sábado, 4 de agosto de 2012


Pbro. Diego Fenoglio

Reflexiones sobre las lectura bíblicas del domingo

El miedo a la libertad


Dios, a través de Moisés y los profetas, procura bebida y alimento a su pueblo, pero los israelitas no acaban de confiar en Él. Cunde el desánimo ante las dificultades hasta el punto de que llegan a añorar la esclavitud en Egipto. La vida en Egipto no era libre, pero era segura. La libertad implica sacrificios y abre un horizonte de incertidumbres que pueden ocasionar miedo…Romper las cadenas externas es necesario, pero no suficiente, para ser libre. Cuándo somos dueños de nuestro destino tenemos que respondernos a una difícil pregunta: y ahora, ¿hacia dónde caminar?

En el desierto el Pueblo de Dios aprende a experimentar la condición de “pobre”, de “necesitado de todo” del auxilio de Dios. Esto le será útil para el crecimiento de su fe y de su esperanza en las ayudas milagrosas. En la península del Sinaí hay un arbusto llamado “tamarisco”. Produce una secreción dulce que gotea desde las hojas hasta el suelo. Por el frío de la noche se solidifica y hay que recogerla de madrugada antes de que el sol la derrita. ¿Sería esto lo que Dios le proporcionó a su pueblo, multiplicándolo claro está, de manera prodigiosa? Lo cierto es que los israelitas consideraron siempre la aparición de este alimento como una demostración de la intervención milagrosa a favor de su pueblo. Lo llamaron “maná”, porque los niños al comerlo preguntaban: “¿qué es esto?, “lo que en su idioma se dice: “Man-ah?”.

En alguna parte leí la historia de un joven que se quejaba siempre porque su mamá le daba más comida a sus hermanos y nunca estaba satisfecho con lo que le servían a él en el plato. La mamá trataba de ser muy justa en la repartición de las porciones pero, por alguna razón desconocida, el joven siempre encontraba alguna forma para lamentarse de que le sirvieran menos. Ya desesperada por esta queja constante, la señora decidió un día dejarle una doble ración de todo lo que les iba a ofrecer en la cena de ese día, de manera que el joven no tuviera forma de quejarse. Pero sucedió que el joven ese día llegó tarde a cenar y todos comieron antes de que él llegara. Al momento de recibir su ración doble, que le habían guardado en el horno, la expresión del muchacho por poco hace desmayar a la mamá: ¡Si esto me dieron a mí, cómo le habrán dado a los demás!, fue lo único que acertó a decir el joven insatisfecho...

Los seres humanos sufrimos de una especie de insatisfacción crónica. Vivimos aquejados por lo que algunos llaman el síndrome de las más verdes praderas; es decir, cuando salimos de paseo al campo, miramos a nuestro alrededor y nos parece que el sitio en el que estamos no cumple nuestras expectativas como para sentarnos a comer; en cambio, la ladera del frente se ve más despejada de palos y piedras, y el pasto parece de un verdor especial... de modo que caminamos hasta allá en busca del sueño prometido; pero cuando llegamos, volvemos la mirada atrás y nos parece que donde estábamos no había tanta piedra ni tanto palo como en el nuevo sitio y, entonces, volvemos sobre nuestros pasos o seguimos buscando otra pradera más alejada que se ve como mejor para nuestro propósito de sentarnos a almorzar... Lo cierto es que, cansados de tanto caminar, nos terminamos sentando en cualquier parte, convencidos, eso sí, de que estamos en el peor de los sitios que visitamos y que cualquiera de los anteriores estaría mejor que el que terminamos escogiendo por pura y llana necesidad de dejar, por fin, de dar vueltas alrededor de un sueño que no existe.

La felicidad no parece ser algo alcanzable en esta vida mortal; la realización plena como que no existe en este mundo de sinsabores permanentes; nos queda el consuelo de que vamos probando pequeñas muestras de esa felicidad tan esquiva y de esa realización tan inalcanzable a las que aspiramos desde lo más profundo de nuestro ser insaciable.

Así, el evangelio de hoy nos presenta a Jesús en la eucaristía como el nuevo maná: alimento para dar fuerza a nuestro cuerpo y sentido a nuestro caminar. Fuerza y sentido para superar el egoísmo y el miedo a la libertad que tantas veces nos encadenan y para caminar confiados a pesar de las dificultades…Jesús es fuente de equilibrio y de gozo, fuente de sosiego y de paz. Jesús es el lugar y fundamento de la donación de la vida que Dios hace al ser humano. En Jesucristo, Dios está por completo a favor del ser humano, de tal modo que en él se le abre su comunión vital, su salvación y su amor, y en tal grado que Dios quiere estar al lado del ser humano como quien se da y comunica sin reservas.

No puede haber eucaristía si no compartimos… si dejamos que el otro pase necesidad. Tampoco puede haber eucaristía si no tratamos de colocar a Jesús en el centro de nuestras vidas, si no lo convertimos en nuestro guía y modelo. Por eso, Juan insistirá: el lavatorio de los pies… Si nos olvidamos de abrir nuestra vida a Dios y al prójimo, nos pasará como a la gente que seguía a Jesús en el evangelio de hoy, que no veían “signos”, sino sólo comida.



jueves, 2 de agosto de 2012


Se publican miles de archivos secretos de Pinochet
Pusieron en marcha una campaña de desprestigio de la Vicaría de la Solidaridad





La policía secreta del fallecido general Augusto Pinochet lideró una red de espionaje dentro y fuera de Chile que cruzó caminos con el Vaticano, el FBI, dictaduras latinoamericanas y la prensa mundial, según revelan miles de archivos secretos y hasta ahora inéditos.

Estos documentos, por décadas catalogados como reservados, confirman que los cuerpos represivos chilenos, la DINA primero y la CNI después, mantenían correspondencia casi diaria con ministros y otras autoridades, para coordinar operaciones en todo el mundo.

El coronel Manuel Contreras, que como director de la DINA planeó atentados en Estados Unidos, Argentina e Italia, tenía potestad incluso para investigar a los empleados del Estado como revela la Circular Reservada 35 F-151 de 1975. "Su Excelencia (Pinochet) ha dispuesto que a partir de esta fecha ningún funcionario público sea contratado sin que previamente se adjunte a sus antecedentes un informe DINA respecto a las actividades que el interesado pudo haber realizado", informó el ministro del Interior de la época, general Raúl Benavides.

En 1976, los poderes de la DINA fueron ampliados y detallados. Podía investigar a todos los funcionarios, siendo la única responsable de instalar los citófonos presidenciales en la administración pública.

La policía secreta tenía un archivo con las fichas de los detenidos y perseguidos

La policía secreta, responsable de miles de desaparecidos, ejecutados y torturados, según informes oficiales, pasó a tener además un archivo con las fichas de todos los detenidos y perseguidos, cuya información envía a cuanto ministerio se la solicite. La DINA, cuyo director está hoy preso cumpliendo un centenar de condenas, tenía poder incluso para dar órdenes a ministros, como revela el Plan de Operaciones Epsilon.
'Campaña de acción psicológica'

La iniciativa fue diseñada en junio de 1975 por Contreras, ante la visita al país de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, a la que acuden cientos de denunciantes de la oposición. El coronel Contreras, quien siempre se ufanó de desayunar a diario con Pinochet, repartió en ese plan tareas a todo tipo de autoridades, a quienes advirtió que ante cualquier duda debían contactarlo directamente por teléfono.

La estrategia, contenida en 11 páginas distribuidas a ministros y jefes de servicios, tenía por misión "realizar una campaña de acción psicológica abierta y clandestina", para neutralizar en el mundo las denuncias por violaciones a los derechos humanos.

Las acciones abarcan desde el uso de periodistas, que no son nombrados, para que "festinen" con la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, hasta la eliminación de cintas de la II Guerra Mundial de la programación televisiva por aludir al nazismo.

También son propuestas campañas de ataques a la situación de los derechos humanos en Portugal, la Unión Soviética, Cuba y Vietnam, y la disputa de un partido de fútbol entre Chile y Brasil, como distracción.

Las coordinaciones entre la policía secreta y los ministros siguieron incluso tras de la disolución en 1978 de la DINA, después de que estallara una crisis con Estados Unidos por el atentado explosivo en Washington contra el ex canciller socialista Orlando Letelier.

Las operaciones de la CNI

Las embajadas remitían informes sobre exiliados y medios de comunicación

La CNI, órgano que reemplaza a la DINA, impulsa desde ese año operaciones en Bolivia, Argentina y Brasil, a través de las embajadas chilenas que remiten informes periódicos sobre la actividad de los exiliados, los medios de comunicación y organismos humanitarios.

Prueba de ello es que el 17 de marzo de 1978, el viceministro de Relaciones Exteriores de Chile, el general de brigada Enrique Valdés Puga, firmó y envió el oficio secreto número 35 de Cancillería al entonces director de la CNI, el general Odlanier Mena.

"De acuerdo a lo conversado con Uds. sobre la necesidad de normalizar la situación de envío de oficiales de esa CNI como Consejeros Administrativos o Civiles a distintas representaciones diplomáticas de Chile en el exterior, mucho agradecería remitir, a la mayor brevedad posible, al suscrito, un ejemplar del Plan Cóndor", escribió Valdés.

El jefe de la policía secreta, como era habitual, contestó el 21 de febrero directamente al canciller de la época, almirante Patricio Carvajal, ratificando las destinaciones de los militares José Aqueveque, León González y Raúl Tejo a Perú, Bolivia y Argentina, respectivamente.

Desacreditar opositores y ganar aliados

Los archivos secretos revelan además el esfuerzo continuo de la dictadura (1973-1990) por desacreditar a sus opositores y ganar aliados, operación en la que también aparece involucrado el hoy diputado de Renovación Nacional Alberto Cardemil, correligionario del presidente Sebastián Piñera.

Cardemil, que fungía en los prolegómenos del régimen pinochetista como viceministro de Interior, envió a Cancillería las fichas secretas de los funcionarios de la Vicaría de la Solidaridad, para poner en marcha una amplia acción de desprestigio de esa entidad defensora de los derechos humanos, liderada por la Iglesia católica.

"Conforme a lo conversado en nuestra reunión almuerzo de días pasados, me permito adjuntarle carpeta con antecedentes completos de las personas que trabajan en la Vicaría de la Solidaridad", redactó Cardemil el 26 de abril de 1985 en el oficio secreto 1953.

Seguimiento a corresponsales y artistas

Las operaciones detalladas en estos archivos revelan además el seguimiento a cientos de corresponsales dentro y fuera de Chile, como Pierre Kalfon de "Le Monde" y James Pringle de "NewsWeek", entre casi un millar referidos en estos documentos.

Los textos muestran diálogos con el Vaticano e informes de la Armada

También hay preocupación por la labor de artistas como el escritor Ariel Dorfman y los equipos de inteligencia remiten a autoridades de gobierno detalles de los debates en centros de estudio, lo que llaman "activismo intelectual".

Los textos desnudan además los diálogos con el Vaticano para neutralizar a los sectores de la Iglesia que criticaban las violaciones a los derechos humanos, liderados por el cardenal Raúl Silva Henríquez.

Piezas clave en todo este entramado son además los Informes de Apreciación Sociológica que la Armada prepara para la Junta Militar en los últimos años del régimen. En ellos, es delineada la entrega del poder y las características que debe tener la democracia en ciernes, donde se espera que los militares no cedan "el principio de autoridad".

"Ello ameritará la conveniencia de considerar en 1989 algunos cambios a la organización del Estado, preservando la sustancia institucional de los tres primeros capítulos de la Constitución", propuso el 6 de enero de 1989 en esos documentos el capitán de navío Rodolfo Camacho.

Los cambios finalmente fueron acordados con la oposición de centro izquierda. La Constitución redactada entonces ha regido Chile hasta hoy. (RD/Agencias)

Las consecuencias de las fumigaciones sobre la salud y la vida
Un delito de lesa humanidad
Adolfo Pérez Esquivel
Agencia Rodolfo Walsh



 Las consecuencias que producen las fumigaciones sobre la salud y la vida de las personas expuestas involuntariamente a estas prácticas poseen la suficiente entidad como para ser calificadas como crímenes de lesa humanidad. 

El caso de barrio Ituzaingó Anexo, en la ciudad de Córdoba, o juicio a las fumigaciones, posee la enorme virtud no sólo de haber puesto en el banquillo de los acusados a dos productores sojeros y un empresario de la aeroaplicación sindicados de ser supuestamente responsables del delito de contaminación ambiental en los términos de la ley 24.051. Además, ha permitido vislumbrar en toda su magnitud la discusión sobre el actual modelo de producción agropecuaria basado sobre la utilización del paquete tecnológico compuesto por soja transgénica más productos agrotóxicos.

 Este "modelo de producción" es cuestionado de manera profunda y fundada por la sociedad civil, principalmente por vecinos que habitan cerca de los predios rurales explotados con cultivos de soja, organizaciones ambientales, movimientos campesinos y pueblos originarios. Ellos advierten y denuncian en forma enfática la aparición inusitada de enfermedades graves -como malformaciones, cánceres, leucemia, lupus, abortos espontáneos, fisura palatina, etcétera- asociadas con el uso creciente e intensivo de estos productos agrotóxicos.

 Las favorables condiciones externas y los precios internacionales dieron lugar al pujante negocio de la "sojización", es decir, el proceso de pasar de cero a 18 millones de hectáreas cultivadas, de cero a 50 millones de toneladas, de cero a 20 mil millones de dólares de exportación, y de un consumo de cero a 200 millones de litros anuales de glifosato.

 Pero lo que resulta alarmante es la contracara de este proceso, representada por la aparición y el incremento de enfermedades graves asociadas con el uso intensivo y creciente de los productos agrotóxicos, el desmonte y la desaparición de los bosques nativos, el despojo de campesinos y pueblos originarios. Todo lo cual viola derechos humanos fundamentales, como el derecho a la salud, a la vida, a vivir en un ambiente sano y a la posesión y propiedad comunitaria de las tierras que ocupa esa gente.

Víctimas
La Red Agroforestal precisa que en el Chaco argentino se contabilizan 11,4 millones de hectáreas en disputa, y en todo el país existen víctimas de la violación a los derechos territoriales, como los siguientes casos:

 Sandra Juárez murió frente a una topadora el 13 de marzo de 2010, en el paraje campesino de San Nicolás (Santiago del Estero); tenía 33 años y dos hijos.

 Javier Chocobar, comunero diaguita de comunidad Chuschagasta (Tucumán), fue asesinado el 12 de octubre de 2009 por ex policías y un empresario que pretendían hacer uso de una cantera dentro del territorio comunitario.

 Roberto López, miembro de la comunidad Potae Napocna Navogoh (La Primavera, de Formosa), fue asesinado en la represión policial del 23 de noviembre de 2010.

 Cristian Ferreyra, 23 años, militante del Movimiento Campesino de Santiago del Estero (Mocase-Vía Campesina), fue asesinado el 16 de noviembre de 2011 en el paraje San Antonio, en el norte de esa provincia.

 Barrio Ituzaingó Anexo: 
más de 100 vecinos muertos por cáncer (tasa de muerte por cáncer, 33 por ciento; en Argentina, 18 por ciento); el 80 por ciento de niños del barrio tienen agrotóxicos en la sangre.

 Por su parte, la subsecretaría de Agricultura Familiar, en un relevamiento de apenas tres meses, constató la existencia de "857 conflictos de tierra en todo el país, que afectan a 63.843 familias e involucran 9,3 millones de hectáreas". Todos los conflictos por tierras obedecen al corrimiento de la frontera agropecuaria en la Argentina.

Objetivo ilógico
La superficie en disputa alcanza los 11,4 millones de hectáreas y son afectados 1,6 millón de personas. Sumado a ello, el Plan Estratégico Agroalimentario (PEA), presentado recientemente por el Gobierno nacional, entre otros objetivos, se plantea aumentar la producción granaria un 60 por ciento. Esto es, pasar de los 100 millones de toneladas actuales a 160 millones para 2020. Reconoce la necesidad de avanzar sobre nuevos territorios. Desmontes, uso de agrotóxicos, conflictos territoriales y desalojos son las consecuencias más predecibles.

 Por eso nos preguntamos: ¿cuántos hermanos más deben morir para acabar con este modelo de producción que cada día enferma y mata a más gente? Más específicamente, en materia de fumigaciones se estima que son 12 millones de personas las que se encuentran expuestas de modo directo, sistemático, repetitivo y generalizado a los agrotóxicos, cuyas consecuencias en la salud y el ambiente se están discutiendo por estos días en sede judicial en la ciudad de Córdoba, en el marco de la denominada "Causa de barrio Ituzaingó Anexo".

 Crímenes
Por todo ello, decimos que las consecuencias que producen las fumigaciones sobre la salud y la vida de las personas expuestas involuntariamente a estas prácticas poseen la suficiente entidad como para ser calificadas como crímenes de lesa humanidad. Ello por cuanto se trata de actos serios de violencia que dañan a los seres humanos privándolos de lo más esencial: su vida, su libertad, su bienestar psíquico, su salud y/o dignidad. Son actos que, por su extensión y gravedad, van más allá de los límites tolerables por la comunidad internacional.

 En tal sentido, podemos afirmar con claridad que los elementos comunes a todos los crímenes de lesa humanidad están igualmente presentes en el caso de las fumigaciones.

 Ataque repetitivo, sistemático y generalizado: las fumigaciones implican, entonces, una serie de actos, sostenidos en el tiempo, no menos de tres por cosecha, realizados en contra de la voluntad de ciudadanos que viven cerca de los campos sembrados con soja. Dicha línea de conducta afecta anualmente a miles de víctimas en el mundo, sin distinguir raza, sexo y edad, y se lleva a cabo conforme con la logística diseñada por organizaciones transnacionales dedicadas al comercio de estos paquetes tecnológicos (soja transgénica y glifosato).

 Contra una población civil: las fumigaciones afectan a un extenso grupo humano, sin distinción de credo, raza y edad.

 Importa el traslado forzoso de la población civil rural, campesina y pueblos originarios hacia centros urbanos o más alejados de su hábitat natural, con el propósito de escapar a estas agresiones, abandonando su centro de vida, su cultura, etcétera, condenándolos al desarraigo más encarnizado.

 En definitiva, es imprescindible abandonar el actual modelo de producción que sólo persigue la maximización de las ganancias por parte de las empresas multinacionales, empresarios sojeros y pools de siembra, en detrimento de la salud pública de todos los habitantes y del medio ambiente en general.

Fuente: http://www.agenciawalsh.org/aw/index.php?option=com_content&view=article&id=8930:perez-esquivel-y-las-fumigaciones&catid=107:soja-y-agrotoxicos&Itemid=135

Martín Gelabert Ballester, OP 
Fe y progreso científico 



¿La materia es la prehistoria del espíritu o un momento de la historia del espíritu? Para el cristiano no hay ningún conflicto inevitable entre las afirmaciones de la fe y la comprensión científica del universo. La fe afirma que el mundo como un todo tiene su origen en el Logos, en la Razón, en el Sentido. Gracias a “la Palabra” surge un mundo ordenado y razonable. El presupuesto de la materia es el pensamiento, el Espíritu. Al analizar la evolución de la materia es posible fijarse en aspectos desconocidos y momentos caóticos, pero fundamentalmente, desde una perspectiva global, la ciencia es posible porque el mundo esta estructurado matemática y racionalmente. Porque la realidad está relacionada y tiene su propio orden autónomo, la ciencia puede descifrarla, descubrir sus leyes y hacer experimentos. Este mundo que la ciencia descubre, la fe lo entiende como lleno de sentido porque procede de una Palabra, de una Razón.
  

Por otra parte, gracias al progreso científico podemos cumplir mejor la voluntad de Dios. La revelación afirma que Dios dotó a una de sus criaturas de razón y le encomendó el dominio sobre las otras criaturas de la tierra. Con la aparición de un ser razonable, la creación alcanza una cumbre divina, porque Dios puede verse reflejado en esta criatura humana. La Razón se ve reflejada en la razón, la Palabra encuentra una palabra que le responda. Al encomendarle el dominio sobre todo lo creado, Dios hace al hombre su colaborador. Por eso no hay conflicto entre la providencia de Dios y la acción del ser humano. Gracias a la ciencia la labor que Dios encomienda al hombre se ha hecho hoy más factible que en el pasado, pues ella ayuda a proteger mejor la naturaleza, aumenta las expectativas de vida, permite luchar contra la enfermedad.
  

La ciencia debe estar siempre al servicio del hombre, de esta generación y de las futuras. Pero sin olvidar algo importante: no es posible poner en la ciencia una confianza incondicional pensando que ella puede resolverlo y explicarlo todo. No basta con descubrir la verdad contingente de las leyes de la naturaleza; hay que buscar la verdad última de las cosas. Además, una respuesta plena a las cuestiones fundamentales, como son las que atañen al sentido de la vida y de la muerte, sólo se encuentra en la revelación; más aún, la revelación, al recordar la dignidad inalienable de toda vida humana, fija unos límites a la ciencia: no todo lo que se puede hacer, se debe hacer.

miércoles, 1 de agosto de 2012


¡Yo, el Comodín, vencí a Batman!
 Frei Betto


Me llamo James Holmes, pero pueden llamarme El Matador. Tengo 24 años. Soy el Caballero que Sale de las Tinieblas. Cuando menos se esperaba, el público atento a las aventuras de Batman vio irrumpir, en la oscuridad, la escena real de sangre y odio. Yo, El Matador, hago la diferencia.

Mi abuelo murió en la guerra del Vietnam. Era especialista en enterrar minas en los caminos a los arrozales por los que transitaban los campesinos. Mi tío afirma que, gracias a la habilidad de mi abuelo, más de 500 vietnamitas vieron sus cuerpos destrozados por minas. Y hay una foto, entre las cosas de mi padre, en la que se ven pedazos del cuerpo de un vietnamita volando por los aires.

Mi abuelo tuvo mala suerte. Al agacharse en una carretera para cavar el suelo y enterrar una mina, cayó en una trampa de varas de bambú. Un agujero de dos metros de altura. Su cuerpo fue rescatado por nuestros helicópteros. Mi tío le contó hasta 18 perforaciones. Mi abuelo mereció honras militares en su entierro en Denver.

Mi padre luchó en Iraq contra los terroristas de Saddam Hussein y Bin Laden. Tuvo la suerte de regresar vivo. Trajo a casa un verdadero arsenal de guerra, dando inicio a su espantosa colección de armas. Todas legales, como otros 242 millones que circulan por los Estados Unidos.

Desde niño aprendí que un verdadero yanqui no teme matar. Y sabe dar el tiro de gracia. En mi infancia me divertía con videojuegos bélicos. Llegué incluso a ganar el campeonato de eliminación sumaria de muñequitos virtuales, al derribar 42 en menos de un minuto.

Mi hermano está incorporado a nuestras tropas en Afganistán. Y yo quedé frustrado por no haber sido elegido. Intenté negociar con la Marina e ir en lugar de él. Sería un placer matar terroristas y sus cómplices talibanes.

Cuando le conté a mi profesor que pertenecía a una familia de guerreros, y que matar a una persona me daría más placer que el sexo, él me sugirió que hiciera una terapia. Pues incluso lo superé: fui a estudiar neurociencia para entender la mente humana. Buscar respuestas a preguntas que todavía hoy me inquietan. ¿Por qué hay quien se siente culpable por matar a una persona, mientras que los políticos, como el presidente Truman, que mandó lanzar las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, mueren con la conciencia tranquila?

Me llamo James, como James Bond, y me di licencia para matar. Me acusan de ser tímido, reservado, recluido, y hasta repulsivo. En realidad yo quise experimentar, en aquella noche del 20 de julio, la misma voluptuosidad de Charles Whitman, que en agosto de 1966 fusiló a 16 personas en la universidad de Texas; de James Hubert, que en 1984 mató a 21 en una comidería de California; de Pat Sherrill, que en 1986 exterminó a 14 en una agencia de correos de Oklahoma; de James Pough, que segó la vida a 9 funcionarios de la General Motors, en la Florida, en junio de 1990; de George Hernnard, que en una cafetería de Texas eliminó a 23 personas, en octubre de 1991; de John Muhammad y Lee Malvo, que con sus rifles abatieron a 10 en octubre del 2002, en Washington DC; de Cho Seung-Hui, que en abril del 2007 exterminó a 33 estudiantes y profesores en la universidad de Virginia Tech.

No soy un asesino. Asesinato es cuando se mata a uno, o a lo máximo a dos. Es matanza cuando se trata de media docena. Exterminio: una docena. Masacre: cientos. Guerra: miles.

Soy un exterminador del presente. Mi sueño es la guerra. Es legal, convierte a los matadores en héroes y mueve la industria. Éste es un genuino producto de exportación made in USA: la guerra. Protegida por las más solemnes convenciones.

Vivo en un país libre, en el que se pueden adquirir armas como quien compra pan en la esquina. No tuve la menor dificultad para obtener dos revólveres Glock calibre 40, una carabina Remington 870, un fusil Smith & Wesson AR-15, y además 16 mil balas, compradas por internet.

Las doce personas que exterminé en el cine Aurora todavía no fueron suficientes para saciar mi hambre de placer. Pero estoy cierto de una cosa: aquella noche desafié y vencí a Batman.

Las misas prohibidas de monseñor Angelelli
Luis Miguel Baronetto

Las misas del Obispo Angelelli fueron prohibidas a fines de 1971 y hasta junio de 1973. Su palabra, transmitida en las homilías radiales fue silenciada. A 36 años de su asesinato, aún impune, TIEMPO LATINOAMERICANO recupera esas prédicas paridas desde el compromiso y la acción junto a un pueblo que se organizaba en plena dictadura de Lanusse.


Son los dos años donde recrudecen los conflictos de los opositores a la pastoral diocesana a favor de los pobres. Las prédicas del Obispo que llegaban a todos los rincones riojanos por LV 14 radio Joaquín V. González, debían ser acalladas porque resultaban no sólo molestas a los oídos de los poderosos y cuestionadoras de las injusticias; sino alentadoras a la participación y a la organización en defensa de la vida, la justicia y la dignidad de los empobrecidos.

Esa palabra episcopal no era inocua, etérea, despegada de las problemáticas cotidianas.

Arraigada en las necesidades concretas de las que el Obispo se hacía eco para que fueran asumidas por el conjunto de la comunidad en el compromiso de las soluciones, tanto de los ciudadanos como de los gobernantes.

La palabra fue suspendida cuando desembocó en acción organizada, que provocó la reacción violenta de hacendados, latifundistas y otros beneficiarios de aquel desorden establecido sobre las injusticias sociales.

En marzo de 1972 el párroco Aguedo Pucheta, en Famatina, y dos laicos fueron interceptados en su vehículo por una patota del latifundio Huiracocha, que les propinó una feroz paliza. En esa zona y en la casa parroquial de Olta, con el P. Ruiz, se organizaba entonces AOMA, el sindicato de los mineros.

Angelelli dijo: “Abramos los ojos y no nos prestemos a esta indiferencia ni a la explotación de nuestro pueblo. Para comprender mejor el hecho de Famatina, hay que pensar, entre otras cosas, en la ‘carestía de la vida’, en los ‘presos’ que no lo son por ‘delito común, en los torturados, en los perseguidos por ejercer la justicia según las enseñanzas de Jesucristo…Quieren hacernos callar como pastores de nuestro pueblo.” (12 de marzo/1972).

En junio el obispo denunció en la prensa a los servicios de inteligencia con sede en Córdoba que presionaban a los campesinos de Sierra de los Quinteros y Merced la Chimenea para comprarles el ganado a bajo precio y quedarse con sus tierras.

En el norte, el Movimiento Rural Diocesano organizó la cooperativa CODETRAL, que reclamaba la expropiación del latifundio Azzalini, entre Aminga y Anillaco. Los terratenientes de la zona, apoyados por el diario el Sol, que abrió sus páginas ese mismo año, orquestaron difamaciones injuriosas al Obispo Angelelli.

Lo acusaron de comunista y de pretender instalar “granjas rusas como en Cuba”. Cuando la movilización de los campesinos llegó con sus reclamos a la capital riojana, la respuesta del gobierno militar de entonces fue la detención de dos sacerdotes, Enrri Praolini y Antonio Gill, acusados de subversivos. Ante semejante agresión a la pastoral diocesana, el Obispo se instaló otra vez en la Catedral para convocar a un Tinkunaco, que también fue prohibido.

San Nicolás y el Niño Alcalde quedaron cada uno en la puerta de su templo hasta que tuvieran autorización de los dictadores de turno para juntarse con su pueblo, en el tradicional Encuentro, como lo denunció públicamente Mons. Angelelli.

En noviembre un grupo de padres del tradicionalismo católico impidió al obispo presidir las celebraciones del centenario del Colegio regenteado por las religiosas Esclavas del Corazón de Jesús, en disidencia con las orientaciones pastorales diocesanas que estaban inspiradas en la renovación conciliar (1962-1965) y las transformaciones sociales alentadas por los obispos latinoamericanos en Medellín (1968).

1973 fue el año de la lucha por la tierra y las expectativas de liberación. Los campesinos de CODETRAL esperaron que se cumplieran las promesas electorales. Carlos Menem había levantado la consigna por la liberación nacional y social; y “la tierra para quien la trabaja”.

El Obispo acompañó las aspiraciones populares, advirtiendo también que “la verdadera liberación de un pueblo” exige tener un corazón recto, porque no se le puede poner “vestidos nuevos a lo que ya es viejo” (15/julio/1973).

Era un llamado de atención a las autoridades votadas por el pueblo para no traicionar las expectativas populares. Más aún cuando eran evidentes las presiones de los señores feudales acostumbrados a la impunidad, también cubierta por el manto de una religión que prometía el cielo del más allá con el sufrimiento de los pobres en el más acá. Se llegó al extremo cuando los terratenientes de Anillaco y Aminga expulsaron con violencia al Obispo Angelelli y sus acompañantes en las fiestas patronales de San Antonio, el trece de junio de 1973.

Pocos días después destruyeron la casa de las religiosas y la sede de CODETRAL. Fue la violencia que necesitaban implantar para infundir el terror y conseguir que la legislatura rechazara la expropiación del latifundio de Azzalini para la cooperativa.

El conflicto socio económico y político como lo definió Angelelli, que quisieron disfrazar de religioso, con la complicidad del poder político – legislativo con la división del bloque del FREJULI en alianza con los radicales y el gobernador Menem - terminó negando el derecho de los pobres a tener su tierra para el cultivo, la cosecha y la vida. La palabra recuperada de la Misa Radial del Obispo – el 10 de junio de 1973 en la fiesta de Pentecostés - fue para denunciar a los responsables de la violencia y la negación al derecho de los pobres, ratificando la opción fundamental.

“La fidelidad al Señor y al proceso de una liberación integral de todo el hombre y de todos los hombres de nuestro pueblo, nos seguirán señalando el camino y marcando los objetivos a toda nuestra misión pastoral y de toda la diócesis…Y si en el camino que deberemos seguir recorriendo, difícil y riesgoso pero lleno de esperanzas, se nos señala como Iglesia, con distintos “ismos”, esto no nos apartará del cumplimiento de la misión evangelizadora…” (Misa radial, 10 de junio de 1973).

Los conflictos padecidos que absorbieron las preocupaciones de la diócesis riojana, lejos de producir en el Obispo el efecto de una predicación licuada y descomprometida, afianzaron la reflexión sobre la opción por los pobres y la responsabilidad cristiana de comprometerse con su liberación. Vale la pena hacer esta reflexión cuando celebramos los 40 años de la teología de la liberación.

Porque estas palabras y estas acciones se multiplicaban en muchas otras comunidades de Latinoamérica, al calor del Mensaje de Medellín. Y fue la reflexión sobre Dios y la misión de los cristianos, que se conoció a partir de 1972, después de la publicación del Libro “Teología de la Liberación”, del sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez, considerado fundador de esta reflexión teológica.

La tierra, el agua y las riquezas profundas del suelo riojano como creaturas de Dios debían alimentar y favorecer la vida en abundancia para todos. Pero el egoísmo de los poderosos persiguió hasta el martirio a los que como Mons. Angelelli, Fray Carlos Murias, el P. Gabriel Longueville, el laico Wenceslao Pedernera y tantas y tantos otros que desde la fe lucharon hasta ofrendar su sangre por la vida, la libertad, la justicia y la fraternidad.

“La fidelidad de esta Iglesia la defenderé hasta con la sangre”, había dicho el obispo Angelelli. Su martirio quedó sellado el 4 de agosto de 1976, cuando lo asesinaron mediante un atentado que judicialmente fue establecido como “accidente de tránsito provocado intencionalmente”.

Y sus autores mediatos (Jorge Videla, Albano Harguindeguy, Luciano Menéndez, Luis Estrella y Juan Carlos Romero) procesados por el delito de homicidio calificado, con ratificación reciente de la Cámara Federal de Apelaciones de Córdoba. Falta el juicio y la condena de los asesinos.


Luis Miguel Baronetto es Director de la revista Tiempo Latinoamericano.

El Libro “Misas Radiales de Mons. Angelelli” – Tomo III – Años 1972 y 1973, de Ediciones Tiempo Latinoamericano, Julio de 2012, será presentado el lunes 6 de agosto, a las 20,30, en la Feria del Libro, en la ciudad de La Rioja. En tanto que el jueves 9 de agosto, a las 20, se hará lo propio en el Auditorio de la Universidad Católica, Obispo Trejo 323, ciudad de Córdoba.

Ciencia y religión necesitan trabajar juntas para la trasformación de la realidad, 
según Haught 
El teólogo defiende en su último libro que la rivalidad entre ambas no es más que un mito 

 John F. Haught afirma en su último libro “Dios y el nuevo ateísmo” (Editorial Sal Terrae) que la rivalidad entre ciencia y religión que postulan los nuevos ateos no es más que un mito. Para el teólogo, aunque la ciencia ilumina la realidad, no puede explicar todos los aspectos de ella. Por otro lado, la ciencia debe no estar ciega en lo que a valores se refiere. “Ciencia y religión necesitan trabajar juntas para la trasformación de la realidad”, concluye el teólogo. 

Por Javier Leach



 No es la primera vez que el teólogo John F. Haught se acerca a temas que últimamente han cobrado publicidad y que nacen del encuentro, diálogo, confrontación y contraste ente ciencia y religión. De hecho, Haught, miembro directivo del Woodstock Theological Center de la Universidad de Georgetown y, desde 1970 hasta 2005, profesor y catedrático de teología en esa misma universidad, es uno de los grandes expertos mundiales en el campo de las relaciones entre ciencia y teología. 

 Se ha ocupado en profundidad de cuestiones de cosmología y ecología, y es un riguroso y dialogante defensor de la compatibilidad entre la teoría de la evolución y la visión religiosa del mundo. 

 En 2002, Haught fue galardonado con el Owen Garrigan Award in Science and Religion, y en 2004 con el Sophia Award for Theological Excellence. Fundador del Geogetown Center for the Study of Science and Religion, es autor de numerosos libros entre los que cabe destacar God after Darwin; Is Nature Enough? y Cristianismo y Ciencia, que es el libro que comentamos en este post (recientemente publicado en castellano por la Editorial Sal Terrae). 

El entorno de la teología 

 Haught entra en el encuentro con los nuevos ateos desde el terreno teológico que él conoce. Lo tiene difícil, porque una característica de los nuevos ateos es la resistencia a reconocer cualquier conocimiento que no sea científico, es más, su agresividad hacia la teología se basa en no considerarla como conocimiento científico. Pero ese hecho no le arredra a Haught y no le lleva aislarse del conocimiento científico en la torre de marfil de la teología. 

 Como teólogo, Haught se mueve en el ámbito de la profundidad que las opciones de fe dan al conocimiento. Por otra parte, Haught se refiere también a la nueva visión filosófica de la ciencia en la que se basa el nuevo ateísmo. 

 En el fondo, el libro de Haught es una crítica de la visión filosóficamente plana y unidimensional de la ciencia, que dificulta el diálogo entre la teología y el nuevo ateísmo. Se trata un enfrentamiento entre dos modos de ver la realidad. 

 Voy a explicar brevemente estas dos visiones tal como las describe Haught. Comenzaré citando algunos textos del final del libro. 

Dos visiones críticas de la realidad 

 Al comienzo del último capítulo del libro, titulado “La teología cristiana y el nuevo ateísmo”, Haught comienza con dos citas contrapuestas. Una cita es una crítica al cristianismo de Sam Harris y la otra cita es una confesión creyente de Søren Kierkegaard. Las citas son estas: 

 “La historia del cristianismo es más una historia del sufrimiento y la ignorancia humanas que una historia de la respuesta al amor de Dios” (Sam Harris) (pag. 145). 

 “Cuán extraordinariamente estúpido es defender el cristianismo… Defender algo equivale siempre a desacreditarlo” (Søren Kierkegaard) (pag. 145). 

 Frente a la crítica destructiva de Harris, Haught se pone del lado de la confesión creyente de Kierkegaard. Haught dice: “prestando oídos al consejo de Kierkegaard, en este capítulo final no voy a intentar defender la concepción cristiana de Dios frente a los ataques de los nuevos ateos“(pag 146). 

 Para Haught, la confesión creyente de Kierkegaard desvela que hay distintos niveles de profundidad personal, que son importantes para entender el cristianismo. 

 Siguiendo el hilo de la crítica de Kierkegaard, Haught se hace eco de la tradición de personalidades proféticas que realizaron la autocrítica en el interior de las comunidades creyentes: “la recriminación de los abusos y la mediocridad religiosos fue ya un motivo principal en las voces proféticas que incordiaban las conciencias de los ciudadanos de los antiguos reinos de Israel y Judá… En esta tradición profética, la de aquellos que tienen sed de justicia, descubrió Jesús de Nazaret su propia identidad y misión.” (pag. 147). 

 Esa autocrítica profética desvela niveles más profundos en la conciencia personal creyente: “el perpetuo descontento religioso e incluso la sincera frustración con la religión en cuanto tal pueden darse únicamente si nuestra conciencia ha sido atrapada ya por algo más profundo y de mayor alcance.” Es en ese nivel más profundo de la conciencia en el que, según Haught, se mueve el teólogo. 

Monismo y dualismo 

 La integración de niveles que ocurre en la conciencia le lleva a Haught a defender un monismo integrador. Haught califica la visión filosófica del nuevo ateísmo como dualismo gnóstico, que proviene de un nuevo puritanismo que sólo se siente cómodo en uno de los dos polos en los que previamente ha separado una realidad cognitiva dual: “Los nuevos ateos no son los primeros eruditos que prometen la salvación por el conocimiento puro, y la ausencia en sus enseñanzas de toda conciencia de paradoja, ironía, tolerancia y ambigüedad es sintomática de una persistente tentación humana de obsesionarse con la pureza ética y cognitiva a costa del matiz y la complejidad” (pag. 150). 

 Desde su terreno teológico Haught confiesa que el puritanismo gnóstico de los nuevos ateos tiene por desgracia sus raíces en corrientes presentes en la misma tradición teológica cristiana: “Es de justicia señalar que la teología cristiana desarrollada a lo largo de los siglos tiene gran parte de culpa de que los ideales puritanos de los nuevos ateos hayan sido grabados en la subestructura mítica de la cultura tanto popular como intelectual de Occidente. De hecho, entre las filas de los creyentes cristianos, hay muchos dualistas, si bien ese ideal dualista siempre ha existido en tensión con el fundamento bíblico del cristianismo.” (pag. 160). 



 A lo largo del libro Dios y el nuevo ateísmo se respira un trasfondo de crítica a la superficialidad del nuevo ateísmo. Parece que la superficialidad es una constante que se da tanto en las visiones creacionistas y fundamentalistas de la fe como en el nuevo ateísmo. Es la misma superficialidad en ambos casos. 

 Para Haught la “confrontación de los nuevos ateos con la teología se sitúa más o menos al mismo nivel de reflexión sobre la fe que uno puede encontrar en la literatura creacionista y fundamentalista contemporánea. Esto no tiene nada de sorprendente, ya que es de los creacionistas y los teístas defensores del diseño inteligente de quienes los nuevos ateos parecen haber adquirido gran parte de su comprensión de la fe religiosa” (pag. 13). 

 Esta confrontación no se realiza en los niveles más profundos de la teología actual, que es, para Haught “una reflexión filosófica ponderativa, pero también crítica, sobre las religiones que profesan fe en Dios” (pag. 14). 

El significado de 'fe' 

 El punto central de las explicaciones Haught está en que el nuevo ateísmo se basa en una reducción de la realidad a lo que puede ser entendido por la ciencia. 

 Para Haught “la comprensión de ‘fe’ que los nuevos ateos dan por sentada apenas guarda semejanza con lo que la teología entiende por ese término. 

 La principal diferencia está en que los nuevos ateos conciben la fe como un intento intelectualmente erróneo de acceder a una suerte de comprensión científica, mientras que la teología la piensa como un estado de entrega de sí en el que la totalidad del propio ser, no sólo el intelecto, se experimenta como siendo transportado a una dimensión de realidad mucho más profunda y real que todo lo que la ciencia y la razón puedan captar.” (pag 37) . 

Literalismo 

 Haught califica de literalismo la visión de la ciencia y de la religión propia tanto de los nuevos ateos como de los creyentes creacionistas y fundamentalistas. 

 “Los literalistas científicos y religiosos comparten la creencia de que no hay nada bajo la superficie de los textos que leen: la naturaleza en el caso de la ciencia, las escrituras sagradas en el caso de la religión” (pags. 59-60). 

 “En ningún lugar es más evidente el inflexible literalismo de Dawkins que en su pasmosa insistencia a lo largo de El espejismo de Dios en que la noción de Dios debe de ser tratada como una hipótesis científica, sujeta a los mismos procedimientos de verificación que cualquier otra hipótesis ‘científica’” (pags. 60-61). 

La hipótesis ‘Dios’ 

 ¿Puede ser ‘Dios’ una hipótesis científica? “A Dawkins no se le escapa que los defensores del diseño inteligente recurren a una suerte de hipótesis ‘Dios’ para explicar la complejidad biológica.” (pags. 75-76). 

 Sin embargo, reducir a Dios a una hipótesis es reducirlo a una causa más en la cadena de causas. Esa es la principal pifia de los defensores del diseño inteligente. El creacionismo reduce a Dios a una hipótesis y lo introduce en el campo de las causas científicas. 

 Al rechazar la hipótesis ‘Dios’ “Dawkins replicaría que él está refutando toda posible concepción de Dios, pero es evidente que al definir a ‘Dios’ como un hipotético diseñador universal, lo está concibiendo en un modo en extremo limitado, incluso retorcido” (pag. 79). 

Qué tiene de nuevo el nuevo ateísmo 

 El naturalismo ateo clásico se basaba en ciertos principios, entre los que están la visión de que la naturaleza tiene su origen en sí misma y que todas las explicaciones del origen del mundo sólo pueden ser entendidas por la ciencia. La ciencia ha evolucionado a lo largo del siglo XX y la visión de los nuevos ateos basada en la ciencia también ha evolucionado. ¿Cómo ha evolucionado? 

 Partiendo del hecho de que en toda actitud ante la vida hay una toma de posición básica, Haught nos explica en el primer capítulo del libro las cuatro verdades evidentes sobre las que se apoya el nuevo ateísmo, siguiendo un paralelismo con las cuatro nobles verdades de Buda. 

 Primera verdad evidente: “En el mundo muchas personas viven sin necesidad vidas tristes, señala Harris, haciéndose eco de la primera verdad noble de Buda, a saber que ‘toda vida es sufrimiento’” (pag. 22). 

 Segunda verdad evidente: “La causa de tanta innecesaria aflicción, afirma Harris, es la fe y, en particular, la fe en Dios. Tener fe es ‘creer sin pruebas’; y para Hitchens, eso es lo que ‘emponzoña todo’.” (pag. 23). 

 “La idea de Dios concebida por la fe es ‘intrínsecamente peligrosa‘ y moralmente mala, no importa qué forma adquiera en nuestra imaginación. ¿Por qué? Porque no existen pruebas que la respalden y, de hecho, ni siquiera es concebible prueba alguna.” (pag. 24). 

 “Para los nuevos ateos, el término ‘fe’ funciona casi como el ‘deseo ávido’ de Buda. Este atribuye el sufrimiento humano a nuestra tendencia a aferrarnos tan obsesivamente a las cosas que nos exponemos a la desilusión cada vez que hemos de afrontar la transitoriedad de todos los seres.” (pag. 25). 

 La actitud básica del nuevo ateísmo, repite Haught, se basa en las pruebas. Es evidente que la fe no puede probarse como un hecho empíricamente demostrable. ¿Qué es pues la fe? ¿Hay razones para creer radicadas en la conciencia personal no empíricamente contrastables? 

 “En la actualidad – nos dice Haught –, los teólogos conciben la fe como el compromiso de la totalidad del ser personal con Dios. Pero los nuevos ateos, haciéndose eco de una teología obsoleta, entienden la fe en un restringido sentido intelectual y proposicional. Para ellos la sede de la fe no es el corazón vulnerable sino el intelecto débil” (pag. 27). 

 Tercera verdad evidente: “La manera de evitar en la actualidad el sufrimiento humano innecesario es erradicando la fe de la faz de la tierra. La tercera noble verdad de Buda afirma que el camino para superar el sufrimiento pasa por encontrar la liberación del deseo arraigado.” (pag. 28) “No es sólo la fe, afirman, sino también nuestra cortés y cívica tolerancia de la fe lo que debe ser erradicado si queremos avanzar hacia la verdadera felicidad” (pag. 31). 

 Cuarta verdad evidente: “Seguir la senda de la ciencia revelará a las personas una nueva clase de ‘correcta asociación’ – a saber, con quienes han captado el espíritu de la ciencia – y ‘correcta comprensión’, esto es, un método empírico que llevará nuestras mentes mucho más allá de las fantasías y banalidades de la fe religiosa” (pag. 35). 

 Para Haught, “la trivialidad de esta solución (la cuarta verdad evidente) sólo es igualada por la del fundamentalismo religioso que refleja al mismo tiempo que lo comparte” (pag. 35). 

 Haught califica este nuevo ateísmo como ateísmo al menor coste posible, y lo considera irónicamente como “la persistencia bajo una nueva guisa de la religiosidad entorpecedora de la vida” (pag 47). Por lo contrario, los ‘viejos ateos’ como Marx, Freud y Nietzsche entendieron “que, si somos verdaderamente sinceros en nuestro ateísmo, toda la red de significados y valores surgida alrededor de la idea de Dios en la cultura occidental tiene que ser rechazada junto con su centro organizador.” (pag 49) 

 Haught compara el ‘viejo ateísmo’ basado en una visión de la ciencia que no había renunciado a afrontar las grandes preguntas básicas de la vida con el nuevo ateísmo que asume una postura ‘light’ frente a las cuestiones personales profundas y a las responsabilidades sociales. Posiblemente este nuevo ateísmo responde a una nueva visión ‘light’ de las actitudes básicas que fundamentan la ciencia. ¿Cuál es esa nueva visión de la ciencia que da lugar al nuevo ateísmo? 


El nuevo entorno objetivo y abierto de las ciencias empíricas 

 En los comienzos del siglo XXI, las observaciones científicas permiten percepciones de la realidad con una precisión y objetividad cada vez mayor. A nivel cuántico la indeterminación cualifica la objetividad introduciendo variables aleatorias. Los datos con valor aleatorio son esenciales para las ciencias empíricas. Sin embargo la ciencia no renuncia a alcanzar toda la objetividad que le sea posible. La ciencia busca certeza y objetividad. Ese es su reto. 

 El uso de un lenguaje formal matemático determina el carácter público y objetivo de los enunciados científicos. El carácter formal matemático del lenguaje científico asegura la interacción con las máquinas computadoras. Esta interacción es cada vez mayor y no conocemos sus límites. 

 Varios teoremas importantes nos demuestran la limitación de los lenguajes formales (recordemos el teorema de Gödel de la indecidibilidad de la aritmética y el problema de la parada de las máquinas de Turing). Pero no hay ningún teorema que nos indique dónde están en concreto los límites de los lenguajes formales y de la capacidad de interacción entre el cerebro humano y la máquina computadora. 

 Esta situación le llevó a Alan Turing nacido en Junio del 1912, cuyo centenario celebramos este año, a estudiar con experimentos la interacción entre los agentes humanos y los agentes informáticos. El test de Turing confronta el lenguaje objetivo del computador con el lenguaje objetivo humano, y la respuesta a ese test todavía está abierta. Podemos decir que el entorno de las ciencias empíricas y formales tiene límites, pero tiene a su vez una apertura ilimitada. 

 La ciencia ha renunciado a buscar sus fundamentos, tal como los buscaba a principios del siglo XX, pero se ha convertido en una maquinaria poderosísima de conocimiento y transformación de la realidad. ¿Qué aporta la fe al conocimiento científico? 

Hacia un encuentro y un diálogo mutuamente enriquecedor 

 El libro de John F. Haught estudia escritos polémicos y frecuentemente agresivos con el hecho de la fe; libros que han tenido gran publicidad últimamente y han sido profusamente vendidos. Haught analiza las críticas y se centra sobre todo en mostrar que su debilidad corre pareja con su arrogancia. 

 Dawkins, Harris y Hitchens no son los únicos científicos no creyentes. El mundo de la ciencia es autónomo y se desarrolla independientemente de la fe del científico. Pero la fe no puede, por el contrario, desarrollarse como si la ciencia no existiese. La ciencia es importante para el creyente y el creyente necesita explicar los niveles profundos de su fe. 

 Como dice Haught, “nuestra capacidad de fe religiosa es, como todos los fenómenos de la vida, fruto de la evolución, y la biología puede prestar una nueva e interesante luz a las ciencias de las religiones. Pero como cualquier otra realidad, también los fenómenos religiosos admiten una pluralidad de niveles explicativos. La falsa rivalidad entre ciencia y religión que postulan los nuevos ateos es el resultado de un mito, de un mito que afirma – sin prueba experimental alguna – que solo un marco científico de referencia, o lo que cuenta como ‘prueba’ en círculos científicos, puede conducirnos de manera fiable a la verdad” (pag. 101). 

 Hay niveles explicativos que no se pueden aclarar únicamente con la luz de la ciencia. La ciencia es luz nítida. Pero la realidad es más que lo que se deja iluminar por la luz de la ciencia. “La innegable confianza que se apodera de la humana búsqueda de comprensión y verdad no se manifiesta en el diurno ámbito de objetos sobre los que pueden centrar su atención los científicos. Esta confianza nace de los profundos y ocultos recovecos de nuestra conciencia, en un nivel de profundidad sobre el que es imposible focalizar con nitidez la mirada” (pag. 89). 

 Por otra parte la ciencia, hoy más que nunca, es una inmensa máquina de conocimiento que, por medio de la tecnología, puede trasformar el mundo. Pero la ciencia es ciega con respecto a los valores que la mueven. La ciencia es luz nítida y focalizada que necesita de la luz de contexto global que ayuda a percibir el último sentido de nuestra acción. Ciencia y Religión necesitan trabajar juntas para la trasformación de la realidad. 





              


Por LEANDRO SEQUEIROS  

 De la lectura del libro de Haugth (y de algunos comentarios recibidos de diversas fuentes) se desprende que tal vez en los ambientes crispados norteamericanos, donde los fundamentalismos religiosos son patentes, sea más difícil establecer este tipo de diálogo. En Europa, por el momento, los fundamentalismos políticos y religiosos existen, no tienen demasiada fuerza mediática. Tal vez la vieja Europa tenga un fondo de humanidad y tolerancia mayor que la de otras tierras. Y este sustrato no conviene erosionarlo.
Desde este contexto norteamericano es necesario leer el ensayo de Haught. Posiblemente, debe haber habido alguna historia anterior que ha “calentado” en exceso la pluma del docto profesor de Georgetown. Y desde nuestro contexto nos parece desmedido en descalificaciones. Muy probablemente, los jinetes del ateísmo podrán argüir que Haught ha sacado frases de contexto, que va a por ellos, que malinterpreta sus ideas. Es más: los rasgos que el autor resume de lo que entiende por Naturalismo Científico, nos parece – y seguramente le parecerán a sus oponentes –excesivamente simplista y maniqueo. Haught, como don Quijote, lucha – en mi opinión- contra unos odres de vino que no son temibles gigantes, sino simples pellejos. Y en este punto, los jinetes del ateísmo tienen un oponente debilitado al poner en el intento más pasión que racionalidad.
Pero tiene razón Haught cuando repite que Dawkins, Harris y Hitchens se han equivocado de enemigo. Que meten en el mismo saco a los protestantes fundamentalistas, a los terroristas del 11S, a los creacionistas y a los teólogos de mentalidad abierta. Y no se pueden medir todos por el mismo rasero. Los cuatro jinetes parecen desconocer, por una parte, las reflexiones modernas de las teologías; y por otra, aparentan no haber leído a los “grandes” maestros de la sospecha y del ateísmo que llevaron su negación de Dios hasta las últimas consecuencias: Nietzsche, Freud, Marx, Sartre, Bertrand Russell, etc. Como dice Haught, con razón, los nuevos ateos tienen un rictus conservador pues no desean sacar las últimas consecuencias personales y sociales del ateísmo y de una sociedad que desean que sea atea. Consecuentes con el paradigma biológico de la Reina Roja de Van Valen, estos ateos quieren “que todo se mueva para que nada cambie”.
Escribe Haught en el Prólogo (página 7): “mi esperanza es que las páginas que siguen ofrezcan a lectores de diferentes trayectorias formativas, intereses y convicciones un conjunto coherente de reflexiones que resulte útil e interesante en el inagotable debate entre la fe religiosa y el escepticismo moderno”.
Y más adelante (página 15): “Me he decidido a escribir este libro con el fin de sacar a la luz los principales errores y falacias que hacen al nuevo ateísmo mucho menos imponente de lo que a primera vista pueda parecer”.
Para llevar a término estos objetivos, Haught estructura la materia en ocho capítulos, siendo el último (“La teología cristiana y el nuevo ateísmo”) – en su opinión – el más importante. En el capítulo primero intenta responder a la pregunta de si hay algo que pueda considerarse nuevo en la corriente de este nuevo ateísmo científico, llegando a la conclusión de que no aportan gran cosa a lo ya escrito por otros autores ateos. Para Haught, “en cualquier discusión sobre el ateísmo surgen de forma natural cinco cuestiones persistentes, que son las que brindan los temas para los capítulos 3 al 7”: ¿Sirve para algo la teología? (capítulo 3); ¿Es Dios una “hipótesis” que la ciencia puede confirmar o rechazar? (capítulo 4); ¿Por qué somos los seres humanos proclives a la fe religiosa? (capítulo 5); ¿Podemos ser buenos sin Dios? (capítulo 6); ¿Es la idea de un Dios personal creíble en una era marcada por la ciencia? (capítulo 7)
En esta enumeración nos hemos saltado el capítulo 2. En él el autor se limita a preguntar “cuánto de ateo hay en el nuevo ateísmo”. La pregunta es: “¿Qué pensarían, por ejemplo, Nietzsche, Camus o Sartre de Dawkins, Harris (Dennet) y Hitchens?”. Haught diferencia entre un ateísmo “duro” y un ateísmo “blando”. Parafraseando a un amigo, podría decirse que el ateísmo de los maestros de la sospecha es ateísmo que merece hoguera, mientras que el de los nuevos jinetes, sería un ateísmo “de barbacoa”.
“Por último, en el capítulo 8 ofrezco una respuesta específicamente cristiana a las cuestiones tratadas en los capítulos 3 al 7. A algunos lectores les podrá parecer prescindible este capítulo conclusivo, si bien para mí, personalmente, es el más importante” (pág. 18). Haught matiza mucho sus palabras. No se trata de dar “la respuesta”, sino “una respuesta”, por lo que el diálogo puede seguir abierto. Pero una lectura atenta del conjunto del libro rezuma ciertos resabios conservadores. La definición de Teología (pág. 33) se me antoja excesivamente cerrada, y parece renunciar a la posibilidad de reformular e inculturar muchos de las reflexiones teológicas a la luz de los paradigmas de la llamada Era de la Ciencia. Esto es- según mi parecer- una seria dificultad para el diálogo con las nuevas culturas emergentes. 
Pero sigamos el texto de Haught: “Los primeros siete capítulos evitan considerar el nuevo ateísmo desde un punto de vista cristiano. En vez de ello, mi crítica está planteada de tal modo que también los teístas no cristianos (en especial, los teístas judíos y musulmanes), así como los ateos y los agnósticos, puedan seguirla con facilidad. Solo en el capítulo final esbozo una respuesta teológica cristiana. En el capítulo 8 muestro que lo que los nuevos ateos entienden por “Dios” no tiene prácticamente nada que ver con lo que la fe y la teología cristianas entienden hoy bajo ese nombre” (página 18).
Al lector estimula oír estas palabras. Pero la lectura atenta de los primeros capítulos puede defraudar. En el fondo, existe lo que podría llamarse un cierto tufillo conservador que hace que el ateo choque con un muro impenetrable de posturas previas inflexibles. Se percibe que el autor tiene ya “sus verdades” bien apuntaladas y las marejadas ateas chocan y rebotan. El diálogo – desgraciadamente- se hace asimétrico. No es de igual a igual sino desde el que dice poseer la verdad y que es impermeable a las críticas que se le puedan hacer. No hay fisuras, ni dudas, ni concesiones en el discurso de Haught. La argumentación consiste en reducir al absurdo cualquier pretensión de hacer dudar al que de antemano ha decidido que posee la verdad, aunque sea racional. Incluso, el planteamiento teológico del capítulo 8 se nos antoja excesivamente cerrado, sin fisuras. No hay resquicios ni posibilidades de duda. Todo está en su sitio y Hauhgt hace un esfuerzo numantino de mantener conceptos y formulaciones clásicas frente al ateísmo científico. La estrategia de ridiculizar las ideas de los demás no se nos antoja la mejor manera de tender puentes de diálogo. Parece que todo lo que dicen es ofensivo, ridículo y caricaturesco. Y esa no parece que no es una actitud de escucha.
No por ello pretendemos justificar los argumentos de los cuatro jinetes del ateísmo, Dawkins, Dennett, Harris y Hitchens. Su argumentación es frágil, muchas veces demagógica y poco rigurosa en el conocimiento de la filosofía y de la teología (tanto cristiana como judía o musulmana). Heridos por el impacto contra las Torres Gemelas el famoso 11S, cargan sus armas intelectuales contra toda expresión religiosa que, desde su punto de vista, solo lleva al terrorismo y que por ello hay que erradicar.
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