jueves, 6 de junio de 2013

ÉTICA A PARTIR DEL CALENTAMIENTO GLOBAL

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En algunos lugares de la Tierra se rompió hace días la barrera de las 400 ppm (partes por millón) de CO2, lo que puede conducir a desastres socio-ambientales de gran magnitud. Si no hacemos nada consistente, podremos conocer días tenebrosos. No es que no se pueda hacer nada más. Si no podemos detener la rueda, podemos sin embargo reducir su velocidad. Podemos y debemos adaptarnos a los cambios y organizarnos para mitigar los efectos perjudiciales. Ahora se trata de vivir con radicalidad las cuatro erres: reducir, reutilizar, reciclar y reabastecer.
Necesitamos una orientación ética que nos ayude a alinear nuestras prácticas para superar la crisis actual. En este cuadro dramático, ¿cómo fundar un discurso ético mínimamente coherente que valga para todos?
Hasta ahora, las éticas y las morales se basaban en las culturas regionales. Hoy, en la fase planetaria de la especie humana, debemos restablecer la ética a partir de algo que sea común a todos y que todos podamos entender y realizar.
Mirando hacia atrás, hemos identificado dos fuentes que guiaron, y aún guían, ética y moralmente las sociedades hasta hoy: la religión y la razón.
Las religiones siguen siendo los nichos de valor privilegiados para la mayoría de la humanidad. Nacen de un encuentro con el Supremo Valor, con el Supremo bien. De esta experiencia nacen los valores de veneración, respeto, amor, solidaridad, compasión y perdón.
Muchos pensadores reconocen que la religión, más que la economía y la política, es la fuerza central que mueve a las personas y las lleva hasta a entregar su propia vida (Huntington). Otros llegan a proponer a las religiones como la base más realista y eficaz para construir una ética global para la política y la economía mundiales (Küng). Para eso las religiones deben dialogar entre sí y, en el diálogo, acentuar más los puntos en común que los puntos de disparidad. Con esto se puede marcar el comienzo de la paz entre las religiones. Esta paz no se basta a si misma, sino que debe animar la paz entre todos los pueblos.
La razón crítica, desde que estalló casi al mismo tiempo en todas las culturas mundiales en el siglo sexto A.C., el llamado «tiempo-eje» trató de establecer códigos éticos universalmente válidos, basados principalmente en las virtudes, cuya centralidad la ocupaba la justicia. Pero también afirma la libertad, la verdad, el amor y el respeto al otro.
El fundamento racional de la ética y la moral -ética autónoma- fue un admirable esfuerzo del pensamiento humano, desde los maestros griegos Sócrates, Platón y Aristóteles, pasando por Immanuel Kant hasta los modernos Jürgen, Habermas y Enrique Dussel, y entre nosotros Henrique de Lima Vaz y Manfredo Oliveira entre otros de nuestra cultura.
Sin embargo, el nivel de convencimiento de esta ética racional fue escaso y restringido a los ambientes ilustrados. Por lo tanto, con un impacto limitado en la vida cotidiana de la gente.
Estos dos paradigmas no han sido invalidados por la crisis actual, sino que deben ser enriquecidos si queremos estar a la altura de los retos que nos vienen de la realidad, hoy profundamente modificada.
Para este enriquecimiento necesitamos bajar a aquella instancia en la cual se forman continuamente los valores, contenido principal de la ética. La ética, para ganar un mínimo de consenso, debe brotar de la base común y última de la existencia humana. Esta base no reside en la razón, como siempre ha pretendido Occidente.
La razón -y esto la misma filosofía lo reconoce- no es ni el primero ni el último momento de la existencia. Por eso no explica todo ni abarca todo. Se abre hacia abajo, de donde surge algo más elemental y ancestral: la afectividad y el sentimiento profundo. Irrumpe hacia arriba, hacia el espíritu, que es el momento en que la conciencia se siente parte de un todo y que culmina en la contemplación y en la espiritualidad. Por lo tanto, la experiencia de base no es «pienso, luego existo», sino «siento, luego existo». En la raíz de todo no está la razón («logos»), sino la pasión («pathos»), que se expresa por la sensibilidad y por el afecto. De ahí el esfuerzo actual para rescatar la razón sensible y cordial (Meffesoli, Cortina). Para este tipo de razón captamos el carácter precioso de los seres humanos, lo que los hace dignos de ser deseables. Desde el corazón y no desde la cabeza, vivenciamos los valores. Por los valores nos movemos y somos. En último término, está el amor que es la fuerza más grande del universo y el nombre propio de Dios. Esta ética nos puede comprometer en acciones prácticas para abordar el calentamiento global.
Pero tenemos que ser realistas: la pasión está habitada por un demonio que puede ser destructivo. Es un caudal fantástico de energía que, como las aguas de un río, necesita márgenes, límites y justa medida. Si no, irrumpe avasalladora.
Y es aquí donde entra la función insustituible de la razón. Es propio de la razón ver claro y ordenar, disciplinar y definir la dirección de la pasión.
Aquí surge una dialéctica dramática entre la pasión y la razón. Si la razón reprime la pasión, triunfa la rigidez y la tiranía del orden. Si la pasión dispensa a la razón, prevalece el delirio de las pulsiones del puro disfrute de las cosas. Pero si prevalece la justa medida y la pasión se sirve de la razón para un desarrollo auto-gobernado, entonces puede haber una conciencia ética que nos haga responsables ante el caos ecológico y el calentamiento global. Por aquí va el camino que tenemos que recorrer. Para un nuevo tiempo, una nueva ética.

Leonardo Boff
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col castillo

Por lo que nos informan los medios, el cardenal Rouco Varela anda preocupado por la cantidad de demonios que, a su juicio, andan sueltos por la diócesis de Madrid. Y, responsable como es, el cardenal ha decidido ordenar más exorcistas porque, por lo visto, los que hay actualmente no dan abasto para dejar limpia la capital de España de tanta maldad satánica.
Esta es la noticia. Una noticia que inevitablemente le obliga a uno a preguntarse: pero, a estas alturas, ¿todavía no se ha enterado el cardenal Rouco de que lo del demonio y los exorcismos pertenece a un mundo de creencias mágicas que ya no tienen vigencia ni merecen que se les preste atención o interés alguno?
Hace, por lo menos, cuarenta años, los mejores estudiosos de la Biblia estaban de acuerdo en que la idea del diablo (Satán) y la creencia en su existencia personal pertenecen, para el hombre "culto", para el "que ha entrado en la mayoría de edad", al mundo del mito, de la fábula o de la superstición primitiva (H. Bietenhard). Los excelentes estudios que después ha publicado O. Böcher han llegado a la misma conclusión.
No es éste ni el sitio ni el momento de analizar este asunto más detenidamente. Me limito a repetir lo que el ya citado Bietenhard ha escrito:
"Aunque el testimonio de la Biblia cuenta con la existencia del diablo, la predicación cristiana no tiene por qué especular con el origen y la esencia o el ser de Satanás: la misma Biblia no lo hace...
Las predicaciones sobre el diablo y sobre el infierno, cuando no fomentan la necesidad de emociones de personas pseudopiadosas y la excitación de sus nervios, sólo sirven para difundir la inseguridad, la angustia y el miedo. Dichas predicaciones, en lugar de quitarlas, ponen cargas en las espaldas de los hombres".
¿No ha pensado el Sr. Rouco en estas cosas? ¿Las desconoce? En todo caso, ¿no se le ha pasado por la cabeza al cardenal que este tipo de decisiones causan extrañeza o provocan risa?
Y lo que es más grave, ¿le preocupan tanto al cardenal de Madrid los demonios que no existen y, sin embargo, se calla ante los responsables (muchos de ellos bien conocidos) del inmenso sufrimiento que ahora mismo padecen tantos miles y miles de ciudadanos de Madrid? Es verdad que en Madrid (y en España entera) hay demasiados demonios que campan a sus anchas. Pero no son los demonios que Rouco quiere expulsar de la capital de España.

José M. Castillo
col tamayo 

El 3 de junio de 1963 fallecía el papa Juan XXIII. Le lloraron creyentes de todas las religiones: católicos, protestantes, ortodoxos, judíos, musulmanes, budistas, y no creyentes de las diferentes ideologías: comunistas, socialistas, liberales, líderes políticos y gente del pueblo.
El gran mufti de Tiro (Líbano) elogió la personalidad de Giuseppe Roncalli ante una multitud de musulmanes y cristianos portando en la mano la encíclica Pacem in terris como reconocimiento por su contribución a la paz en el mundo.
La noche anterior a su muerte, el gran Rabino de Roma y numerosos judíos se reunieron con los católicos en la Plaza de San Pedro para rezar por el papa. El gesto tenía su justificación. Juan XXIII había adoptado hacia los judíos una actitud bien diferente a la de Pío XII. Sustituyó la oración por los "pérfidos judíos" del Viernes Santo por otra más respetuosa y ecuménica. En la audiencia a un grupo de judíos de Estados Unidos los saludó como José a sus hermanos cuando llegaron a Egipto: "Soy José, vuestro hermano". Los pérfidos se tornaron hermanos.
¿Juan XXIII, un papa de transición? Eso fue lo que mucha gente pensó cuando fue elegido el 28 de octubre de 1958 a punto de cumplir 77 años. Los hechos, empero, desmintieron pronto las primeras impresiones, como puso de manifiesto Time el 17 de noviembre:
"Si alguien esperaba que Roncalli iba a ser un mero papa de transición, hasta la llegada del siguiente, esta imagen se deshizo a los pocos minutos de su elección... Se hizo cargo pisando fuerte como el amo de casa, abriendo ventanas y cambiando muebles...".
Bastaron cuatro años y medio de pontificado para llevar a cabo una verdadera revolución en la Iglesia romana que se convirtió realmente en universal y ecuménica.
La tarea no le resultó fácil. Tuvo que vencer no pocas resistencias dentro de la Curia vaticana, con la que nunca tuvo buenas relaciones, pero tampoco hipotecas que pagar, y hubo de neutralizar a relevantes figuras de la misma, como el cardenal Ottaviani, que estaba al frente del Santo Oficio.
Pero contó también con el apoyo de un sector importante del episcopado, de movimientos cristianos laicos y de cualificados teólogos modernos, algunos de los cuales habían sido condenados por Pío XII y él los llamó para que le asesoraran y le ayudaran a fundamentar el cambio que quería llevar a cabo. La alianza con estos sectores permitió llevar a buen puerto el aggiornamento.
Entre las muchas innovaciones que introdujo destacan dos por su eficacia y trascendencia para el futuro de la Iglesia: el Concilio Vaticano II y la encíclica Pacen in terris.
El Vaticano II no fue una simple ocurrencia o fruto de la improvisación del anciano Roncalli. Era una idea muy meditada. Su secretario personal Loris Capovilla recuerda que Juan XXIII le refirió la "necesidad de un Concilio" dos días después de ser elegido papa: "Habrá un concilio", le anunció. La celebración de "un Concilio ecuménico para la Iglesia universal" fue el principal objetivo de Roncalli, que hizo público el 25 de enero de 1959.
Pero, ¿un concilio, por qué y para qué? La respuesta no estuvo clara desde el principio. Fue perfilándose durante su preparación y, de manera especial, a lo largo de las cuatro sesiones del mismo conforme a las inquietudes y sensibilidades de los obispos y de los asesores teológicos.
En la mente del papa estaba cambiar la forma personalista y autoritaria de gobierno por otra más colegiada y participativa. La reunión de todos los obispos del mundo constituía la mejor oportunidad para analizar los problemas más importantes de la Iglesia, responder a los desafíos que le planteaba la nueva era que se estaba viviendo y poner en marcha una transformación profunda en una doble dirección: la reforma interna de la institución eclesiástica, anclada en el modelo católico-romano medieval, y la re-ubicación en la cultura moderna, a la que había condenado sin haberla escuchado.
Objetivo prioritario del papa era la construcción de la Iglesia de los pobres, pero en el aula conciliar no tuvo el eco que él hubiera deseado. Lo que no se quería era que el Vaticano II fuera en un apéndice del Vaticano I.
El resultado fue un cambio de paradigma en todos los campos: reforma litúrgica, nueva imagen de Iglesia como comunidad de creyentes, colegialidad episcopal, reconocimiento del pluralismo teológico, diálogo cultural, intra-eclesial, inter-eclesial e inter-religioso, libertad religiosa, solidaridad con las esperanzas y las angustias de los pobres y de cuantos sufren, etc.
La encíclica Pacen in terris, publicada mes y medio antes de su muerte, supuso un cambio de paradigma en la Doctrina Social de la Iglesia al reconocer los derechos humanos como inalienables de la persona. Constata la presencia de las mujeres en la vida pública y la toma de conciencia de su dignidad, considera legítima su protesta cuando son reducidas a mero instrumento u objeto inanimado, y defiende sus derechos tanto en la esfera doméstica como en la vida pública. Un paso gigantesco y una buena herencia que sus sucesores no asumieron. ¿Lo hará Francisco?

Juan José Tamayo
Jon Sobrino: 
"Francisco recupera la profecía en la Iglesia"
"Arrodillarse ante el pueblo 
antes de darle su bendición no es cosa pequeña"


El destacado defensor de la Teología de la Liberación, el jesuita Jon Sobrino, aseguró que el papa Francisco sigue un camino "claro y coherente", a la vez que consideró que todos los cristianos deben ayudarle y dejarse ayudar por el pontífice para marcar el cambio.

"Después de dos meses y medio de ser elegido, el papa Francisco sigue su camino de un modo claro y coherente", destacó Sobrino en un artículo en la edición de este mes de Cartas a las Iglesias, una publicación del Centro Pastoral Oscar Arnulfo Romero de la Universidad Centroamericana (UCA) de San Salvador.

Para Sobrino, sacerdote salvadoreño-español, los primeros gestos de Francisco fueron "muy personales, distintos y contrarios a los de su predecesor y a los de la Curia Romana" porque "arrodillarse ante el pueblo antes de darle su bendición no es cosa pequeña".

Destacó que esos gestos "simpáticos, humanos", de sencillez, se repiten cada día, contrastando con lo anterior y con "el aire de superioridad y de apoteosis".

Con Francisco, estima Sobrino, se respiran aires de cambio, como del Vaticano II (Concilio reformador entre 1962-1965) y Juan XXIII (el papa bueno), aunque todavía está por verse cómo hará para enfrentar al capitalismo internacional y sus defensores que "no se arredran ante nada", así como para "emprender de verdad la reforma de la Curia, que ya ha anunciado contra el rechazo de los curiales que -salvo milagro- no se hará esperar".

El teólogo, quien fue sancionado y acallado por Benedicto XVI por sus escritos sobre Jesús, también cree que está por verse cómo abordar los problemas a los que los papas anteriores "no han prestado la atención debida" como matrimonios y divorcio, ministerio y celibato y la "reparación" que hoy en día se debe a decenas de miles de religiosas estadounidenses "juzgadas con ligereza y sin diálogo".

"El Papa Francisco habla muy bien y de corazón de los pobres y muestra compasión hacia los oprimidos. Quizás recupere la profecía, incluido el hablar en contra de los que matan, aunque los ame de corazón", enfatiza.

El sacerdote advierte que probablemente Francisco "experimentará la necesidad de meterse en los conflictos de este mundo" con lo cual "le caerán duros palos a él y a la Iglesia". (RD/Agencias)

martes, 4 de junio de 2013

El sufrimiento ha de ser tomado en serio
José Antonio Pagola





Jesús llega a Naín cuando en la pequeña aldea se está viviendo un hecho muy triste. Jesús viene del camino, acompañado de sus discípulos y de un gran gentío. De la aldea sale un cortejo fúnebre camino del cementerio. Una madre viuda, acompañada por sus vecinos, lleva a enterrar a su único hijo. En pocas palabras, Lucas nos ha descrito la trágica situación de la mujer. Es una viuda, sin esposo que la cuide y proteja en aquella sociedad controlada por los varones. Le quedaba solo un hijo, pero también éste acaba de morir. La mujer no dice nada. Solo llora su dolor. ¿Qué será de ella?

 El encuentro ha sido inesperado. Jesús venía a anunciar también en Naín la Buena Noticia de Dios. ¿Cuál será su reacción? Según el relato, “el Señor la miró, se conmovió y le dijo: No llores”. Es difícil describir mejor al Profeta de la compasión de Dios.

 No conoce a la mujer, pero la mira detenidamente. Capta su dolor y soledad, y se conmueve hasta las entrañas. El abatimiento de aquella mujer le llega hasta dentro. Su reacción es inmediata: “No llores”. Jesús no puede ver a nadie llorando. Necesita intervenir.

 No lo piensa dos veces. Se acerca al féretro, detiene el entierro y dice al muerto: “Muchacho, a ti te lo digo, levántate”. Cuando el joven se reincorpora y comienza a hablar, Jesús “lo entrega a su madre” para que deje de llorar. De nuevo están juntos. La madre ya no estará sola.

 Todo parece sencillo. El relato no insiste en el aspecto prodigioso de lo que acaba de hacer Jesús. Invita a sus lectores a que vean en él la revelación de Dios como Misterio de compasión y Fuerza de vida, capaz de salvar incluso de la muerte. Es la compasión de Dios la que hace a Jesús tan sensible al sufrimiento de la gente.

 En la Iglesia hemos de recuperar cuanto antes la compasión como el estilo de vida propio de los seguidores de Jesús. La hemos de rescatar de una concepción sentimental y moralizante que la ha desprestigiado. La compasión que exige justicia es el gran mandato de Jesús: “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo”.

Esta compasión es hoy más necesaria que nunca. Desde los centros de poder, todo se tiene en cuenta antes que el sufrimiento de las víctimas. Se funciona como si no hubiera dolientes ni perdedores. Desde las comunidades de Jesús se tiene que escuchar un grito de indignación absoluta: el sufrimiento de los inocentes ha de ser tomado en serio; no puede ser aceptado socialmente como algo normal pues es inaceptable para Dios. Él no quiere ver a nadie llorando 


 10 Tiempo Ordinario (C)
 Lucas 7, 11-17
PREDICAR EL PERDÓN Y LA CRUZ EN TIEMPO DE MUJERES GOLPEADAS
MARIA CECILIA JAURRIETA
Orden Franciscana Seglar, raices885@gmail.com
ARGENTINA.


La comunicación es un arte difícil. Y la predicación en una homilía comparte muchas de sus limitaciones. Uno de los tantísimos aspectos que intervienen tiene que ver con los malentendidos y sobreentendidos. El malentendido hace alusión a lo que el receptor del mensaje entiende en forma muy distinta de lo que el emisor dijo o quiso decir. En el sobreentendido el emisor cree que el receptor entiende lo que dijo, de la misma manera que quiso decirlo. Todos nos hemos visto envueltos en estas situaciones. Las mamás tenemos una casuística maravillosa y a pesar de nuestra experiencia volvemos a equivocarnos una y mil veces. Por eso entre las reglas para una buena comunicación están las de aclarar siempre y no dar nada por sobreentendido.
Convengamos que desde la predicación de un texto evangélico es muy difícil no caer en malentendidos y sobreentendidos. Me pregunto si las bellas exegesis, tan útiles para llenar nuestra sed de la Palabra de Dios, no acometen con la difícil tarea de encarnar el mensaje, precisamente por eso, por ser muy difícil. Necesitaríamos habilitar un tiempo extra luego de la Eucaristía para satisfacer todos los cuestionamientos que pudieran surgir.
¿Cómo entiende la prédica del perdón una mujer maltratada?
Entre los textos evangélicos más difíciles de “ajustar” a la mentalidad del participante, están aquellos que se refieren al perdón, al poner la otra mejilla, el perdonar setenta veces siete, el de negarse a uno mismo y tomar su cruz, el de no juzgar para no ser juzgados…
Quiero aclarar que el perdón sin condiciones que nos enseña Jesús forma parte de mis convicciones más queridas. Además tratar de ser imitadores del Padre, que perdona siempre, Jesús nos invita a sacarnos del corazón la emoción más nefasta, la más destructiva: el odio.
Sin embargo al ocasional predicador especialmente, el de los grandes santuarios, me gustaría presentarle a esa mujer (o victima de la violencia familiar): Seguramente padece desde hace años esa cruz, seguramente no tiene confianza con nadie como para compartir semejante vergüenza, seguramente ha ido a la Iglesia a llorar, a tener un poco de paz. Y tal vez, escuche alguna de estas frases muy rara vez puestas en el contexto de su vida.
Acá volvemos a la comunicación. Todos nos comunicamos por palabras. Pero dicen los que saben que nuestra comunicación es en un 90 % gestual. Esa mujer que intenta separarse de su victimario, vuelve a su casa con la necesidad de confirmar un perdón “de palabra” con un “gesto” mucho más elocuente: la convivencia.
La cohabitación tal vez fue interrumpida por la violencia desatada que la llevó a la guardia de un hospital, o a la casa de una amiga. Esa mujer tiene la necesidad de perdonar porque los victimarios, en su gran mayoría, piden perdón y prometen no volver a la agresión. Además acaba de escucharlo en la prédica de la iglesia sin que nadie se acuerde de ella y su circunstancia.
La mujer siente culpa si no expresa ese perdón. No sabe (o elige no saber) que el agresor tiene una conducta que no puede controlar. Ese sobreentedido o malentendido, podría convertirse en una trampa mortal. Solo en la Argentina cada 48 horas una mujer muere por acción de su actual o anterior pareja. Aquellas relaciones violentas con final feliz solamente lo fueron luego de la admisión del problema y posterior abordaje terapéutico de ambos.
El papel de las iglesias
La Conferencia Episcopal de los Estados Unidos ha emitido un documento en el que proporciona precisas indicaciones al clero y demás líderes religiosos sobre cómo predicar y cómo proceder en las situaciones de violencia domestica. Su versión de 1992 se actualizó en el 2012. Se llama ”Cuando una mujer golpeada pide ayuda”.
El texto recoge entre otras, tres constataciones: que la pareja violenta, a pesar de ser intrínsecamente controladora, acepta que la víctima asista a los servicios religiosos de su iglesia; que la pareja violenta manipula a su conveniencia mensajes evangélicos como el del perdón; que los curas no predican adecuadamente este tema para no recibir demandas de ayuda que no pueden satisfacer.
Desde el lugar del feligrés atento a la predicación de estos temas tan espinosos uno tiene la percepción de que los mismos predicadores no tienen en cuenta el valor de la homilía y el efecto transformador que tiene en su ocasional audiencia. Cuando predican sobre estos temas ¿no podrían hacer un aparte para encarnar el mensaje de Jesús de manera que estos particulares destinatarios, ni los sobreentiendan ni los malentiendan?
Entre las recomendaciones figura el de tener a mano las direcciones de los servicios de atención a las víctimas y más aun, los refugios para las situaciones de emergencia.
La buena noticia
Solamente Jesús es capaz de transformar y sanar nuestras heridas emocionales. Esas que abundan tanto en la víctima como en su agresor. Solo Jesús es capaz de hacernos sentir que gracias al misterio de la Redención, hemos sido llamados a vivir como seres portadores de las mayor de las dignidades, la de ser hijos e hijas de Dios.
Por eso si bien los recursos sociales que aportan todos los organismos involucrados en la lucha contra la violencia domestica son útiles, ninguno es efectivo si no se enciende una luz en ambos protagonistas.
La primera en arder es el “¡basta!” de la víctima que pone un límite a una forma de convivencia inhumana. La segunda puede –o no- encenderse cuando la segunda víctima – el victimario- reconoce su propia fragilidad y emprende un camino de cambio
Tareas para un presente mejor
Aunque se conciba como difícil ó imposible- la buena noticia es también la de que no hay finales cerrados al misterio del hombre: para Dios no hay imposibles. Somos nosotros, los seres humanos quienes tenemos que hacer la conversión imprescindible que incluye:
  • Involucrarnos para que el otro recorra el camino de su re dignificación. Si una mujer golpeada y su victimario únicamente se separan están destinados a multiplicar el número de víctimas: si no sanan, ambos recomenzaran convivencias con otras parejas, tendrán hijos y como una epidemia sin control realimentaran el círculo de la violencia social.
  • Privilegiar una pastoral que promueva la autoestima de la víctima, sea varón o mujer. Tanto la capacitación laboral para la independencia económica, como las estrategias de educación en la autoestima son recursos imprescindibles que forman parte de las historias con final feliz.
  • Considerar la posibilidad de destinar o compartir edificios desocupados para ser utilizados como refugios. Es este el punto más débil de las políticas que luchan contra la violencia doméstica. Existe, lamentablemente la convicción de que son los otros –el Estado, por ejemplo- los que tienen que ocuparse. Dios nos pedirá cuentas a nosotros de lo que hicimos, no a los otros…
“Soy yo, acaso, el guardián de mi hermano” (Génesis 4,9) Aquella pregunta con que Caín intento evadirse de la responsabilidad del homicidio de Abel, viene siendo la actitud negadora con que una generación tras otra pospone su compromiso de amor con el hermano concreto. Solo los santos supieron dar respuestas creativas y audaces a enormes problemas sociales. La galería incluye desde redimir cautivos hasta enseñar a comunicarse a sordomudos, pasando por la atención de los leprosos o la eterna lucha contra el hambre.
Quienes creemos con San Pablo que somos ”Templos de Dios y que el Espíritu de Dios” habita en nosotros (1 Cor 3,16) deberíamos reflexionar sobre tantos pecados de omisión contra la dignidad del hombre. Tal vez dejarían de ser ignorados si nos atreviéramos a encarnar el evangelio en las realidades cotidianas… Pero para asumirlas hay que conocerlas de verdad. Como dice un fraile amigo:”nunca prediques si no conoces el precio de un kilo de papas”.
Mensaje a una víctima de violencia doméstica (para colocar en la puerta de todas las iglesias)
  • El perdón es un don que se pide a Dios: no es un esfuerzo de olvido, de no aceptación o de negación sino una liberación interior para no someterse a las consecuencias de aquello que una vez nos hirió.
  • Sólo el perdón nos libera de su indiferencia, el resentimiento, el rechazo, la negación, el deseo del mal y del odio. Hay que perdonar para no seguir torturando el propio corazón.
  • Si al menos no querés perdonar por el otro, hacelo por el bien de tu propio corazón, el cual no merece que siga sufriendo un viejo dolor.
  • Perdoná al otro por vos. al menos así tendrás más salud espiritual.
  • El perdón es una gracia que se pide a Dios y se recibe. No hace falta nada más.
  • NO ES NECESARIO NINGÚN GESTO PARA CON EL OTRO. EL PERDÓN NO REQUIERE NECESARIAMENTE DE RECONCILIACIÓN, LA CUAL NECESITA DE LA PRESENCIA EL RE-ENCUENTRO, EL DIÁLOGO, LOS GESTOS, EL " HACER LAS PACES" el otorgarse nuevamente una renovación de confianza mutua y brindarse recíprocamente una segunda oportunidad.
  • La reconciliación siempre requiere del perdón, pero al perdón NO LE ES NECESARIA LA RECONCILIACIÓN. EL PERDON REQUIERE SOLO A UNO, LA RECONCILIACIÓN A DOS O MÁS.
  • Hay historias de las cuales NO SE VUELVE. No hay vuelta atrás, no conviene resucitar viejas heridas y añejos traumas. AVECES ES MEJOR DEJAR ATRÁS TODO Y TOMAR OTRO RUMBO. Para este tipo de situaciones hay que dar el perdón aunque no sea posible la reconciliación.
  • Perdoná por vos y tu corazón. Liberate de la historia de heridas que siempre vuelven, te arrastra al pasado y no te deja seguir. Liberate emocionalmente del recuerdo. Liberate psicológicamente del peso. Liberate espiritualmente de la culpa, la vergüenza, la angustia, la frustración y el miedo. Permitite ser otro. Cambiá todo lo que necesitás.
  • Empezá de nuevo una y otra vez. No dudes de amar, después de todo, sólo el amor es la única realidad humana de la cual no tenemos que arrepentirnos. En el amor siempre encontrás la esperanza. En el amar hay siempre algo de felicidad. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).
Fuentes
Cuando pido ayuda: una respuesta pastoral a la violencia contra las mujeres- Conferencia Episcopal de los Estados Unidos de Norteamérica-1992, actualizada en el 2002- En el buscador colocar When I call for help-NBC- Se accede a la versión en castellano del documento más antiguo
Rosa y José-una historia de amor y violencia- Editorial San Pablo
¿Por qué me pegas? Viacrucis de una mujer golpeada- Misiones Franciscanas Conventuales
Entrevista a la Subcomisaria Adriana Melo, Comisaría de la Mujer Municipio de Avellaneda- Provincia de buenos Aires
Aporte de la periodista Gladys Salerno- Celebra la vida- Radio Cadena AM1470 Lanus


Dios, ¿fruto del deseo o activador del mismo? 
El debate entre los “nuevos ateos” y la teología “católica”
Jesús Martínez Gordo


La discusión entre los llamados “nuevos ateos” y la teología (y, en concreto, “católica”) frecuentemente gira en torno a la verdad y al método. Pero éstos, siendo asuntos importantes, no son los únicos. Más pronto que tarde, acaba apareciendo el problema de sus diferenciadas (y yuxtapuestas) cosmovisiones[1]. 

Es lo que califico como el debate dogmático. Una cuestión compleja, enfrentada, rica y, frecuentemente, ocupada en problemas de tanto alcance como “Dios” (¿fruto del deseo o activador del mismo?), la “realidad” (¿finita o anclada en la infinitud?), la “moralidad” (¿fundada en el egoísmo o en la solidaridad?). 

La entidad y extensión de estas preguntas obliga a centrarse, por limitaciones de espacio y tiempo, en  la primera de ellas: cuál es el fundamento de “Dios”. 

1.- La teoría de la proyección 

Según los “nuevos ateos”, lo que los creyentes entienden por “Dios” no es sino el resultado de proyectar en un ser ideal lo que nos gustaría ser y no podemos ser. Ésta es la primera de las verdades (además de la imposibilidad de verificar científicamente la existencia de la divinidad) en la que “creen” los “nuevos ateos”. Es lo que se conoce, desde L. Feuerbach, como la teoría de la proyección.

Según el pensador alemán, el ser humano experimenta continuamente no sólo la fragilidad y la debilidad de una existencia sometida al dictado del tiempo y a su perecimiento inexorable, sino también lo extensa e insondable que es su ignorancia. 

La consecuencia de todo ello es una incontestable y, a la vez, inaceptable experiencia (y conciencia) de fragilidad que intenta superar proyectando en un ser ideal los deseos más íntimos e imposibles, es decir, lo que le gustaría ser para, así, superar la fragilidad, el perecimiento, el horror, la ignorancia y la maldad que permanentemente se muestran como insoslayables e inabordables. “Dios”, sentencia L. Feuerbach, en realidad es el ser que nos gustaría ser y que, sin embargo, no podemos ser, por mucho que nos lo propongamos. 

Pero, además de una proyección a través de la que canalizamos nuestros deseos y nuestra voluntad de superar la repulsión que nos provoca el perecer, la ignorancia y la fealdad, es también una idea fantástica a la que se atribuye la existencia: la idea de Dios, al ser “la más perfecta por encima de la cual nada mayor se puede pensar” –sostenía San Anselmo en su argumento ontológico y en respuesta a Gaunilón- lógica y necesariamente tiene que existir ya que si no fuera así, no se habría pensado en “la idea más perfecta por encima de la cual nada mayor se puede pensar”, sino en otra idea limitada, más imaginada que lógica y necesariamente existente. La idea de Dios tiene una singularidad que no presentan otras: la de vincular existencia y perfección como condición imprescindible para su misma posibilidad. 

El deseo y la fantasía, aliados con una lógica idealista, han llevado a afirmar la existencia de una idea perfecta, absoluta, omnipotente, bella y omnisciente, es decir, de un Dios todopoderoso y, por ello, eterno.  

Todos los “nuevos ateos” asumen y modulan esta tesis de L. Feuerbach. “La religión es una creación del ser humano”. “Dios no creó al ser humano a su imagen y semejanza. Evidentemente, fue al revés” (H. Hitchens). Es “una ficción, una creación de los hombres, una invención” que busca “asegurarse el poder sobre sus semejantes” (M. Onfray). “La última ilusión, el refugio post-metafísico contra el desencanto, el artefacto filosófico para huir de lo (del miedo a lo) finito, para  no vivirlo, para no estar en el” (P. Flores d’Arcais). La clave de todo ello está en que “somos capaces de ideas que no padecen nuestras limitaciones” (F. Savater). R. Dawkins –impregnado de un talante beligerante desconocido desde hacía décadas- anatematizará semejante constructo ya que engendra “rituales que provocan hostilidad”. 

Pero L. Feuerbach va un poco más allá y propone una solución alternativa: como mucho, se es eterno, bueno, sabio y bello formando parte del género humano y siendo uno con él o, en todo caso, sumándose a él. “Los humanos no venimos al mundo para morir, sino para engendrar nuevas acciones y nuevos seres: somos hijos de nuestras propias obras y también padres de quienes emprenderán, a partir de ellas o contra ellas, proyectos inéditos” (F. Savater). Según los “nuevos ateos”, hemos sido engendrados y estamos capacitados para engendrar: somos la continuidad de otros y nos prolongamos en nuestros hijos y en nuestras obras. Es así como formamos parte del género humano y como lo “eternizamos”. Hasta ahí llega nuestra posible perennidad.

Desde que L. Feuerbach formulara esta interpretación, el ateísmo antropológico se ha convertido en una de las cuestiones fundamentales para la teología y, también, para la increencia, incluida la que profesan los llamados “nuevos ateos”. 

Para la teología, en primer lugar, porque tiene que mostrar que Dios (y la idea o el imaginario que se tiene de Él) no es el resultado de proyectar en un ser fantástico nuestros deseos (lo cual no quiere decir que no exista un componente desiderativo), sino que, más bien, se desea y se anhela a Dios porque, siendo lo más íntimo a nosotros mismos, es, a la vez, lo radicalmente distinto y diferente, es decir, el Principio y Fundamento de la vida y de la realidad  sin, por eso, confundirse con ella. 

Pero también lo es, en segundo lugar, para el ateísmo, en general, y para el “nuevo ateísmo”, en particular, porque tienen que mostrar (sin limitarse a repetir lo dicho en su día por L. Feuerbach) la consistencia argumentativa  y veritativa de la teoría de la proyección ante, por ejemplo, un Dios frágil y ante la fe entendida y vivida como seguimiento del Crucificado en los crucificados de este mundo. Un imaginario de Dios de este calado, ¿es fruto de nuestros deseos?

2.- Dios, en sus anticipaciones, activador del deseo

Ante la interpretación del deseo como fundamento de la divinidad, los creyentes argumentan que el discurso sobre Dios y con Él es posible porque existen anticipaciones, huellas, señales o chispazos de esa verdad, bondad y belleza final que, siendo propios y exclusivos de Dios, activan por sí mismos (y en quienes los perciben como tales) el deseo de unirse y confundirse con “la realidad que todo lo determina”. Y son dichas anticipaciones las que fundan la idea y los diferentes imaginarios sobre Dios, algo perfectamente compatible con la existencia de un componente desiderativo. Es más, lo habitual es que se desee abrazarlo, poseerlo, controlarlo y hasta dominarlo, sin dejar de reconocer, por ello, su radical singularidad, su equilibrio -permanentemente inestable- de cercanía y alteridad. 

W. Pannenberg ha analizado en su “antropología en perspectiva teológica” siete de estas huellas, anticipaciones o chispazos de eternidad: la apertura al mundo, la creatividad, la confianza, el esperar más allá de la muerte, la búsqueda de una identidad, la sociabilidad y la historicidad. 

En el análisis de dichas experiencias humanas (y de otras posibles) se muestra que no es el deseo el que funda el misterio de Dios, sino que el deseo es, más bien, activado y dinamizado por la presencia de “la realidad que todo lo determina”. Dios no es fruto de una fantasía desbocada, sino una idea que brota a partir de sus anticipaciones en lo singular. Por ello, el teólogo alemán se atreve a sostener que la persona que niega o reniega de Dios, es decir, de su fundamento y destino definitivos es la que se encuentra alienada ya que está ideológicamente condicionada por su fantasía prometeica o por su nihilismo, sea del signo que sea.  

Más allá de lo provocadora que resulte la tesis de W. Pannenberg sobre la alienación de los ateos en general (y, por extensión de “los nuevos ateos”), lo cierto es que de Dios sólo se puede hablar al modo humano, a saber, marcados por las cargas desiderativas y por las fantasías e imaginarios que resultan de percibirlo en sus mediaciones. Por ello, toda conceptualización será siempre limitada y permanentemente superable. En este sentido, tienen razón “los nuevos ateos” cuando sostienen que “tras la sombra de los tres Dioses podemos detectar la presencia muy activa de los hombres” (M. Onfray). Las formulaciones, ideas o teorizaciones sobre Dios no son Dios. Son limitados e históricos balbuceos de los seres humanos. 

Y no pueden ser otra cosa porque la parte nunca puede encerrar y abarcar (aunque lo pretenda) el todo, de la misma manera nunca se puede encerrar el misterio de grandeza y debilidad (que es toda persona) en una descripción (aunque parezca muy elocuente o extensa en páginas), en una ficha (por muy completa que se pretenda) o en un número (aunque sea el carnet de identidad). Evidentemente, éste es un lenguaje que repugna a los “nuevos ateos”, pero no deja de ser, por ello, razonable y sensato en su indudable modestia: de Dios sólo se puede hablar de manera humana. Y no puede ser de otra manera.

Hace unos años argumentaba, en diálogo con G. Puente Ojea y recurriendo a un ejemplo, que “el problema estriba en saber si el ser humano desea beber un buen rioja porque se encuentra con él y a partir de ese momento comienza a desearlo o si, más bien, hay excelentes riojas porque el ser humano lo ha deseado -llevado por su fantasía creadora- y se ha puesto manos a la obra, creándolo y generando el deseo a partir de este momento. Dicho de una manera más clara y directa: o bien deseo seguir y conocer a Jesús (y, por ello, fantaseo su existencia), o bien, le sigo y quiero conocerle porque su persona, su mensaje y su destino me fascinan y seducen. Y éstos existen independientemente de mi imaginación creadora y de mi deseo” (J. Martínez Gordo). 

Esta manera de argumentar será descalificada por G. Puente Ojea como una “petitio principii”. Se trata, como se puede apreciar, de un intento de desautorización que no aplica a la hipótesis contraria, es decir, a la que sostiene que Dios es fruto de nuestro deseo. Es mucho más sensato (y menos condicionado ideológicamente) entender que las dos hipótesis son “petitio principii”, axiomas o verdades experimentadas: la que sostiene que el deseo funda la idea de Dios y la que afirma que Dios funda el deseo de Él. 

La resolución sobre cuál de ellas es la verdadera (algo que frecuentemente olvidan los “nuevos ateos”) pasa por invalidar las experiencias humanas propuestas como anticipaciones o mediaciones de la verdad final. Y también, por evaluar la consistencia veritativa de las diferentes dogmáticas en curso (la atea o antiteísta, la agnóstica y la católica). En el caso de los cristianos, pasa por mostrar que la nostalgia de Dios es un deseo puesto por Dios mismo en el ser humano que se activa con particular potencia ante su anticipación histórica que es Jesús el Crucificado y Resucitado (y, por esto último, reconocido y acogido como Cristo). Por eso, es uno de los objetivos (si no, el objetivo) de la iniciación cristiana y de la teología.

3.- La permanente novedad del Dios “católico” 

Pero el discurso ateo fundado en la teoría de la proyección ignora, además, la existencia de representaciones “católicas” y cristianas de la divinidad que chocan, total o parcialmente, con todos los imaginarios posibles de la misma y, particularmente, con los deducidos a partir de la filosofía teológica griega. 

Así, por ejemplo, la diferencia que los luteranos establecen entre lo que llaman “religión” (un Dios, en buena parte, a la medida de los deseos humanos) y lo que entienden por “revelación” (el Dios que se entrega en el Crucificado) es una clara señal, entre otras posibles, de la radical novedad y singularidad que se anticipa en Jesús y, concretamente, del disparate que sigue siendo defender la teoría de la proyección a los pies del Dios cristiano.

La revelación de Dios en el Crucificado no sólo es un acontecimiento que se encuentra más allá de los deseos y fantasías humanas, sino, sobre todo, es un dato que rompe todas las expectativas posibles. Sencillamente, está en las antípodas de todo lo desiderativamente razonable. Por ello, sorprende y descoloca. 

Nada que ver con el Dios “violento, celoso, vengativo, misógino, agresivo, tiránico, intolerante…” que inevitablemente brota cuando queda esculpido por el deseo de eternidad y la pulsión de muerte (M. Onfray). Y sí mucho que ver con la experiencia y con el discurso del salmista cuando reconoce que su alma y su carne están sedientas de Dios como tierra reseca, agostada, sin agua (Cf. Salmo 63, 2) o cuando, contemplando la belleza que se anticipa en la creación y la pequeñez de quien disfruta de ella no puede evitar cantar agradecidamente: “Señor, Dios nuestro ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” para preguntarse, a continuación: “¿qué es el hombre para te acuerdes de él, el hijo de Adán para que te cuides de él?” (Salmo 8, 2.5).

Pero hay más. Si lo propio de la “y” católica es hacerse cargo del equilibrio permanentemente inestable que caracteriza al misterio de Dios, es lógico que la experiencia de dicho misterio sea igualmente “católica”, es decir, creativa y fecunda articulación de deseo y novedad, de proyección y sorpresa, de anhelo y asombro, de ansia y admiración. Por ello, defender que el deseo no funda el misterio de Dios no quiere decir que Dios no satisfaga algunos o muchos de dichos deseos y aspiraciones. Y menos sistemáticamente. Más bien, quiere decir que puede culminarlos, sobrepasarlos e, incluso, reconducirlos. La novedad y la capacidad de sorpresa es una nota distintiva y permanente del Dios cristiano. En cambio, no lo es de la idea de la divinidad que brota y se funda en el deseo humano. 

Más todavía. La teología cristiana recuerda que la relación con Dios es, a la vez, caricia y aguijón, profecía y consolación, denuncia y reparación. El imaginario cristiano manifiesta una inagotable capacidad para ir y llevar más allá de lo deseable e, incluso, de lo razonable. Es semejante capacidad de descolocar lo que permite reconocer y proclamar, desde los primeros momentos, que Dios es escándalo para los judíos y necedad para los griegos y latinos (1 Cor. 1, 23), sin dejar de ser, a la vez, tranquilidad para unos y sabiduría para otros. Y siempre, permanente novedad.

Sin embargo, este crítico y radical desmarque de la teoría de la proyección no impide reconocer (y criticar) la influencia (también en la actualidad) del imaginario greco-latino en la idea del Dios cristiano o la persistencia de un Dios “a la carta” entre muchos creyentes. Son constataciones que frecuentemente coexisten con la sorpresa, la novedad y la descolocación que, más tarde o más temprano, acaban apareciendo en toda representación cristiana de Dios, por muy contaminada que pueda estar de la filosofía teológica griega o arrasada por la fantasía desiderativa.

En cualquier caso, es preciso reconocer que de esta crítica feuerbachiana brota un reto de indudable calado, a cuya altura no siempre suele estar la teología cristiana y, por extensión, los cristianos: dejar a Dios ser libre y no tomar nuestros discursos e inevitables proyecciones sobre Él como la palabra última y definitiva; como si fueran dogmas intocados e intocables. Este suele ser un error bastante frecuente en el lado católico.

Quizá, por ello, cada día es mayor la importancia del lenguaje “católico” para hablar de la novedad de Dios. Curiosamente, el Dios al que nos referimos es, a la vez, (y no puede ser de otra manera, si es que hablamos de Él) “interior intimo meo” y “superior summo meo” (S. Agustín). La teología de mayor calidad no ha tenido otro remedio que recurrir frecuentemente al lenguaje paradójico: cercana transcendencia, omnipotente debilidad, tranquilidad inquietante, universal concreto, amor crucificado, etc…

Al hablar así, pretende contagiar, entusiasmar, descolocar y, en definitiva, enamorar. Ya poco importa que se pretenda descalificar semejante pretensión (algo que también anida en la dogmática atea) recurriendo a la imagen de “las drogas adictivas”: “la fe religiosa tiene algo del mismo carácter que el enamoramiento (y ambos tienen muchos de los atributos de estar colocado con drogas adictivas)” (R. Dawkins).

Ante un comentario de este calado (y en la medida en que se haya tenido la suerte –o la gracia- de experimentar a Dios en alguna o en varias de sus anticipaciones) no queda más remedio que exclamar: ¡Bendito “colocón”!