor de todos los profetas advierte: “Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá hambre y peste y terremotos en diversos lugares” (Mateo 24,7). “En la Tierra los pueblos serán presa de la angustia ante el rugido del mar y la violencia de las olas. Las gentes desfallecerán de miedo ante la expectativa de lo que sobrevendrá al mundo, porque los astros se conmoverán” (Lucas 22,25-27).
            ¿No ocurren escenas semejantes en los tsunamis del sudeste de Asia, en Fukushima en Japón, en los grandes tornados y ciclones como el Katrina y el Sandy en Estados Unidos y en otros lugares del planeta? ¿Las personas no se llenan de pavor al presenciar tal devastación y ver el suelo cubierto de cadáveres? Estas catástrofes no suceden por casualidad, suceden porque hemos roto la alianza sagrada con la Tierra y sus ciclos. Son señales y analogías que nos llaman a la responsabilidad.
            Curiosamente, a pesar de todos estos escenarios de destrucción, la palabra profética termina siempre con esperanza. Dice el profeta Isaías: “Dios quitará el velo de tristeza que cubre a todas las naciones. Enjugará las lágrimas de todos los rostros… Aquel día se dirá: este es nuestro Dios, en quien hemos esperado y Él nos salvará” (25,7.9). Y Jesús remata prometiendo: “cuando empiecen a suceder estas cosas, animaos y levantad la cabeza porque se acerca la liberación” (Lucas 21,28).

            Después de estas palabras proféticas no cabe comentario; sólo el silencio pesaroso y meditativo.